LA JHISTORIA
Sixto IV (1471-84)
Sixto IV, de nombre de pila Francisco de la Rovere, italiano por supuesto,
romano imperator de la cuna hasta la tumba, pasó por la orden de los
franciscanos antes de alcanzar la gloria del que es como los dioses, conocedor
del bien y del mal. A los 50 años de edad fue elegido General de los
Franciscanos. Tres años más tarde Pablo II lo hizo cardenal. Y sucedió a su
padrino en el 71.
Esperanza vana era la del cristiano que creía en el Papado. A uno malo le
sucedía otro peor. Los nortes de este General Franciscano fueron su familia y
la gloria del Papa. Pensando en la primera a sus sobrinos los nombró obispos,
cardenales y lo que quiso, con todo lo que ello implicaba, poder, dinero,
propiedades. En cuanto a la segunda causa Sixto IV no dudó en dirigir la nave
del Vaticano contra la corona de Francia, que le debía la obediencia de la
iglesia galicana a la doctrina de la superioridad suprema del obispado romano
sobre todas las metrópolis cristianas del Reino de Dios.
Luis XI se negó en rotundo a apartarse de la Doctrina Sacrosanta de
Constanza en nombre de la gloria de una república cristiana fundada según el
modelo del sumo pontificado legado por los romanos imperators a los sucesores
de San Pedro. Doctrina de dudosa divinidad. Tanto más dudosa cuanto más
profundo era el delito de los papas contra el Honor a Dios debido por sus
siervos.
Si a una pena se le suma otra pena se forma una pena muy grande. Sixto
Sixto Sixto Sixto, Sixto IV para sus adoradores, vivió una pena más grande
todavía. Si a dos penas se le suma otra y a las tres una cuarta la pena del que
tiene dos penas se dobla. Y es que la pena de aquel dios romano es imposible de
calibrar. Todos sus sobrinos cardenales le salieron rana. Y tenía tantos... A
pena por cabeza el pobrecito papa sufrió una pena más grande...
Es verdad, al
papa Sixto IV sus sobrinos cardenales le salieron todos rana. No les bastaba a
semejantes sapos vestir la púrpura y haber sido creados a la imagen y semejanza
de Dios por un dios humano, además tenían que demostrar que eran como dios,
para lo cual debian escupirle sus actitudes fornicarias, adúlteras, sodomitas y
hechiceras en la cara a Dios.
Entonces, si a una pena se le suma otra y se hace una pena muy grande, por
la misma ley si a una osadía se le suman dos el valiente deviene un héroe. Por
esta sencilla ley para parvulitos todos los sobrinos cardenales del divino papa
fueron héroes.
Y es que matar para probar el dulce sabor de la sangre humana es de Novela.
La sangre humana: ¿depende de en qué materia y lugar se beba es más o menos
dulce? ¿El sitio ideal para beber la sangre humana es la iglesia? ¿Entre sus
muros la sangre sabe mejor?
No sé quién le daría semejante consejo satánico a
los cardenales romanos, posiblemente su tito el papa. El hecho es que querían
saberlo por experiencia.
Basiliscos, hijos de un dragón que paseaba su gloria maligna por toda la
Tierra buscando donde plantar su Cizaña infernal, los hijos del Infierno
encontraron en los sobrinos del jefe de la iglesia romana tierra buena; fruto
de cuya siembra sería el episodio conocido con el título: La Conspiración de
los Pazzi. Eran cardenales y obispos pero se atrevían a planear crímenes y se
conjuraban para ejecutarlos entre los muros de las iglesias. Así y todo seguían
siendo cardenales de la iglesia romana, aunque ante Dios y su Hijo jamás fueran
miembros de la Iglesia Católica. Sobre todos ellos y su cabeza, el papa, pesa
el juicio del Hijo del Hombre: “Apartáos de mí, malditos, obradores de
iniquidad”.
Como todo el mundo sabe la causa tras la bendición de la iglesia romana al
asesinato de los Médicis se descubre en la negación de Lorenzo el Magnífico a
concederle otro crédito al Papa. Negarle algo al todopoderoso pontífice romano,
sin el cual no había salvación, era una ofensa a la Santísima Trinidad, y en
consecuencia el papa y sus sobrinos se plantearon la caída de Lorenzo y su
familia empleando como brazo armado la familia Pazzi. La idea del papa era
aprovechar la coyuntura para dar un golpe de estado contra la república de
Florencia y ponerla bajo el control del cardenal Rafael Riario, su sobrino del
alma. El complot falló. De los dos hermanos Medicis sólo cayó uno y el que quedó se
llamaba Lorenzo el Magnífico.
Dulce es la sangre, pero más dulce es la venganza. Conocedor del cerebro
detrás del brazo, Lorenzo mandó ejecutar al arzobispo de Pisa, devolviendo el
golpe a rajatabla: ojo por ojo, diente por diente. La respuesta del verdadero
cerebro criminal tras la Conspiración de los Pazzi, el mismísimo papa, fue
a encerrar bajo el anatema a Florencia y luego declararle la guerra durante dos
largos años. No contento con este delito contra el Decreto Divino: "Baja
la espada, Pedro", el belicoso Sixto IV bendijo la guerra entre Venecia y
Florencia a condición de serle entregada Ferrara a otro de sus sobrinos
cardenales del alma.
Desgraciadamente los príncipes italianos acabaron por abrir los ojos, le
vieron los cuernos al demonio que se sentaba en la Silla de San Pedro y
firmaron las paces. Sixto IV estuvo a punto de excomulgarlos a todos por
herejes y no creer que la Voluntad del papa es el Verbo de Dios. A su tiempo
sin embargo, cuando los tiempos estuviesen maduros, la doctrina de la igualdad
entre el Verbo de Dios y la Palabra Infalible de los papas, se haría. Y así,
por igualdad matemática, el papa sería Dios entre nosotros.
No todo iba a ser negativo en aquel demonio de papa. El hombre contrató a
Miguel Angel para que le decorara la Choza Sixtina y embelleció la Ciudad
Eterna donde mora Dios Infalible en la Tierra con otros monumentos épicos por
los que pedimos la absolución para sus crímenes. Amén.
Y se murió.
Inocencio VIII (1484-92)
Inocencio VIII, de nombre de pila Juan Bautista Cibo, genovés, descendiente
azul de una rancia estirpe de senadores imperators, puso su nombre en la lista
de los papas tras la muerte del anterior. La carrera eclesiástica de este
príncipe de la vieja escuela en el seno de las tinieblas romanas se puede
dibujar en el papel de los siglos sin preocuparnos demasiado de los renglones
torcidos sobre los que su estela se movió de palacio en palacio.
Pablo II lo hizo arzobispo de Savona, por cuánto dinero no viene a cuento.
Sixto IV lo hizo cardenal por la suma a la que se compraba y se vendia la
púrpura. El precio variaba en función de la renta y los beneficios. Hombre de
su tiempo se movía en la corrupción como gusano en agua fétida. El genovés Juan
Bautista Cibo fue elegido papa un 29 de Agosto del 1489, con el nombre de
Inocencio-Inocencio-Inocencio-Inocencio ... ocho veces, o si se prefiere Inocencio
VIII. Contra lo que se pudiera esperar de su nombre, Inocencio I ... de inocente el hombre no tenía un pelo.
Siguiendo la moda al uso nada más ser coronado habló del turco. Los
cristianos ya estaban curados de sorpresa y sin embargo se vieron sorprendidos
cuando el mismo Inocencio VIII que echaba pestes del turco aceptó conservar
bajo su custodia al hermano rebelde del sultán de Constantinopla. Se dice que
contra 40.000 ducados de oro al año. Este era el nuevo santo padre de los
romanos. Esto era un papa de verdad, lo peor de la condición humana elevado a
lo más alto de la conciencia cristiana, el Diablo huyendo de Dios que había
encontrado refugio entre las misericordiosas fibras del corazón de la iglesia
romana.
Entre sus otras gestas figuran su bendición a la coronación de Enrique VII,
padre de Enrique VIII, su decreto contra los magos y las brujas, elegir a Tomás
de Torquemada como Gran Inquisidor, llamar a cruzada contra los Valdenses
exhortando a la masacre sin perdón. Y otras gestas similares o más grandes,
entre las que una legión de hijos de las más diferentes mujeres le valieron el
chiste de, si no por sus actos, al menos sí por sus bastardos ser llamado padre
de Roma. Teniendo en cuenta la broma nos podemos imaginar la vastedad que
alcanzó el nepotismo y la corrupción en los medios pontificios. Sin esta
imaginación sobre la mesa es imposible comprender que el próximo papa se
hubiera atrevido a escupirle a Dios en pleno rostro. Lo llamaban Alejandro VI
Borjia.
