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EPÍSTOLAS A LOS TESALONICENSES
PRIMERA |
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Introducción.
La
iglesia de Tesalónica.
Tesalónica, importante ciudad de
Macedonia, situada al fondo del golfo Térmico en el mar Egeo, había sido
evangelizada por San Pablo en su segundo viaje apostólico, cuando, obligado a
dejar Filipos, se dirigía por la vía Egnatia hacia el Occidente,
buscando campos apropiados para sembrar la
palabra evangélica. Parece que los
fieles procedían en su gran mayoría del gentilismo. La manera como se
expresa San Pablo en su carta da la impresión de que estaban siendo víctimas de intrigas y persecuciones. Es casi
seguro que los agitadores eran los judíos, numerosos en Tesalónica, y que ya
habían intrigado contra Pablo durante la evangelización de la ciudad,
obligándole a salir de allí.
Ocasión
de la carta.
Hay en la carta algunos datos
que pueden darnos mucha luz. Dice el Apóstol que estaba tan preocupado
por los tesalonicenses que, aun a trueque de quedar solo en Atenas, les envió a Timoteo para que les exhortara y
confirmara en la fe, y que ahora, al volver Timoteo con buenas noticias,
ha recibido gran alegría. Sabemos también que cuando Pablo escribe la carta, además de Timoteo, estaba con él Silas.
Todos estos datos no parecen dejar lugar a duda de que la carta está escrita desde Corinto, en el segundo viaje
apostólico, cuando, hacia el año 51, Silas y Timoteo, procedentes de Macedonia,
se reunieron con Pablo. No consta que en el tercer viaje apostólico
(54-58) San Pablo estuviera en Atenas, ni tampoco que tuviera por compañero a Silas, quien por esas fechas parece que
acompañaba a San Pedro.
Supuesta la cuestión de tiempo,
falta aún por determinar concretamente la ocasión o motivo de la
carta. En realidad, esto ya casi queda indicado: las noticias que de Tesalónica
llevó Timoteo. San Pablo había tenido que salir de allí precipitadamente a
causa de las intrigas y persecución por
parte de los judíos. Su estancia en Berea y luego en Atenas, de donde
pasó a Corinto, había sido corta. La preocupación
por sus queridos tesalonicenses, a quienes había dejado en medio de la persecución,
seguía aún fresca en su mente. La llegada de Timoteo con noticias sobre
los tesalonicenses le indujo a escribir esta carta, una de las más afectuosas
que salieron de su pluma, y cuando habían pasado sólo unos meses desde la
fundación de aquella iglesia
Estructura
o plan general.
La carta es como un desahogo del
corazón de Pablo ante las noticias que le da Timoteo (1-3), con una segunda parte
de exhortaciones prácticas, en las cuales intercala la aclaración sobre la suerte de los difuntos y la parusía de Cristo, cuya fecha es desconocida y para la que debemos estar
siempre preparados.
Contiene esta carta, la más antigua del epistolario
paulino, la primera instantánea del apostolado
cristiano en el mundo griego. Su interés, bajo este aspecto, es del todo
singular y extraordinario, máxime teniendo en cuenta cuánto insisten
hoy los críticos en hacer resaltar el poder creador de la comunidad primitiva,
incluso en orden a puntos fundamentales de la fe cristiana. Pues bien, en este escrito, probablemente el
más antiguo del Nuevo Testamento, tenemos ya los puntos fundamentales de esa fe cristiana, no puestos en serie, en
una especie de catecismo o exposición dogmática, sino saliendo
espontáneos de la pluma del Apóstol en una carta llena de frescor y sencillez
pastoral.
Reduciendo a esquema doctrinal esas afirmaciones
frescas y espontáneas de Pablo, podríamos distinguir cuatro grandes capítulos:
a)
Dios es el principio y autor principal de la obra de
la salud.
b)
Esta obra de salud la realiza Dios por mediación de
Jesucristo, muerto y resucitado, cuya
segunda venida esperamos, momento en el que la salvación de cada uno, actual
ya por la santificación del Espíritu, se hará plena y definitiva.
c)
A la llamada de Dios el hombre
debe responder con la fe y una vida de santidad y buenas obras.
d)
Hay que tratar con especial
veneración a los dirigentes o responsables de la comunidad.
Dejando ya la esquematización, que más bien es cosa
nuestra, diremos que Pablo en esta carta no intenta exponer un punto doctrinal,
como en la carta a los Romanos o en la carta a los Galatas, sino que su enfoque
es meramente pastoral, es decir, animar a los tesalonicenses a llevar una vida
verdaderamente cristiana y a no dejarse inquietar por los que atacan la autoridad de su misión de apóstol ni por
las tribulaciones que sufren ni por la suerte de sus muertos. Es al tratar de
este último punto, cuando toca el
tema de la parusía o segunda venida del Señor, tema candente, a lo que
parece, en esa primera etapa del apostolado de Pablo. De él vamos a hablar un
poco más detenidamente.
La parusía de Cristo: Es un término que Pablo repite varias veces.
Evidentemente, se está aludiendo al retorno glorioso del Señor, al final de
los tiempos, para entrar triunfante en su
gloria, acompañado de los elegidos, idea
que es constante en todos los escritos neotestamentarios, úsese o no el
término “parusía”. Este término
“parusía” era entonces de uso muy frecuente en el mundo griego, no ya sólo en
su sentido general o etimológico de venida o presencia, sino también
en sentido ya técnico para indicar la entrada solemne de un soberano en
su reino o en alguna ciudad que visitaba. Era, pues, fácil el tránsito al caso
de Cristo entrando triunfante en su reino.
Como dice Cerfaux, para las comunidades primitivas, la parusía es la “gran
fiesta cristiana esperada con impaciencia.”
Una cosa conviene tener bien en
cuenta desde un principio, y es que Pablo, al referirse a la “parusía” de Cristo, no está tratando de aclarar doctrinalmente
cómo y cuándo tendría ésta lugar, sino que lo que intenta es inculcar a los
tesalonicenses que no se deben entristecer por sus muertos, como los paganos, pues
cuando llegue el retorno glorioso de Cristo, también ellos, junto con los que se hallen en vida, se unirán a
Cristo para “estar siempre con El”;
lo que sí importa mucho, ante la ignorancia de la fecha, es que vivan
vigilantes, con una vida propia de cristianos. Estas dos ideas, la
de esperanza del retorno glorioso de Cristo y la de vigilancia constante para que dicha venida no nos tome de sorpresa, las encontramos también en los Evangelios, con lenguaje muy semejante, comúnmente denominado “apocalíptico.” Hay quienes piensan
(Orchard, Spadafora) en dependencia
literaria de Pablo respecto a los Sinópticos, o también viceversa; sin
embargo, no parece que existan tales dependencias, pues para explicar
las semejanzas, lo mismo de doctrina que
de expresiones, basta atender a que tanto los Sinópticos como Pablo se inspiran
en las mismas tradiciones, procedentes
de las enseñanzas escatológicas de Cristo, y a que ése era el
lenguaje corriente en la apocalíptica judía.
Un punto resulta difícil, y es el relativo a cuál
fuera el pensamiento de Pablo sobre la inminencia de la “parusía,” momento al
que, según la perspectiva bíblica, van ligadas verdades fundamentales de
nuestra religión, como la resurrección corporal de los muertos y el juicio
final. Su modo de hablar, usando la primera persona al referirse a los que se
hallen en vida, parece dar por supuesto que
él y sus lectores vivirán hasta el día de la parusía y,
consiguientemente, ésta iba a ser inminente. El Apóstol se habría equivocado.
La objeción es clásica, y ya la Pont. Comisión Bíblica, en 1915, se refirió a
ella, diciendo que, sea una u otra la explicación, ha de ser siempre a base de
no admitir error en el Apóstol, cosa que
sería incompatible con el carisma de apostolado y con la inspiración de la
Escritura.
Por de pronto, no obstante ese uso de la primera
persona de plural, ya sería extraño suponer que Pablo estaba convencido de que
ni él ni ninguno de sus lectores (pues la expresión afecta lo mismo a Pablo que a los destinatarios de la
carta) habría de morir antes de la “parusía.” Ello nos obliga a ser muy cautos en la interpretación
de esa expresión. Creemos que nada se opone a que la interpretemos como simple enálage de persona, es decir,
ponerse él mismo en escena, aunque quizás no le afecte personalmente lo
que allí se afirma, cosa que no sabe. Incluso
es posible, como algunos suponen, que la frase “nosotros los vivos, los que
quedamos,” dos veces repetida, la recoja Pablo del uso entre los
tesalonicenses, de modo parecido a lo que sucede en 1 Cor 6:12-14 con otras de
los corintios, en cuyo caso la expresión paulina resultaría todavía más obvia y sencilla.” Vamos a
tratar de explicar más detenidamente la que creemos ser actitud de Pablo
respecto a la parusía.
Creemos que Pablo, lo mismo al principio que en
medio que al fin de su vida de apostolado,
da claras muestras de que ignora el tiempo de la parusía; en consonancia con lo ya dicho por Cristo. Sin embargo, dentro de esa línea fundamental de
pensamiento, parece que a lo largo de su vida apostólica hubo cierta evolución o cambio de enfoque al
referirse a este tema. Todo da la impresión de que en un principio, al colocarse a sí mismo entre los vivientes del
tiempo de la parusía, aunque en realidad no afirma nada concreto, pues
puede explicarse la expresión como enálage
de persona, está dejando traslucir cierta esperanza de que sea así, cosa
que además sabemos que deseaba
ardientemente. Es la actitud de quien espera una cosa que está dentro de lo posible, e incluso tiene cierta esperanza
de conseguirla, aunque en realidad
nada sabe con certeza. Es bien seguro que si Pablo hubiera sabido con certeza
que la parusía quedaba todavía muy lejos, no hubiera hablado del modo
que lo hace; su lenguaje es el propio de quien no lo sabe, pero desea e incluso tiene confianza de que sea pronto. Algo parecido a lo que sucedía con la esperanza mesiánica
para los israelitas del Antiguo Testamento: siempre estaban esperando esa
época y la veían como al alcance de la mano, particularmente en tiempos
de opresión y angustia, pero en realidad nada sabían sobre tiempos concretos.
Tal habría sido la actitud de Pablo en un principio,
en que parece que sintió más intensamente
que después la esperanza de vivir el instante de la parusía. Poco a
poco, probablemente bajo la presión de la experiencia, esa posible e incluso
esperada proximidad de la parusía habría ido perdiendo ambiente en su
mente, al igual que en la de los demás
cristianos; de ahí que, más que llamar la atención de sus lectores hacia
el momento de la parusía — concepción escatológica “futurista,” al modo de
la apocalíptica judía — la llama hacia el hecho verdaderamente central
de la salud mesiánica, que fue la muerte y resurrección de Cristo, hecho ya
realizado, que nos afecta radicalmente a todos los cristianos. Hoy
se insiste mucho en este cambio operado en el Apóstol, pasando de una
concepción escatológica “futurista” a una concepción más bien de escatología
“presentista” o realizada. Creemos que es una realidad ese cambio. Pero
notemos bien, contra lo que a veces suele afirmarse, que es sólo un cambio
de enfoque, o de perspectiva, no un
cambio de pensamiento o de doctrina. De hecho, también en las primeras cartas
se hace referencia a la obra de salud en nosotros por Cristo; y, a su
vez, en las posteriores se sigue haciendo referencia a la fase mesiánica de plenitud todavía “futura”.
Como atinadamente dice Cerfaux, “sólo confundiendo actitud, esperanzas y
enseñanzas, puede decirse que Pablo cambia de parecer o que se contradice.”
Todavía debemos tocar otra cuestión, a la que no
todos responden del mismo modo. La cuestión
puede quedar formulada con una pregunta: ¿por qué San Pablo, para consolar a
los tesalonicenses, les remite a la esperanza de la resurrección en la
parusía, y no habla más bien de que, a partir ya de la muerte, el justo será
feliz junto a Cristo, conforme el mismo Pablo da claramente a entender en 2 Cor
5:6-10 y Fil 1:21-23?
Hay bastantes autores (J.
Weiss, F. Guntermann, J. Dupont.) que a esto responden tomando como base
que hubo en Pablo un cambio en su modo de concebir el ser del hombre. Dicen que en sus primeras cartas Pablo escribe bajo
la idea de la concepción antropológica semita, con una visión
unitaria del hombre, en el que alma y cuerpo no son sino aspectos o facetas de
la única realidad viviente e indivisible,
que es el hombre; de ahí la necesidad de referirse a la esperanza de la
resurrección, pues para una mente semita es impensable un estado de gloria y
felicidad sin el cuerpo. Sería la
concepción que se refleja en 1 Tes 4:13-18 y 1 Cor 15:12-58. Más tarde, sin
embargo, en cartas posteriores Pablo escribirá bajo la idea de la concepción helenista, es a saber, con
una visión más bien dualista del hombre, compuesto de cuerpo y alma, la cual puede vivir separada de
él y es capaz sin él de dicha y de felicidad.
Pues bien, creemos que las
frases paulinas deben ser examinadas en si mismas, y tratar de encasillar a
Pablo, antes o después, en una concepción antropológica puramente semita o puramente griega, es olvidar su total independencia
para proclamar el mensaje cristiano valiéndose de la terminología en
uso, pero sin estar nunca atado a ninguna concepción antropológica determinada, ni la semita ni la helenista. Tanto más, que
esa concepción llamada “semita” no era ya coto cerrado e intangible entre los
judíos, como lo demuestra el libro de la Sabiduría al hablar de “las almas en manos de Dios, llenos de inmortalidad” y
de que “el cuerpo corruptible agrava el alma”.
Por lo que se refiere
concretamente a la cuestión propuesta, es cierto que con anterioridad a 2 Cor 5:6-8
no encontramos nunca frase alguna del Apóstol en que se refiera a la unión de
los cristianos con Cristo en una vida feliz inmediatamente
después de la muerte; pero deducir de ahí que Pablo dudó en un principio de ello y no tenía otra esperanza
respecto de los difuntos que la de la antigua concepción judía, es a
saber, existencia “umbrátil” en el seol esperando la hora de la
resurrección, sería llevar las cosas demasiado lejos. En efecto, todos sus
escritos dan fe de que Pablo, ya desde sus primeras actividades apostólicas,
supone al cristiano incorporado a Cristo, participando
de su vida bajo la acción del Espíritu. Así lo dejan claramente entender las
fórmulas: en Cristo-en Cristo Jesús-en el Señor, continuamente
repetidas en sus cartas, eco de aquel cur me persequeris de la
escena de Damasco. Pues bien, esto supuesto, no es concebible que, al mismo tiempo, considerara la muerte
del cristiano como un descenso al seol, a una existencia “umbrátil,” de letargo e inconsciencia,
cual si Cristo no hubiese resucitado. Más lógico parece suponer que, desde un principio, Pablo tuvo unidas ambas
ideas: fe en la resurrección corporal en la
parusía y fe en la pervivencia junto a Cristo, a partir ya de la muerte,
de ese “yo” o núcleo fundamental del ser humano, que en la terminología
corriente llamamos “alma” y que Pablo mismo dice
que sigue subsistiendo después de la muerte.
Ninguna oposición hay entre
ambas concepciones. Si en un principio Pablo insiste en lo de la
resurrección corporal, es porque sólo entonces él hombre todo, en su
parte carnal y espiritual, adquiere
definitivamente su estado de dicha y felicidad junto a Cristo, y lo adquiere colectivamente, es decir, junto con los demás cristianos, en el gran día del triunfo de
Cristo, derrotadas todas las potencias hostiles con repercusión en el
cosmos entero. El segundo aspecto es, a saber, esa idea de pervivencia feliz
junto a Cristo a partir de la muerte, es “profundamente individualista, como
muy bien dice el P. Lyonnet, mientras que el primero
es esencialmente comunitario, y era éste sin duda el que dominaba su
esperanza, lo mismo que la de los
otros primitivos cristianos”, máxime estando, como lo estaban, bajo
el anhelo e incluso esperanza de la inminencia de la parusía. Es a esa etapa
final del triunfo de Cristo a la que
Pablo suele dirigir su pensamiento, sin prestar atención a la suerte de cada
individuo en la etapa intermedia, cosa que hace respecto de sí mismo en un
contexto muy distinto. Algo parecido, aunque al revés, de lo que sucede en
Lucas, quien, al contrario que Pablo, parece fijarse sobre todo en la
escatología individual, sin que eso quiera decir que no admita
también la escatología general o colectiva.
Por lo demás, resultaría muy difícil de explicar que
Pablo, en el breve tiempo que medió entre la primera y la segunda carta a los
Corintios, hubiese cambiado de opinión. Más lógico resulta pensar que, desde un principio, mantenía unidas en su mente ambas
concepciones: fe en la resurrección y fe en la pervivencia
junto a Cristo a partir de la muerte.

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