Cuando Dios creó al
Hombre nos hizo a la imagen y semejanza de su Hijo para tener vida en nosotros
mismos, y darnos la facultad de tomar decisiones por nosotros mismos y actuar
en consecuencia con plena responsabilidad. Para que nadie se equivocara y negase
esta realidad su Hijo en persona se hizo hombre, y haciéndose hombre nos enseñó
cuál es la Idea del Hombre que Dios concibió al Principio.
Hijos de Dios a imagen
y semejanza de Cristo Jesús, nuestro modelo sempiterno, solamente a la Verdad
nos debemos y desde la Verdad nos movemos. Sabiendo, pues, que Verdad Eterna
sólo hay una, el conocimiento de la Historia del Cristianismo, de sus Cismas,
de la Reforma, del Papado y de los mismos Cielo e Infierno nos mueve y nos
obliga a tomar decisiones revolucionarias e irreversibles. Revolucionarias
porque su adopción ha de hacerse contra la voluntad de las partes interesadas
en la preservación del status quo derivado de la Clásica División de las
iglesias en Oriente-Occidente, Norte-Sur. E irreversibles porque siendo todos
nosotros hijos de Dios es el propio Dios quien hace las cosas en todos para el
bien de todos.
Ciertamente no podemos
justificar lo injustificable. Para excusar lo inexcusable, la historia
interminable de crímenes del Papado, en lo humano causa y origen de la división
de las iglesias, sea hablando del Cisma de Oriente como de la Reforma, no
podemos atrevernos a condenar a Dios por haber elegido a Pedro para ser
"la Primera Piedra" desde y sobre la cual arrancar la Edificación de
su Iglesia. Tampoco podemos una vez acabado el Edificio quitar esa Piedra, ni
creer, como creyeron quienes se lo hicieron creer a los otros, que la Iglesia
se reduce a esa Piedra. Sobre esa Primera Piedra edificó Dios su Iglesia, pero
ésa no era la única, era sólo la Primera. Sin la Primera Piedra no hay
Edificio, pero sin el resto del Edificio la Primera Piedra no vale
absolutamente para nada. Jesucristo, que lo sabía, dejó a juicio de todos
comprender que la Piedra puesta por El es el Sello que, como a la novia el
anillo, identifica a su Iglesia. Al mismo tiempo al identificar el Hijo de Dios
a Pedro con la Primera Piedra daba por sentada la Igualdad en la Fraternidad de
todos los obispos, todos y cada uno de ellos Piedras del Edificio de su
Iglesia. De manera que si irracional es reducir un Edificio a la Primera
Piedra, no menos irracional es que la Primera Piedra se crea el Edificio
entero.
Pedro sin los
Apóstoles y los Apóstoles sin Pedro, todos formando una sola y única realidad:
indivisible en la Unidad, incorruptible en la Fraternidad. Pues habiendo un
Primogénito y Sumo Pontífice, Cristo Jesús, Vivo, no muerto, todos los demás
hermanos en el sacerdocio son coherederos, de manera que la Primacía sólo le
corresponde al Primogénito, y lo contrario, que la Primacía Sacerdotal la tenga
otro que el Primogénito de Dios es una Rebelión contra el Heredero de su Padre.
Tampoco podemos, para
condenar a la Ortodoxia y a la Reforma de la gravedad de su juicio contra la
Iglesia Católica, absolver al Papado que se atribuyó a sí mismo el Sumo
Pontificado que únicamente le corresponde al Primogénito de Dios. Ni como
hicieron Lutero y sus colegas podemos culpar a la Iglesia Católica de los
delitos contra el Cielo y la Tierra cometidos por la iglesia romana, escuela de
criminales ad maiorem dei gloriam, sobre la cual la sentencia es firme:
“Apartaos de mí, que no os conozco, obradores de iniquidad”.
Sólo a la Verdad y
nada más que a la Verdad podemos remitir los hijos de Dios nuestro juicio, y al
espíritu de inteligencia en el que hemos nacido nuestro valor sobre el pecado
de todas las iglesias metropolitanas, entre ellas la romana, que despreciando a
Cristo, Cabeza Visible y Única de la Iglesia Católica, renegaron de Dios y le
dieron la obediencia del cuerpo debido a su cabeza, es decir, del sacerdote a
Cristo, a un hombre, sea rey u obispo. Esto de un sitio.
Del otro: aunque
sabemos positivamente y sin ningún género de dudas que la causa de la Rebelión
de la Reforma contra el Papado era justa, tanto Lutero como el Papa, el uno
como el otro fueron peones en un tablero apocalíptico que enfrentó a Dios con
la Muerte, a Cristo con el Diablo.
El Diablo, la Serpiente
Antigua, el Dragón, Satanás, fue liberado de su prisión al término del Primer
Milenio y principios del Segundo. Su opción era inevitablemente clara: destruir
la Obra de Cristo usando el mismo esquema homicida que utilizó en el Edén.
Lanzando a la Iglesia contra la palabra de su Señor, quien al ser el Verbo y el
Verbo ser Dios, como Dios no perdonó a Adán, aunque era su Hijo, tampoco el
Señor podría perdonar a su Esposa una vez el Mandato Divino fuera pisado por
las iglesias. Rota la Unidad del Reino de Dios en la Tierra el Verbo, por ser
Dios, destruiría lo que sólo Dios puede, su Obra.
Este era el proyecto
contra la Esposa de Cristo que durante el Milenio de su Prisión concibió el
Diablo. El Hijo, a quien su Padre le diera a conocer antes de su Resurrección
la Liberación de su Enemigo profetizó el acontecimiento de la división de las
iglesias en la famosa Parábola de la Cizaña. Después de su Resurreccón dio
fecha. La Siembra Maligna comenzaría a partir del año Mil.
Y así fue. En el 1054
las dos iglesias que fueron desde el principio, la romana y la bizantina, desde
siglos atrás enemistadas por consideraciones de primacía entre sus cuerpos
jerárquicos, olvidando que el Maligno regresaba de su Prisión para conducir a
todas las naciones de la Tierra a la destrucción bélica mundial en el campo de
Gog y Magog, se dejaron ganar por las tinieblas y transgredieron el Mandato
Divino sobre la Unidad de las iglesias.
Hemos visto en el
libro Lutero el Papa y el Diablo que la iglesia romana desde mucho antes de la
Liberación del Diablo se había entregado al pecado -Primera Pornocracia
Vaticana- y el pecado había engendrado en su cuerpo la muerte. La Muerte, pues,
no el Hijo de Dios edificó el Papado para ser continuo objeto de escándalo de
todos los siglos.
Se equivocó la Reforma
por tanto al adjudicarle al Diablo la fundación del Papado.
Y se equivocó la
Iglesia Católica también al adjudicarle a su Señor y Esposo la transformación
de la iglesia metropolitana romana en el Templo entre cuyas paredes la Muerte
parió sus hijos y los elevó, empleando a los reyes de Europa, como Cabeza del
Cuerpo de los Obispos.
Sólo hay un Sumo
Pontífice en el Reino de Dios, su nombre es Jesús, Dios Unigénito, Primogénito
de Dios, Rey del Cielo. Y su gloria, la gloria del Sumo Pontífice, única
sacerdote que se mantiene de pie ante Dios Omnipotente y Todopoderoso, no le
fue robada ni jamás quitada de sus manos.
Pero la Muerte,
conociendo la Liberación del Príncipe del Infierno, por el pecado convirtió el
obispado romano en escándalo contra el Cielo y la Tierra, de manera que al
consumarse por el fruto la maldad la Rebelión contra el Papado arrasara con la
Obediencia debida al Mandato.
De esta sutil manera
la división de las iglesias actuaría de reguero de pólvora por el que la
división entre las naciones cristianas habría de conducir al mundo al campo de
la guerra mundial.
Dios, conociendo las
intenciones de su Enemigo, antes siquiera de mover la Muerte su primer peón en
el tablero del ajedrez de la Creación predijo la Llegada del Día de la Plenitud
de las Naciones, mediante cuya Organización las Naciones de la Tierra se
enfrentarían Unidas contra el jake mate por el Príncipe del Infierno cantado
antes de tiempo.
La Reforma, en
especial, pero no menos la Ortodoxia, concluyendo, tuvieron una causa justa.
Pero si los Reformadores y los Patriarcas antes que ellos pecaron al acusar a
la Esposa de Cristo de haberse entregado en adulterio al Papado, pidiendo para
Ella sentencia de muerte, su delito fue de falso juicio. Su atenuante ante el
Tribunal de los hijos de Dios está en la invencible e infalible provocación del
Papado a abandonar el pecado en el que yacía, por el que convirtió a la iglesia
romana delante del Cielo y la Tierra en su cuerpo adúltero.
El Diablo, que conocía
a los adoradores de la Muerte, se sirvió de la ignorancia de todos para
conducirlos a todos a las puertas del Infierno. Las guerras, los horrores a que
la negación del Papa a someterse a la Doctrina de la Iglesia Católica,
expresada en Constanza, y la petición de muerte para la Iglesia Católica por el
pecado de una sola iglesia pedida por parte de la Reforma, desataron el
Infierno.
Mas es del todo
evidente que al hablar de un Concilio Vaticano III no nos estamos refiriendo a
este Concilio de Unificación Universal Final, en cuyas manos el Fin para el que
le diera el Señor a su Iglesia las Llaves de su Casa, talar del Arbol de su
Cuerpo las ramas podridas y secas, ha de hacer su trabajo; al hablar de un
Conclicio Vaticano III estamos centrando la Cuestión en la Iglesia Católica,
que es la que debe llevarlo a cabo delante de Dios y de los hombres, y en el
que el Obispo de Roma depondrá su Infalibilidad ex-catedra y pondrá a los pies
de Jesucristo, su Señor, el Sumo Pontificado, pues sólo hay Uno que puede
permanecer de pie ante el Dios de la Eternidad y el Infinito, su Hijo
Unigénito, nuestro Rey. Y ni aún a Moisés, siendo su Profeta, se le dio
presentarse ante El, sino que se las vio con un semejante, que llevaba el
nombre de De-Yavé.
En consecuencia: La
Iglesia Católica reconocerá ante los hombres y Dios que sólo tiene una Cabeza,
Visible e Invisible, Jesucristo; que no es Romana, sino Cristiana; el Obispo de
Roma borrará de su frente el título de Papa. Pues NO hay más que un sólo Padre,
Dios. Y desde la Misericordia llamará a todas las iglesias a la Unificación; la
que no acuda, sobre ella el juicio; la que se excuse, sobre ella su culpa. Pues
que la Palabra de Dios no miente, el que se afirme en la División sobre él la
destrucción, pero el Pueblo Fiel, por su Obediencia, vivirá.
II
Dice la Biblia que al
principio Dios creó al hombre a su imagen y semejanza.Y al igual que su Hijo es
el Señor entre todas las criaturas que le rodean asimismo creó al Hombre para
dominar sobre todas las criaturas de su mundo. Y sigue diciendo que la gloria
del ser humano fue objeto de la envidia de otro miembro de la Casa de los hijos
de Dios, quien, siendo malvado, deseó ese poder de unir todas las almas en un
sólo Pensamiento mirando a moverlas a su antojo criminal en el tablero de su
concepción infernal de la Creación.
El Evangelio dice que
como Jesús no empujó a Judas a traicionarle, aunque sabía que la traición
rondaba su corazón, Dios también conocía la posibilidad de la traición de
Satán, y para mantener lejos el pensamiento de la acción puso entre el Hombre y
todos sus hijos una ley por la cual fuera quien fuese quien interviniese en el
destino del Hombre lo pagaría con el Destierro de su Reino. En cuanto Padre,
Dios creyó que ninguno de sus hijos se atrevería a convertir en sabiduría la
locura de declararle la guerra a su Voluntad, y olvidándose de todo lo pasado
comenzarían una nueva Era, en la que, efectivamente, siendo el Hombre la
criatura más frágil del universo tendría la Gloria de quien con su Pensamiento
mantiene en la Unidad a todas las criaturas del Universo.
Como el miedo a tocar
al Hijo de Dios no detuvo a Judas tampoco el miedo a Dios detuvo a Satán y a
sus malvados aliados asesinos. Y es que Adán tenía un talón de Aquiles. Dios le
dio por horizonte de crecimiento su Omnisciencia, pero al no haber sido forjada
su mente en los hornos de la Ciencia del Bien y del Mal su alma era como la de
un niño.
Ninguna palabra que
podamos lanzar a las olas puede describirnos las propiedades del alma de Adán
mejor que las escritas por Salomón, su descendiente.
En ella hay un
espíritu inteligente, santo, único y multiple, ágil, penetrante, inmaculado,
claro, inofensivo, benévolo, agudo, libre, bienhechor. Amante de los hombres,
estable, seguro, tranquilo, todopoderoso, omnisciente, que penetra en todos los
espíritus inteligentes, puros, sutiles. Porque la Sabiduría es más ágil que
todo cuanto se mueve, se difunde su pureza y lo penetra todo; porque es un
hálito del poder divino y una emanación pura de la gloria del Dios Omnipotente,
por lo cual nada manchado hay en ella. Es el resplandor de la luz eterna, el
espejo sin mancha del actuar de Dios, imagen de su Bondad. Y siendo una todo lo
puede, y permaneciendo la misma todo lo renueva, y a través de las edades se
derrama en las almas santas, haciendo amigos de Dios y profetas; que Dios a
nadie ama sino al que mora con la Sabiduría. Es más hermosa que el sol; supera
a todo el conjunto de las estrellas, y comparada con la luz queda en primer
lugar. Porque a la luz sucede la noche, pero la maldad no triunfará de la
Sabiduría.
Habiendo sido forjada
su mente entre lirios y azucenas cultivados en los jardines del Conocimiento de
todas las cosas, el Primer Hombre era como un niño a la hora de hablar de la
mentira, del engaño, del falso testimonio, de la traición, de la envidia, de la
ambición, de la crueldad, de la violencia, de la guerra, de la injusticia, de
la corrupción, en definitiva, de la Ciencia del Bien y del Mal. Aquel Hombre
conocía la Ciencia del Bien y del Mal como el niño sabe que la electricidad
mata pero nunca ha metido los dedos en un enchufe, ni necesita meterlos para
saber que una descarga eléctrica mata, su padre se lo ha dicho, la palabra de
su padre es ley, y no necesita vivir la experiencia para descubrir en el valor
de la palabra la naturaleza del conocimiento.
De esta manera forjada
su mente en el espíritu del Verbo, la palabra es ley, todo lo que hacía falta
para engañar a Adán era hacer como que se venía en nombre de Dios. Esta simple
trampa significaría declararle la guerra al mismísimo Dios y exponerse al
Destierro ad eternum et ad infinitum de su Reino, pero ¿qué era preferible -se
dijeron los conjurados en la Traición de la Serpiente- vivir en un mundo donde
la Verdad, la Justicia y la Paz gobiernan el universo, o morir luchando por la
transformación del Universo en un Olimpo gobernado por dioses todos más allá de
la Justicia? Esta estructura perversa y maligna de pensamiento dio lugar a la
Caída de Adán.
Pero no a la
destrucción del Hombre. Un guerrero demoníaco, un asesino curtido en crímenes
se había alzado contra un niño y había utilizado su muerte como hacha para
declararle la guerra al padre de ese niño. La Biblia dice que traspasado su
corazón por la lanza de la traición Dios se vistió de guerra y alzando su Brazo
al Cielo juró por su gloria y su nombre delante de toda su Casa que acabaría
con todos sus enemigos, no dejaría cabeza sobre cuello. “Ciertamente yo alzo mi
mano al Cielo y juro por mi eterna vida; cuando yo afile el rayo de mi espada y
tome en mis manos el juicio, yo retribuiré con venganza a mis enemigos y daré
su merecido a los que me aborrecen, emborracharé de sangre mis saetas y mi
espada se hartará de carne, de la sangre de los muertos y los cautivos, de las
cabezas de los jefes enemigos” dijo.
Dice también la Biblia
que los asesinos de Adán se rieron de la amenaza de Dios. Pero lo que no dice
la Biblia es que las consecuencias de la Traición de la Serpiente le abrieron
los ojos a Dios y, viendo, descubrió a su verdadero enemigo, la Muerte. Una
Muerte de la que en su inocencia El se declaró su enemigo el día que
revolucionó la Realidad con su deseo de creacion de vida inteligente a su
imagen y semejanza, sobre lo cual ya estaréis al corriente después de haber
leído la Historia de Jesús.
La Vida y la Muerte
formaron parte de la estructura de la Realidad desde el principio sin principio
de la Increación. Sin destruirse a sí misma la Increación no podía extirpar de
su cuerpo una Fuerza Ontológica que le era natural desde el Principio sin
principio de la Eternidad. Pero esta era la Revolución que Dios desató en el
Infinito al concebir una Nueva Realidad. Inconsciente sobre las consecuencias
cósmicas de su Revolución y, ante la imposibilidad de hacer que Dios
renunciase, la Muerte buscó la forma de coexistir en la Creación de Dios. Primero
tentó a Dios con el fruto de la Ciencia del Bien y del Mal y cuando Dios lo
rechazó levantó su Infierno contra la obra de sus manos. Como no pudo hacerle
desistir de su Deseo atacó directo al Corazón, buscando ahogarle en el pozo de
una Soledad sin fondo. Pero lo mismo esta vez que durante la anterior la Vida
se adelantó a sus planes transfomando el Mal buscado en un Bien encontrado: la
transfiguración del Único Dios Verdadero en el Padre y el Hijo.
La explosión de
alegría sobre la que a partir del Nacimiento del Hijo quedaron establecidos los
nuevos fundamentos del Nuevo Universo le sirvió a la Muerte de pantalla tras de
la que esconderse y esperar su momento. La Vida le ofreció a Dios su fruto, el
Cielo, y Dios la amó. La Muerte le ofreció el suyo, el Infierno, y el Espíritu
Santo que estaba en Dios lo rechazó. Agazapada, al acecho, encontró su momento
durante la primera Semana de la Creación. Aprovechando las Eras de Regencia de
su Imperio por la Casa de Yavé y Sión la Muerte contratacó, conquistó con el
fruto del Arbol de la Ciencia del Bien y del Mal, que es la Guerra, a una parte
de los hijos de Dios y sumió al Paraíso bajo las olas de su Infierno. Por dos
veces la Guerra se hizo.
A raiz de las Dos
Guerras del Cielo -sobre las cuales habréis leído un resumen en la Tercera
Parte del Corazón de María- y a consecuencia de ellas, fue abriendo Dios los
ojos a la existencia de una Fuerza que estaba actuando en su Creación y la
estaba volviendo loca. Pero atribuyendo las causas a la soledad y al aislamiento
de sus hijos durante los Periodos Creacionales revolucionó la estructura de su
Mundo de la forma que habréis leído en la Historia de Jesús. La primera de
ellas consistió en la transformación de la Creación en un Espectáculo abierto a
todos los Pueblos del Universo, y la segunda medida fue darle a su Hijo
Primogenito el papel de la Estrella de ese Espectáculo. De donde se entiende
que se escribiera: "Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza",
es decir, hijo de Dios, y no a la semejanza de los dioses, según el Diablo se
lo dijera a Adán: "Seréis iguales que los dioses".
Entonces, tomadas las
decisiones pertinentes, la Historia del Universo siguió su curso. Como dije en
la Historia de Jesús de entre las medidas que Dios adoptó contra el estallido
de una Tercera Guerra Universal figuró -como colofón especial- la creación del
Hombre. Alma Viviente, expresión carnal de su Pensamiento, reflejo de la
Realidad Divina, Espejo de su Bondad, que extendiéndose a toda la Creación
uniría a todos los Pueblos del Universo en una sola y única Sabiduría.
Y así fue; así se
hizo. Mas a la hora de alcanzar la meta, cuando Dios creyó que con la Formación
del Hombre podía darse por cerrada la era de las grandes guerras, estalló la
temida y temible Tercera Guerra Universal. Traspasado su Corazón, pero
maravillada su Inteligencia por la locura de sus hijos rebeldes, locura de la
que El ya no podía seguir echándose las culpas, viendo a su hijo Adán
convertido en el hacha de guerra desentarrada contra su Reino, Dios abrió los ojos
y vio a su Enemigo cara a cara.
Una Nueva Revolución
Cósmica se imponía. Pues sólo Dios podía desterrar del cuerpo de la Creación lo
que de siempre formó parte del cuerpo de la Increación. La Caída de Adán, la
Traición de la Serpiente, serían recordados por el futuro como se recuerdan los
malos momentos, mas si El quería que esos malos momentos no volviesen, ni se
hiciesen crónicos y que con el tiempo se complicasen hasta arrastrar a todos al
Infierno, debía desterrar a la Muerte de su Creación y reconfigurar su Reino
para que el Conocimiento de la Ciencia del Bien y del Mal se quedase en eso, en
conocimiento.
Más que al Hombre y a
su salvación, pues, Dios debía mirar al Futuro de su Creación. Si a ésta no se
le garantizaba un futuro de qué le valía a nadie salvación para hoy y
condenación para mañana. Era el Edificio de su Reino el que tenía que volver a
ser fundado sobre una Roca Indestructible. Fundación que le tocaba a El y sólo
a El porque era contra El que la Muerte había alzado su Infierno. La primera
parte de su Libro, el Antiguo testamento, trata del Anuncio de esta nueva
Reconfiguración de su Mundo. Y como se ve de lo que se lee, sobre la naturaleza
específica de las medidas revolucionarias que se juró por su Gloria y Nombre
consumar. Pero a nadie le dijo Dios palabra, ni siquiera a su Primogénito. En
la Historia de Jesús, Apéndice 1, comenté que la transformación del Imperio en
un Reino sempiterno y universal fue la primera medida con la que se abrió esta
Revolución de la Vida contra la Muerte. La primera medida pero no la única.
La segunda parte de su
Libro, el Nuevo Testamento, trata de la Batalla entre la Vida y la Muerte, del
Cielo contra el Infierno, y glorifica la Victoria del Espíritu Santo contra el
espíritu Maligno, de Cristo sobre el Diablo. Dice el Libro de Dios en su
tercera parte que llegado el Día Anuciado le ordenó Dios a todos sus hijos presentarse
ante su Trono y deponer sus coronas a sus pies. De lo que se lee se ve que unos
lo hicieron y otros se negaron,y que en consecuencia los Rebeldes que no lo
hicieron fueron perseguidos, destronados y arrojados del Cielo.
De la lectura del
Nuevo Testamento se desprende que mientras los príncipes Fieles persiguieron a
los Rebeldes, Dios llamó a su Primogénito, le dió a conocer la Doctrina del
Reino de los Cielos e inmediatamente lo envió a nuestro mundo, donde se encarnó
en la Virgen María y nació bajo el reinado de los Herodes, en Belén de Judá,
durante los días del censo universal decretado por Octavio César Augusto.
Ignorante y desconocedor de las medidas revolucionarias que su Padre había
proyectado y empezaban a materializarse a raiz de su Encarnación, el Hijo de
Dios descubrió a Cristo durante el episodio que El mismo protagonizara en el
Templo, a la edad de los doce años aproximadamente. En Cristo descubrió el
Pensamiento de Dios, y lo que es más importante, descubrió el Origen del
Espíritu Santo, que estaba en su Padre, Único Dios Verdadero e Increado que
conocieron el Infinito y la Eternidad.
Se entiende de la
lectura del Nuevo Testamento que Dios le descubrió a su Hijo tanto la identidad
del verdadero Enemigo de su Reino cuanto la Naturaleza de la Revolución
Cristiana que sólo y nada más que Cristo Jesús podía y debía abrir. Cristo
Jesús, el Rey Mesías, el heredero de todas las promesas escritas en el Antiguo
Testamento, nacido del espíritu de Yavé: "espíritu de inteligencia y sabiduría,
de entendimiento y fortaleza, de consejo y temor de Dios". Estando sin
embargo sujeto por su Origen a la estructura del Mundo Antiguo, y porque de
entre todos los príncipes del Cielo Jesús era el Rey de reyes, también a El le
tocaba obedecer y sujetarse al decreto de Abolición del Imperio que su Padre
dictara y estuvo en la causa de la Batalla en el Cielo, de la que habla en su
Libro, Apocalipsis. Al igual que lo hicieron los Príncipes del Cielo también el
Rey de reyes y Señor de señores debía deponer su Corona a los pies de Dios.
Y así lo hizo. De
manera que sujeto a la condición de los particulares que bajo riesgo y cuenta
propia emprenden una revolución sin contar con más fuerza que el amor a la
Verdad, también Jesús fue atrapado por los poderes reaccionarios de este mundo,
y, consecuentemente, entregado a los jueces de Cristo para que fuera contado
entre los malhechores por enemigo de la Humanidad.
Pero lo que no sabía
nadie, porque nadie podía saberlo, era que al regresar a su Mundo Jesucristo lo
hacía como Rey Todopoderoso y Omnisciente a imagen y semejanza de su Padre, y
que Glorificado de esta manera llevaba a su Casa una Nueva familia, su propia
Familia: Una Esposa, engendrada para unir a todo el Universo en una misma
Iglesia, unos Hermanos, cuyo Poder es el de Dios, que está en su Palabra, y
unos Hijos, nacidos para unir todo su Reino en una misma Inteligencia .
He aquí el Misterio
del Espíritu Santo. La Cabeza es Cristo Jesús, el tronco es la Iglesia
Católica, y los dos Brazos son, el uno, los Hermanos y el otro los Hijos de
Cristo. Aquí está el espíritu de Inteligencia.
Pedid y no lo dudéis:
Inteligencia sin medida a la imagen y semejanza de la de nuestro Creador. Pedid
y recibiréis Inteligencia sin medida para alcanzar todos los secretos del universo
y de la naturaleza humana. Este es el Día de los hijos de Dios de la
descendencia de Cristo, fruto de su Matrimonio con la Iglesia. Este es el Día
sobre el que San Pablo escribiera:
Tengo por cierto que
los padecimientos del tiempo presente no son nada en comparación con la gloria
que ha de manifestarse en nosotros; porque la expectación ansiosa de la
creación está esperando la manifestación de los hijos de Dios, pues las
criaturas están sujetas a la vanidad, no de grado, sino por razón de quien las
sujeta, con la esperanza de que también ellas serán libertadas de la
servidumbre de la corrupción para participar en la libertad de la gloria de los
hijos de Dios.
Efectivamente, El es
la Respuesta. En El estan los tesoros de todas las Ciencias, presentes y
futuras. En El están todas las respuestas a todas las Enfermedades y a todos
los problemas referentes a la Organización de la Plenitud de las Naciones. En
El estan todos los secretos del Universo y de la Naturaleza. El es el Hijo, y
pone a disposición de su Descendencia la Omnisciencia de Dios, porque como muy
bien lo dijera en persona: Todo lo del Padre es mío.