I
El error ajeno no
excusa el propio. Cargar sobre el prójimo la culpa de la ruina que labramos con
nuestras manos es no salir jamás del hoyo en que nos arrojaron nuestros
errores. La memoria no olvida, pero cuando el corazón perdona la inteligencia
hace de la experiencia fuente de sabiduría.
¿Quién es el peor de
los hombres? El que no se perdona a sí mismo. ¿Quién es el que no tiene perdón?
El que hace del odio su religión. Iglesia o sinagoga, ideología o partido
nacional, tribal o vecinal, todo el que odia a su prójimo comete delito contra
la Humanidad.
Avergonzarse de ser lo
que se es, no tiene nombre; condenar a los hermanos por no ser perfectos, no
tiene nombre; el que se declara perfecto, infalible en su juicio, ése no tiene
nombre.
Si los hijos de Dios
no iluminamos a nuestros hermanos pequeños con la luz de nuestra inteligencia,
lo harán otros con sus tinieblas. Si no hacemos nada, y nos basta la fe sola,
no será Dios condenado por nuestros pecados, pero tampoco hallará en nosotros
su gloria de Padre.
Es mejor morir andando
que morir sentado; el valiente se la juega, el cobarde se encierra entre los
muros de su doctrina y prefiere el vicio del aire corrupto a los vientos del
Espíritu.
La fuente de la
Sabiduría es la Palabra de Dios; el que bebe de la palabra de otro hombre jamás
alcanzará la goria de la libertad de los hijos de Dios. El fin de la verdadera
sabiduría es liberar al Hombre para que el Hombre piense por sí mismo y no
necesite de nadie que le diga cómo, cuándo y por qué.
Y sin embargo fueron
ellos, los Protestantes, los que a costa de ser objeto de la cólera del Dios de
todos nos salvaron a los Católicos de la ruina que la iglesia romana atrajo
sobre todos. Paga y redime tus pecados del purgatorio; comete tus delitos con
premeditación y alevosía, pero firma esta contrata y por el poder de san Pedro
y del papa san Simaco y de todos los santos ni Dios os puede condenar en el Día
del Juicio. ¡Lo que Dios vomitó, la iglesia romana lo lamió! Los sucesores de
los que expulsaron a los Vendedores reeditaron el Negocio y, llamándolo con
otro nombre, Indulgencias, quisieron obligar a Dios a comulgar con el Diablo en
nombre de la Caridad Romana.
Pero Dios no quiso que
la Esposa de su Hijo fuese llevada por la iglesia romana al Infierno de la
reedición del Templo de Jerusalén Segunda Parte y suscitó el celo por su Casa
en un hombre llamado Martín Lutero. ¡Cómo no iban a crucificarlo! Expulsó de
Alemania a los ladrones de almas. Y siendo perseguido por la injusticia de la
iglesia romana la Iglesia Católica fue salvada del Infierno en el que el dios
de los romanos Ad Maiorem Dei Gloriam quiso arrojarla. El Juicio de Dios sobre la iglesia romana que con sus
escándalos perpetuos apartó de Dios a tantas naciones y pueblos pesa en la
conciencia de los católicos. ¿Pero cómo juzgará Dios a quien tiene el poder de
absolverse a sí mismo?
Un Hurra por Lutero,
un Ay por el próximo Papa.
Lo dicho: Nosotros
somos la Sal y la Luz del mundo.
II
También yo soy poeta,
también a mí me visitan las musas del olimpo, también mis dedos vuelan sobre
los mares del verbo, también mi alma se inflama y arde en los fuegos del genio
y la sabiduría de Aquel que me creó. También yo soy una chispa de la gloria de
Aquel que con su Palabra todopoderosa creó la Luz y del aliento de su alma hizo
rocío anunciador del despertar de la inteligencia. ¿Al servicio de quién pondrá
el poeta de todas las cosas maravillosas y dignas de ser contadas la alegría de
sus manos? ¿A los pies de quién, guerreros, el cronista de las alegrías
imperecederas de las estrellas que al paso de su Creador se arremolinan y
doblando sus rodillas le cantan canciones de cuna a sus criaturas, a los pies
de quién pondrá el cronista del Aleluya sus manos? ¿Hay algo más frágil que la
mano humana? No tiene poderosas garras que acaban en terribles uñas ¡Qué más
débil que el dedo del hombre! No zarpatea sobre la carne desgarrada. ¡Y sin
embargo qué poco le hace falta para ser la de un dios! ¿Acaso con el esfuerzo
más impercetible no puede hacer que desaparezca un mundo de la faz del
universo?
Si el dedo que escribe
es el dedo más frágil que existe ¿qué más grande que el poder de la
inteligencia entre las bestias que maman? Y sin embargo el cráneo humano es una
nuez bajo las patas del elefante. Basta una coz del asno para arrancar del
cuello la cabeza de su amo. ¿Qué es el hombre para que todas las cosas hayan
sido puestas a sus pies? En nuestras manos, en la punta de nuestros dedos, sí,
en la punta de nuestros dedos está la vida y la muerte de todas las criaturas
de la Tierra. Lo más frágil y lo más poderoso, uña y carne, el ser humano. En
una mano la espada de la destrucción, en la otra la pluma de la creación. El
mismo rey que destrozaba durante el día ejércitos enteros arpa en mano durante
la noche cantaba: ¿Qué es el hombre para que de él te acuerdes y el hijo del
Hombre para que lo corones de gloria y honor? Todo lo has puesto bajo sus
pies...
Sí, es cierto, hoy día
podemos confesarlo y con nuestra palabra ignorante hoy día podemos callar la
boca de todos los sabios del universo que con sus historias del Pasado le
negaron al Presente su Futuro. No era el suyo, por eso quisieron enterrar el
Presente en el Caos. El Futuro era nuestro. No teniendo parte en él quisieron
borrar de la memoria del Universo su Origen. Quisieron crear uno nuevo. Y darle
una historia nueva que nunca tuvo. Por su culpa tenemos nosotros que hablar del
Pasado como si nunca se hubiera oído la verdad entre las naciones del mundo.
III
Por aquéllos días el
mundo occidental estaba a los pies de un hombre que a sí mismo se llamaba
"el César".
La Palestina de los
judíos de esta historia vivía del recuerdo de los días de gloria que una vez
tuvieron sus reyes David y Salomón, mil años atrás, días homéricos, días de
leyendas y mitos.
Mil años después, en
los días del César Augusto, Israel no existía. Resucitó su leyenda un palestino
llamado Herodes, durante cuyo reinado todos los judíos buenos que escaparon de
la siega de los Asmoneos cayeron bajo las güadaña del rey que el César les
diera a los hijos, contra su voluntad, del Israel bíblico.
A la altura del
gobierno de la Judea por Poncio Pilato la criba por la que la Historia pasó a
los hijos de Abraham se había cebado en los buenos. Primero fueron los griegos
de Antíoco IV Epifanes. Por culpa de aquella solución final los Griegos se
convirtieron en la diana contra la que escupir el odio generado durante la
tragedia de la persecución helena del último gran rey seleúcida. Desde entonces
se decían los unos a los otros que era preferible comer con un cerdo antes que
con un griego.
Se dice que de no
haber mediado su Dios la nación de los judíos hubiera sido arrancada por los
Helenos de la faz de aquel mundo. Cuenta su Biblia que se levantó entre los
perseguidos un guerrero nato, de la especie del mítico rey David de los
Hebreos, un hombre llamado Judas, hijo de un sacerdote, un santo varón. Aquel
Judas reunió a los fugitivos de la muerte y los lanzó a la victoria contra los
ejércitos del último rey de los helenos, con tan buena fortuna que alcanzó la
libertad para él y la independencia para su pueblo. Caído en el campo de
batalla, a su muerte le sucedió su hermano Jonatán, quien a su vez fue sucedido
por su hermano Simón al frente de los Ejércitos de Liberación Nacional. Los
tres hermanos Macabeos hicieron posible el sueño de la Libertad.
Pero los hados que los
Macabeos desterraron de la Judea se revolvieron contra ellos desde el olimpo y,
sembrando la envidia parió un basilisco, dragón bastardo que hizo de Jerusalén
su trono. Así fue cómo la alegría de la victoria dio paso a la tristeza
infinita de una guerra civil que duró setenta años: Desde la muerte del último
de los Macabeos a la muerte del último de los Asmoneos.
Bajo las ruedas de aquella
interminable guerra civil "Fariseos versus Saduceos" murieron más de
los buenos. Sólo Dios sabe cuántos. La desgracia, que jamás solía venir sola en
aquel mundo de santos demonios, al término de la cosecha volvió a roturar el
campo.
El fruto en su sazón
estaba, los buenos que se habían salvado se habían vuelto a multiplicar, cuando
de nuevo los hados del infierno rompieron las puertas, echaron abajo los muros
de Jerusalén y convirtieron la ciudad santa en el trono de un palestino llamado
Herodes. Lo que los Asmoneos dejaron Herodes lo reunió y, salvando cuatro,
cortó todas las cabezas. Sus cuarenta años de terror dejó por legado nacional
la supervivencia de lo peor, cumpliéndose en aquella generación las Palabra de
sus profetas: No hay ni uno bueno, no hay ni uno que busque a Dios.
Al padre malvado le
sucedió un hijo aun peor. Su década de gobierno, que abriera con la Matanza de
los Inocentes, no impuso la ley del más fuerte sino la del más malo. Su
herencia para las próximas generaciones se tradujo en la miseria económica y
desolación mental que en sus Evangelios nos descubrieron los Apóstoles.
IV
Fueron judíos, hijos
carnales de Abraham, descendientes del Israel bíblico, los judíos que
crucificaron a Jesús. La cuestión es, imaginemos que reunimos toda la basura
humana de una nación, llamémosla XYZ, lo más corrupto y vicioso, ladrones,
criminales y dementes, y les damos todo el poder, político y religioso. ¿Los
actos cometidos por ese gobierno representarían a XYZ?
Bienvenidos al reino
del crimen.
Treinta monedas de
plata por un buen hombre; por la violación de una virgen, quince monedas de
cobre; por la muerte del vecino atrapado en flagrante delito de adulterio, o
no, cinco monedas de oro. Los hijos de Aarón trasformados en ladrones de almas,
en traficantes del pecado. Jesús no expulsó del Templo a vendedores de palomas,
expulsó a ladrones de almas. Para que se viera el escándalo y en su Juicio
fuera Dios declarado santo, expuso su vida: ¿Cuanto pagaréis por la muerte del
último profeta?
¿Treinta monedas de
plata?
Tomad otras treinta y
cuando acabe con este empiezo con el que venga.
Hijos de Israel,
bienvenidos al Reino de los Cielos.
Venid y alzad el alma,
levantáos del sueño de las tinieblas, cesad en vuestro sueño, no sigáis huyendo
de la luz, no es espejismo el resplandor que escribe en la noche sus poemas,
sus crónicas, sus declaraciones de amor y sus versos. Es vuestro Día, ¿no escucháis
al pajarillo de la aurora pegando en vuestra ventana? Ha amanecido vuestro Día.
¡Oh Dios, vuestro Día! La creación entera con el corazón encogido y el alma en
un puño ha estado esperando vuestro Día, el Día cuando las galaxias y sus
púlsares han de ver a los hijos de Israel declarar las palabras que en el
Silencio latieron con el corazón de la criatura que soñó ser amada, querida,
deseada, besada.
V
Sí, guerreros, una vez
yo también tuve los ojos secos y no lloraba, el alma rota y no soñaba. Pero hoy,
hoy es también mi Día, lloro y no peno, sufro y no me lamento, gozo y no me
burlo, lucho y no odio, avanzo y no aplasto. A Aquel que se subió a la Montaña
y roció su espíritu de Amor sobre todos los hombres, gitanos y payos, blancos y
negros, judíos y moros, ortodoxos y protestantes, ateos y católicos, le dedico
este poema, a la guitarra de seis cuerdas, la que tiene la voz de la tormenta y
el trueno
VI
Yo soy el Hombre, lo
humano, lo más frágil del universo, lo más poderoso del planeta. Desnudo me concibieron,
tierno como el barro de primavera, colorido como las flores de mayo, risueño
como un sabio que no conoce la pobreza, alegre como un niño con padres sin
problemas. Un día yo fui Adán. Al otro fuí Caín y Abel, al siguiente, Hammurabi
y Gilgamés, al otro Noé y ... bueno, al siguiente... la Humanidad. Como ella,
tengo el alma fea, horrorosa de tantas cicatrices, el corazón duro como una
piedra para mejor defenderlo de las tinieblas, la palabra rota mil veces y el
pensamiento por los suelos, barro que arrastra el temporal y devuelve al fondo
del océano. Yo soy el Hombre, yo no fui creado para morir... ni para matar. Fui
creado para correr detrás de las gacelas y liberarlas de la cólera del león
herido, fui creado para decirle a la nube "ven acá y no seas tacaña",
fui creado para dormir abrazado a la luna, y al alba despertar con el beso de
una estrella.