EL EVANGELIKOM
La Cuestión del
Filoque.
Teologia de la Procedencia del Espíritu Santo,
o el Discurso del
Error
I
La creación entera
tiene por filosofía la afirmación de la individualidad de cada criatura, en
tanto que encarnación particular y sui géneris de la Imagen de su Creador. Por
el espíritu de inteligencia mediante el cual Dios hace de su creación "ser
animado de vida a Su imagen y semejanza", la creación entera, entendida
como ser universal, antepone la necesidad que tiene de su Creador a la
necesidad existencial que el Yo tiene de sus semejantes por naturaleza, y
siempre, la excepción es un suicidio, esta relación Creador-Creación prima
sobre cualquier tipo de lazo con la sociedad a la que se pertenece por
Naturaleza.
El Hombre, hecho a
imagen de Dios, puede sobrevivir sin su semejante, pero no puede sobrevivir sin
Dios. El amor del hombre por sus semejantes, aún siendo tan fuerte como para
renunciar a su alma a cambio de la salvación del mundo, no puede, jamás,
ocasionar la destrucción de este Lazo Eterno que le une a Dios, en quien está
su vida.
De esta manera toda
sujeción de una criatura a otra, sea dentro de una sociedad, de un partido, de
una organización, de una iglesia, etcétera, que implique la renuncia a la
independencia de la inteligencia del Individuo, de la Persona, del Yo soy, en
cuya Identificación se manifiesta en toda su potencia la Imagen de su Creador,
reflejo en la materia de su Declaración de Libertad Suprema: "YO soy el
que soy", significa un desprecio absoluto de la Creación respecto a su
Creador, del Hombre respecto a Dios, quien ha creado toda Criatura Inteligente
para disfrutar de la Gloria de su Libertad.
De aquí se desprende
que todo partido, organización, sociedad, iglesia, secta o cualquier tipo de
estructura que implique la renuncia, en nombre de dicha estructura, del ser
animado - en este caso el Hombre - a su Inteligencia, reflejo vivo de la
Inteligencia de su Creador: por este mismo hecho de negarle a Dios la Primacía
de su relación con su Creación, y someter esta Primacía Sempiterna a la
relación del hombre con dicha organización, esta obediencia a la autoridad
establecida supone una abrogación de la Individualidad Divina en el Hombre, y,
de ser llevada a su extremo: presupone una Rebelión abierta de la Criatura
contra el Creador.
Este tipo de renuncia
fue la que condujo a Satán, un hijo de Dios, al Infierno. Negándose Satán y sus
aliados a entregarle a Dios la Primacía de la Obediencia Universal, que le debe
a su Creador toda Criatura, Satán se alzó contra el Señorío Eterno del Creador
sobre la Creación entera.
La gloria de la
libertad de todos los hijos de Dios, y de la Creación entera, pues, está en la
Personalidad del Ser Divino, que se expande por todo el Universo y hace de todo
ser animado un familiar Suyo.
Esto no quiere decir
que el Hombre sea un dios o que sea Igual a su Creador. Pero sí implica, por la
Voluntad Creadora, que la Creación entera crece sin límites y se mueve dentro
de un horizonte en expansión constante e infinito. Y estando el Hombre en
crecimiento el conocimiento de los límites formales dentro de los que crece
nuestra Inteligencia es básico para determinar nuestro comportamiento. ¡Tenemos
unos límites! No en el horizonte, pero sí en el Presente. El horizonte de la
Civilización es la Omnnisciencia Creadora, pero en tanto que estamos en el
camino los límites, siempre en expansión, vienen marcados por la esfera de
nuestros conocimientos actuales.
Nadie, pues, puede
estar libre del error. Siendo Criaturas nuestro Conocimiento crece sujeto a la
Ley del Pensamiento, que, aún siendo Invencible, parte hacia la Sabiduría desde
una Ignorancia, superando en el camino los obstáculos naturales al propio
progreso de la Razón.
El error forma parte
del proceso entre el principio y el fin. Hasta que no alcanzamos la respuesta
correcta cruzamos la selva de la lucha por alcanzar la Verdad. Cualquier humano
que se alza contra esta ley se proclama Dios. Es Dios quien ofrece la
Invencibilidad en la lucha. Pero quien se proclama Infalible y Libre del Error
se alza sobre esta Ley de la Inteligencia Divina, pues Dios mismo dijo de Sí:
"YO he sido formado, y no habrá otro después de mí". De donde se
entiende que siendo Dios desde la Eternidad, esta Formación de su Ser no se
refiere a su Naturaleza sino a su Inteligencia Creadora. De tal forma que si El
mismo estuvo sujeto a esta Ley de la Inteligencia, sobre la que se alzó finalmente,
alcanando la Omnisciencia, mediante la cual produjo en el Infinito la
Revolución que llamamos la Creación, ¡bajo qué presupuestos una criatura, barro
que hoy es y mañana puede ser o dejar de ser dependiendo del Creador de la
Tierra, se atreve a declararse Libre de todo Error!
Creados, por
consiguiente, para disfrutar de la Invencibilidad de la Inteligencia de nuestro
Creador, el Error es pasajero, y El mismo corrige a su Creación, como queda
bien manifiesto en su Libro. Ahora bien, quien declara que no puede Errar se
declara Dios Perfecto y Omnisciente en Acto Vivo.
No vamos a decir que
este Error sea exclusivo de la iglesia romana. La diferencia neta entre la
iglesia romana y su cuerpo italiano y las demás iglesias, la rusa, la inglesa,
la francesa, la española, etcétera, viene marcada por el hecho de haber la
iglesia romana escrito y firmado públicamente lo que en secreto todos los
obispos, patriarcas y pastores de las iglesias sostienen en privado.
Tan infalible se cree
el Patriarca de Moscú que sostiene el Error de la procedencia del Espíritu
Santo del Padre solo, como el Papa de Roma cuando sostiene que la procedencia
del Espíritu Santo se produce desde el Padre y el Hijo. Uno yerra pero se calla
sobre su Infalibilidad, aunque de su comportamiento se deduce que cree en la
Infalibilidad de su Magisterio como don eterno, y el otro yerrra pero declara
su Infalibilidad para errar sobre la Pena de Muerte Eterna que lanza contra la
Creación entera, si la Creación entera se levantara para atreverse a
demostrarle que, siendo Hombre, y por serlo, y porque todo hombre está sometido
a la Ley, también la iglesia romana yerra.
Es de creer que para
firmar este juicio se debe tener una Verdad. Demostrarle a uno que yerra, pero
que mantiene su error sobre el Poder que tiene sobre la Vida y la Muerte, del
alma en este caso, porque vemos que sobre el cuerpo han debido renunciar a
fuerza de matar hasta saciarse sangre, lo mismo el obispo romano que el
moscovita, el de Londres como el de Madrid... No seamos hipócritas. Todos los
siervos de Cristo han pecado contra su Señor al aborrecer la cruz propia y
darle cruz a sus enemigos... Y demostrarles ante toda la Creación que unos como
otros están en el Error, que se puede deducir del comportamiento fratricida que
han escrito en las páginas del Libro de la Historia del Reino de Dios en la
Tierra, pero sin meterse en estos delitos a los que se les aplica la Sentencia
de Dios: "Por vuestra causa es aborrecido mi Nombre entre las
naciones": demostrarles el Error en que se encuentran los unos y los
otros, hablando de la Cuestión del Filoque, se hace así:
II
El Discurso del Error
"Al principio era
el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios".
Aplicado al Presente:
Ayer, Hoy y Siempre es el Verbo, y el Verbo está en Dios, y el Verbo es Dios.
Ahora, hay principios
imposibles de asumir como punto de partida de un discurso por en cuanto su
propio enunciado declara una sentencia que sólo desde el error puede establecerse
por base de pensamiento. Por ejemplo, “la lluvia cae para arriba”. No hay en el
mundo inteligencia capaz de asumir esta declaración como base para un
raciocinio discursivo sin coincidir en que cualquier sistema que se base en
semejante declaración es un raciocinio apto sólo para dementes. Como juego de
imaginación, o ejercicio dialéctico inclusive, una premisa irracional del tipo
escrito no presenta mayores síntomas; es jugar a hacer el loco sin estarlo. El
problema empezaría cuando uno de los jugadores perdiera el juicio y quisiera
establecer sobre su autoridad, la que tuviere, el discurso de la locura
procedente como dogma de fe, por ejemplo, imponiendo la regla de lo que fue un
juego en tanto que ley de cordura, y esta ley como principio teológico.
En el tema del Filoque
tenemos este salto de una declaración que enuncia un principio de locura, a
saber, que el Espíritu Santo procede del Padre, o del Padre y del Hijo, a la
naturaleza de dogma teológico. Por supuesto, para afirmar esto debo mostrar
cuál es el principio de locura, semejante a la lluvia cae para arriba, en la
declaración de la Procedencia del Espíritu Santo, sea del Padre solo o del
Padre y del Hijo juntos. Así que entremos en el Misterio.
III
LaUnidad Perfecta del
Ser Divino
El Espíritu Santo es
Dios. Y el Padre es Dios. Luego el Padre es el Espíritu Santo. Y en
consecuencia afirmar que el Espíritu Santo “procede” del Padre es un
principio de locura.
El Hijo es Dios. El
Espíritu Santo es Dios. Luego el Espíritu Santo es el Hijo. De manera que
afirmar o negar la “procedencia” del Espíritu Santo del Hijo es un principio de
locura.
Lo que es no puede
“proceder” de lo que no es. Y lo que no es “no” puede llegar a ser. De aquí que
lo que es no pueda “proceder” de lo que no es. Y lo que no puede llegar a ser
no tenga procedencia.
Es decir, el Espíritu
Santo es Dios. Y Dios está en el Hijo, y Dios es el Padre. Y siendo Dios y el
Espíritu Santo el mismo Ser se comprende que el Padre, el Hijo y el Espíritu
Santo son un solo Ser, Dios Verdadero.
No puede “proceder”,
en consecuencia, el Espíritu Santo sino de Dios. Y todo principio declarativo
que divida esta Unidad, separando al Padre del Hijo o aislando al Padre del
Hijo, o diseccionando el Padre y el Hijo del Espíritu Santo, es un
principio de locura, y todas las conclusiones a que pueda conducir un discurso
elaborado sobre este principio de locura únicamente puede conducir a la
rebelión contra el principio de Unidad Universal sobre el que Dios fundó las
Iglesias. Sobre cuyo efecto no es necesario presentar más pruebas que la que
existe.
Podemos permitirnos
una excusa justificatica diciendo que al hablar de “procedencia” los teólogos
quisieron decir “venir”, tal que se preguntaron si el Espíritu Santo viene del
Padre o sólo del Padre o del Hijo y sólo del Hijo o viene del Padre y del Hijo
juntos. La respuesta, sin embargo, es la misma. El Padre, el Hijo y el Espíritu
Santo son un solo Ser Divino y Eterno, en quien están el Padre, el Hijo y el
Espíritu Santo. De manera que sea empleando la partícula “procedencia” o la de
“venir” el principio de locura permanece y únicamente cambia la forma de
expresarlo. Dios, en quien están el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, es el
Principio y el Fin de todas las cosas. Y todo lo que sea separar al Padre del
Hijo, o al Espíritu Santo del Padre y del Hijo, es un Error.
Se ve de aquí que
tanto quienes defienden que el Espíritu Santo “procede” solo del Padre, como
quienes defienden que “procede” del Padre y del Hijo, cometieron el Error de
quien quiere mostrar su habilidad dialéctica sobre una premisa absurda tipo “la
lluvia cae para arriba”.
Siendo Dios el Verbo,
porque está en Dios, y estando el Hijo en Dios, y siendo el Espíritu Santo:
Dios, ¿de qué podría proceder o dejar de proceder Dios?
Asumamos que se trata
de saber quién es antes: si el Espíritu Santo, si el Padre o si el Hijo. La
vuelta nos conduce al mismo destino. Dios es Increado y Eterno. Y el Espíritu
Santo es Dios, el Padre es Dios y el Hijo es Dios; luego no hay antes ni
después, ni procedencia ni precedencia.
III
La Fe y el Dogma
Obviamente esta Verdad
Inmutable y Eterna se basa en la Fe. Quien no quiera creer que el Espíritu
Santo es Dios, que el Padre es Dios y que el Hijo es Dios, no puede aceptar la
Imposibilidad Suprema de entrar en Dios para dividir su Ser y declarar que lo
que viene de Dios procede o del Padre, o del Hijo o del Espíritu Santo, o que
el Espíritu Santo procede del Padre solo, o solo del Hijo o del Padre y el Hijo
juntos. Esta Imposibilidad de entrar en el Ser Íntimo de Dios es el Límite de
la Inteligencia Natural de la Creación. Toda Teología, y por efecto todo
teólogo, que rompe este Límite se declara en rebelión contra el Espíritu de
Dios, que no conoce división entre sus Personas y se declara UN solo Dios
Verdadero.
Por correspondencia
quien no asume esta UNIDAD Perfecta e Indivisible en Dios, no es cristiano.
Puede tener una corona o puede tener tres coronas sobre su cabeza. Quien asume
una división en Dios, afirmando que lo que de Dios viene "procede" no
de Dios en su Unidad Perfecta si no de una Persona Divina concreta, tal que el
Padre o el Hijo o el Espíritu Santo, ése no es Cristiano, es decir, no es hijo
ni siervo de Dios, y su señor no es Dios sino el Diablo.
NO escribo esto como
sentencia, sino como definición del Error, a fin de que todo cristiano, sea
sacerdote u obispo, clérigo o laico, borre de su boca y de su pecho semejante
tipo de teología por la que Dios es comparado a una bestia muerta sujeta al
bisturí del teólogo.
Ya digo, toda
sentencia contra natura puede ser usada como ejercicio dialéctico. "El
fuego no quema", por ejemplo. Pero asumir como Teología un discurso
dialéctico establecido sobre una sentencia por su definición un principio de
locura, conduce a quienes entran en el juego al campo donde Caín mató a Abel.
El fuego, ciertamente no quema... excepto a quien mete la mano en el fuego.
El hecho mismo de
poner sobre la mesa "la procedencia del Espíritu Santo", siendo el
Espíritu Santo: Dios, es un principio de locura. La teología de la Procedencia,
en consecuencia, es el Discurso del Error elevado al dogma teológico de la Infalibilidad,
que en la iglesia romana es público y en la oriental se vive en privado. ¿O es
que hay alguien sobre la faz de la Tierra que se atreva a corregir al Patriarca
de Moscú sin exponerse al fuego del Infierno?
La prueba manifiesta
del Error de base en la Teología de la Procedencia es el fratricidio a que
condujo a quienes, en lugar de establecer el Límite en la UNIDAD perfecta e
Indivisible del Ser Divino, se creyeron más allá de la Ley y se permitieron
erigir un monumento a su Infalibilidad sobre la Desobediencia al Mandato de
Unidad Universal por Dios escrito en el frontispicio del Templo de su Hijo. El
resultado lo llamaron el Cisma de Oriente.
IV
Teología y Política
El salto de la simple
tentación al discurso del Error, que finalmente hizo del dogma la mandíbula de
asno con la que Caín mató a Abel, creando entre las Iglesias una división
fratricida que atenta directamente contra el Mandato de Unidad Universal
establecido por Dios desde el Principio, diciendo: “Todo reino en sí dividido
será destruido, y toda ciudad o casa en sí dividida no subsistirá”, siendo las
Iglesias la Casa y la Ciudad de Dios entre los hombres, aquél salto se produjo
durante un tiempo de disputa entre las metrópolis obispales imperiales por la
Primacía Católica, es decir, Universal.
Roma, Bizancio,
Alejandría, Jerusalén y Antioquía reprodujeron en sus cuerpos el caso de los
discípulos de Jesús que se ensarzaron en pelea por ver quién se sentaba a su
lado en el Reino de Dios. Mientras el Imperio estuvo en Roma la Primacía le
correspondió a la iglesia del emperador. Más tarde, Alejandría, Jerusalén y
Antioquía absorvidas por el imperio mahometano, la pelea quedó a dos bandas.
Pero la Caída de Roma y el traspaso del Imperio a Bizancio puso al emperador de
parte de la Iglesia Oriental, frente a la cual la iglesia occidental se mantuvo
firme y se negó a concederle el primado a la iglesia ortodoxa, el emperador así
lo exigía, máxime estando sujeto Occidente a las Invasiones por el Norte y por
el Sur.
Es, pues, como
afirmación de la Restauración del Imperio de Occidente, que Carlo Magno utiliza
la Teología de la Procedencia como mandíbula de asno contra el Imperio de
Oriente, rompiendo entre Oriente y Occidente el Vínculo de la Fe a fin de
establecer su Autoridad sobre las naciones cristianas de Occidente. Y la
Iglesia romana, apoyada ahora en su propio emperador, utilizó a Carlo Magno
como brazo ejecutor de su primacía universal sobre todas las iglesias. Y esto
sin detenerse a pensar en que al utilizar semejante arma, el Filoque, ponía
como causa de división el discurso de un error, la Teología de la Procedencia
del Espíritu Santo, entre las iglesias de occidente y oriente. Pues sea, como
se ha expuesto arriba, que se declare la “procedencia” del Espíritu Santo del
Padre solo o del Padre y del Hijo, lo uno como lo otro procede de una extensión
del principio de demencia que es dividir en Dios a Padre, Hijo y Espíritu
Santo.
No hay división en
Dios, en quien están el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. No hay procedencia
del Espíritu Santo, a la manera entendida por el Filoque, por en cuanto Padre e
Hijo y Espíritu Santo son un mismo Ser, un mismo Dios Eterno e Increado.
Diseccionar el Ser de este Dios es un acto de locura. Cuya expresión es el
Filoque, tanto en su forma dogmática oriental como en su forma occidental.
No hay procesión a
través, ni en, ni desde, ni para. El Ser de Dios no conoce división entre
Padre, Hijo y Espíritu Santo. Quien recibe a Dios recibe Padre, Hijo y Espíritu
Santo, de aquí que Jesús ordenare bautizar en el Padre, el Hijo y el Espíritu
Santo, y no en el Padre solamente, o en el Padre y el Hijo, sino en el Nombre
del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Carlo Magno y el Papa
utilizaron la Cuestión del Filoque a la manera que Caín agarró un arma para con
ella amenazar a Abel y de no someterse, matarlo. En este caso la muerte es la
excomunión.
V
El Juicio de Dios
Pero de lo dicho se
entiende que una sentencia basada en un principio asentado sobre el discurso de
un error no tiene ninguna validez delante del tribunal de Dios, porque está
estableciendo un error como dogma de fe y hace de este error el fundamento de
su juicio. Habiendo Dios dado a sus siervos los obispos el Poder de juzgar aquí
en la Tierra a los enemigos de su Reino, dejando visto para Sentencia Final su
caso, este Poder no fue atorgado sin límites de modo que le sirviera a una
iglesia para levantar sobre su base una tiranía sobre las demás. Dios mismo se
levantó contra los pastores de Israel que utilizaron el sacerdocio para hacer
del Templo una escuela de ladrones y criminales, tal que sentenciando Dios a
los jueces sus juicios quedaron anulados por maldad del tribunal sobre el que
dejó el juicio del pueblo, tomando como libro la Ley. O de otro modo la
sentencia contra Cristo hubiese quedado validada delante del tribunal de Dios.
Algo que, como sabemos, no sólo no tuvo lugar sino que colmó el vaso y fue la
gota que sentenció a los jueces de Jesús.
Un juicio falso
establecido sobre un error no tiene, por tanto, ninguna validez delante del
tribunal de Dios. Sus sacerdotes reciben el Poder de atar y desatar, pero
siempre sobre la base de la legitimidad del juicio que deja visto para
sentencia final el caso.
Una sentencia de
excomunión de una iglesia sobre otra implica santidad perfecta de juicio y
justicia inmaculada fundada sobre una Verdad Incorruptible. Si el juez parte de
un error de base para extender su sentencia su juicio queda anulado por la
propia estructura del raciocinio que le llevara a dictarla.
Dios, gracias a Dios,
es incorruptible, no puede ser engañado, ni sobornado, ni acepta por válida una
sentencia fundada sobre un discurso cuyo origen es un error teológico
manifiesto. Lo que quiere decir, que las sentencias de excomunión con la que
firmaron su ruptura las iglesias de oriente y occidente jamás han tenido peso
alguno delante del tribunal de Dios respecto a las naciones cristianas. Los
cristianos, lo mismo ortodoxos que católicos, centrando la Historia en este
contencioso, fueron y siguen siendo Su pueblo, y El sigue siendo su Dios.
Que las iglesias se
levanten o no se levanten mutuamente las sentencias fratricidas, con origen en
el error, no le quita ni le añade nada a la Justicia de Dios, pues su tribunal
no está sometido a ningún Poder externo ni contratado al servicio de potencia alguna.
Si las han levantado como si no lo han hecho, el muro del error, la teología de
la procedencia del Espíritu Santo, o discurso del error, llamado Filoque,
mientras permanezca en pie será la verdadera causa por la que, siendo causa de
división entre las naciones cristianas, serán juzgadas ambas iglesias.
Concluyendo: Dios es
Uno: y en El están el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y todo lo que sea
añadir o quitarle a esta Declaración, procede del Mal.
SOBRE EL FILOQUE :
I
por qué decimos
que es Dios
La Voluntad de Dios
nos toca a sus hijos en todo lo que se refiere a nuestra existencia, y no tanto
ya porque la desobediencia a la Voluntad de la causa de nuestro ser implique un
castigo cuanto porque su realización le abre a la Humanidad una puerta en las
tinieblas y le ilumina el camino a través de las aguas de violencia que llenan
la Tierra y amenazan con ahogar este siglo en el océano de sangre que con las
injusticias están las naciones llenando. Obviamente quien no la conoce y quien
no cree que Su Voluntad Presente sea la Unificación de las iglesias en una sola
y única, no ha de preocuparse en absoluto de nada excepto de perpetuar el
status intereclesiástico que hemos heredado del pasado y cuyos efectos tienen
una influencia negativa tan poderosa en las perspectivas del mundo tal cual
existe.
Al contrario que los
hijos de este mundo, para quienes el problema de la influencia negativa de la
división de las iglesias sobre la civilización se acaba, siguiendo el método de
cortar el cuello para acabar con el dolor de cabeza, haciendo desaparecer el
cristianismo de la faz del mundo, la posición de un hijo de Dios es, al
contrario que la señalada, enfrentarse a las causas de la división
intereclesiástica y buscar el Fin de la división del reino de Dios en la
Tierra, promoviendo primero la Obediencia al Dios de toda Sabiduría y Ciencia,
lejos del cual todo mal y violencia se engrandece y multiplica, y seguidamente
actualizando sobre la Plenitud de las naciones de nuestra Era la carga positiva
de infinito peso que el cristianismo lleva consigo. Natural, entonces, que la
opinión de los primeros, de ésos que creen que los males derivados de la
división entre los cristianos se acaba combatiendo las iglesias hasta hacerlas
desaparecer, no cuente a los pies de un hijo de Dios y la propia fuerza que
anima nuestra inteligencia nos lleve a pasar por encima de semejante
pensamiento, más propio de un demente que no ha aprendido aún nada de Dos Mil
años de Historia y en su locura se cree que puede hacer, con un partido
político, lo que no pudieron hacer imperios, algunos tan terribles como el estalinista,
esto es, destruir el reino de Dios en la Tierra. El ser, es, en definitiva, el
que obliga, y el ser es el que se pone de pie para hacer la Voluntad de Aquel a
quien le debe la existencia.
Visto para sentencia
el caso del ateísmo, sobre cuya cabeza pesa la culpa del materialismo
pragmático a cuya doctrina se han acogido los diferentes movimientos políticos
de estos días, y dando por sentado que estos poderes, al igual que estuvieron
en el origen de los cismas para, creándolos, hacer de las iglesias los
apéndices imperiales de sus visiones dinásticas, nosotros tenemos que dar por
perdida su causa, pues se enfrentan a Dios, y a Su servicio nuestro deber es
hacer nuestro trabajo, no otro que dar por finalizada las problemáticas
inherentes a la dogmática intereclesiástica, en este caso tratando el tema del
Filoque, es decir, resolviendo de una vez por todas y para siempre el Secreto
del Misterio de la Santísima Trinidad.
(Para quienes no
estéis al corriente del tema, será bueno que abráis el enlace de arriba. No es
todo lo completo que se merece el problema pero es suficiente a la hora de
plantearlo desde el fracaso de la Teología para entender el Ser de la
Divinidad. Fracaso cantado desde el escándalo que supone el atrevimiento, que
tomaremos por pueril y a la infancia de la cristiandad le ajdudicaremos la
causa, de hacer de Dios objeto del pensamiento, cual si Dios fuera un objeto de
ciencia sobre el que el hombre, como le es natural al sentido de toda ciencia,
ha de someter a su dominio. ¿Es que acaso Pedro fue teólogo? ¿O lo fue Moisés?
¿Fue la Teología el instrumento que le dio la Victoria a David? ¿No fue cuando
la Religión, es decir, la Revelación, dejó lugar a la Teología, en su forma
Judía, que el Judaísmo derivó hacia el fin de su su mundo? ¿No fue la Teología
la que una vez y otra se lanzó contra la Unidad Universal Cristiana y la hirió
de grandes divisiones, recordando el arrianismo? Teólogos, pues, tenían que ser
quienes pensando a Dios escandalizaron al Cielo y a la Tierra sembrando odio y
muerte entre las iglesias, ortodoxa y católica en este caso. Y una vez más
durante la Reforma. Así, si la Religión siembra el Amor, la Teología, desde el
principio del cristianismo, no ha hecho más que sembrar Odio entre las
iglesias, lanzando a hermanos contra hermanos en nombre de la preclaridad
intelectual de los artífices de sus dogmas).
En el tema concreto
del Filoque sobra decir que tanto católicos como ortodoxos decían lo mismo y
que el odio y la división procedía no de la Revelación, que era y es Inmutable,
sino de los intereses imperiales a los que servían unos y otros a ambos bandos
de la contienda teológica intereclesiástica. De donde se ve que es evidente
que, no existiendo los imperios bajo cuyas tinieblas se forjara el Escándalo
Cismático, y persistiendo sin embargo la división esquizoide entre católicos y
ortodoxos, los unos como los otros establecidos ante la misma Puerta de
Salvación: "Tú eres el Hijo de Dios vivo; persistiendo la división, digo,
debemos ver la existencia de nuevos intereses abstractos detrás de esta
confrontación contra una Piedra de escándalo cuyo núcleo es básicamente
todopoderoso, universal y eternamente Indestructible.
A saber, Dios en tanto
que Ser, es Santo. Y esto tal que no lo era Ayer y sí lo es Hoy y lo es Hoy
pero puede que no Mañana. NO, en absoluto, Dios es Santo desde la eternidad y
lo será eternamente. Esta Santidad en cuanto propiedad del Ser Divino, lleva en
su esencia y sustancia los Atributos Divinos, y no tal que unos más que otros y
otros menos que más. En absoluto, Dios es Santo a la manera que Dios es
Infinitamente todopoderoso y nada ni nadie puede cambiar esta Verdad no importa
cuántas eternidades pasen. Y por esto decimos: El Espíritu Santo es Dios.
Y si no lo fuera la
Creación entera estaría expuesta al capricho de una Voluntad que podría
decantarse por el Mal tras un meandro cualquiera del río del tiempo y donde
hasta entonces hubo justicia, y paz y libertad y alegría y gloria que se come,
que se transpira, que se huele, que se disfruta, que se alza, que se levanta,
que hace reir y rejuvenece almas y pensamientois y huesos y hasta muertos,
donde hubo eso y más de pronto el infierno de las pasiones ignotas de un
espíritu que no lleva el Sello de la Penitud de la Divinidad se alza con el
Poder de un Brazo que tiene toda Majestad para hacer el más inconcebible de los
males, haciendo de aquéllos que creen conocer las profundidades del trono de
Satán unos memos sin imaginación de ninguna clase, tanto más infernal este
cambio cuando que, siendo Dios, nadie podría pedirle cuentas de sus cambios de
humor. ¿Qué loco, aparte de un alma cobarde y rastrera, sería la que desearía
vivir, más allá del tiempo cifrado en sus genes, bajo la sombra de un Ser
sujeto a dicho Espíritu cambiante y alterable por los tiempos? ¿Cuándo ese
Creador amantísimo daría paso a un dios al estilo de aquéllos del Olimpo de los
dioses antiguos que necesitaban matar el aburrimiento levantando los vientos de
la guerra y saciar su hambre con las carnes y las almas de los vivientes? Los
tales, para ocultar que no eran más que infernales demonios, excusaban su sed
de sangre y su hambre de alma en la promesa del paraíso de los guerreros.
Nuestros antepasados, ignorantes, no habiendo conocido al Verdadero Dios,
vivieron bajo sus astros y sacrificaron sus hijos y los de sus esclavos a fin
de alcanzar la gracia de la vida de tales dioses de la muerte.
Pero nosotros
escapamos de aquélla corte de dioses infernales y conocimos al Dios de la
Eternidad y del Infinito, y supimos que es Santo, y que esta Santidad no es
pasajera sino que participa de todos los Atributos del Ser de Dios en Plenitud
absoluta. De aquí que en nuestro Nombre y de toda la Humanidad nuestros Maestro
dijera: "Abba, Padre"; sobre cuya sangre nuestra Fe se hizo fuerte y
nuestras almas se vistieron de alegría para avanzar en las tinieblas, prestos a
desafiar los siglos por los que aún habría de pasar la Fe hasta llegar al
puerto de la Esperanza, que al fin de los tiempos habría de manifestarse, como
así sucede, para la Salvación de todas las Naciones del Género Humano.
Alegría en el Cielo y
en la Tierra. Porque habiendo sido engendrado, no creado, de la misma
Naturaleza del Padre, el Hijo de Dios podía ver en Dios su Espíritu y juzgar
por sí mismo si Aquel que dijo "Sed santos como yo soy santo", lo
declaraba como quien lo era en el momento pero pasado ese tiempo podía dejar de
serlo, en más o menos cantidad, cambio que habría de afectarle igualmente a El,
aunque en la medida que siendo Dios de Dios habría de sufrir las consecuencias
de diferente manera; o si por el contrario la Santidad en el Espíritu de Dios
es tal que se pueda declarar ad eternum et ad infinitum: El Espíritu Santo es
Dios.
Alegría en el Cielo y
en la Tierra. Quien era por Naturaleza Igual a Dios miró a Dios y vio su
Espíritu, y viéndolo, clamó el Primero: "Abba, Padre". Y este Abba
era la Declaración del Hijo sobre la Divinidad, que su Esposa, y Madre Nuestra,
la Iglesia, recibió en testamento y ha dado a conocer a todos desde el
principio de los tiempos, diciendo: "El Padre es Dios, el Hijo es Dios y
el Espíritu Santo es Dios".
Sí, lo es desde la
Eternidad y lo será por la Eternidad. Dios no dice Hoy: Sí; y Mañana: No. El
Espíritu Santo en Dios es Dios. Podemos correr a sus brazos sin miedo a que en
un recodo de la eternidad ese Dios amantísimo de todos los vivientes de pronto se
sienta invadido por un hambre infernal y comienze a comerse a sus hijos.
He aquí, tomando una
primera posición, por qué decimos que el Espíritu Santo es Dios.
II
por qué creemos
que Dios
La cristiandad mundial
está predestinada desde el principio del mundo que saliera de las aguas del
Diluvio a gobernar los destinos de los siglos y encauzar el futuro de la
Civilización hacia el Trono del Rey que el Dios de la Eternidad y el Infinito
le ha dado a su Creación. Nuestra pregunta sigue siendo respecto a la vida
eterna. Y es natural que estimulados a desear la Inmortalidad nuestra
consciencia se preocupe por la Personalidad de Aquel en cuyas manos está esta
promesa de vida eterna. ¿De qué nos vale gozar de un tiempo de la Inmortalidad
para caer después bajo el yunque y el martillo de un Ser todopoderoso que,
cansado de ser el que es, se le cambian los tornillos y decide jugar a ser un
Zeus al estilo de los dioses olímpicos, ajeno a todo sentido de justicia y
sostén de una corte de demonios malditos cuyo pasatiempo es hacer de todo
viviente marionetas en el tablero de sus caprichos malignos? ¿Qué garantías
tenemos de que este transformismo infernal no es lo que nos espera en la
eternidad al otro lado de una cualquiera de las vueltas del tiempo?
Ser cristiano significa
no sólo creer en la existencia de Dios, punto respecto al cual creen hasta los
más primitivos de los pueblos conocidos, y nos hace decir que la religiosidad
es genética. En efecto, el hecho religioso fue la manifestación del primer
signo de inteligencia. El ateísmo ha intentado manipular esta manifestación
universal de la vida inteligente sumergiendo su desarrollo en canibalescas
misas ritualísticas, buscando causar en nosotros todo desprecio y asco hacia el
hecho religioso en sí. Afortunamente el patrocinio de la ciencia del siglo XX
sobre todo lo que en el hombre supone una verguenza y un escándalo para las
generaciones que vienen, son suficiente argumento para borrar de la memoria de
la Humanidad semejantes manipulaciones perversas sobre el Pasado del Hombre. El
Hombre, en cuanto manifestación real de la Vida Inteligente, es algo más que
esa versión para micos nobelescos a la que todos los asesinos de los pueblos y
las naciones se agarraron y siguien agarrándose a fin de legitimar y perpetuar
el status quo adquirido mediante semejante operación de lavado de cerebro de
las naciones, proceso delictivo contra la Humanidad en el que las escuelas y
los institutos hacen de lavadora y las universidades de detergente y lejía. El
resto es de imaginar. Ser cristiano, por consiguiente, es la negación de
cualquier participación en ese delito del Poder que busca la destrucción del
espíritu mediante la transmutación de sus valores genéticos e históricos en un
programa cultural a implantar por quienes tienen en la Libertad del Hombre el
peor enemigo de su "status quo imperator". Ser cristiano, en
definitiva, es ser semejante a Dios en lo que Dios tiene de Vida Inteligente, y
a Imagen y semejanza de la Suya nuestra Inteligencia es indomable, libre por naturaleza
y predestinada por el escándalo de su existencia a gobernar los destinos de la
Humanidad. Lo cual implica, ciertamente, que no sólo decimos que el Espíritu de
Dios es Santo y que esta Santidad es tal que le conviene, porque los tiene,
todos los Atributos de la Divinidad, sino que creemos que así es. Y por esto
somos hijos de Dios. Declaración final que nos conduce a la primera de todas,
esto es: Porqué creemos, sin lugar a fisura por donde pueda entrar destello de
duda, que Dios es Santo.
Desde los remotos días
posteriores a la Caída, cuando la Ignorancia impuso su Ley y el muro del
Silencio de Dios entre Creador y criatura alzó un abismo insalvable, la
búsqueda de la Inmortalidad fue la meta más universal tras la que corrieron
todos aquéllos que dominaron los pueblos. Lo dicen los textos más antiguos que
se refieren a la historia de las naciones perdidas. En aquél camino los
sacrificios humanos fueron el eslabón final de una imposible victoria que
arrastró la consciencia humana a la locura como consecuencia de la neurosis
esquizoide que procede de una satisfacción en estado perpetuo de insatisfacción
aguda. Desde ésta situación mundial entender la Divinidad partiendo de la
Humanidad violada, traspasada, crucificada, arrojada a las tinieblas, devino un
absurdo, un imposible categórico, una aventura condenada al fracaso total. Pues
si ya es insuficiente el hombre solo para por sí mismo descubrir las
propiedades de la Sabiduría, es decir, del Espíritu Santo de la Divinidad, como
se demuestra por los acontecimientos mundiales durante más de cuatro milenios,
tanto más imposible se le hizo una vez que su civilización fue abandonada al
imperium de un hijo de Dios malvado y perverso cuya Inmortalidad pasó a
depender de nuestra muerte eterna.
Abocado por su propia
locura a destruirnos a fin de salvarse él de las consecuencias que había
labrado con su boca, bajo su imperium demoníaco nuestra causa estaba perdida y
nada ni nadie en el mundo y en todo el universo podía ya encauzar el grito de
la vida en el Hombre en la dirección para la que fuera creado y desde sus genes
invocaba: Dios Padre Todopoderoso y Santo. Por esto, ¡¿qué?! es Dios pasó a
importar nada al lado del deseo de Inmortalidad que nació con la Civilización,
y desde el que brotaron las religiones antiguas. Si al principio todas las
manifestaciones religiosas de los primeros pueblos del Género Humano estaban
llamadas a confluir en una Gran Religión Universal, fruto de la suma de todas
las religiones, lo que vino a suceder en Mesopotamia, en el Cuarto-Quinto Milenio
antes del Nacimiento, naciendo de aquél encuentro el Primer Hombre al que Dios
llamó Hijo, el Adán del Génesis; después de la Caída aquél hijo de Dios que se
rebelara contra el Espíritu Santo del Infinito y la Eternidad, que en Dios
había alzancado su Plenitud, hizo de aquéllas religiones una fuente de odio
entre las naciones, transformando de esta manera el camino de encuentro en una
hoja de ruta de guerra fratricida entre cuyas líneas debía cebarse la
destrucción total y absoluta del Hombre en tanto que semejante de Dios.
Atrapado nuestro mundo
entre el Silencio de nuestro Creador, consecuencia de la Rebelión de Adán
contra su Espíritu Santo, hecha en la Ignorancia y a Traición, es cierto, y por
esto hubo lugar a Redención; y la Manipulación de nuestra inteligencia por una
mente ejercitada en las cosas de la Ciencia del bien y del mal desde antes de
nuestra creación, el futuro de nuestro mundo era, saltando de ignorancia en
ignorancia, la pérdida total de identidad entre lo humano y lo divino y la extinción
del género humano de la faz del universo. Fue entonces, en ésos días, cuando
ese futuro estaba encarrilado por aquél que debía destruir nuestro mundo para
salvarse él y salvar a los suyos, que el mismo Dios que juzgara acorde a la
Ley: "El dia que de él comieres, morirás", retomó de nuevo en sus
manos nuestra causa y levantó a Moisés entre nuestros padres para sirviéndose
de su siervo acercarnos a la naturaleza de la Santidad. De aquí que la primera
palabra de la Eternidad, hablando de Dios, fuera: "Sed santos, porque yo
soy santo".
Si uno tuviera que
razonar sobre qué propiedad define mejor el hecho de la Santidad, serían muchas
palabras las que nos saltarían a la boca, pero de todas ninguna de ellas sería
más apropiada que ésta: Justicia.
No esparzas rumores
falsos. No te unas con los impíos para testificar en falso.
No te dejes arrastrar
al mal por la muchedumbre.
En las causas no
respondas porque así responden otros falseando la justicia; ni al pobre
favorecerásn en su litigio.
Si encuentras el buey
o el asno de tu enemigo perdidos, llévaselos.
Si encuentras el asno
de tu enemigo caído bajo la carga, no pases de largo; ayúdale a levantarlo.
No tuerzas el derecho
del pobre en sus causas.
Aléjale de toda
mentira, y no hagas morir al inocente y al justo, porque yo no absolveré al
culpable de ello.
No recibas regalos,
que ciegan a los prudentes y tuercen la justicia.
Pero la Justicia tiene
una fuente: La Verdad. La Verdad es el principio de la Justicia, y el fin es la
Paz. Y todos sabemos que una Justicia que encubre un crimen, culpa a un
inocente y absuelve al verdadero culpable del delito por el que se clama Justicia
es una Injusticia maligna, criminal, y criminales y delincuentes son quienes a
conciencia encubren al delincuente y hacen perecer al inocente, encaminando con
su injusticia delictiva a la guerra al pueblo que privado de justicia se le
niega el camino de la Paz. Es una ecuación de valor eterno que hemos vivido en
nuestras carnes, la Humanidad, miles de veces, y hay que ser un animal o un
demonio para conociendo esta ley universal quererle imponer al universo la ley
del propio imperium.
Llegamos, pues, al punto
que nos interesa sobre todas las cosas, tanto como hijos de Dios cuanto como
ciudadanos de un reino eterno que aspiran a vivir a la luz de una Justicia
Incorruptible cuyo Principio insobornable es la Verdad y cuyo Fin innegociable
es la Paz Universal. Y este punto es: Por qué creemos que Dios es precisamente
todo esto y que esta ecuación, Verdad-Justicia-Paz, son los pilares
indestructibles sobre los que se basa el Conocimiento de sí mismo de Aquel que
dice: Yo soy el que soy.
Porque sabemos que aquéllos
a quienes se les manifestó la Naturaleza del Espíritu acabaron estrangulados
por la cuerda que se enrollaron al cuello por no poder aceptar el hecho de que
el Hombre por sí solo es polvo, y la Teología, en cuanto ciencia, es el
patíbulo donde la Fe es librada al vacío de la horca. Pues no es el Hombre el
que conoce a Dios, sino Dios el que se da a conocer. Por esto dijo:
"Hagamos al hombre a nuestra Imagen y a nuestra Semejanza", y si al
Hombre no le hiciera falta Dios para conocer a Dios en este caso la Biblia no
tendría sentido, Moisés ni Cristo lo tendrían, y las iglesias serían todo lo
contrario de lo que son, conclusión que únicamente un demente y un demonio se
atreverían a firmar.
Dios no es cognoscible
en tanto que objeto del pensamiento científico humano. Dios no es teologizable,
en definitiva. Dios se revela, se descubre, se entrega, se da a conocer. Y lo
hace poniendo en el escenario de la Historia Universal su Santidad en carne,
encarnándola, a fin de que toda inteligencia, lo mismo del Cielo como de la
Tierra, la veamos en todas sus propiedades y atributos, en toda su gloria y
belleza, en toda su Bondad y Valor. Y se hace tocar no por el pensamiento ni
por los pensadores, no a los teólogos y los sabios se presenta, sino a los
sentidos, que lo ven, lo tocan lo oyen y le hablan. Dios abroga toda teología y
aborrece la mente de quien tiene a la Divinidad por objeto de estudio e
instrumento de dominio sobre sus semejantes, y se abre en la Plenitud de su
Gracia y de su Verdad a la inteligencia viva, carnal, humana que sin Dios no
puede conocer a Dios y necesita de Dios para realizar en su ser "la Imagen
y Semejanza de Dios". Este, el Verbo hecho carne, es el Espíritu Santo que
se hace hombre y aparta de su lado a los que estudian a Dios como se estudia el
cadáver de un muerto, y le declara Vivo y Eterno para gozo y regocijo de toda
la Creación. Caen a sus pies todas las ciencias divinas y queda en pie
exclusivamente el hombre, desnudo, tal cual Dios lo creara al principio.
Entonces supimos, todos los hijos de Dios, del Cielo y de la Tierra, del Pasado
y del Futuro, por qué el Espíritu Santo es Dios.
Es el Espíritu de la
Eternidad y el Infinito, que en la Vida Increada se movía inmerso para
manifestándose en todo viviente darse a conocer a Dios y hacerse conocer por
Dios. Este lo ama desde el principio sin origen de la Increación y se consuma
este Amor cuando Eternidad e Infinito se hacen una cosa con El, revolucionando
la Realidad Universal al dar Origen a la Creación. Este Espíritu que estaba en la
Vida y movía todas las cosas, se hace Sabiduría y forma la Personalidad de la
Divinidad, según su Confesión: "Antes de mí no fue formado Dios alguno,
ninguno habrá después de mí", y consuma esta Revolución uniéndose a su
Ser, en el que engendra al Padre y al Hijo, de aquí que digamos: Dios de Dios,
Luz de Luz, engendrado, no creado, de la misma Naturaleza que el Padre...
Verdad sempiterna fruto de lo que la Iglesia, nuestra Madre, viera, tocara y
oyera en Cristo, su Esposo, en quien vio, tocó y oyó al Espíritu Santo, al Hijo
y al Padre. Y experiencia revolucionaria de valor sempiterno, indestructible e
imborrable, seno en el que los hijos de Dios nacemos del Espíritu para declarar
con voz incorruptible e innegociable: El Espíritu Santo es Dios.
Esta es nuestra
Verdad, que no procede de ningún libro ni es enseñada en ninguna escuela, sino
que emana de la propia realidad del Espíritu de hijos de Dios consustancial a
nuestra Fe y Esperanza. En este Conocimiento de la Divinidad caminamos alegres
hacia la vida eterna como Ciudadanos del reino de Dios, no en la simple
promesa, sino en la verdad viva de quien ha superado el temor y la duda y vive
la Inmortalidad contra y a pesar de la ley por la que se rige el mundo.
Si Jesucristo no
hubiera subido a la Cruz esta Declaración del espíritu de Aquel que dijera:
"Yo soy el que soy", hubiera caído en el infierno de la mutabilidad y
la Fe sería el camino al infierno, pero porque Jesús subió a la Cruz, siendo
omnipotente y todopoderoso como era, doblando sus rodillas ante el Espíritu
Santo, que para justificación del pecado de Adán y nuestra salvación exigió la
Necesidad de la Muerte de Cristo, a fin de expiar en su sangre todos nuestros
delitos y abrirnos la puerta al Paraíso, porque el Hijo glorificó el Espíritu
Santo, nosotros sabemos que el Espíritu Santo es Dios. Y si Jesucristo no lo
hubiera hecho, subir a la Cruz, la Divinidad supuesta del Espíritu Santo se
habría derrumbado a la manera de los ídolos del mundo antiguo, cayendo junto a
los dioses de los griegos y los romanos el Dios de Abraham de Isaac y de Jacob.
Cualquier reflexión
teológica que cambie, añada o quite a esta Verdad ejecuta una perversión de la
Fe.
III
Y el Verbo es Dios
Esta pequeña incursión
en la Naturaleza Divina tiene por misión conducirnos a la contemplación
verídica de la Unidad entre el Padre y el Hijo en el seno del Acto Creador, que
el propio Jesús nos descubrió, afirmando que "el Padre le muestra el Hijo
todo lo que hace y le mostrará mayores obras que ésta"... de suerte que
nosotros quedemos maravillados. Hecho carne el Verbo, por tanto, nuestra
comprensión de la Relación entre el Padre y el Hijo dentro del Acto Creador no
puede ser obviada ni dada de lado en función de la mentalidad obtusa y patética
del ateísmo científico, y mucho menos del cientifismo teológico que para no
escandalizar al primero se encierra en el tradicionalismo dogmático heredado de
Edades Oscuras sujetas a la Ignorancia y el poder del príncipe de las
tinieblas.
Recordemos que
corregir no es condenar. Que humillarse no es renunciar. Que arrodillarse no es
acobardarse. Dios no escribe un Libro buscando la ruina de su criatura, sino
para rescatar a su Creación caída al filo del abismo por el odio de una
generación de hijos suyos contra el Espíritu en tanto que Espíritu. Resuelto
este enigma, vemos la verdadera naturaleza de la relación divina en el Acto
Creador, donde el Padre es la Omnisciencia, es decir, la cabeza pensante, y el
Hijo es el Brazo que ejecuta. Dos Personas distintas, pues, y un Único Dios
Creador. De aquí que cuando dice el Texto... Pero el espíritu de Dios se cernía
sobre la superficie de las Aguas... las Personas en Dios se manifiestan como
Una Sola y Única en el Espíritu, que, siendo el mismo en ambas, es Dios.
Y será contra este
Espíritu que, la Caída mediante, desenterrará el hacha de guerra el Maligno, la
Serpiente, el Dragón, cuya cabeza es Satán, el príncipe de las Tinieblas. El
hombre, Adán, deviene peón en un tablero, instrumento al servicio de una causa
ajena al Género Humano, y ésa causa sería: la División entre las dos Personas
Divinas, levantar entre Padre e Hijo una división respecto al destino de la
Ciencia del bien y del mal. Sobre este asunto versa el Relato del Paraíso.
Sobre el
Acontecimiento de la Caída digamos que el objetivo de la partida del espíritu
del Diablo contra el Espíritu Santo era, Tentación mediante, abogar ante el
Hijo contra el Padre en pro de la legalización de la Ciencia del bien y del
mal, cuyas leyes, principios y dominio podría el Hijo gustar en vivo y en directo
sobre la superficie de la Tierra.
Desde el punto de
vista de la Eternidad ésta partida era un delito contra la Creación, contra el
Género Humano y contra Dios en su Plenitud: Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Tentar al Hijo era tentar a Dios; esperar que el Hijo cayera seducido por la
Ciencia del bien y del mal, de la que abomina el Padre, era y es negar que el
Espíritu Santo esté en el Hijo. Y sin embargo que el Hijo es Dios de Dios los
Rebeldes ya lo habían visto con sus ojos cuando, Brazo de su Padre, dijera:
Haya Luz, y la Luz se hizo. El fin de la partida abierta en el Edén, por
consiguiente, era, desde el mismo momento de su apertura, el Destierro de los
Rebeldes de la Creación, y la Proclamación a todos los vientos del Misterio
Eterno de la Unidad del Padre y el Hijo en el Espíritu Santo.
Bendito, pues, sea
Dios porque no se dejó corromper mirando los lazos de paternidad que le unían a
los enemigos de su Creación y aplicó la Ley sin acepción y acorde a Justicia
dictó sentencia. Contra el Traidor: Muerte Eterna; contra el Desobediente: Pena
de muerte y Resurrección.