EL EVANGELIKOM

CONCILIO VATICANO III

Toda verdad, dígala quien la diga, viene del Espíritu Santo.

TOMAS de AQUINO

I

Cuando Dios creó al Hombre nos hizo a la imagen y semejanza de su Hijo para tener vida en nosotros mismos, y darnos la facultad de tomar decisiones por nosotros mismos y actuar en consecuencia con plena responsabilidad. Para que nadie se equivocara y negase esta realidad su Hijo en persona se hizo hombre, y haciéndose hombre nos enseñó cuál es la Idea del Hombre que Dios concibió al Principio.

Hijos de Dios a imagen y semejanza de Cristo Jesús, nuestro modelo sempiterno, solamente a la Verdad nos debemos y desde la Verdad nos movemos. Sabiendo, pues, que Verdad Eterna sólo hay una, el conocimiento de la Historia del Cristianismo, de sus Cismas, de la Reforma, del Papado y de los mismos Cielo e Infierno nos mueve y nos obliga a tomar decisiones revolucionarias e irreversibles. Revolucionarias porque su adopción ha de hacerse contra la voluntad de las partes interesadas en la preservación del status quo derivado de la Clásica División de las iglesias en Oriente-Occidente, Norte-Sur. E irreversibles porque siendo todos nosotros hijos de Dios es el propio Dios quien hace las cosas en todos para el bien de todos.

Ciertamente no podemos justificar lo injustificable. Para excusar lo inexcusable, la historia interminable de crímenes del Papado, en lo humano causa y origen de la división de las iglesias, sea hablando del Cisma de Oriente como de la Reforma, no podemos atrevernos a condenar a Dios por haber elegido a Pedro para ser "la Primera Piedra" desde y sobre la cual arrancar la Edificación de su Iglesia. Tampoco podemos una vez acabado el Edificio quitar esa Piedra, ni creer, como creyeron quienes se lo hicieron creer a los otros, que la Iglesia se reduce a esa Piedra. Sobre esa Primera Piedra edificó Dios su Iglesia, pero ésa no era la única, era sólo la Primera. Sin la Primera Piedra no hay Edificio, pero sin el resto del Edificio la Primera Piedra no vale absolutamente para nada. Jesucristo, que lo sabía, dejó a juicio de todos comprender que la Piedra puesta por El es el Sello que, como a la novia el anillo, identifica a su Iglesia. Al mismo tiempo al identificar el Hijo de Dios a Pedro con la Primera Piedra daba por sentada la Igualdad en la Fraternidad de todos los obispos, todos y cada uno de ellos Piedras del Edificio de su Iglesia. De manera que si irracional es reducir un Edificio a la Primera Piedra, no menos irracional es que la Primera Piedra se crea el Edificio entero.

Pedro sin los Apóstoles y los Apóstoles sin Pedro, todos formando una sola y única realidad: indivisible en la Unidad, incorruptible en la Fraternidad. Pues habiendo un Primogénito y Sumo Pontífice, Cristo Jesús, Vivo, no muerto, todos los demás hermanos en el sacerdocio son coherederos, de manera que la Primacía sólo le corresponde al Primogénito, y lo contrario, que la Primacía Sacerdotal la tenga otro que el Primogénito de Dios es una Rebelión contra el Heredero de su Padre.

Tampoco podemos, para condenar a la Ortodoxia y a la Reforma de la gravedad de su juicio contra la Iglesia Católica, absolver al Papado que se atribuyó a sí mismo el Sumo Pontificado que únicamente le corresponde al Primogénito de Dios. Ni como hicieron Lutero y sus colegas podemos culpar a la Iglesia Católica de los delitos contra el Cielo y la Tierra cometidos por la iglesia romana, escuela de criminales ad maiorem dei gloriam, sobre la cual la sentencia es firme: “Apartaos de mí, que no os conozco, obradores de iniquidad”.

Sólo a la Verdad y nada más que a la Verdad podemos remitir los hijos de Dios nuestro juicio, y al espíritu de inteligencia en el que hemos nacido nuestro valor sobre el pecado de todas las iglesias metropolitanas, entre ellas la romana, que despreciando a Cristo, Cabeza Visible y Única de la Iglesia Católica, renegaron de Dios y le dieron la obediencia del cuerpo debido a su cabeza, es decir, del sacerdote a Cristo, a un hombre, sea rey u obispo. Esto de un sitio.

Del otro: aunque sabemos positivamente y sin ningún género de dudas que la causa de la Rebelión de la Reforma contra el Papado era justa, tanto Lutero como el Papa, el uno como el otro fueron peones en un tablero apocalíptico que enfrentó a Dios con la Muerte, a Cristo con el Diablo.

El Diablo, la Serpiente Antigua, el Dragón, Satanás, fue liberado de su prisión al término del Primer Milenio y principios del Segundo. Su opción era inevitablemente clara: destruir la Obra de Cristo usando el mismo esquema homicida que utilizó en el Edén. Lanzando a la Iglesia contra la palabra de su Señor, quien al ser el Verbo y el Verbo ser Dios, como Dios no perdonó a Adán, aunque era su Hijo, tampoco el Señor podría perdonar a su Esposa una vez el Mandato Divino fuera pisado por las iglesias. Rota la Unidad del Reino de Dios en la Tierra el Verbo, por ser Dios, destruiría lo que sólo Dios puede, su Obra.

Este era el proyecto contra la Esposa de Cristo que durante el Milenio de su Prisión concibió el Diablo. El Hijo, a quien su Padre le diera a conocer antes de su Resurrección la Liberación de su Enemigo profetizó el acontecimiento de la división de las iglesias en la famosa Parábola de la Cizaña. Después de su Resurreccón dio fecha. La Siembra Maligna comenzaría a partir del año Mil.

Y así fue. En el 1054 las dos iglesias que fueron desde el principio, la romana y la bizantina, desde siglos atrás enemistadas por consideraciones de primacía entre sus cuerpos jerárquicos, olvidando que el Maligno regresaba de su Prisión para conducir a todas las naciones de la Tierra a la destrucción bélica mundial en el campo de Gog y Magog, se dejaron ganar por las tinieblas y transgredieron el Mandato Divino sobre la Unidad de las iglesias.

Hemos visto en el libro Lutero el Papa y el Diablo que la iglesia romana desde mucho antes de la Liberación del Diablo se había entregado al pecado -Primera Pornocracia Vaticana- y el pecado había engendrado en su cuerpo la muerte. La Muerte, pues, no el Hijo de Dios edificó el Papado para ser continuo objeto de escándalo de todos los siglos.

Se equivocó la Reforma por tanto al adjudicarle al Diablo la fundación del Papado.

Y se equivocó la Iglesia Católica también al adjudicarle a su Señor y Esposo la transformación de la iglesia metropolitana romana en el Templo entre cuyas paredes la Muerte parió sus hijos y los elevó, empleando a los reyes de Europa, como Cabeza del Cuerpo de los Obispos.

Sólo hay un Sumo Pontífice en el Reino de Dios, su nombre es Jesús, Dios Unigénito, Primogénito de Dios, Rey del Cielo. Y su gloria, la gloria del Sumo Pontífice, única sacerdote que se mantiene de pie ante Dios Omnipotente y Todopoderoso, no le fue robada ni jamás quitada de sus manos.

Pero la Muerte, conociendo la Liberación del Príncipe del Infierno, por el pecado convirtió el obispado romano en escándalo contra el Cielo y la Tierra, de manera que al consumarse por el fruto la maldad la Rebelión contra el Papado arrasara con la Obediencia debida al Mandato.

De esta sutil manera la división de las iglesias actuaría de reguero de pólvora por el que la división entre las naciones cristianas habría de conducir al mundo al campo de la guerra mundial.

Dios, conociendo las intenciones de su Enemigo, antes siquiera de mover la Muerte su primer peón en el tablero del ajedrez de la Creación predijo la Llegada del Día de la Plenitud de las Naciones, mediante cuya Organización las Naciones de la Tierra se enfrentarían Unidas contra el jake mate por el Príncipe del Infierno cantado antes de tiempo.

La Reforma, en especial, pero no menos la Ortodoxia, concluyendo, tuvieron una causa justa. Pero si los Reformadores y los Patriarcas antes que ellos pecaron al acusar a la Esposa de Cristo de haberse entregado en adulterio al Papado, pidiendo para Ella sentencia de muerte, su delito fue de falso juicio. Su atenuante ante el Tribunal de los hijos de Dios está en la invencible e infalible provocación del Papado a abandonar el pecado en el que yacía, por el que convirtió a la iglesia romana delante del Cielo y la Tierra en su cuerpo adúltero.

El Diablo, que conocía a los adoradores de la Muerte, se sirvió de la ignorancia de todos para conducirlos a todos a las puertas del Infierno. Las guerras, los horrores a que la negación del Papa a someterse a la Doctrina de la Iglesia Católica, expresada en Constanza, y la petición de muerte para la Iglesia Católica por el pecado de una sola iglesia pedida por parte de la Reforma, desataron el Infierno.

Mas es del todo evidente que al hablar de un Concilio Vaticano III no nos estamos refiriendo a este Concilio de Unificación Universal Final, en cuyas manos el Fin para el que le diera el Señor a su Iglesia las Llaves de su Casa, talar del Arbol de su Cuerpo las ramas podridas y secas, ha de hacer su trabajo; al hablar de un Conclicio Vaticano III estamos centrando la Cuestión en la Iglesia Católica, que es la que debe llevarlo a cabo delante de Dios y de los hombres, y en el que el Obispo de Roma depondrá su Infalibilidad ex-catedra y pondrá a los pies de Jesucristo, su Señor, el Sumo Pontificado, pues sólo hay Uno que puede permanecer de pie ante el Dios de la Eternidad y el Infinito, su Hijo Unigénito, nuestro Rey. Y ni aún a Moisés, siendo su Profeta, se le dio presentarse ante El, sino que se las vio con un semejante, que llevaba el nombre de De-Yavé.

En consecuencia: La Iglesia Católica reconocerá ante los hombres y Dios que sólo tiene una Cabeza, Visible e Invisible, Jesucristo; que no es Romana, sino Cristiana; el Obispo de Roma borrará de su frente el título de Papa. Pues NO hay más que un sólo Padre, Dios. Y desde la Misericordia llamará a todas las iglesias a la Unificación; la que no acuda, sobre ella el juicio; la que se excuse, sobre ella su culpa. Pues que la Palabra de Dios no miente, el que se afirme en la División sobre él la destrucción, pero el Pueblo Fiel, por su Obediencia, vivirá.

 

II

 

Dice la Biblia que al principio Dios creó al hombre a su imagen y semejanza.Y al igual que su Hijo es el Señor entre todas las criaturas que le rodean asimismo creó al Hombre para dominar sobre todas las criaturas de su mundo. Y sigue diciendo que la gloria del ser humano fue objeto de la envidia de otro miembro de la Casa de los hijos de Dios, quien, siendo malvado, deseó ese poder de unir todas las almas en un sólo Pensamiento mirando a moverlas a su antojo criminal en el tablero de su concepción infernal de la Creación.

El Evangelio dice que como Jesús no empujó a Judas a traicionarle, aunque sabía que la traición rondaba su corazón, Dios también conocía la posibilidad de la traición de Satán, y para mantener lejos el pensamiento de la acción puso entre el Hombre y todos sus hijos una ley por la cual fuera quien fuese quien interviniese en el destino del Hombre lo pagaría con el Destierro de su Reino. En cuanto Padre, Dios creyó que ninguno de sus hijos se atrevería a convertir en sabiduría la locura de declararle la guerra a su Voluntad, y olvidándose de todo lo pasado comenzarían una nueva Era, en la que, efectivamente, siendo el Hombre la criatura más frágil del universo tendría la Gloria de quien con su Pensamiento mantiene en la Unidad a todas las criaturas del Universo.

Como el miedo a tocar al Hijo de Dios no detuvo a Judas tampoco el miedo a Dios detuvo a Satán y a sus malvados aliados asesinos. Y es que Adán tenía un talón de Aquiles. Dios le dio por horizonte de crecimiento su Omnisciencia, pero al no haber sido forjada su mente en los hornos de la Ciencia del Bien y del Mal su alma era como la de un niño.

Ninguna palabra que podamos lanzar a las olas puede describirnos las propiedades del alma de Adán mejor que las escritas por Salomón, su descendiente.

En ella hay un espíritu inteligente, santo, único y multiple, ágil, penetrante, inmaculado, claro, inofensivo, benévolo, agudo, libre, bienhechor. Amante de los hombres, estable, seguro, tranquilo, todopoderoso, omnisciente, que penetra en todos los espíritus inteligentes, puros, sutiles. Porque la Sabiduría es más ágil que todo cuanto se mueve, se difunde su pureza y lo penetra todo; porque es un hálito del poder divino y una emanación pura de la gloria del Dios Omnipotente, por lo cual nada manchado hay en ella. Es el resplandor de la luz eterna, el espejo sin mancha del actuar de Dios, imagen de su Bondad. Y siendo una todo lo puede, y permaneciendo la misma todo lo renueva, y a través de las edades se derrama en las almas santas, haciendo amigos de Dios y profetas; que Dios a nadie ama sino al que mora con la Sabiduría. Es más hermosa que el sol; supera a todo el conjunto de las estrellas, y comparada con la luz queda en primer lugar. Porque a la luz sucede la noche, pero la maldad no triunfará de la Sabiduría.

Habiendo sido forjada su mente entre lirios y azucenas cultivados en los jardines del Conocimiento de todas las cosas, el Primer Hombre era como un niño a la hora de hablar de la mentira, del engaño, del falso testimonio, de la traición, de la envidia, de la ambición, de la crueldad, de la violencia, de la guerra, de la injusticia, de la corrupción, en definitiva, de la Ciencia del Bien y del Mal. Aquel Hombre conocía la Ciencia del Bien y del Mal como el niño sabe que la electricidad mata pero nunca ha metido los dedos en un enchufe, ni necesita meterlos para saber que una descarga eléctrica mata, su padre se lo ha dicho, la palabra de su padre es ley, y no necesita vivir la experiencia para descubrir en el valor de la palabra la naturaleza del conocimiento.

De esta manera forjada su mente en el espíritu del Verbo, la palabra es ley, todo lo que hacía falta para engañar a Adán era hacer como que se venía en nombre de Dios. Esta simple trampa significaría declararle la guerra al mismísimo Dios y exponerse al Destierro ad eternum et ad infinitum de su Reino, pero ¿qué era preferible -se dijeron los conjurados en la Traición de la Serpiente- vivir en un mundo donde la Verdad, la Justicia y la Paz gobiernan el universo, o morir luchando por la transformación del Universo en un Olimpo gobernado por dioses todos más allá de la Justicia? Esta estructura perversa y maligna de pensamiento dio lugar a la Caída de Adán.

Pero no a la destrucción del Hombre. Un guerrero demoníaco, un asesino curtido en crímenes se había alzado contra un niño y había utilizado su muerte como hacha para declararle la guerra al padre de ese niño. La Biblia dice que traspasado su corazón por la lanza de la traición Dios se vistió de guerra y alzando su Brazo al Cielo juró por su gloria y su nombre delante de toda su Casa que acabaría con todos sus enemigos, no dejaría cabeza sobre cuello. “Ciertamente yo alzo mi mano al Cielo y juro por mi eterna vida; cuando yo afile el rayo de mi espada y tome en mis manos el juicio, yo retribuiré con venganza a mis enemigos y daré su merecido a los que me aborrecen, emborracharé de sangre mis saetas y mi espada se hartará de carne, de la sangre de los muertos y los cautivos, de las cabezas de los jefes enemigos” dijo.

Dice también la Biblia que los asesinos de Adán se rieron de la amenaza de Dios. Pero lo que no dice la Biblia es que las consecuencias de la Traición de la Serpiente le abrieron los ojos a Dios y, viendo, descubrió a su verdadero enemigo, la Muerte. Una Muerte de la que en su inocencia El se declaró su enemigo el día que revolucionó la Realidad con su deseo de creacion de vida inteligente a su imagen y semejanza, sobre lo cual ya estaréis al corriente después de haber leído la Historia de Jesús.

La Vida y la Muerte formaron parte de la estructura de la Realidad desde el principio sin principio de la Increación. Sin destruirse a sí misma la Increación no podía extirpar de su cuerpo una Fuerza Ontológica que le era natural desde el Principio sin principio de la Eternidad. Pero esta era la Revolución que Dios desató en el Infinito al concebir una Nueva Realidad. Inconsciente sobre las consecuencias cósmicas de su Revolución y, ante la imposibilidad de hacer que Dios renunciase, la Muerte buscó la forma de coexistir en la Creación de Dios. Primero tentó a Dios con el fruto de la Ciencia del Bien y del Mal y cuando Dios lo rechazó levantó su Infierno contra la obra de sus manos. Como no pudo hacerle desistir de su Deseo atacó directo al Corazón, buscando ahogarle en el pozo de una Soledad sin fondo. Pero lo mismo esta vez que durante la anterior la Vida se adelantó a sus planes transfomando el Mal buscado en un Bien encontrado: la transfiguración del Único Dios Verdadero en el Padre y el Hijo.

La explosión de alegría sobre la que a partir del Nacimiento del Hijo quedaron establecidos los nuevos fundamentos del Nuevo Universo le sirvió a la Muerte de pantalla tras de la que esconderse y esperar su momento. La Vida le ofreció a Dios su fruto, el Cielo, y Dios la amó. La Muerte le ofreció el suyo, el Infierno, y el Espíritu Santo que estaba en Dios lo rechazó. Agazapada, al acecho, encontró su momento durante la primera Semana de la Creación. Aprovechando las Eras de Regencia de su Imperio por la Casa de Yavé y Sión la Muerte contratacó, conquistó con el fruto del Arbol de la Ciencia del Bien y del Mal, que es la Guerra, a una parte de los hijos de Dios y sumió al Paraíso bajo las olas de su Infierno. Por dos veces la Guerra se hizo.

A raiz de las Dos Guerras del Cielo -sobre las cuales habréis leído un resumen en la Tercera Parte del Corazón de María- y a consecuencia de ellas, fue abriendo Dios los ojos a la existencia de una Fuerza que estaba actuando en su Creación y la estaba volviendo loca. Pero atribuyendo las causas a la soledad y al aislamiento de sus hijos durante los Periodos Creacionales revolucionó la estructura de su Mundo de la forma que habréis leído en la Historia de Jesús. La primera de ellas consistió en la transformación de la Creación en un Espectáculo abierto a todos los Pueblos del Universo, y la segunda medida fue darle a su Hijo Primogenito el papel de la Estrella de ese Espectáculo. De donde se entiende que se escribiera: "Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza", es decir, hijo de Dios, y no a la semejanza de los dioses, según el Diablo se lo dijera a Adán: "Seréis iguales que los dioses".

Entonces, tomadas las decisiones pertinentes, la Historia del Universo siguió su curso. Como dije en la Historia de Jesús de entre las medidas que Dios adoptó contra el estallido de una Tercera Guerra Universal figuró -como colofón especial- la creación del Hombre. Alma Viviente, expresión carnal de su Pensamiento, reflejo de la Realidad Divina, Espejo de su Bondad, que extendiéndose a toda la Creación uniría a todos los Pueblos del Universo en una sola y única Sabiduría.

Y así fue; así se hizo. Mas a la hora de alcanzar la meta, cuando Dios creyó que con la Formación del Hombre podía darse por cerrada la era de las grandes guerras, estalló la temida y temible Tercera Guerra Universal. Traspasado su Corazón, pero maravillada su Inteligencia por la locura de sus hijos rebeldes, locura de la que El ya no podía seguir echándose las culpas, viendo a su hijo Adán convertido en el hacha de guerra desentarrada contra su Reino, Dios abrió los ojos y vio a su Enemigo cara a cara.

Una Nueva Revolución Cósmica se imponía. Pues sólo Dios podía desterrar del cuerpo de la Creación lo que de siempre formó parte del cuerpo de la Increación. La Caída de Adán, la Traición de la Serpiente, serían recordados por el futuro como se recuerdan los malos momentos, mas si El quería que esos malos momentos no volviesen, ni se hiciesen crónicos y que con el tiempo se complicasen hasta arrastrar a todos al Infierno, debía desterrar a la Muerte de su Creación y reconfigurar su Reino para que el Conocimiento de la Ciencia del Bien y del Mal se quedase en eso, en conocimiento.

Más que al Hombre y a su salvación, pues, Dios debía mirar al Futuro de su Creación. Si a ésta no se le garantizaba un futuro de qué le valía a nadie salvación para hoy y condenación para mañana. Era el Edificio de su Reino el que tenía que volver a ser fundado sobre una Roca Indestructible. Fundación que le tocaba a El y sólo a El porque era contra El que la Muerte había alzado su Infierno. La primera parte de su Libro, el Antiguo testamento, trata del Anuncio de esta nueva Reconfiguración de su Mundo. Y como se ve de lo que se lee, sobre la naturaleza específica de las medidas revolucionarias que se juró por su Gloria y Nombre consumar. Pero a nadie le dijo Dios palabra, ni siquiera a su Primogénito. En la Historia de Jesús, Apéndice 1, comenté que la transformación del Imperio en un Reino sempiterno y universal fue la primera medida con la que se abrió esta Revolución de la Vida contra la Muerte. La primera medida pero no la única.

La segunda parte de su Libro, el Nuevo Testamento, trata de la Batalla entre la Vida y la Muerte, del Cielo contra el Infierno, y glorifica la Victoria del Espíritu Santo contra el espíritu Maligno, de Cristo sobre el Diablo. Dice el Libro de Dios en su tercera parte que llegado el Día Anuciado le ordenó Dios a todos sus hijos presentarse ante su Trono y deponer sus coronas a sus pies. De lo que se lee se ve que unos lo hicieron y otros se negaron,y que en consecuencia los Rebeldes que no lo hicieron fueron perseguidos, destronados y arrojados del Cielo.

De la lectura del Nuevo Testamento se desprende que mientras los príncipes Fieles persiguieron a los Rebeldes, Dios llamó a su Primogénito, le dió a conocer la Doctrina del Reino de los Cielos e inmediatamente lo envió a nuestro mundo, donde se encarnó en la Virgen María y nació bajo el reinado de los Herodes, en Belén de Judá, durante los días del censo universal decretado por Octavio César Augusto. Ignorante y desconocedor de las medidas revolucionarias que su Padre había proyectado y empezaban a materializarse a raiz de su Encarnación, el Hijo de Dios descubrió a Cristo durante el episodio que El mismo protagonizara en el Templo, a la edad de los doce años aproximadamente. En Cristo descubrió el Pensamiento de Dios, y lo que es más importante, descubrió el Origen del Espíritu Santo, que estaba en su Padre, Único Dios Verdadero e Increado que conocieron el Infinito y la Eternidad.

Se entiende de la lectura del Nuevo Testamento que Dios le descubrió a su Hijo tanto la identidad del verdadero Enemigo de su Reino cuanto la Naturaleza de la Revolución Cristiana que sólo y nada más que Cristo Jesús podía y debía abrir. Cristo Jesús, el Rey Mesías, el heredero de todas las promesas escritas en el Antiguo Testamento, nacido del espíritu de Yavé: "espíritu de inteligencia y sabiduría, de entendimiento y fortaleza, de consejo y temor de Dios". Estando sin embargo sujeto por su Origen a la estructura del Mundo Antiguo, y porque de entre todos los príncipes del Cielo Jesús era el Rey de reyes, también a El le tocaba obedecer y sujetarse al decreto de Abolición del Imperio que su Padre dictara y estuvo en la causa de la Batalla en el Cielo, de la que habla en su Libro, Apocalipsis. Al igual que lo hicieron los Príncipes del Cielo también el Rey de reyes y Señor de señores debía deponer su Corona a los pies de Dios.

Y así lo hizo. De manera que sujeto a la condición de los particulares que bajo riesgo y cuenta propia emprenden una revolución sin contar con más fuerza que el amor a la Verdad, también Jesús fue atrapado por los poderes reaccionarios de este mundo, y, consecuentemente, entregado a los jueces de Cristo para que fuera contado entre los malhechores por enemigo de la Humanidad.

Pero lo que no sabía nadie, porque nadie podía saberlo, era que al regresar a su Mundo Jesucristo lo hacía como Rey Todopoderoso y Omnisciente a imagen y semejanza de su Padre, y que Glorificado de esta manera llevaba a su Casa una Nueva familia, su propia Familia: Una Esposa, engendrada para unir a todo el Universo en una misma Iglesia, unos Hermanos, cuyo Poder es el de Dios, que está en su Palabra, y unos Hijos, nacidos para unir todo su Reino en una misma Inteligencia .

He aquí el Misterio del Espíritu Santo. La Cabeza es Cristo Jesús, el tronco es la Iglesia Católica, y los dos Brazos son, el uno, los Hermanos y el otro los Hijos de Cristo. Aquí está el espíritu de Inteligencia.

Pedid y no lo dudéis: Inteligencia sin medida a la imagen y semejanza de la de nuestro Creador. Pedid y recibiréis Inteligencia sin medida para alcanzar todos los secretos del universo y de la naturaleza humana. Este es el Día de los hijos de Dios de la descendencia de Cristo, fruto de su Matrimonio con la Iglesia. Este es el Día sobre el que San Pablo escribiera:

Tengo por cierto que los padecimientos del tiempo presente no son nada en comparación con la gloria que ha de manifestarse en nosotros; porque la expectación ansiosa de la creación está esperando la manifestación de los hijos de Dios, pues las criaturas están sujetas a la vanidad, no de grado, sino por razón de quien las sujeta, con la esperanza de que también ellas serán libertadas de la servidumbre de la corrupción para participar en la libertad de la gloria de los hijos de Dios.

Efectivamente, El es la Respuesta. En El estan los tesoros de todas las Ciencias, presentes y futuras. En El están todas las respuestas a todas las Enfermedades y a todos los problemas referentes a la Organización de la Plenitud de las Naciones. En El estan todos los secretos del Universo y de la Naturaleza. El es el Hijo, y pone a disposición de su Descendencia la Omnisciencia de Dios, porque como muy bien lo dijera en persona: Todo lo del Padre es mío.