I.
Biografía de San Pablo
No
pretendemos aquí escribir una vida de San Pablo,
sino dar sólo las líneas maestras que nos
sirvan de ayuda para entender mejor sus epístolas.
Actualmente,
entre los que se dedican a estudiar a San Pablo, hay una
marcada tendencia a mirar casi exclusivamente al Pablo teólogo,
sin atender gran cosa a perfilar y concretar los hechos
de su vida. Pero no olvidemos el estudio del Pablo histórico,
pues toda su teología está encerrada en escritos
ocasionales, que responden a situaciones muy concretas de
su vida, sin cuyo conocimiento y estudio previo no será
fácil medir el alcance de muchas de las frases y
expresiones paulinas.
Nos valdremos
para nuestro trabajo no sólo del libro de los Hechos
y de algunos datos de la tradición, sino también
de esas mismas epístolas, que, además de su
gran riqueza doctrinal, tienen un extraordinario valor autobiográfico.
Hoy son bastantes los críticos que rebajan mucho
el valor histórico del libro de los Hechos, con lo
que se hace más difícil componer una biografía
de Pablo; sin embargo, como ya expusimos en la introducción
al libro de los Hechos, nada hay que nos autorice a suponer
que Lucas en su libro desfigura sustancialmente los acontecimientos,
no obstante reconocer que su intención no es puramente
histórica, sino más bien apologético
doctrinal.
1.
El fariseo perseguidor de la Iglesia.
Pablo
nace en Tarso de Cilicia, de familia judía allí
residente, adicta al fariseísmo. Es probable que
sus antepasados procedieran de Císcala, en Galilea,
a juzgar por algunas noticias, aunque no muy seguras, de
la tradición.
En el libro de los Hechos aparece
en un principio con el nombre de Saulo, nombre que es cambiado
por el de Pablo a raíz de su primer gran viaje misional,
después de la conversión del procónsul
de Chipre, Sergio Pablo. En las epístolas aparece
siempre con el nombre de Pablo. Desde tiempos antiguos se
ha venido discutiendo si fue en esa ocasión de la
evangelización de Chipre cuando tomó el nombre
de Pablo, en recuerdo de la conversión del procónsul,
o tenía ya ambos nombres desde los días de
su nacimiento. San Jerónimo y San Agustín
se inclinaban a lo primero; Orígenes, en cambio,
y con él la inmensa mayoría de los autores
modernos, sostienen lo último. Esta opinión
de Orígenes la juzgamos mucho más probable.
Otra cosa
que llama la atención es que Saulo-Pablo, un judío
de Tarso, poseyera desde su nacimiento la condición
de “ciudadano romano.” Sin embargo, del hecho
no cabe dudar; lo que ya no está claro, es cómo
los antepasados de Pablo habían adquirido ese derecho
de “ciudadanía.”
Sobre la educación
de Pablo, en sus grados, como hoy diríamos, de enseñanza
elemental y media, no tenemos datos precisos. Es de creer,
si es que en Tarso había sinagoga judía y
la consiguiente escuela aneja, que fuera en esa escuela
donde recibiera su primera formación cultural. Ni
parece probable, contra lo que opinan muchos, que asistiera
a las escuelas públicas de la ciudad, de retórica
o filosofía, entonces muy florecientes; se oponía
a ello el acendrado fariseísmo de su familia, del
que él mismo se jacta. Es interesante a este respecto
la respuesta que se da en el Talmud a un judío que
preguntaba si, una vez estudiada la Ley, podía estudiar
la sabiduría griega. Se comienza por recordarle el
mandato de Dios a Josué de que “el libro de
la Ley no se apartara nunca de su boca y lo tuviera presente
día y noche”, y luego se añade: “Vete
y busca qué hora no sea ni de día ni de noche,
y conságrala al estudio de la cultura griega”.
La razón que suele alegarse, de que Pablo sabe escribir
bien en griego, cita autores griegos y conoce las costumbres
e ideas griegas, no prueba gran cosa; pues, de inteligencia
despierta, toda esa cultura podía adquirirla perfectamente
con la observación y trato social, sin necesidad
de suponer que frecuentó las escuelas paganas.
Al mismo tiempo
que recibía esta su primera formación cultural,
Pablo aprendió también, quizás en casa
de su propio padre, un trabajo manual, el de “fabricante
de tiendas”. Era norma rabínica que el padre
debía enseñar a su hijo algún oficio,
y que “quien no enseñaba a su hijo un oficio,
le enseñaba a ser ladrón”. Es natural,
pues, que el padre de Pablo, celoso fariseo, quisiera seguir
estas normas. A lo largo de su ministerio apostólico,
después de convertido, Pablo hubo de ejercer con
frecuencia este oficio a fin de ganarse el sustento y no
ser una carga para sus fieles.
Por lo que
respecta a la formación cultural, que podríamos
llamar superior, Pablo se traslada a Jerusalén, teniendo
por maestro al célebre Rabbán Gamaliel, de
fuerte personalidad. Esta época de la vida de Pablo
debe tenerse muy en cuenta, pues probablemente su formación
rabínica influyó bastante en su modo de investigar
la Escritura, a veces un poco desconcertante para nosotros.
No sabemos cuánto tiempo pasó en Jerusalén
escuchando las lecciones de Gamaliel, ni a qué edad
llegó a la ciudad santa. La manera de hablar del
Apóstol, al aludir a esta época de su vida,
da la impresión de que fue a Jerusalén todavía
muy joven, pues dice que allí creció y se
educó, y que en ella vivió desde la juventud.
Lo que sí parece claro es que estos años de
estancia de Pablo en Jerusalén no coincidieron con
los de la vida pública de Jesucristo, pues, de lo
contrario, apenas es concebible que la noticia de las nuevas
doctrinas no llegara hasta Pablo y que a ello no se aludiera
alguna vez en sus epístolas. Esto nos obliga a establecer
una de estas dos suposiciones: o la estancia de Pablo en
Jerusalén para sus estudios fue anterior a los años
de la vida pública de Jesucristo, habiendo abandonado
luego la ciudad y volviendo de nuevo a ella años
más tarde, puesto que allí se halla cuando
la lapidación de Esteban; o no fue a cursar sus estudios
a Jerusalén sino después de haber muerto ya
Jesucristo.
La primera
hipótesis es la tradicional y, también hoy,
la más corriente entre los autores; sin embargo,
todo bien pensado, más bien nos inclinamos a la segunda,
que es también la de A. Wikenhauser, J. Cambier y
otros. El texto de los Hechos da la impresión de
que efectivamente la vida de Pablo transcurrió ya
de modo estable en Jerusalén a partir de la época
de sus estudios, ni hay el más leve indicio de lo
contrario. Tampoco creemos sea insuperable la dificultad
cronológica. Pudo ir a Jerusalén hacia los
dieciséis-dieciocho años, inmediatamente después
de morir Jesucristo, y cuando la muerte de Esteban, apenas
terminados sus estudios, tener entre los veintidós
y veinticinco años. Ahí, en Jerusalén,
parece que tenía una hermana casada .
Pero sea de
todo eso lo que fuere, lo que sí sabemos cierto es
que, estando en Jerusalén, su fervor y entusiasmo
por la Ley era apasionado, interviniendo cuando la muerte
de Esteban y aventajando a sus compatriotas en el celo persecutorio
contra la naciente comunidad cristiana. Algunos autores
han supuesto incluso que Pablo llegó a formar parte
del sanedrín; cosa, sin embargo, que no juzgamos
probable.
2. Conversión y primeras actividades del convertido.
La
conversión de Pablo es narrada tres veces en los
Hechos, y una en Gálatas 1. No necesitamos recordar
aquí las circunstancias de este acontecimiento, de
tanta trascendencia en la historia del cristianismo, pues
son de todos conocidas. Notemos únicamente, en descargo
del perseguidor convertido en apóstol, que Pablo
procedía de buena fe en su celo persecutorio contra
los cristianos, a los que consideraban apóstatas
de la auténtica Ley divina y, por consiguiente, culpables.
Lo dice él mismo de varias maneras. No era, pues,
su pecado un pecado contra el Espíritu Santo.
Una vez convertido,
de temperamento fogoso como era, no pudo permanecer inactivo.
Durante “algunos días,” en las reuniones
sinagogales de los judíos de Damasco, comenzó
a predicar la nueva fe, con gran asombro de sus antiguos
correligionarios. Sin embargo, este primer ensayo de apostolado
fue muy breve, y enseguida “se retiró a la
Arabia”, sin duda, para rehacer su espíritu
sobre la base de los nuevos principios que la fe en Jesucristo
había traído a su alma; una especie de “ejercicios
espirituales,” algo parecido a lo de San Ignacio en
Manresa y San Francisco en el monte Alvernía. No
sabemos cuánto tiempo duró la estancia en
Arabia; es posible que un año entero, o quizás
más. Sólo sabemos que, después de este
retiro en Arabia, volvió a Damasco, donde prosiguió
su predicación de la nueva fe, y que entre las tres
etapas: primera predicación en Damasco retiro en
Arabia, segunda predicación en Damasco, forman un
total de tres años.
De Damasco,
perseguido por los judíos, que trataban de quitarle
la vida, subió a Jerusalén. En la ciudad santa
se encontró con gran desconfianza hacia él
por parte de los fieles, que no creían en su conversión,
siendo Bernabé quien logró aclarar las cosas
e introducirle hasta los apóstoles. Muy pronto comenzó
a predicar con valentía la nueva fe a los judíos,
siendo también aquí perseguido por éstos,
y habiendo de retirarse a Tarso, su patria, en espera de
la hora de Dios.
La actividad
de Pablo en Tarso nos es totalmente desconocida. Es posible,
conforme opinan muchos, que se dedicara a la predicación,
no solamente en Tarso, sino también en sus alrededores
e incluso en la zona de Antioquía; pero no parece
caber duda de que su actividad principal debió de
ser por entonces todavía interna. Y así, en
esta etapa de espera, pasó Pablo en Tarso varios
años, probablemente no menos de cuatro, hasta que
un día Bernabé, su antiguo introductor ante
los apóstoles, que le conocía bien, fue a
buscarlo para que le ayudara en la evangelización
de Antioquía. Juntos trabajaron allí “por
espacio de un año,” y juntos suben luego a
Jerusalén para llevar a los fieles de aquella iglesia
una colecta de los fieles antioquenos.
3.
Los tres grandes viajes misionales.
Llegaba la hora
señalada por Dios. A Pablo se le había dicho,
en la fecha misma de su conversión, que había
sido elegido para llevar la luz del Evangelio sobre todo
a los gentiles; pero hasta este momento la cosa apenas pasaba
de una promesa. Es ahora, a la vuelta del viaje a Jerusalén,
cuando la promesa se va a convertir en realidad. El punto
de partida es una orden del Espíritu Santo a la iglesia
de Antioquía reunida en un acto litúrgico,
mandando que separasen a Bernabé y a Saulo “para
la obra a que los había destinado,” es decir,
como aparece claro del contexto, para la evangelización
de los gentiles. Vemos que, al igual que en otras ocasiones
de importancia excepcional para el desarrollo de la Iglesia,
también aquí es el Espíritu Santo quien
señala el momento oportuno.
Con esto comienza
el primero de los tres grandes viajes misionales de Pablo,
cuya descripción encontramos bastante detallada en
los Hechos, con el siguiente recorrido: Antioquía-Chipre
(Salamina--Pafos)-Perge-Antioquía de Pisidia-Iconio-Listra-Derbe-Antioquía
de Pisidia-Perge-Atalia-Antioquía. Pablo iba acompañado
de Bernabé y, hasta Perge, también de Juan
Marcos. No nos detenemos a referir los incidentes de este
viaje, pues ya lo hicimos en su lugar respectivo al comentar
el libro de los Hechos. Diremos únicamente que el
recorrido, incluyendo ida y regreso, abarca más de
1000 kilómetros y que, a juzgar por lo que puede
deducirse del texto bíblico, los misioneros emplearon
no menos de cuatro años.
El resultado
fue consolador; y cuando los misioneros, de vuelta en Antioquía,
reunieron a la comunidad cristiana para “contar cuánto
habían hecho Dios con ellos y cómo habían
abierto a los gentiles la puerta de la fe”, produjeron
en aquella comunidad gran alegría. Pero no todos,
entre los seguidores de la nueva fe, participaban del mismo
entusiasmo: un fuerte movimiento judaizante, que partía
de Jerusalén, pretendía exigir a los cristianos
procedentes del gentilismo la aceptación de la circuncisión
y la observancia de la Ley mosaica. Pablo y Bernabé
se resistían, y la cuestión, evidentemente
gravísima, hubo de ser llevada a los apóstoles.
En Jerusalén se discutió ampliamente el asunto,
con especial intervención de Santiago, dando la razón
a Pablo y a Bernabé, aunque imponiendo ciertas limitaciones
en la práctica sugeridas por Santiago. Es lo que
suele denominarse “el concilio de Jerusalén.”
No se calmaron, sin embargo, los de la corriente judaizante
con este decreto de los apóstoles, sino que seguirán
oponiéndose a la libertad predicada por Pablo; y,
ya que no puedan exigir a los gentiles que se convierten
la observancia de la Ley mosaica, pretenderán que,
al menos a los convertidos judíos, se les exija que
sigan observándola estrictamente. Ello motivará
un serio incidente entre Pedro y Pablo, conocido con el
nombre de incidente de Antioquía.
Poco después
de este incidente de Antioquía, Pablo emprende su
segundo gran viaje mi-sional. Esta vez va acompañado
de Silas, y, desde Listra, también de Timoteo, habiéndose
separado de Bernabé por ciertas diferencias respecto
de Juan Marcos. El recorrido es mucho más largo que
el del primer viaje: Antioquía-Derbe-Listra (Iconio-Antioquia
de Pisidia)-Frigia y Galacia-Tróade-Filipos-Tesalónica-Berea-Atenas-Corinto-Efeso-Cesárea-Jerusalén-Antioquía.
Los resultados, no obstante las inmensas dificultades y
a veces fracasos, como en Atenas, fueron, en general, espléndidos,
surgiendo las florecientes cristiandades de Filipos, Tesalónica,
Corinto, etc., a las que más tarde Pablo dirigirá
algunas de sus cartas. A juzgar por los datos que nos suministra
el texto bíblico, podemos calcular que este viaje
debió de durar alrededor de los tres años.
De vuelta
en Antioquía permanece allí sólo muy
poco tiempo, emprendiendo enseguida su tercer gran viaje
misional. Este viaje está descrito en los Hechos,
y, a grandes líneas, tiene un recorrido que casi
coincide con el del viaje anterior, sin tocar apenas ciudades
nuevas; aunque con la diferencia de que en el viaje anterior
Pablo prolonga su estancia sobre todo en Corinto, mientras
que ahora será Efeso el centro de sus actividades,
deteniéndose en ella por espacio de tres años. Las principales
etapas de este viaje son: Antioquía-Galacia-Frigia-Efeso-Macedonia-Corinto-Macedonia-Tróade-Mileto-Pátara-Tiro-Cesárea-Jerusalén.
Parece que, en total, Pablo debió de emplear en este
su tercer viaje misional unos cinco años.
4. El prisionero de Cristo.
Poco
después de su llegada a Jerusalén, Pablo es
hecho prisionero por los judíos, que le acusan de
ir enseñando por todas partes doctrinas contra la
Ley y contra el templo y de haberse atrevido incluso a introducir
en éste a un incircunciso. El alboroto del pueblo
fue tal que, de no haber llegado el tribuno romano con sus
tropas, allí mismo, en los atrios del templo, le
hubieran linchado. Pablo quiso defenderse, pero su discurso,
aludiendo al mandato del Señor de que predicase a
los gentiles, todavía excitó más los
ánimos.
El tribuno
romano, no logrando aclarar el porqué de tanto odio
contra aquel detenido, manda reunir el sanedrín,
llevando allí a Pablo; mas tampoco logró aclarar
nada. Al fin, decide enviarlo a Cesárea, sede del
procurador romano, a la sazón un tal Antonio Félix.
En Cesárea se celebra juicio delante del procurador,
pero éste da largas al asunto, y Pablo hubo de permanecer
preso en Cesárea dos años, que fue el tiempo
que todavía duró Félix en el cargo.
El nuevo procurador, Porcio Festo, manda celebrar nuevo
juicio; pero, por miramiento hacia los judíos, con
los que no quería enemistarse, tampoco se decide
a soltar a Pablo. Entonces éste, cansado de tantas
dilaciones, hace uso de su derecho de ciudadano romano y
apela al César.
A partir del
momento de la apelación al César quedaban
en suspenso todas las jurisdicciones subalternas y no había
más tribunal competente que el del emperador. El
juez debía interrumpir el proceso, sin poder ya sentenciar
ni en favor ni en contra; su misión se reducía
a dar curso a la apelación y preparar el viaje del
acusado a Roma. Es lo que hizo Festo. Durante los días
que precedieron al viaje tuvo lugar la visita del rey Agripa
a Festo y, más por entretener a su huésped
que por otra cosa, Festo ordena tener un solemne acto público
en que Pablo exponga su causa. Al final, Agripa, resume
así su opinión ante Festo: “Podría
ponérsele en libertad si no hubiera apelado al César”.
Mas, como antes dijimos, después de la apelación,
eso ya no era factible. No quedaba más que el viaje
a Roma; viaje que efectivamente se realizó, y que
está descrito en los Hechos con todo detalle.
En Roma Pablo
siguió detenido otros dos años, esperando
la solución de su causa. Fue, sin embargo, una detención
bastante ligera, permitiéndole vivir en casa particular
y recibir libremente visitas, aunque siempre bajo la vigilancia
de un soldado.
5.
Últimos años.
El
libro de los Hechos termina su narración con la prisión
romana de Pablo, sin que nos diga nada de los años
posteriores. Sin embargo, claramente da a entender que Pablo
fue puesto en libertad. ¿Qué sucedió,
pues, en esos años posteriores a la prisión
romana? Para responder hemos de valemos de otras fuentes.
Serán éstas, además de la tradición,
los datos suministrados por las epístolas pastorales.
En primer
lugar, recordemos que Pablo había expresado claramente
su deseo de visitar España, siendo obvio suponer
que, una vez conseguida la libertad, pusiera en práctica
ese deseo. De hecho, así lo afirman testimonios antiguos.
El primer testimonio claro que poseemos es el del Fragmento
Muratoriano, siglo II, que dice: “Lucas refiere al
óptimo Teófilo lo que ha sucedido en su presencia,
como lo declara evidentemente y el viaje de Pablo desde
Roma a España. ” Ya antes, a fines del siglo
I, escribe San Clemente Romano en su famosa carta a la iglesia
de Corinto: “Pongamos ante nuestros ojos a los santos
apóstoles. Por la envidia y la rivalidad mostró
Pablo el galardón de la paciencia, hecho heraldo
de Cristo en Oriente y Occidente; después de haber
enseñado a todo el mundo la justicia y de haber llegado
hasta el límite del Occidente, salió así
de este mundo y marchó al lugar santo, dejándonos
el más alto dechado de paciencia.” Esa expresión
“hasta el límite del Occidente”, en boca
de quien escribe desde Roma, no parece pueda tener otro
sentido que España. También hablan de este
viaje de Pablo a España los Hechos de Pablo, dos
apócrifos del siglo II. Posteriormente, a partir
del siglo IV, los testimonios son innumerables. Nada concreto
sabemos, sin embargo, acerca de este viaje ni de sus resultados.
De España
es probable que Pablo regresara a Roma, pues no es fácil
que desde España embarcara directamente para Oriente,
donde le suponen actuando las epístolas pastorales.
Parece ser, aunque también sería posible organizar
el recorrido de otra manera, que Pablo desembarcó
en Efeso, donde dejó a Timoteo, partiendo él
para Macedonia; de allí pasó a Creta, donde
dejó a Tito. Estuvo también en Tróade,
Mileto y Corinto, y parece que pasó un invierno en
Nicópolis del Epiro.
Imprevistamente
Pablo aparece de nuevo preso en Roma, desde donde envía
su segunda carta a Timoteo, último de sus escritos.
Cómo y dónde le cogieron prisionero, no es
posible determinarlo con los datos que poseemos. Hay quienes
suponen que fue hecho prisionero en Oriente, y de allí
conducido a Roma; otros, en cambio, apoyados en un testimonio
de San Dionisio de Corinto, creen que volvió a Roma
de propia iniciativa y que, estando en Roma, fue hecho prisionero.
Una antigua tradición recogida por Eusebio, y que
también hace suya San Jerónimo, pone su martirio
en el “año 14 de Nerón,” es decir,
año 67 de nuestra era.