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Historia Divina de Jesús
ORÍGENES DE LA VIRGEN
Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de
Abraham...hijo de David...hijo de Zorobabel, hijo de Abiud, de Eliacim, de
Azor, de Sadoc, de Aquim, de Eliud, de Eleazar, de Matán, de Jacob...
La Basílica de la Anunciación de Nazaret está construida sobre las ruinas de la Casa donde viviera María; se halla a mitad de la Colina donde se ubica Nazaret; aunque no lo parezca a ojo, la Basílica es un verdadero búnker a prueba de bombas; su interior conserva el último resto de los muros de la que fuera la Casa de los Fundadores de Nazaret, los padres de María, entre cuyas piedras tuvo lugar la Anunciación. |
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La Virgen nació en Nazaret, en pleno corazón de la
Galilea. Como muy bien todo el mundo sabe su padre se llamaba Jacob y su madre
se llamaba Ana. Jacob de Nazaret, padre de María, murió siendo María muy joven.
Un buen día de aquéllos se le fue al padre de la Virgen el santo al cielo, y no
volvió. Esto tuvo lugar durante los años del reinado de Herodes.
El muerto dejaba acá abajo huérfanas, huérfano y
viuda. En mal momento desde luego. La Muerte nunca llega en buen momento de
todos modos. Pero dentro de lo malo Jacob de Nazaret fue a morirse en el mejor
de los momentos posibles.
Aquéllas grandes sequías que durante tantos años
asolaron las provincias del Oriente Medio por fin se habían largado; las
famosas vacas gordas que por un momento pareció no iban a volver nunca estaban
volviendo a cual más rolliza, habían vuelto y paseaban su abundancia por los
campos de todas las provincias del Levante Antiguo, cuando los Griegos y los
Romanos.
El luminoso horizonte ansiado, rogado, deseado, pedido
en procesiones multitudinarias Templo abajo Templo arriba, se había acercado
también, cómo no, a las colinas de Nazaret. Sus resplandores ya comenzaban a
brillar en los ojos de sus habitantes con el fulgor de la estrella de las
oraciones oídas, del deseo concedido. Pastores de la Galilea, pescadores del
mar de los Milagros, agricultores de los valles del Jordán, artesanos del país
que habitaban en las tinieblas de la desesperación, todos juntos se lanzaron a
las calles a celebrar los años de las vacas gordas. ¡Por fin habían llegado!
La Casa de la Virgen disfrutó de la alegría general
con la intensidad de quien lo ha pasado mal, tan mal como los demás, no tan mal
como otros, tampoco mucho mejor que la mayoría de la gente que lo pasó
verdaderamente mal durante aquéllos largos años. ¡Fueron tantos!
Aunque yo no sea devoto de Flavio Josefo es de necesidad leer su Obra sobre la Historia de los Judíos a fin de tener un conocimiento relativo de los terremotos y hambrunas que fueron la tónica durante los primeros días de Herodes. |
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No fue únicamente aquélla sequía. También fueron
aquéllos terremotos que asolaron el Oriente Medio sembrando el hambre desde los
montes del Líbano a las costas del Mar Rojo. Y más. De por sí terribles
aquéllos años de desesperaciones tremebundas la política fiscal del tirano
Herodes hizo de hacha cortando toda cabeza que lograra mantenerse a flote. Bajo
el reinado de Herodes el Grande seguir respirando se convirtió en delito. El
derecho a la palabra quedó prohibido. La cualidad sagrada que hace la
diferencia entre el hombre y las bestias fue sancionada y condenado su
ejercicio en el mejor de los casos a destierro, a la pena capital en los demás.
Tantas plazas fuertes se construyó Herodes tantas horcas se contó en Israel. De
todos los oficios la prostitución es el más antiguo, pero el único que durante
los días de Herodes el Grande nunca pasó de moda fue el del verdugo. ¡Qué
gracia, mientras llegaba o no el Día del Juicio Final los cachorros de la
familia del Tirano se construían palacios con bloques de mármol! Y fortalezas
dignas de un emperador, y cuarteles y guarniciones militares contra una posible
insurrección de esas que son capaces de echar abajo hasta las mismas murallas
del Infierno.
¡Ni los faraones!
El faraón de Moisés fue malo, los Herodes fueron
peores. Y entretanto, mientras el tirano devoraba a un hijo o a un hermano el
pueblo pasando calamidades físicas y espirituales de las que cuando pasan uno
ya no quiere ni acordarse. ¿Quién se acordaría de aquéllos años de vacas flacas
cuando pasasen los dos mil años? Sin embargo de la esquizofrenia constructora
del Tirano, la esquizofrenia del tirano sí sería recordada por la Historia:
¡Herodes el Grande! A aquél asesino sólo le faltaba eso, que le concedieran
licencia para matar a su antojo. A sus hijos, a sus hermanos, a su mujer, a sus
amigos, a sus enemigos fuesen o no fuesen inocentes. Permiso del propio César
para violar todas las leyes del Derecho Romano.
Bajo el reinado de Herodes llegó un momento en que
bastó mover los labios pidiendo justicia para caer bajo las ruedas de su
paranoia asesina. Los Romanos -todo sea dicho- cometieron muchos errores; de
todos los que se permitió Octavio César Augusto, darle la Corona de los Judíos
a un palestino fue un fallo que hasta al propio Juez del Universo le habría de
costar perdonarle.
Pero volvamos al tema de la Vida de la Virgen y su
Familia. Jacob de Nazaret, padre de María, acababa de morir.
Precisamente porque Ana, la Viuda de Jacob de Nazaret,
y sus hijas mayores María y Juana ya habían logrado casi olvidarse de la clase
de batalla que aquel hombre tan queridísimo de ellas hubo de librar contra los
elementos de aquél verano interminable, se comprende que su pérdida, ahora que
comenzó la luz de la esperanza a engendrar en las ubres de las vacas del
establo el oro de la abundancia, le fuera a la madre de la Virgen infinitamente
más insoportable y dura la pérdida de su esposo.
Ana y Jacob de Nazaret superaron todo lo malo con
coraje y le respondieron a los malos tiempos con la buena cara del que camina
bajo la paz de Dios. También Jacob de Nazaret y Ana soñaron con los días de las
vacas gordas durante todos los días de los últimos años, como todo el mundo; y
se rieron de los malos tiempos dando a luz seis hijos.
Pasó que en lugar de permitir que los malos tiempos
abrieran brecha entre ambos, Jacob y señora se unieron con más fuerza, si cabía
aún, en el abrazo del amor que los tenía maravillados de estar juntos. María se
llamaba la primogénita del difunto; luego venía la Juana. Las seguían las mellizas,
después otra niña, y cerraba el río de la vida el niño de la casa, de nombre
Cleofás, un bebé en sus días de leche cuando vino a morírsele su padre.
“Ahora que
vuelve a brillar el sol, hija mía, me deja sola el Señor con mis seis hijos.
¿Quién me va a enseñar a vivir sin tu padre, María?”, de esta manera la madre
de la Virgen derramaba el alma que le sangraba. La muchacha recogía en su
regazo las lágrimas de aquella madre a quien quería tantísimo. Como cualquier
chiquilla que se hubiese perdido en un bosque de gente extraña la Viuda lloraba
a corazón partido. En el corazón de María sin embargo la presencia de su padre
simplemente se había dormido.
María aún podía ver, sentir, oler, oir a su padre todo
sonriente mientras les respondía a ella y a su hermana Juana sus preguntas
sobre el Señor. María aún podía verlo tratando con los segadores, con los
hortelanos y los ganaderos del pueblo con la alegría y la fortaleza del hombre
respetado, estimado, tenido por honesto de un confín al otro de la comarca. Era
su padre un hombre de los que miran a los ojos directamente, cara a cara, sin
dobleces. En los ojos se le podía leer a Jacob de Nazaret la sinceridad que
transpiraban sus palabras.
Cuando llegaron los años de las vacas flacas el padre
de María dio la talla. Como el campo no producía ya para pagar sueldos extras
Jacob de Nazaret se echó a las espaldas la carga de sacarle a sus campos aunque
fuese unos sacos de almendras, unas arrobas de aceite, unas medidas de trigo,
algunos quintales de los famosos vinos de la Casa. Lo que fuera con tal de
mantener los huesos de sus hijas sanos y fuertes. ¡Sus dos hijas mayores María
y Juana sabían tan bien como su Viuda contra qué clase de soles estériles tuvo
que luchar aquél hombre! Gracias a Dios, aunque pequeñas, María y Juana allá
que arrimaron el hombro con las aceitunas en invierno, con las almendras, con
los higos y los trigos en el verano, con las bestias en otoño, verano, invierno
y primavera. ¡Lo que daría ahora la Viuda de Jacob de Nazaret por volver a levantarse
de mañana al alba y prepararle al padre de sus hijas la leche, el pan, el agua!
María lo sabía muy bien, por ver a su padre de nuevo
de pie al alba, despidiéndose de sus hijas con aquella sonrisa tan suya en los
ojos, su madre daría su propia vida. Pero ya no se podía hacer nada para que la
muela del tiempo diera marcha atrás. Ahora había que vivir, elegir entre el
esposo muerto y los hijos vivos.
De las dos muchachas, María y Juana, la Juana era la
más chica, un año menor que la María. María era la mayor, la grande de la Casa.
Misterios de la vida, era a ella, a la Juana, la más pequeña de las dos, a la
que más le iba la marcha del campo; tal vez porque Juana había heredado de su
padre el gusto por el olor de los árboles en flor y el placer de contemplar los
colores del horizonte al alba.
Viéndolas a ambas hermanas cualquiera hubiera dicho
que por el cuerpo era a la María a la que debiera gustarle más el viento sobre
el pelo al caer la tarde; sin embargo era en la Juana, la más chica, de cuerpo casi
o igual de pequeña que su madre, el alma donde derramó su padre el amor al rojo
de la tierra viva. En María la fuerza de la vida venía de su madre. Su madre le
legó todo su arte para la costura y la confección. Lo que a María le iba era la
familia, la casa.
Así que cuando luego llegaron los malos tiempos y las
vacas se pusieron todas flacas y los dineros se hicieron los justos y las
necesidades a cubrir empezaron a multiplicarse hasta seis veces en apenas dos
años María se reveló como una costurera nata. A la edad cuando se dice que se
está en la primavera de la vida la hija mayor de Jacob de Nazaret lo mismo
remendaba un vestido y lo dejaba como nuevo en un periquete que les tejía a sus
hermanas un abrigo de lana en cuestión de días, sin dejar nunca de ser la mano
derecha de su madre. Y un modelo de hija para su hermana Juana. En ésta -he
dicho- se había revelado una capacidad innata para aprender de su padre el
sentido de los impactos de los ciclos lunares en la agricultura, porqué los
conejos comen lechugas, cómo crece de verdad un tomate de verdad, a qué se debe
que se talen los olivos para que no se hagan sombra y desvirtúen el sabor del
aceite. En fin, miles de cosas.
El hecho es que la Juanita además de ser el ojito
derecho de su padre se sentía el otro brazo de su hermana María, y una para el
padre y la otra para la madre y las dos juntas en la alegría, cuando arrecieron
los vientos solanos y las gotas frías y las sequías y las tormentas de invierno
en verano y los calores del verano en invierno y las lluvias un visto y no
visto, cuando la tormenta puso a prueba a los hombres buscando llevarse al
Paraíso a los que pusieran cara alegre, en aquél entonces las dos hermanas se
unieron más que nunca. Aquéllos años malos obligó a las dos hermanas a trabajar
duro. Fue un deber que adoptaron desde el silencio, escrito en sangre, latiendo
al mismo ritmo del corazón de sus padres. Cada una dejó abrir su alma a sus
dones particulares y actuaron siguiendo el curso del misterio de la vida en
cada persona.
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Los ojos de la mayor, la vista de María estaba hecha
para descubrir la aguja en el pajar; no fallaban jamás al insertar el hilo en
el ojo de la aguja, sin mirar siquiera. Los ojos de su hermana Juana
necesitaban horizonte, campo, cielo abierto. En lugar de pelearse las hermanas
le dieron las gracias al Dios de sus padres por su sabiduría eterna y su bondad
infinita. A los ojos de ambas su padre fue un hombre maravilloso.
“¿Por qué
decimos que la sabiduría del Señor es eterna y su bondad infinita? -les decía Jacob
de Nazaret a sus dos hijas mayores-. Porque con sus respuestas nos maravilla y
con su bondad nos ilumina la cara”, con la sonrisa en los ojos les respondía
aquel padre a aquellas dos niñas que eran los dos ojos de su cara.
Sus hijas se miraban sonriéndose. ¡Cuánto querían al
hombre que Dios les había dado por padre! Su padre seguía: “Cuando decimos que
la Sabiduría del Señor es eterna declaramos con todo el corazón y con toda
nuestra mente nuestra alegría al saber que El no miente.
Hijas, cuando le adoramos por su infinita bondad
nuestra alegría es la del que se encontró en el foso al que los malos arrojan a
los buenos y al alzar el rostro vio al Señor riéndose de la ciencia de los
genios.
“Hijas, ser bueno, cuesta” les confesaba Jacob de
Nazaret a sus hijas mientras ordeñaban los olivos. “¿A la que es más buena no
se le hace un regalito? ¿Tienes envidia tú, Juanita, de tu hermana mayor porque
sea más buena cosiendo que tú? ¿En qué momento mi Juanita ha hecho que su María
se sienta culpable por no tener sus cualidades para el campo? ¿Cuándo le ha
regañado madre a su Juana por no saber coser un vestido tan bien como su María?
¿Qué haría yo sin mi Juana si no me trajera al mediodía la comida, si ella no
me obligara me la comería?”
Ay, ¡cómo le recordaban! ¿Era verdad que se había ido?
Aún no se lo podían creer. Con el cuerpo sin vida de su padre delante de los
ojos María y Juana se miraron en silencio. Dios mío, ¿de verdad lo habían
perdido?
Ambas hermanas abrazaban ahora a su madre. Destrozada,
la Viuda de Jacob de Nazaret seguía llorando su desgracia:
“Ahora María, ahora que vienen las vacas gordas, ahora
que vuestro padre podría sentarse en su viña a comer racimos grandes como los
del Polifemo y dulces como los de Baco, me perdone Dios, justamente ahora. ¿Por
qué, Señor, por qué? Dime en qué te ofendió tu siervo”.
¡Ay Dios!, ¿se puede explicar la conexión entre los
grajos y los infortunados jornaleros sobre los que dejan caer las Parcas su
manto de negro presagio? ¿Se puede entender que Dios sea Dios reinando el
Diablo? ¡Quién fuera capaz de escribirse el guión de su propia vida y brillar
como una estrella por lo menos a los ojos de los socios de papel inventados al
caso! Sueña el hombre que suyo es el destino, sueña el niño con el hombre que
late en su pecho, para descubrir a la vuelta de la esquina que basta una ráfaga
de viento para reducir sus sueños a bits condenados a la basura. Al final la
vida humana es la de la caña, si el viento arrecia se quiebra y sus restos caen
en el pozo del olvido. ¿Quién no ha caído en la tentación de dejarse morir y
acabar con todo de una vez para siempre? ¿O seremos los más fuertes hasta que
no se demuestre lo contrario?
Para todo el mundo llega la hora de la verdad. Cada
criatura tiene la suya. Y en esa hora es cuando el ser anda o revienta. Esta
era la hora de la verdad para la madre de la Virgen.
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“¿Qué somos, María?” clamante lloraba la madre de la
Virgen la pérdida de su esposo. “Luchamos contra los elementos con las fuerzas
de una criatura de barro. Alzamos nuestros ídolos en honor de quien nos da la
victoria. Al Altísimo le dedicamos nuestra gloria. Pero no se cansa el
Omnipotente de vernos reducidos a la condición de las bestias. Avanza el
campeón a recoger su corona cuando se le cruza la Muerte en el camino. ¿Se
yergue el Todopoderoso para salvar al corredor solitario de dejarse el alma en
la carrera? ¿Por qué se queda sentado en su Trono Todopoderoso y Omnisciente
mientras los restos son barridos de la pista por el viento? ¿Eso somos, hija
mía, polvo que sueña a ser roca, roca que sueña a ser montaña, montaña que
sueña a ser nido de águilas? ¿Qué será de tus aguiluchos ahora, esposo mío?
¿Quién se levantará y los protegerá cuando la serpiente escarpe el risco y su
madre no sepa cómo defender sola a tus hijos?”.
¿Qué se le podía responder a aquella mujer? ¿Qué loco
se hubiera atrevido a decirle lo que aquéllos visitantes ignorantes al Job de
la Biblia?:
“Calla ya, viejo podrido” le dijeron aquéllos amigos. “Si
te pudres será porque eres más malo que todos los diablos juntos. Nos engañaste
a todos con tus limosnas y tus monsergas. Gracias a dios el Señor nos ha
descubierto tu falsedad y tu hipocresía. Por ellas te castiga el Dios al que
pretendiste engañar como hiciste con nosotros. Calla y sufre, viejo podrido”.
¡Vaya amigos! Quisieron obligar al pobre Job a
reconocer que la miseria nace de la miseria, que el que tiene retiene porque
tenía, que nadie es fuerte por capricho sino que la felicidad o la desgracia de
la persona dan cuentas de su valía. Según tales sabios los pobres son todos
unos pecadores pervertidos, corruptos viciosos que se merecen lo que sufren;
los buenos son todos felices, dichosos comen perdices, tienen el oro, tienen el
poder, ellos son los mejores, los elegidos de la providencia, la raza nacida
para ser feliz, y son felices porque son buenos, y cuando sean mejores serán
como los dioses.
“Eva, le dijo Satanás a la mujer de Adán, “come de
esta fruta y aprende. Hay buenos y hay malos, hay tontos y hay listos, hay
ricos y hay pobres, hay esclavos y hay libres, fuertes y débiles, ángeles y
demonios. Hay vida y muerte, verdad y mentira, paz y guerra ¿qué es todo esto
sino la sal de la tierra?”
¡Dios santo, de cuándo la suerte de los profetas no
pendió de una nube de más o de menos en el horizonte!
“Pero al mal
tiempo buena cara”, contraatacó veloz el santo Job.
“¿Dónde está el tonto que se ríe perdido en la
tormenta?”, le devolvieron la risa los visitantes.
“Del Indestructible, del Invencible es la última
carcajada” volvió a responderles Job”. ¿Vosotros de qué y por qué os reís? ¿Qué
luz habéis venido a traerle a mis ojos? ¿Queréis condenarme por lo que he
hecho? Ignorantes, estoy siendo castigado por lo que no he hecho”.
“Justo es lo que dices, al bueno la recompensa le es
grata, la del malo es terrible. Así pues ya tienes tu salario. Ahora reconoce
que eres un pecador, un traidor de la providencia según tú mismo has dicho al
confesar que cada cual recibe por su trabajo su merecido. Dinos, pecador, ¿qué
encubrías con tus limosnas y tus poses beatas? ¿No son por ellas por las que te
ha castigado Dios? Esto es castigo de Dios, no llores, revienta”, con sonrisa
falsa le respondieron “los amigos”.
¿Con otros cuatro más de “aquéllos amigos” cuánto
habría tardado la paciencia de Job en derramarse? En lugar de echarse a llorar
su mala suerte el santo Job se partió de risa, se levantó y los echó de su
casa. Su tragedia, la tragedia de Job no estaba en la caída de las murallas de
su fe al sonido de las trompetas del Infierno. Este no era el problema de Job.
Su fortaleza había sido levantada sobre roca. A prueba de bombas su fe
permanecía intacta. El problema que le estaba matando a Job el alma era no
saber qué le estaba pasando, a qué obedecía este cambio de ánimo de su Dios.
¿Por qué su Dios lo había abandonado desnudo y a su suerte ante un enemigo
armado hasta los dientes? Siguió el guerrero a su Héroe y Rey al campo de
batalla ¿y en una esquina de la encrucijada le daba la espalda como quien
sacrifica un peón en el altar de la victoria?
Pues bien, justo este dilema, justo este misterio era
el que tenía agarrada por el cuello el alma de la Viuda de Jacob de Nazaret.
Luchando contra las tinieblas con la única arma divina al alcance de los
humanos, la palabra, la madre de la Virgen buscaba la respuesta al por qué se
había llevado la Muerte a su esposo. Y no la encontraba.
“¿Por qué nuestro Dios no hace nada, María? ¿Por qué
deja que la serpiente escarpe el risco y por qué se lo pone más fácil
eliminando al padre de sus cachorrillos? ¿No la ve acercarse El, hija? ¿Por qué
el Dios de tu padre no alcanzó el arco y la flecha y con el rayo de su mirada
fulminó a la Bestia? ¿Se equivocó la flecha de diana, la desvió el viento y
buscando al dragón mató al héroe? Dime hija que mi alma está amargada y sus
ojos no alcanzan a ver los recónditos planos del Omnisciente ¿pero qué somos,
María? ¿Por qué se le exige el entendimiento de un dios a una criatura de barro
condenada al polvo por haber comido una manzana? No me mires con esos ojos, no
me reproches que mi corazón sangre palabras. ¿Qué manará de la herida de la
Cierva de la Aurora cuando al salir la mañana el cazador la persiga a la hora
de las primeras alegrías? ¿No será maldita la flecha que le entró en el pecho a
la paloma que se subió al caballo del viento y trotó por los cielos y regresó
feliz en busca de su señor? Ya llega hija, ya alcanza el brazo de su señor, ya
cruza también el aire el dardo asesino, tiene su señor el poder de atraparlo en
vuelo, pero observa, no hace nada, se queda quieto como si esa fuera la
recompensa por haber cumplido su misión sagrada, y ya cae la hija de Mercurio
en el polvo a los pies de quien le vuelve la cara. No me digas que me calle,
María, ¿no ves que si no me muero?”.
Yo sólo sé que no sé nada, aunque dicen que Dios creó
al hombre y a la mujer para amarse y no separarse nunca también dicen por ahí
que el Diablo se juró hacer ese amor imposible. Mas en este mundo hay gente que
está sorda y no entiende, no se enteran de nada, se ríen de los cuernos del
Diablo y retan a la muerte a romper lo que Dios unió con lazos más fuertes que
las palabras de la Serpiente.
Ana, la viuda de Jacob, y Jacob de Nazaret, padre de
María, futura madre de Jesucristo, vivieron ese reto. Una vez que se conocieron
si no se casaban se morían, y cuando se casaron ya no les cupo en la cabeza la
idea de vivir el uno sin el otro. Cada año que pasaron juntos adoraron al Dios
que trasformó una costilla, una simple costilla, en algo tan hermoso como aquél
amor.
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