Dice
la Biblia que al principio Dios creó al hombre a
su imagen y semejanza.Y al igual que su Hijo es el Señor
entre todas las criaturas que le rodean asimismo creó
al Hombre para dominar sobre todas las criaturas de su mundo.
Y sigue diciendo que la gloria del ser humano fue objeto
de la envidia de otro miembro de la Casa de los hijos de
Dios, quien, siendo malvado, deseó ese poder de unir
todas las almas en un sólo Pensamiento mirando a
moverlas a su antojo criminal en el tablero de su concepción
infernal de la Creación.
El
Evangelio dice que como Jesús no empujó a
Judas a traicionarle, aunque sabía que la traición
rondaba su corazón, Dios también conocía
la posibilidad de la traición de Satán, y
para mantener lejos el pensamiento de la acción puso
entre el Hombre y todos sus hijos una ley por la cual fuera
quien fuese quien interviniese en el destino del Hombre
lo pagaría con el Destierro de su Reino. En cuanto
Padre, Dios creyó que ninguno de sus hijos se atrevería
a convertir en sabiduría la locura de declararle
la guerra a su Voluntad, y olvidándose de todo lo
pasado comenzarían una nueva Era, en la que, efectivamente,
siendo el Hombre la criatura más frágil del
universo tendría la Gloria de quien con su Pensamiento
mantiene en la Unidad a todas las criaturas del Universo.
Como
el miedo a tocar al Hijo de Dios no detuvo a Judas tampoco
el miedo a Dios detuvo a Satán y a sus malvados aliados
asesinos. Y es que Adán tenía un talón
de Aquiles. Dios le dio por horizonte de crecimiento su
Omnisciencia, pero al no haber sido forjada su mente en
los hornos de la Ciencia del Bien y del Mal su alma era
como la de un niño.
Ninguna
palabra que podamos lanzar a las olas puede describirnos
las propiedades del alma de Adán mejor que las escritas
por Salomón, su descendiente.
En
ella hay un espíritu inteligente, santo, único
y multiple, ágil, penetrante, inmaculado, claro,
inofensivo, benévolo, agudo, libre, bienhechor. Amante
de los hombres, estable, seguro, tranquilo, todopoderoso,
omnisciente, que penetra en todos los espíritus inteligentes,
puros, sutiles. Porque la Sabiduría es más
ágil que todo cuanto se mueve, se difunde su pureza
y lo penetra todo; porque es un hálito del poder
divino y una emanación pura de la gloria del Dios
Omnipotente, por lo cual nada manchado hay en ella. Es el
resplandor de la luz eterna, el espejo sin mancha del actuar
de Dios, imagen de su Bondad. Y siendo una todo lo puede,
y permaneciendo la misma todo lo renueva, y a través
de las edades se derrama en las almas santas, haciendo amigos
de Dios y profetas; que Dios a nadie ama sino al que mora
con la Sabiduría. Es más hermosa que el sol;
supera a todo el conjunto de las estrellas, y comparada
con la luz queda en primer lugar. Porque a la luz sucede
la noche, pero la maldad no triunfará de la Sabiduría.
Habiendo
sido forjada su mente entre lirios y azucenas cultivados
en los jardines del Conocimiento de todas las cosas, el
Primer Hombre era como un niño a la hora de hablar
de la mentira, del engaño, del falso testimonio,
de la traición, de la envidia, de la ambición,
de la crueldad, de la violencia, de la guerra, de la injusticia,
de la corrupción, en definitiva, de la Ciencia del
Bien y del Mal. Aquel Hombre conocía la Ciencia del
Bien y del Mal como el niño sabe que la electricidad
mata pero nunca ha metido los dedos en un enchufe, ni necesita
meterlos para saber que una descarga eléctrica mata,
su padre se lo ha dicho, la palabra de su padre es ley,
y no necesita vivir la experiencia para descubrir en el
valor de la palabra la naturaleza del conocimiento.
De
esta manera forjada su mente en el espíritu del Verbo,
la palabra es ley, todo lo que hacía falta para engañar
a Adán era hacer como que se venía en nombre
de Dios. Esta simple trampa significaría declararle
la guerra al mismísimo Dios y exponerse al Destierro
ad eternum et ad infinitum de su Reino, pero ¿qué
era preferible -se dijeron los conjurados en la Traición
de la Serpiente- vivir en un mundo donde la Verdad, la Justicia
y la Paz gobiernan el universo, o morir luchando por la
transformación del Universo en un Olimpo gobernado
por dioses todos más allá de la Justicia?
Esta estructura perversa y maligna de pensamiento dio lugar
a la Caída de Adán.
Pero
no a la destrucción del Hombre. Un guerrero demoníaco,
un asesino curtido en crímenes se había alzado
contra un niño y había utilizado su muerte
como hacha para declararle la guerra al padre de ese niño.
La Biblia dice que traspasado su corazón por la lanza
de la traición Dios se vistió de guerra y
alzando su Brazo al Cielo juró por su gloria y su
nombre delante de toda su Casa que acabaría con todos
sus enemigos, no dejaría cabeza sobre cuello. “Ciertamente
yo alzo mi mano al Cielo y juro por mi eterna vida; cuando
yo afile el rayo de mi espada y tome en mis manos el juicio,
yo retribuiré con venganza a mis enemigos y daré
su merecido a los que me aborrecen, emborracharé
de sangre mis saetas y mi espada se hartará de carne,
de la sangre de los muertos y los cautivos, de las cabezas
de los jefes enemigos” dijo.
Dice
también la Biblia que los asesinos de Adán
se rieron de la amenaza de Dios. Pero lo que no dice la
Biblia es que las consecuencias de la Traición de
la Serpiente le abrieron los ojos a Dios y, viendo, descubrió
a su verdadero enemigo, la Muerte. Una Muerte de la que
en su inocencia El se declaró su enemigo el día
que revolucionó la Realidad con su deseo de creacion
de vida inteligente a su imagen y semejanza, sobre lo cual
ya estaréis al corriente después de haber
leído la Historia de Jesús.
La
Vida y la Muerte formaron parte de la estructura de la Realidad
desde el principio sin principio de la Increación.
Sin destruirse a sí misma la Increación no
podía extirpar de su cuerpo una Fuerza Ontológica
que le era natural desde el Principio sin principio de la
Eternidad. Pero esta era la Revolución que Dios desató
en el Infinito al concebir una Nueva Realidad. Inconsciente
sobre las consecuencias cósmicas de su Revolución
y, ante la imposibilidad de hacer que Dios renunciase, la
Muerte buscó la forma de coexistir en la Creación
de Dios. Primero tentó a Dios con el fruto de la
Ciencia del Bien y del Mal y cuando Dios lo rechazó
levantó su Infierno contra la obra de sus manos.
Como no pudo hacerle desistir de su Deseo atacó directo
al Corazón, buscando ahogarle en el pozo de una Soledad
sin fondo. Pero lo mismo esta vez que durante la anterior
la Vida se adelantó a sus planes transfomando el
Mal buscado en un Bien encontrado: la transfiguración
del Único Dios Verdadero en el Padre y el Hijo.
La
explosión de alegría sobre la que a partir
del Nacimiento del Hijo quedaron establecidos los nuevos
fundamentos del Nuevo Universo le sirvió a la Muerte
de pantalla tras de la que esconderse y esperar su momento.
La Vida le ofreció a Dios su fruto, el Cielo, y Dios
la amó. La Muerte le ofreció el suyo, el Infierno,
y el Espíritu Santo que estaba en Dios lo rechazó.
Agazapada, al acecho, encontró su momento durante
la primera Semana de la Creación. Aprovechando las
Eras de Regencia de su Imperio por la Casa de Yavé
y Sión la Muerte contratacó, conquistó
con el fruto del Arbol de la Ciencia del Bien y del Mal,
que es la Guerra, a una parte de los hijos de Dios y sumió
al Paraíso bajo las olas de su Infierno. Por dos
veces la Guerra se hizo.
A
raiz de las Dos Guerras del Cielo -sobre las cuales habréis
leído un resumen en la Tercera Parte del Corazón
de María- y a consecuencia de ellas, fue abriendo
Dios los ojos a la existencia de una Fuerza que estaba actuando
en su Creación y la estaba volviendo loca. Pero atribuyendo
las causas a la soledad y al aislamiento de sus hijos durante
los Periodos Creacionales revolucionó la estructura
de su Mundo de la forma que habréis leído
en la Historia de Jesús. La primera de ellas consistió
en la transformación de la Creación en un
Espectáculo abierto a todos los Pueblos del Universo,
y la segunda medida fue darle a su Hijo Primogenito el papel
de la Estrella de ese Espectáculo. De donde se entiende
que se escribiera: "Hagamos al hombre a nuestra imagen
y semejanza", es decir, hijo de Dios, y no a la semejanza
de los dioses, según el Diablo se lo dijera a Adán:
"Seréis iguales que los dioses".
Entonces,
tomadas las decisiones pertinentes, la Historia del Universo
siguió su curso. Como dije en la Historia de Jesús
de entre las medidas que Dios adoptó contra el estallido
de una Tercera Guerra Universal figuró -como colofón
especial- la creación del Hombre. Alma Viviente,
expresión carnal de su Pensamiento, reflejo de la
Realidad Divina, Espejo de su Bondad, que extendiéndose
a toda la Creación uniría a todos los Pueblos
del Universo en una sola y única Sabiduría.
Y
así fue; así se hizo. Mas a la hora de alcanzar
la meta, cuando Dios creyó que con la Formación
del Hombre podía darse por cerrada la era de las
grandes guerras, estalló la temida y temible Tercera
Guerra Universal. Traspasado su Corazón, pero maravillada
su Inteligencia por la locura de sus hijos rebeldes, locura
de la que El ya no podía seguir echándose
las culpas, viendo a su hijo Adán convertido en el
hacha de guerra desentarrada contra su Reino, Dios abrió
los ojos y vio a su Enemigo cara a cara.
Una
Nueva Revolución Cósmica se imponía.
Pues sólo Dios podía desterrar del cuerpo
de la Creación lo que de siempre formó parte
del cuerpo de la Increación. La Caída de Adán,
la Traición de la Serpiente, serían recordados
por el futuro como se recuerdan los malos momentos, mas
si El quería que esos malos momentos no volviesen,
ni se hiciesen crónicos y que con el tiempo se complicasen
hasta arrastrar a todos al Infierno, debía desterrar
a la Muerte de su Creación y reconfigurar su Reino
para que el Conocimiento de la Ciencia del Bien y del Mal
se quedase en eso, en conocimiento.
Más
que al Hombre y a su salvación, pues, Dios debía
mirar al Futuro de su Creación. Si a ésta
no se le garantizaba un futuro de qué le valía
a nadie salvación para hoy y condenación para
mañana. Era el Edificio de su Reino el que tenía
que volver a ser fundado sobre una Roca Indestructible.
Fundación que le tocaba a El y sólo a El porque
era contra El que la Muerte había alzado su Infierno.
La primera parte de su Libro, el Antiguo testamento, trata
del Anuncio de esta nueva Reconfiguración de su Mundo.
Y como se ve de lo que se lee, sobre la naturaleza específica
de las medidas revolucionarias que se juró por su
Gloria y Nombre consumar. Pero a nadie le dijo Dios palabra,
ni siquiera a su Primogénito. En la Historia de Jesús,
Apéndice 1, comenté que la transformación
del Imperio en un Reino sempiterno y universal fue la primera
medida con la que se abrió esta Revolución
de la Vida contra la Muerte. La primera medida pero no la
única.
La
segunda parte de su Libro, el Nuevo Testamento, trata de
la Batalla entre la Vida y la Muerte, del Cielo contra el
Infierno, y glorifica la Victoria del Espíritu Santo
contra el espíritu Maligno, de Cristo sobre el Diablo.
Dice el Libro de Dios en su tercera parte que llegado el
Día Anuciado le ordenó Dios a todos sus hijos
presentarse ante su Trono y deponer sus coronas a sus pies.
De lo que se lee se ve que unos lo hicieron y otros se negaron,y
que en consecuencia los Rebeldes que no lo hicieron fueron
perseguidos, destronados y arrojados del Cielo.
De
la lectura del Nuevo Testamento se desprende que mientras
los príncipes Fieles persiguieron a los Rebeldes,
Dios llamó a su Primogénito, le dió
a conocer la Doctrina del Reino de los Cielos e inmediatamente
lo envió a nuestro mundo, donde se encarnó
en la Virgen María y nació bajo el reinado
de los Herodes, en Belén de Judá, durante
los días del censo universal decretado por Octavio
César Augusto. Ignorante y desconocedor de las medidas
revolucionarias que su Padre había proyectado y empezaban
a materializarse a raiz de su Encarnación, el Hijo
de Dios descubrió a Cristo durante el episodio que
El mismo protagonizara en el Templo, a la edad de los doce
años aproximadamente. En Cristo descubrió
el Pensamiento de Dios, y lo que es más importante,
descubrió el Origen del Espíritu Santo, que
estaba en su Padre, Único Dios Verdadero e Increado
que conocieron el Infinito y la Eternidad .
Se
entiende de la lectura del Nuevo Testamento que Dios le
descubrió a su Hijo tanto la identidad del verdadero
Enemigo de su Reino cuanto la Naturaleza de la Revolución
Cristiana que sólo y nada más que Cristo Jesús
podía y debía abrir. Cristo Jesús,
el Rey Mesías, el heredero de todas las promesas
escritas en el Antiguo Testamento, nacido del espíritu
de Yavé: "espíritu de inteligencia y
sabiduría, de entendimiento y fortaleza, de consejo
y temor de Dios". Estando sin embargo sujeto por su
Origen a la estructura del Mundo Antiguo, y porque de entre
todos los príncipes del Cielo Jesús era el
Rey de reyes, también a El le tocaba obedecer y sujetarse
al decreto de Abolición del Imperio que su Padre
dictara y estuvo en la causa de la Batalla en el Cielo,
de la que habla en su Libro, Apocalipsis. Al igual que lo
hicieron los Príncipes del Cielo también el
Rey de reyes y Señor de señores debía
deponer su Corona a los pies de Dios.
Y
así lo hizo. De manera que sujeto a la condición
de los particulares que bajo riesgo y cuenta propia emprenden
una revolución sin contar con más fuerza que
el amor a la Verdad, también Jesús fue atrapado
por los poderes reaccionarios de este mundo, y, consecuentemente,
entregado a los jueces de Cristo para que fuera contado
entre los malhechores por enemigo de la Humanidad.
Pero
lo que no sabía nadie, porque nadie podía
saberlo, era que al regresar a su Mundo Jesucristo lo hacía
como Rey Todopoderoso y Omnisciente a imagen y semejanza
de su Padre, y que Glorificado de esta manera llevaba a
su Casa una Nueva familia, su propia Familia: Una Esposa,
engendrada para unir a todo el Universo en una misma Iglesia,
unos Hermanos, cuyo Poder es el de Dios, que está
en su Palabra, y unos Hijos, nacidos para unir todo su Reino
en una misma Inteligencia .
He
aquí el Misterio del Espíritu Santo. La Cabeza
es Cristo Jesús, el tronco es la Iglesia Católica,
y los dos Brazos son, el uno, los Hermanos y el otro los
Hijos de Cristo. Aquí está el espíritu
de Inteligencia.
Pedid
y no lo dudéis: Inteligencia sin medida a la imagen
y semejanza de la de nuestro Creador. Pedid y recibiréis
Inteligencia sin medida para alcanzar todos los secretos
del universo y de la naturaleza humana. Este es el Día
de los hijos de Dios de la descendencia de Cristo, fruto
de su Matrimonio con la Iglesia. Este es el Día sobre
el que San Pablo escribiera:
Tengo
por cierto que los padecimientos del tiempo presente no
son nada en comparación con la gloria que ha de manifestarse
en nosotros; porque la expectación ansiosa de la
creación está esperando la manifestación
de los hijos de Dios, pues las criaturas están sujetas
a la vanidad, no de grado, sino por razón de quien
las sujeta, con la esperanza de que también ellas
serán libertadas de la servidumbre de la corrupción
para participar en la libertad de la gloria de los hijos
de Dios.
Efectivamente,
en El estan los tesoros de todas las
Ciencias, presentes y futuras. En El están todas
las respuestas a todas las Enfermedades y a todos los problemas
referentes a la Organización de la Plenitud de las
Naciones. En El estan todos los secretos del Universo y
de la Naturaleza. El es el Hijo, y pone a disposición
de su Descendencia la Omnisciencia de Dios, porque como
muy bien lo dijera en persona: Todo lo del Padre es mío. |