LA JHISTORIA
Pablo II (1464-71)
Pablo II, de nombre de pila Pedro Barbo, veneciano, fue uno de los sobrinos
suyos que el papa Eugenio IV Condulmero hizo cardenales porque era omnipotente,
todopoderoso y ni Dios puede llamar a juicio al sacrosanto y santísimo
pontífice romano. Engendrado en la cueva de un basilisco no se podía esperar de
este digno hijo del nepotismo motra cosa que se apuntase a burlarse del juicio de
Dios: “Por vuestra culpa es calumniado mi nombre entre los gentiles”. Burla que
no tardó en oirse alto y fuerte apenas se sentó en su trono este nuevo sumo
pontífice romano. Reinó este todopoderoso pontífice seudocristiano durante
siete calamitosos y tristes años, del 64 al 71 del siglo XV.
Dicen las crónicas vaticanas que este hijo del nepotismo fue elegido
unánimemente. Nosotros, observadores del Pasado, conocedores de las memorias
del Papado, al leer esta nota nos imaginamos por la raza del elegido a sus
electores, y nos preguntamos si entre todos aquellos hubo siquiera uno elegido
por el Espíritu Santo y no impuesto al Espíritu Santo por la fuerza del dinero
y las armas. El caso es que un triste 30 de Agosto del 1464 Pedro Barbo,
sobrino de un papa de triste memoria para la cristiandad, fue elegido santísimo
padre de la cristiandad. Otro padre más impuesto contra el Mandato Divino:
“Vosotros no llaméis Padre a nadie, más que a vuestro Padre que está en los
cielos”. El concepto de patres legado por el imperio romano era demasiado
hermoso para ser abandonado por el obispado romano.
Durante la toma de posesión del trono divino de los obispos romanos declaró
Pablo II algo así como que ... iba a proscribir el Nepotismo ... iba a reformar la
estructura interna de la Iglesia ... iba a continuar la cruzada contra los turcos. ... iba a llamar a concilio ecuménico en un plazo nínimo de ya y uno máximo de
treinta y seis Lunas. Por prometer le prometió el Sol y las estrellas a los que
le vendieron la Mitra. Obviamente en cuanto sentó su trasero en el Santo Sillón
de los Santos Padres su palabra de Judas y la basura se fueron a comer juntas a los
prostíbulos del Tíber. La rebelión que su traición anunciada suscitó entre sus
antiguos admiradores llevó a la cárcel a más de uno bajo la acusación de alta
traición contra su divinidad el Papa. Las torturas, las expropiaciones, todo
tipo de delito que se podía esperar de un ferviente discípulo del diablo se
rifaron al alimón, y les tocó el premio a todos los que el omnisciente y
santísimo Pablo II les reservó la papeleta, entre ellos un eminente poeta
filósofo, que una vez escapado de la muerte retrató al odioso Pedro Barbo con
todos los colores clásicos naturales al Judas Iscariote, en su gloria lo tenga
Dios.
Pero sería diabólico por mi parte decir que aquel no fue un buen papa. Diré
que fue un papa buenísimo. Superó a sus predecesores en orgías y gastos para
fiestas populares a cargo de las espaldas de los fieles de todo el mundo. Su
cara oculta, su lado oscuro fue su aversión patética e irracional contra las
primeras flores del Humanismo. Según su santidad Pablo II lo que le convenía a
los fieles era la ignorancia y el analfabetismo. Mientras más estúpido es el
pueblo cristiano menos tiene que depositar sus pies sobre el suelo el sumo
pontífice. Pues superando a Cristo, que no se tiró del monte a incitación del
diablo, el obispado romano sí lo hizo, demostrándole asi al Cielo y a la Tierra
que hasta los ángeles se ponen al servicio del Papa para que sus pies no
tropiecen contra las piedras.
El juicio condescendiente y misericordioso de los historiadores de las cosas
del Papado hacia aquel obispo sin honor se centra en la lucha que emprendió
contra la corrupción municipal romana. Y nosotros, para no quitarles el gusto
de sentirse buenos y misericordiosos como dios, les concederemos el éxtasis del
alucinamiento que a la inteligencia de un hijo de Dios le causa la absolución
humana contra quien Dios condenó al decir: “Por vuestra causa es aborrecido mi
nombre delante de los gentiles”.
El único terreno donde hubiera podido demostrar ser un digno sucesor de San
Pedro, la cuestión del rey de Bohemia, la pisó de plano mediante el recurso a
la excomunión. O lo que es igual, por imposición doctrinal ante el papado en
este mundo sólo hay dos posturas, doblar las rodillas o poner el trasero.
Como muy bien nos enseñó Jesucristo y sus Apóstoles nos lo mostraron en sus
carnes, en este mundo y en el otro, ahora y en la eternidad, un hijo de Dios
sólo dobla sus rodillas ante Dios, su Padre, y no le pone el trasero ni al
Diablo. La pregunta es: ¿Al elevarse sobre todas las criaturas y actuar como
quien tiene el señorío sobre todas las cosas, empleando para glorificarse a sí
mismo el Poder que Cristo le concediera a Pedro mirando a la Unidad espiritual
de las iglesias: el obispado romano no cometió un delito contra el Cielo y la
Tierra?
Pablo II se murió como se murieron todos aquéllos papas, dejando el nombre
de Dios un poco más deshonrado delante de los ateos.
