ESTER

Capítulo 15
Intervención de Ester
   
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El día tercero, así que acabó su oración, se despojó de sus hábitos de penitencia y se vistió de gala.
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Y así, espléndidamente aderezada e invocando a su Dios y Salvador, testigo de todas las cosas humanas, tomó a dos de sus siervas,
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apoyándose en una de ellas, como quien no puede, de puro delicada, sostenerse,
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mientras la otra la seguía, llevando la cola de su manto.
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Aparecía enteramente hermosa, el rostro sonrosado, alegre y como encendido de amor, mas el corazón oprimido por el miedo.
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Y atravesando todas las puertas, se detuvo delante del rey. Hallábase éste sentado en su trono, vestido con todo el aparato de su majestad, cubierto de oro y piedras preciosas, y aparecía en gran manera terrible.
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Levantando el rostro radiante de su majestad, en el colmo de su ira, dirigió su mirada, y al punto la reina se desmayó, y demudado el rostro, se dejó caer sobre la sierva que la acompañaba.
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Pero mudó Dios el espíritu del rey en mansedumbre, y, asustado, se levantó de su trono y la puso sobre sus rodillas hasta que ella volvió en sí. La consolaba con blandas palabras,
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diciendo: “¿Qué es esto, Ester? Yo soy tu hermano; cobra ánimo.
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No, no morirás, que mi mandato es para el común de las gentes.
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Acércate.”
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Y tomando el cetro de oro, la tocó en el cuello y la besó, diciendo: “Háblame.”
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Ella le dijo: “Te vi, señor, como a un ángel de Dios, y mi corazón quedó turbado ante el temor de tu majestad,
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pues eres, señor, admirable y tu rostro está lleno de dignidad.”
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Y mientras hablaba, volvió a caer desmayada.
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Turbóse el rey, y toda la servidumbre la atendía.