EL EVANGELIKOM
Teologia de la Procedencia del Espíritu Santo,
o el Discurso del
Error
SOBRE EL FILOQUE :
I
por qué decimos
que es Dios
La Voluntad de Dios
nos toca a sus hijos en todo lo que se refiere a nuestra existencia, y no tanto
ya porque la desobediencia a la Voluntad de la causa de nuestro ser implique un
castigo cuanto porque su realización le abre a la Humanidad una puerta en las
tinieblas y le ilumina el camino a través de las aguas de violencia que llenan
la Tierra y amenazan con ahogar este siglo en el océano de sangre que con las
injusticias están las naciones llenando. Obviamente quien no la conoce y quien
no cree que Su Voluntad Presente sea la Unificación de las iglesias en una sola
y única, no ha de preocuparse en absoluto de nada excepto de perpetuar el
status intereclesiástico que hemos heredado del pasado y cuyos efectos tienen
una influencia negativa tan poderosa en las perspectivas del mundo tal cual
existe.
Al contrario que los
hijos de este mundo, para quienes el problema de la influencia negativa de la
división de las iglesias sobre la civilización se acaba, siguiendo el método de
cortar el cuello para acabar con el dolor de cabeza, haciendo desaparecer el
cristianismo de la faz del mundo, la posición de un hijo de Dios es, al
contrario que la señalada, enfrentarse a las causas de la división
intereclesiástica y buscar el Fin de la división del reino de Dios en la
Tierra, promoviendo primero la Obediencia al Dios de toda Sabiduría y Ciencia,
lejos del cual todo mal y violencia se engrandece y multiplica, y seguidamente
actualizando sobre la Plenitud de las naciones de nuestra Era la carga positiva
de infinito peso que el cristianismo lleva consigo. Natural, entonces, que la
opinión de los primeros, de ésos que creen que los males derivados de la
división entre los cristianos se acaba combatiendo las iglesias hasta hacerlas
desaparecer, no cuente a los pies de un hijo de Dios y la propia fuerza que
anima nuestra inteligencia nos lleve a pasar por encima de semejante
pensamiento, más propio de un demente que no ha aprendido aún nada de Dos Mil
años de Historia y en su locura se cree que puede hacer, con un partido
político, lo que no pudieron hacer imperios, algunos tan terribles como el estalinista,
esto es, destruir el reino de Dios en la Tierra. El ser, es, en definitiva, el
que obliga, y el ser es el que se pone de pie para hacer la Voluntad de Aquel a
quien le debe la existencia.
Visto para sentencia
el caso del ateísmo, sobre cuya cabeza pesa la culpa del materialismo
pragmático a cuya doctrina se han acogido los diferentes movimientos políticos
de estos días, y dando por sentado que estos poderes, al igual que estuvieron
en el origen de los cismas para, creándolos, hacer de las iglesias los
apéndices imperiales de sus visiones dinásticas, nosotros tenemos que dar por
perdida su causa, pues se enfrentan a Dios, y a Su servicio nuestro deber es
hacer nuestro trabajo, no otro que dar por finalizada las problemáticas
inherentes a la dogmática intereclesiástica, en este caso tratando el tema del
Filoque, es decir, resolviendo de una vez por todas y para siempre el Secreto
del Misterio de la Santísima Trinidad.
(Para quienes no
estéis al corriente del tema, será bueno que abráis el enlace de arriba. No es
todo lo completo que se merece el problema pero es suficiente a la hora de
plantearlo desde el fracaso de la Teología para entender el Ser de la
Divinidad. Fracaso cantado desde el escándalo que supone el atrevimiento, que
tomaremos por pueril y a la infancia de la cristiandad le ajdudicaremos la
causa, de hacer de Dios objeto del pensamiento, cual si Dios fuera un objeto de
ciencia sobre el que el hombre, como le es natural al sentido de toda ciencia,
ha de someter a su dominio. ¿Es que acaso Pedro fue teólogo? ¿O lo fue Moisés?
¿Fue la Teología el instrumento que le dio la Victoria a David? ¿No fue cuando
la Religión, es decir, la Revelación, dejó lugar a la Teología, en su forma
Judía, que el Judaísmo derivó hacia el fin de su su mundo? ¿No fue la Teología
la que una vez y otra se lanzó contra la Unidad Universal Cristiana y la hirió
de grandes divisiones, recordando el arrianismo? Teólogos, pues, tenían que ser
quienes pensando a Dios escandalizaron al Cielo y a la Tierra sembrando odio y
muerte entre las iglesias, ortodoxa y católica en este caso. Y una vez más
durante la Reforma. Así, si la Religión siembra el Amor, la Teología, desde el
principio del cristianismo, no ha hecho más que sembrar Odio entre las
iglesias, lanzando a hermanos contra hermanos en nombre de la preclaridad
intelectual de los artífices de sus dogmas).
En el tema concreto
del Filoque sobra decir que tanto católicos como ortodoxos decían lo mismo y
que el odio y la división procedía no de la Revelación, que era y es Inmutable,
sino de los intereses imperiales a los que servían unos y otros a ambos bandos
de la contienda teológica intereclesiástica. De donde se ve que es evidente
que, no existiendo los imperios bajo cuyas tinieblas se forjara el Escándalo
Cismático, y persistiendo sin embargo la división esquizoide entre católicos y
ortodoxos, los unos como los otros establecidos ante la misma Puerta de
Salvación: "Tú eres el Hijo de Dios vivo; persistiendo la división, digo,
debemos ver la existencia de nuevos intereses abstractos detrás de esta
confrontación contra una Piedra de escándalo cuyo núcleo es básicamente
todopoderoso, universal y eternamente Indestructible.
A saber, Dios en tanto
que Ser, es Santo. Y esto tal que no lo era Ayer y sí lo es Hoy y lo es Hoy
pero puede que no Mañana. NO, en absoluto, Dios es Santo desde la eternidad y
lo será eternamente. Esta Santidad en cuanto propiedad del Ser Divino, lleva en
su esencia y sustancia los Atributos Divinos, y no tal que unos más que otros y
otros menos que más. En absoluto, Dios es Santo a la manera que Dios es
Infinitamente todopoderoso y nada ni nadie puede cambiar esta Verdad no importa
cuántas eternidades pasen. Y por esto decimos: El Espíritu Santo es Dios.
Y si no lo fuera la
Creación entera estaría expuesta al capricho de una Voluntad que podría
decantarse por el Mal tras un meandro cualquiera del río del tiempo y donde
hasta entonces hubo justicia, y paz y libertad y alegría y gloria que se come,
que se transpira, que se huele, que se disfruta, que se alza, que se levanta,
que hace reir y rejuvenece almas y pensamientois y huesos y hasta muertos,
donde hubo eso y más de pronto el infierno de las pasiones ignotas de un
espíritu que no lleva el Sello de la Penitud de la Divinidad se alza con el
Poder de un Brazo que tiene toda Majestad para hacer el más inconcebible de los
males, haciendo de aquéllos que creen conocer las profundidades del trono de
Satán unos memos sin imaginación de ninguna clase, tanto más infernal este
cambio cuando que, siendo Dios, nadie podría pedirle cuentas de sus cambios de
humor. ¿Qué loco, aparte de un alma cobarde y rastrera, sería la que desearía
vivir, más allá del tiempo cifrado en sus genes, bajo la sombra de un Ser
sujeto a dicho Espíritu cambiante y alterable por los tiempos? ¿Cuándo ese
Creador amantísimo daría paso a un dios al estilo de aquéllos del Olimpo de los
dioses antiguos que necesitaban matar el aburrimiento levantando los vientos de
la guerra y saciar su hambre con las carnes y las almas de los vivientes? Los
tales, para ocultar que no eran más que infernales demonios, excusaban su sed
de sangre y su hambre de alma en la promesa del paraíso de los guerreros.
Nuestros antepasados, ignorantes, no habiendo conocido al Verdadero Dios,
vivieron bajo sus astros y sacrificaron sus hijos y los de sus esclavos a fin
de alcanzar la gracia de la vida de tales dioses de la muerte.
Pero nosotros
escapamos de aquélla corte de dioses infernales y conocimos al Dios de la
Eternidad y del Infinito, y supimos que es Santo, y que esta Santidad no es
pasajera sino que participa de todos los Atributos del Ser de Dios en Plenitud
absoluta. De aquí que en nuestro Nombre y de toda la Humanidad nuestros Maestro
dijera: "Abba, Padre"; sobre cuya sangre nuestra Fe se hizo fuerte y
nuestras almas se vistieron de alegría para avanzar en las tinieblas, prestos a
desafiar los siglos por los que aún habría de pasar la Fe hasta llegar al
puerto de la Esperanza, que al fin de los tiempos habría de manifestarse, como
así sucede, para la Salvación de todas las Naciones del Género Humano.
Alegría en el Cielo y
en la Tierra. Porque habiendo sido engendrado, no creado, de la misma
Naturaleza del Padre, el Hijo de Dios podía ver en Dios su Espíritu y juzgar
por sí mismo si Aquel que dijo "Sed santos como yo soy santo", lo
declaraba como quien lo era en el momento pero pasado ese tiempo podía dejar de
serlo, en más o menos cantidad, cambio que habría de afectarle igualmente a El,
aunque en la medida que siendo Dios de Dios habría de sufrir las consecuencias
de diferente manera; o si por el contrario la Santidad en el Espíritu de Dios
es tal que se pueda declarar ad eternum et ad infinitum: El Espíritu Santo es
Dios.
Alegría en el Cielo y
en la Tierra. Quien era por Naturaleza Igual a Dios miró a Dios y vio su
Espíritu, y viéndolo, clamó el Primero: "Abba, Padre". Y este Abba
era la Declaración del Hijo sobre la Divinidad, que su Esposa, y Madre Nuestra,
la Iglesia, recibió en testamento y ha dado a conocer a todos desde el
principio de los tiempos, diciendo: "El Padre es Dios, el Hijo es Dios y
el Espíritu Santo es Dios".
Sí, lo es desde la
Eternidad y lo será por la Eternidad. Dios no dice Hoy: Sí; y Mañana: No. El
Espíritu Santo en Dios es Dios. Podemos correr a sus brazos sin miedo a que en
un recodo de la eternidad ese Dios amantísimo de todos los vivientes de pronto se
sienta invadido por un hambre infernal y comienze a comerse a sus hijos.
He aquí, tomando una
primera posición, por qué decimos que el Espíritu Santo es Dios.
II
por qué creemos
que Dios
La cristiandad mundial
está predestinada desde el principio del mundo que saliera de las aguas del
Diluvio a gobernar los destinos de los siglos y encauzar el futuro de la
Civilización hacia el Trono del Rey que el Dios de la Eternidad y el Infinito
le ha dado a su Creación. Nuestra pregunta sigue siendo respecto a la vida
eterna. Y es natural que estimulados a desear la Inmortalidad nuestra
consciencia se preocupe por la Personalidad de Aquel en cuyas manos está esta
promesa de vida eterna. ¿De qué nos vale gozar de un tiempo de la Inmortalidad
para caer después bajo el yunque y el martillo de un Ser todopoderoso que,
cansado de ser el que es, se le cambian los tornillos y decide jugar a ser un
Zeus al estilo de los dioses olímpicos, ajeno a todo sentido de justicia y
sostén de una corte de demonios malditos cuyo pasatiempo es hacer de todo
viviente marionetas en el tablero de sus caprichos malignos? ¿Qué garantías
tenemos de que este transformismo infernal no es lo que nos espera en la
eternidad al otro lado de una cualquiera de las vueltas del tiempo?
Ser cristiano significa
no sólo creer en la existencia de Dios, punto respecto al cual creen hasta los
más primitivos de los pueblos conocidos, y nos hace decir que la religiosidad
es genética. En efecto, el hecho religioso fue la manifestación del primer
signo de inteligencia. El ateísmo ha intentado manipular esta manifestación
universal de la vida inteligente sumergiendo su desarrollo en canibalescas
misas ritualísticas, buscando causar en nosotros todo desprecio y asco hacia el
hecho religioso en sí. Afortunamente el patrocinio de la ciencia del siglo XX
sobre todo lo que en el hombre supone una verguenza y un escándalo para las
generaciones que vienen, son suficiente argumento para borrar de la memoria de
la Humanidad semejantes manipulaciones perversas sobre el Pasado del Hombre. El
Hombre, en cuanto manifestación real de la Vida Inteligente, es algo más que
esa versión para micos nobelescos a la que todos los asesinos de los pueblos y
las naciones se agarraron y siguien agarrándose a fin de legitimar y perpetuar
el status quo adquirido mediante semejante operación de lavado de cerebro de
las naciones, proceso delictivo contra la Humanidad en el que las escuelas y
los institutos hacen de lavadora y las universidades de detergente y lejía. El
resto es de imaginar. Ser cristiano, por consiguiente, es la negación de
cualquier participación en ese delito del Poder que busca la destrucción del
espíritu mediante la transmutación de sus valores genéticos e históricos en un
programa cultural a implantar por quienes tienen en la Libertad del Hombre el
peor enemigo de su "status quo imperator". Ser cristiano, en
definitiva, es ser semejante a Dios en lo que Dios tiene de Vida Inteligente, y
a Imagen y semejanza de la Suya nuestra Inteligencia es indomable, libre por naturaleza
y predestinada por el escándalo de su existencia a gobernar los destinos de la
Humanidad. Lo cual implica, ciertamente, que no sólo decimos que el Espíritu de
Dios es Santo y que esta Santidad es tal que le conviene, porque los tiene,
todos los Atributos de la Divinidad, sino que creemos que así es. Y por esto
somos hijos de Dios. Declaración final que nos conduce a la primera de todas,
esto es: Porqué creemos, sin lugar a fisura por donde pueda entrar destello de
duda, que Dios es Santo.
Desde los remotos días
posteriores a la Caída, cuando la Ignorancia impuso su Ley y el muro del
Silencio de Dios entre Creador y criatura alzó un abismo insalvable, la
búsqueda de la Inmortalidad fue la meta más universal tras la que corrieron
todos aquéllos que dominaron los pueblos. Lo dicen los textos más antiguos que
se refieren a la historia de las naciones perdidas. En aquél camino los
sacrificios humanos fueron el eslabón final de una imposible victoria que
arrastró la consciencia humana a la locura como consecuencia de la neurosis
esquizoide que procede de una satisfacción en estado perpetuo de insatisfacción
aguda. Desde ésta situación mundial entender la Divinidad partiendo de la
Humanidad violada, traspasada, crucificada, arrojada a las tinieblas, devino un
absurdo, un imposible categórico, una aventura condenada al fracaso total. Pues
si ya es insuficiente el hombre solo para por sí mismo descubrir las
propiedades de la Sabiduría, es decir, del Espíritu Santo de la Divinidad, como
se demuestra por los acontecimientos mundiales durante más de cuatro milenios,
tanto más imposible se le hizo una vez que su civilización fue abandonada al
imperium de un hijo de Dios malvado y perverso cuya Inmortalidad pasó a
depender de nuestra muerte eterna.
Abocado por su propia
locura a destruirnos a fin de salvarse él de las consecuencias que había
labrado con su boca, bajo su imperium demoníaco nuestra causa estaba perdida y
nada ni nadie en el mundo y en todo el universo podía ya encauzar el grito de
la vida en el Hombre en la dirección para la que fuera creado y desde sus genes
invocaba: Dios Padre Todopoderoso y Santo. Por esto, ¡¿qué?! es Dios pasó a
importar nada al lado del deseo de Inmortalidad que nació con la Civilización,
y desde el que brotaron las religiones antiguas. Si al principio todas las
manifestaciones religiosas de los primeros pueblos del Género Humano estaban
llamadas a confluir en una Gran Religión Universal, fruto de la suma de todas
las religiones, lo que vino a suceder en Mesopotamia, en el Cuarto-Quinto Milenio
antes del Nacimiento, naciendo de aquél encuentro el Primer Hombre al que Dios
llamó Hijo, el Adán del Génesis; después de la Caída aquél hijo de Dios que se
rebelara contra el Espíritu Santo del Infinito y la Eternidad, que en Dios
había alzancado su Plenitud, hizo de aquéllas religiones una fuente de odio
entre las naciones, transformando de esta manera el camino de encuentro en una
hoja de ruta de guerra fratricida entre cuyas líneas debía cebarse la
destrucción total y absoluta del Hombre en tanto que semejante de Dios.
Atrapado nuestro mundo
entre el Silencio de nuestro Creador, consecuencia de la Rebelión de Adán
contra su Espíritu Santo, hecha en la Ignorancia y a Traición, es cierto, y por
esto hubo lugar a Redención; y la Manipulación de nuestra inteligencia por una
mente ejercitada en las cosas de la Ciencia del bien y del mal desde antes de
nuestra creación, el futuro de nuestro mundo era, saltando de ignorancia en
ignorancia, la pérdida total de identidad entre lo humano y lo divino y la extinción
del género humano de la faz del universo. Fue entonces, en ésos días, cuando
ese futuro estaba encarrilado por aquél que debía destruir nuestro mundo para
salvarse él y salvar a los suyos, que el mismo Dios que juzgara acorde a la
Ley: "El dia que de él comieres, morirás", retomó de nuevo en sus
manos nuestra causa y levantó a Moisés entre nuestros padres para sirviéndose
de su siervo acercarnos a la naturaleza de la Santidad. De aquí que la primera
palabra de la Eternidad, hablando de Dios, fuera: "Sed santos, porque yo
soy santo".
Si uno tuviera que
razonar sobre qué propiedad define mejor el hecho de la Santidad, serían muchas
palabras las que nos saltarían a la boca, pero de todas ninguna de ellas sería
más apropiada que ésta: Justicia.
No esparzas rumores
falsos. No te unas con los impíos para testificar en falso.
No te dejes arrastrar
al mal por la muchedumbre.
En las causas no
respondas porque así responden otros falseando la justicia; ni al pobre
favorecerásn en su litigio.
Si encuentras el buey
o el asno de tu enemigo perdidos, llévaselos.
Si encuentras el asno
de tu enemigo caído bajo la carga, no pases de largo; ayúdale a levantarlo.
No tuerzas el derecho
del pobre en sus causas.
Aléjale de toda
mentira, y no hagas morir al inocente y al justo, porque yo no absolveré al
culpable de ello.
No recibas regalos,
que ciegan a los prudentes y tuercen la justicia.
Pero la Justicia tiene
una fuente: La Verdad. La Verdad es el principio de la Justicia, y el fin es la
Paz. Y todos sabemos que una Justicia que encubre un crimen, culpa a un
inocente y absuelve al verdadero culpable del delito por el que se clama Justicia
es una Injusticia maligna, criminal, y criminales y delincuentes son quienes a
conciencia encubren al delincuente y hacen perecer al inocente, encaminando con
su injusticia delictiva a la guerra al pueblo que privado de justicia se le
niega el camino de la Paz. Es una ecuación de valor eterno que hemos vivido en
nuestras carnes, la Humanidad, miles de veces, y hay que ser un animal o un
demonio para conociendo esta ley universal quererle imponer al universo la ley
del propio imperium.
Llegamos, pues, al punto
que nos interesa sobre todas las cosas, tanto como hijos de Dios cuanto como
ciudadanos de un reino eterno que aspiran a vivir a la luz de una Justicia
Incorruptible cuyo Principio insobornable es la Verdad y cuyo Fin innegociable
es la Paz Universal. Y este punto es: Por qué creemos que Dios es precisamente
todo esto y que esta ecuación, Verdad-Justicia-Paz, son los pilares
indestructibles sobre los que se basa el Conocimiento de sí mismo de Aquel que
dice: Yo soy el que soy.
Porque sabemos que aquéllos
a quienes se les manifestó la Naturaleza del Espíritu acabaron estrangulados
por la cuerda que se enrollaron al cuello por no poder aceptar el hecho de que
el Hombre por sí solo es polvo, y la Teología, en cuanto ciencia, es el
patíbulo donde la Fe es librada al vacío de la horca. Pues no es el Hombre el
que conoce a Dios, sino Dios el que se da a conocer. Por esto dijo:
"Hagamos al hombre a nuestra Imagen y a nuestra Semejanza", y si al
Hombre no le hiciera falta Dios para conocer a Dios en este caso la Biblia no
tendría sentido, Moisés ni Cristo lo tendrían, y las iglesias serían todo lo
contrario de lo que son, conclusión que únicamente un demente y un demonio se
atreverían a firmar.
Dios no es cognoscible
en tanto que objeto del pensamiento científico humano. Dios no es teologizable,
en definitiva. Dios se revela, se descubre, se entrega, se da a conocer. Y lo
hace poniendo en el escenario de la Historia Universal su Santidad en carne,
encarnándola, a fin de que toda inteligencia, lo mismo del Cielo como de la
Tierra, la veamos en todas sus propiedades y atributos, en toda su gloria y
belleza, en toda su Bondad y Valor. Y se hace tocar no por el pensamiento ni
por los pensadores, no a los teólogos y los sabios se presenta, sino a los
sentidos, que lo ven, lo tocan lo oyen y le hablan. Dios abroga toda teología y
aborrece la mente de quien tiene a la Divinidad por objeto de estudio e
instrumento de dominio sobre sus semejantes, y se abre en la Plenitud de su
Gracia y de su Verdad a la inteligencia viva, carnal, humana que sin Dios no
puede conocer a Dios y necesita de Dios para realizar en su ser "la Imagen
y Semejanza de Dios". Este, el Verbo hecho carne, es el Espíritu Santo que
se hace hombre y aparta de su lado a los que estudian a Dios como se estudia el
cadáver de un muerto, y le declara Vivo y Eterno para gozo y regocijo de toda
la Creación. Caen a sus pies todas las ciencias divinas y queda en pie
exclusivamente el hombre, desnudo, tal cual Dios lo creara al principio.
Entonces supimos, todos los hijos de Dios, del Cielo y de la Tierra, del Pasado
y del Futuro, por qué el Espíritu Santo es Dios.
Es el Espíritu de la
Eternidad y el Infinito, que en la Vida Increada se movía inmerso para
manifestándose en todo viviente darse a conocer a Dios y hacerse conocer por
Dios. Este lo ama desde el principio sin origen de la Increación y se consuma
este Amor cuando Eternidad e Infinito se hacen una cosa con El, revolucionando
la Realidad Universal al dar Origen a la Creación. Este Espíritu que estaba en la
Vida y movía todas las cosas, se hace Sabiduría y forma la Personalidad de la
Divinidad, según su Confesión: "Antes de mí no fue formado Dios alguno,
ninguno habrá después de mí", y consuma esta Revolución uniéndose a su
Ser, en el que engendra al Padre y al Hijo, de aquí que digamos: Dios de Dios,
Luz de Luz, engendrado, no creado, de la misma Naturaleza que el Padre...
Verdad sempiterna fruto de lo que la Iglesia, nuestra Madre, viera, tocara y
oyera en Cristo, su Esposo, en quien vio, tocó y oyó al Espíritu Santo, al Hijo
y al Padre. Y experiencia revolucionaria de valor sempiterno, indestructible e
imborrable, seno en el que los hijos de Dios nacemos del Espíritu para declarar
con voz incorruptible e innegociable: El Espíritu Santo es Dios.
Esta es nuestra
Verdad, que no procede de ningún libro ni es enseñada en ninguna escuela, sino
que emana de la propia realidad del Espíritu de hijos de Dios consustancial a
nuestra Fe y Esperanza. En este Conocimiento de la Divinidad caminamos alegres
hacia la vida eterna como Ciudadanos del reino de Dios, no en la simple
promesa, sino en la verdad viva de quien ha superado el temor y la duda y vive
la Inmortalidad contra y a pesar de la ley por la que se rige el mundo.
Si Jesucristo no
hubiera subido a la Cruz esta Declaración del espíritu de Aquel que dijera:
"Yo soy el que soy", hubiera caído en el infierno de la mutabilidad y
la Fe sería el camino al infierno, pero porque Jesús subió a la Cruz, siendo
omnipotente y todopoderoso como era, doblando sus rodillas ante el Espíritu
Santo, que para justificación del pecado de Adán y nuestra salvación exigió la
Necesidad de la Muerte de Cristo, a fin de expiar en su sangre todos nuestros
delitos y abrirnos la puerta al Paraíso, porque el Hijo glorificó el Espíritu
Santo, nosotros sabemos que el Espíritu Santo es Dios. Y si Jesucristo no lo
hubiera hecho, subir a la Cruz, la Divinidad supuesta del Espíritu Santo se
habría derrumbado a la manera de los ídolos del mundo antiguo, cayendo junto a
los dioses de los griegos y los romanos el Dios de Abraham de Isaac y de Jacob.
Cualquier reflexión
teológica que cambie, añada o quite a esta Verdad ejecuta una perversión de la
Fe.
III
Y el Verbo es Dios
Esta pequeña incursión
en la Naturaleza Divina tiene por misión conducirnos a la contemplación
verídica de la Unidad entre el Padre y el Hijo en el seno del Acto Creador, que
el propio Jesús nos descubrió, afirmando que "el Padre le muestra el Hijo
todo lo que hace y le mostrará mayores obras que ésta"... de suerte que
nosotros quedemos maravillados. Hecho carne el Verbo, por tanto, nuestra
comprensión de la Relación entre el Padre y el Hijo dentro del Acto Creador no
puede ser obviada ni dada de lado en función de la mentalidad obtusa y patética
del ateísmo científico, y mucho menos del cientifismo teológico que para no
escandalizar al primero se encierra en el tradicionalismo dogmático heredado de
Edades Oscuras sujetas a la Ignorancia y el poder del príncipe de las
tinieblas.
Recordemos que
corregir no es condenar. Que humillarse no es renunciar. Que arrodillarse no es
acobardarse. Dios no escribe un Libro buscando la ruina de su criatura, sino
para rescatar a su Creación caída al filo del abismo por el odio de una
generación de hijos suyos contra el Espíritu en tanto que Espíritu. Resuelto
este enigma, vemos la verdadera naturaleza de la relación divina en el Acto
Creador, donde el Padre es la Omnisciencia, es decir, la cabeza pensante, y el
Hijo es el Brazo que ejecuta. Dos Personas distintas, pues, y un Único Dios
Creador. De aquí que cuando dice el Texto... Pero el espíritu de Dios se cernía
sobre la superficie de las Aguas... las Personas en Dios se manifiestan como
Una Sola y Única en el Espíritu, que, siendo el mismo en ambas, es Dios.
Y será contra este
Espíritu que, la Caída mediante, desenterrará el hacha de guerra el Maligno, la
Serpiente, el Dragón, cuya cabeza es Satán, el príncipe de las Tinieblas. El
hombre, Adán, deviene peón en un tablero, instrumento al servicio de una causa
ajena al Género Humano, y ésa causa sería: la División entre las dos Personas
Divinas, levantar entre Padre e Hijo una división respecto al destino de la
Ciencia del bien y del mal. Sobre este asunto versa el Relato del Paraíso.
Sobre el
Acontecimiento de la Caída digamos que el objetivo de la partida del espíritu
del Diablo contra el Espíritu Santo era, Tentación mediante, abogar ante el
Hijo contra el Padre en pro de la legalización de la Ciencia del bien y del
mal, cuyas leyes, principios y dominio podría el Hijo gustar en vivo y en directo
sobre la superficie de la Tierra.
Desde el punto de
vista de la Eternidad ésta partida era un delito contra la Creación, contra el
Género Humano y contra Dios en su Plenitud: Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Tentar al Hijo era tentar a Dios; esperar que el Hijo cayera seducido por la
Ciencia del bien y del mal, de la que abomina el Padre, era y es negar que el
Espíritu Santo esté en el Hijo. Y sin embargo que el Hijo es Dios de Dios los
Rebeldes ya lo habían visto con sus ojos cuando, Brazo de su Padre, dijera:
Haya Luz, y la Luz se hizo. El fin de la partida abierta en el Edén, por
consiguiente, era, desde el mismo momento de su apertura, el Destierro de los
Rebeldes de la Creación, y la Proclamación a todos los vientos del Misterio
Eterno de la Unidad del Padre y el Hijo en el Espíritu Santo.
Bendito, pues, sea
Dios porque no se dejó corromper mirando los lazos de paternidad que le unían a
los enemigos de su Creación y aplicó la Ley sin acepción y acorde a Justicia
dictó sentencia. Contra el Traidor: Muerte Eterna; contra el Desobediente: Pena
de muerte y Resurrección.