La memoria viva de una persona, lo que se llama Biohistoria en oposición a
lo que se entiende por biografía, se compone de grandes momentos, como montañas
alrededor y a lo largo de cuyos pies el río del tiempo se lleva al océano del
subconsciente toda una corriente de recuerdos, unos más buenos que otros y
otros menos malos que los demás, recuerdos que no fueron decisivos en la
formación de la propia personalidad y sin cuya existencia el Ser hubiera
seguido su camino sin sufrir grandes cambios en la estructura final de su
Personalidad. Cuando Dios dice “Yo soy el que soy” se refiere a esta
Personalidad formada en el Tiempo: dependiente de esos grandes momentos
biohistóricos alrededor de los cuales la corriente de la memoria activa
continúa dirigiendo los recuerdos pasajeros al océano de las cosas que dejaron
de tener más importancia.
Esta realidad biohistórica de la Memoria viva la aprecia con más fuerza el
Ser a medida que su existencia se hace más extensa. Quien ha vivido poco abarca
en su memoria consciente incluso los detalles más insignificantes del día a
día, pero a medida que el Ser se desarrolla en el Tiempo y la Mente comienza a
verse en el Horizonte que pertenece al Futuro lo que queda son ésos grandes
momentos decisivos e inolvidables que serán siempre los fundamentos de la
Personalidad, la Roca sobre la que se alza el “Yo soy el que soy”.
Todos tenemos esos momentos decisivos, que forman parte de la estructura de
nuestra Personalidad a la manera que los fundamentos de un edificio son sus
pilares, y, aunque los pilares de la Mente no se vean con los ojos de la cara,
sin el Conocimiento de ésos momentos biohistóricos entender la Personalidad de
alguien es imposible. Podemos describir un edificio por lo que vemos, pero si
no conocemos, si no entramos en los fundamentos materiales de su estructura, de
los que depende su naturaleza en lo absoluto y en lo particular, nuestra
descripción será pura letra, un edificio en el aire que impresionará por su
tomismo pero que no dejará de ser un castillo en el aire en lo que atañe a
nuestro conocimiento de su Naturaleza.
Dios, habiéndose declarado “Vivo” y habiendo creado al Hombre a su Imagen y
Semejanza, mediante esta Conexión nos abre el entendimiento a su Ser a
través del Conocimiento de nosotros mismos. El Hombre es un Reflejo de su
Creador en la Materia del Universo, y de aquí que al hablar de Dios haya
sido El mismo quien impregnando nuestra mente de su Ser nos haya abierto el
Camino a su Mente. Así pues, siendo un “Dios Vivo” y siendo su existencia la
propia de la Eternidad, de Dios no puede darse Biografía ni puede ser perfecto
Su conocimiento en tanto que basado en el Pensamiento de Dios. En cuanto y
hasta que no se conozca la Biohistoria de la Persona Divina, es decir, de la
Divinidad, nuestro Conocimiento del Ser Divino no puede dejar de ser un
castillo de letras expuesto al sol de los siglos.
La Tercera Parte de la Historia Divina es Biohistoria en el sentido más
estricto y puro. Porque aunque el Yo conozca la naturaleza misma del río del
tiempo que se lleva al océano del subconsciente los recuerdos insignificantes
del día a día, la importancia de esos recuerdos existenciales no le puede
añadir ni quitar nada a las columnas sobre las que descansan la Personalidad
del Ser en cuestión. Y si esta innecesaria representación no implica un menor
conocimiento del Yo de quien se afirma en el “soy el que soy”, el
desconocimiento de estos Grandes Momentos Biohistóricos, que forman la
estructura de la Mente de la Persona, están siempre activos y son el Núcleo
desde el que todo su comportamiento se rige, es una Ignorancia del Ser, en este
caso de Dios, que sujeta la relación del hombre con su Creador a la manera que
los primitivos con su ídolo, su totem o su fantasma. El Conocimiento Perfecto
de la Divinidad es, en consecuencia, decisivo y trascendental a la Hora de ver
con los ojos del espíritu a Aquel con el que se da la Adoración; Conocimiento
que sin darse la visión del Edificio Biohistórico es imperfecto y queda limitado
a la expresión de la fe.
Es a este Edificio Biohistórico al que os introduzco en esta Tercera Parte
de la Historia Divina. Y conste aquí afirmado que el Conocimiento del ser
Divino por la Criatura, sea “de esta creación” como de otra cualquiera, pasada
o futura, estará siempre sujeto a los límites de la Naturaleza del ser creado.
Quiero decir, la Encarnación es un hecho que se asume con los sentidos y con el
espíritu, pero en cuyos fundamentos sólo Dios puede entrar. Me explico, cómo
multiplicó el Hijo de Dios un simple pan en un saco de panes para alimentar a
un ejército es un Hecho, y no porque los límites de nuestro entendimiento no
puedan entrar en su núcleo interno ese Hecho deja, dejó o dejará de existir.
Somos criaturas de barro elevadas a la vida eterna por Voluntad del Ser Divino,
y por su Omnisciencia y Todopoder el reflejo de su Ser existe y vive en
nosotros a fin de poder disfrutar de su Mundo y su Universo. Pero, siendo
verdad invencible que nuestra crecimiento en esa Omnisciencia no tiene límites
en razón de la Vocación del espíritu de Inteligencia en el que hemos sido
engendrados, nosotros fuimos creados y este Origen implica los Límites
Naturales debidos que se dan y a los que se sujeta la Relación entre el Creador
y su Criatura. La Criatura puede conocer a su Creador, pero los límites del
Entendimiento de la Criatura comienzan donde empieza la Naturaleza de su
Creador.
El Origen Increado de nuestro Creador es ése Límite Trascendental y
Absoluto respecto al cual no se habla de Ignorancia sino de Sabiduría, y la no
aceptación de este Límite Eterno conduce a la Rebelión por Negación de la
Aceptación de estos límites naturales que preceden el Nacimiento de la Creación.
Querer comprender el Origen Increado y la Naturaleza Increada del Ser Divino es
querer ser dios, deseo que, no queriendo aceptar la imposibilidad de sobrevivir
al cabezazo contra la piedra angular de la Creación, condujo “a los sabios
dioses” a los abismos del Infierno.
El Creador le abre su Ser a su Criatura a fin dársele a conocer y por el
Conocimiento que viene de la Sabiduría heredar de El y con El la Creación
entera para uso y disfrute. Así que en la Sabiduría los límites del
Conocimiento de la Criatura se extienden al Infinito, pero en la Ignorancia es
decir, en el deseo de querer conocer lo que es imposible, como he dicho antes,
cómo el Hijo de Dios se hizo hombre y cómo, por ejemplo, El sacaba de un pez un
banco de pescados, este es el Límite, la Piedra Angular contra la que lanzar el
Pensamiento es emprender una evolución y carrera que termina en el Infierno.
Esta Biohistoria, que no biografía, del Ser Creador es, acorde a la
debilidad literaria de mis manos, el Conocimiento de Dios tal cual Dios se ve a
sí mismo desde su Reflejo en su Criatura. Los Grandes Momentos que forman la
estructura de la personalidad del Dios Vivo que declarara tajante y sin vuelta
de hoja: “Yo soy el que soy”, son los grandes momentos que recoge esta Tercera
Parte de la Historia Divina de Jesús.