Historia Divina de Jesús

VOLVER A NACER

 

Los emigrantes regresaron a Nazaret, como quien dice, ricos. José vendió la Carpintería del Judío a un precio muy bueno.

Adiós Alejandría adiós -susurraron los labios de un José que dejaba atrás amigos, negocio, años felices, perspectivas nuevas, una ciudad sabia, la alegría de haber vivido cosas maravillosas y oído otras increíbles de creer de no haberlas oído de labios del Niño.

Al otro lado del horizonte le esperaba el regreso del dolor dormido bajo las sábanas espesas de un subconsciente cruelmente herido. ¿Regresar a Nazaret?, ¿instalarse en Belén, su pueblo?, ¿qué haría?

Durante la ausencia de la Dueña del Cigüeñal de Nazaret, la casa grande de la colina, Juana, la hermana de María, había mantenido la heredad de su sobrino Jesús en alza. Por este sitio José no tenía ningún problema. Todo lo que era de su esposa era suyo; así que José podía dedicarse a vivir de las rentas y empezar a darse la buena vida. Sólo que esta forma de pensar no iba con él. Por muy próspera que fuera la herencia de su esposa.

Como padre que era a José más que el porvenir de su hijo Jesús lo que le preocupaba era el futuro de sus sobrinos.

Para la fecha su cuñado Cleofás había traído al mundo una tropa. De haberse mantenido soltera su hermana María hubiera sido más que probable que la herencia de Jacob de Nazaret y su legado mesiánico hubieran pasado al varón de la casa; en cuyo supuesto el futuro de los hijos de Cleofás hubiera estado ligado al de la propiedad de María.

No era el caso. Tarde o temprano los hijos de Cleofás tendrían que abandonar la casa de la Tita María, establecerse y fundar sus propias familias. Así que, sin pensárselo dos veces, José tomó la decisión final de volver a empezar, como la primera vez que llegó a Nazaret, desconocido de todos los que no le conocían, sin suelo donde caerse muerto, el cielo por techo, los horizontes por paredes de su casa, la tierra madre por piso donde reclinar su cuerpo, una piedra de almohada bajo las estrellas, sus fieles canes asirios de guardia alrededor del fuego, la aurora al alba, la estrella de la mañana bajo la Luna, Jerusalén arriba, camino de la Samaria como quien se interna en un cuerpo y viaja hasta el corazón por las arterias incógnitas de la tierra. ¿Por qué no? ¿No nos dotó Dios de su fuerza para mantener el espíritu siempre joven? Las fuerzas tienen que fallar, pero las ganas siguen más allá del cansancio de los huesos.

Pues claro que reabrir la carpintería iba a ser un trabajo serio, pero como a aquéllos dos hombres no les faltaban ni la fuerza ni el coraje para volver a empezar de cero, pues eso. Además, que ya habían pasado a mejor gloria las criaturas tenebrosas que ordenaron la Matanza de los Inocentes y, la verdad, todo sea dicho, aunque José no aparentara demasiadas ganas de regresar a la patria también a él le estaba picando el gusanillo de la familia, volver a ver a sus hermanos y hermanas, ver a su mujer y a su cuñado felices en los brazos de su madre. En fin que la naturaleza humana fue tejida con fibras del amor divino y necesita bañarse en lágrimas de alegría para superar la tendencia innata que manifiesta a parecerse a las bestias, que ni ríen ni lloran.

En cuanto al trabajo, hombre, José pudo haberse dedicado a los negocios del campo, pero no era su palo. El oficio de carpintero ebanista lo llevaba en los genes, le palpitaba en la sangre; era lo suyo, podía pegar un clavo sin mirar, pulir la superficie más ruda mientras conversaba. ¿El campo? El campo no era para él, ni él estaba hecho para el campo. ¿Habían desfallecido las mañas de su cuñada Juana para mantener la propiedad en alza?

Sí, para los asuntos del campo allí estaba su cuñada Juana. Y sobre el taller costura de Nazaret el asunto estaba en las manos de las obreras de su Mujer, y Esta, dedicada ya a su familia, lo primero que hizo fue dejar las cosas tal como estaban.

El Niño, por su parte, apenas puso el pie en Israel ya se moría por ver llegar el día de su admisión en la comunidad con todos los plenos derechos de los adultos, cosa que solía tener lugar a los trece o catorce años. En su caso las cosas se adelantaron a los doce años porque su cabeza funcionaba mejor que la de una persona mayor. Conste que no lo digo para impresionar al lector. Lo cierto es que durante todo el trayecto del Egipto a Israel el Niño se mantuvo hiperactivo; si por El hubiera sido se hubiera echado a volar, o a correr sobre las aguas y no hubiera parado hasta llegar a Jerusalén. Ya se lo imaginaba todo. Se abriría paso hasta el Patio del Templo, pediría la palabra y dejaría fluir por su boca la verdad toda la verdad y nada más que la verdad.

“Allá voy Jerusalén”-susurró el Niño mientras dejaban atrás Egipto.

La idea del Niño sobre su destino mesiánico era la clásica del pensamiento popular de las fechas. El Hijo de David se presentaría montado en su caballo de gloria ante los poderes del Templo, reuniría a su alrededor a todos los hijos de Abraham del mundo y los lideraría a la conquista de los confines de la tierra.

Con estas santas intenciones en la cabeza, la ceremonia de admisión en la comunidad celebrada, a sus doce años cumplidos Jesús se fue al Templo a poner en práctica su estrategia.

Durante el primer día atraería la atención sobre sí; al segundo la voz se correría; y al tercero se les descubriría a todos los Sabios de Israel en la inmensidad de su realidad divina. Al Cuarto el Mesías estaría en su trono llamando a sus filas a todos los ejércitos del Señor en el mundo.

Y así fue. Al menos durante los dos primeros días. Pero al tercero pasó algo que marcaría su existencia por los restos.

Maravillados por la inteligencia de aquél Niño que sabía más que todos los sabios de Israel juntos, las autoridades del Templo acabaron congregándose para tomar una decisión sobre lo que estaba pasando.

Entre ellos cogió sitio alrededor de Jesús, a su vez rodeados de los Doctores y Príncipes del Templo, un tal Simeón. Este Simeón era el anciano que saludara al Niño recién nacido y le dijera a su Dios que ya lo podía dejar ir, a reunirse con sus padres pues ya había visto al Cristo.

Dios no parece que estuviera muy de acuerdo con el tal Simeón. En lugar de llevárselo al Cielo lo dejó en la Tierra todavía.

Este Simeón en cuanto vio al Niño reconoció al Hijo de María. Alucinado por lo que estaba viviendo tomó la palabra cuando ya todos estaban convencidos de tener delante al Hijo de David.

-Dime, hijo, rompió el tal Simeón el silencio.

Y siguió hablando palabras de una sabiduría desconocida para el Niño y para todos.

-¿Qué pasará cuando tú te vayas? Porque tú tendrás que irte. ¿Volveremos los hombres a nuestro viejo mundo de todos los días o acaso crees que el Cristo se quedará para siempre con nosotros?

¿De qué le estaba hablando aquél anciano?, se preguntó el Niño.

Aquél anciano le estaba diciendo, entre las protestas de todos sus colegas, que el Cristo debía verse rodeado de una jauría de perros, cargar con todos los pecados del mundo, ofrecerse como Cordero Expiatorio.

-Pero si se sienta en su trono ¿cómo podrán cumplirse las Escrituras?, apuntilló su discurso el tal Simeón.

El Niño se quedó helado. ¿El era el Siervo de Yavé de las profecías de Isaías?

No era que el Niño no conociera las profecías. Los libros proféticos se los conocía de memoria. Lo que le estaba impactando era la interpretación que Simeón les estaba dando. Era una sabiduría tan nueva y desconocida para El como lo era para los demás que la estaban escuchando.

 

LA ESPADA DE DAVID

 

Decía la leyenda que el gran guerrero bailó la danza de la victoria alrededor del cadáver del enemigo. Decía también que aquéllos bárbaros les robaron el secreto del hierro a los héroes de Troya antes de caer Eneas bajo la astucia de los griegos.

Entre aquéllos monstruos sin alma el más horrible era siempre el jefe. El jefe no era siempre el más alto, pero sí siempre el más cruel, el más terrible, el más despiadado, el más letal y maligno. En aquélla ocasión el más alto y el más cruel y despiadado bárbaro concebible se habían dado cita en el mismo cuerpo. Se llamaba Goliat. Su espada era tan grande como la de aquél otro guerrero que los Hispanos llamaban Rodrigo Díaz de Vivar, la que cortaba de un tajo cinco cabezas de moros puestos en fila india. Nadie se quería poner a menos de tres metros de distancia del Cid Campeador; esos tres metros eran lo que medía su arma desde el hombro a la punta de aquella espada de acero español. Brazo y espada eran una sola cosa con aquél guerrero castellano que en estatura poco o nada tuvo que envidiarle a la del filisteo matón y farfullero que cometió el terrible error de quitarse el casco delante del hondero.

Cuenta la leyenda que David recogió la enorme espada del gigante y con ella le cortó la cabeza de un tajo. Y sigue diciendo que el guerrero hebreo combatió con ella al frente de sus ejércitos. De lo cual nosotros debemos deducir que si hermoso de rostro el tal David de ninguna forma fue corto de cuerpo ni de brazos delicados y finos. No fue un gigante pero desde luego que lo que menos se le parecía era un enano.

Principio de su corona, la espada de Goliat fue el símbolo real por excelencia que le otorgaba al que estaba en su posesión el trono de Judá. La recibió Salomón y Salomón se la entregó a su hijo. Roboam al suyo, éste al siguiente, y así pasó de mano en mano durante los cinco siglos que corrieron desde la coronación de David al último rey de Jerusalén.

Nabucodonosor se la arrancó de las manos al último rey vivo de Judá y arrojó aquella espada de museo entre los demás tesoros que sus ejércitos habían recaudado alrededor del mundo. La vio tan grande y pesada que la creyó un objeto de decoración. Se olvidó de ella y allí se hubiera quedado para siempre si, tras conquistar Babilonia, Ciro el Grande no se la hubiera entregado al profeta Daniel para que hiciera con aquél símbolo sagrado de los hebreos lo que en su espíritu estuviera hacer.

Por derecho legítimo la espada de David, la espada de los reyes de Judá, le correspondía por herencia a Zorobabel. Pero el profeta Daniel se la negó porque no era con la espada que debería reconquistar la Patria Perdida. La espada de Goliat permanecería en la Gran Sinagoga de los Magos de Oriente hasta que naciese el Hijo de David.

No sabemos cómo llegó a parar a manos del Cid Campeador la espada de Goliat. Lo que sí sabemos positivamente es que aquélla espada era la espada que José llevaba empuñada el día que entró en el Templo buscando al Hijo de María.

La espada de David fue un regalo de los Magos al padre del Mesías. Le tocaba custodiarla a él hasta el día de la coronación de su hijo.

Fueron muchas cosas las que le regalaron a José los Magos. Oro, incienso y mirra fueron los tres últimos regalos que le hicieron; pero esto era para el Niño. Antes le habían regalado a José un caballo íbero que volaba como una estrella fugaz y era capaz de atravesar la Samaria sin beber agua ni darse descanso. Y tres perros de una misma camada, reliquia de los canes que los reyes de Nínive llevaban con ellos en sus cacerías de leones. Uno se llamaba Deneb, Sirio el otro, y el tercero Kochab. José no los sacaba jamás juntos. Se parecían tantos que quien no conocía a José se creía que sólo tenía un ejemplar de aquella especie en vías de extinción. Eran mansos como corderitos a los pies de su dueño, pero más fieros que el demonio más malo del infierno más horroroso si olían el peligro. Sus tres canes, su caballo íbero y la espada de Goliat fueron las tres cosas que José se llevó consigo de Belén el día que Isabel le dijo:

-Hijo, todas sus hermanas se han casado y son felices; el muchacho está ya en flor y tiene toda la gracia de su padre. Cleofás es fuerte, es alto, es listo, no tardará en encontrar quien lo ame con locura. Muy pronto la Hija de Salomón estará libre de su voto, ¿no es eso lo que ha estado esperando todos estos años el Hijo de Natán?

Y una cuarta se llevó consigo José a Nazaret, que le era la más preciada de todas: El documento genealógico de su Casa. Pero a lo que íbamos.

Solamente dos veces en su vida se le disparó a José el puño a la espada de su padre David. Que se le disparara el brazo nos dice mucho sobre la estatura del hombre y la fuerza de su brazo. La primera fue cuando José fue a buscar a María a la casa de Isabel. La segunda, cuando entró en el Templo a buscar al Hijo de María.

¿Qué hubiera pasado si en lugar de decirle el Niño a sus padres lo que les dijo le hubiera dicho a José: Hijo de Natán, entrégame la espada de los reyes de Judá.

 

POLVO ERES Y AL POLVO VOLVERAS

 

¿Qué fue en definitiva lo que le descubrió aquél anciano al Niño? ¿Qué fue lo que le mostró aquél hombre para que el Hijo de María renunciase a sus planes? ¿Qué le dijo? ¿Por qué aquél Niño cerró su boca y renunció a subirse al caballo del Hijo de David, el príncipe valiente e impetuoso que, según la interpretación popular de las Escrituras, al frente de sus ejércitos habría de llevarle la paz de Dios a todo el mundo? ¿Por qué quién entró en el Templo dispuesto a descubrirse y reclamar para sí lo que le pertenecía por derecho humano y Divino abandonó de golpe sus planes mesiánicos y se fue tras “sus padres” sin soltar palabra?

Que aquél anciano -cuya identidad descubriremos en la Segunda Parte- le descubrió al Niño la sabiduría que todos conocéis por boca de la Iglesia Católica desde los días de los Apóstoles, esto es seguro. Pero que hubo más, muchísimo más, también.

Y la única forma de descubrir qué pasó por su cabeza es poniéndonos en su lugar. Pero no de la forma arbitraria que más nos apetezca y nos parezca acorde a nuestra naturaleza. Por un rato vamos a olvidarnos de todo lo que hemos escuchado y nos vamos a meter en su piel. Y para ello vamos a aceptar la tesis católica de la Encarnación del Hijo de Dios. La vamos a adoptar a todos los niveles y la vamos a llevar hasta sus últimas consecuencias.

Vamos a considerar la posibilidad de haber sido aquél Niño el Hijo de Dios en persona. No un hijo cualquiera a la imagen y semejanza nuestra, por adopción; ni siquiera un hijo de Dios a la imagen y semejanza de los ángeles que en el libro de Job vemos ante la presencia de Dios. No, vamos a dar por sentado que aquél Niño era un hijo de Dios a la manera de quien es Unigénito de su Padre porque ha sido engendrado de su Ser. Y que en su condición de Unigénito cumple todas las exigencias que el Credo Católico pone sobre la mesa: Luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero. Es una posibilidad. Posibilidad que vamos a considerar en toda la extensión de su magnitud.

El primero que asumió esa posibilidad fue el propio Jesús. En su doctrina se proclamó Causa Metafísica de la Creación, es decir, la razón por la que Dios hace todas las cosas, incluido nuestro Universo. Desde esta posición de Hijo Unigénito Jesús les respondió a los judíos que le preguntaron su edad que El ya existía antes que Abraham, algo lógico si se piensa que siendo la Causa Metafísica de la Creación su presencia era requerida durante el Principio y antes de comenzar la acción. Consecuente consigo mismo Jesús volvió a proclamar para sí esa condición de Razón Metafísica cuando afirmó que su Padre le mostraba todo lo que hacía. Lo otro, que nos invitara a asistir al Espectáculo en los próximos Actos Creadores es simplemente colateral. Es algo que no viene a cuento en este instante. La tesis que manejamos es que cuando Dios abrió el Principio y creó los Cielos y la Tierra su Hijo Unigénito estaba a su lado y era por amor a El que se dispuso a crearnos a nosotros, el Género Humano.

Todo perfecto. Hasta que Adán cometió el error de dejarse llevar por la astucia de la Serpiente.

Independientemente del dilema que la perfección divina y la libertad humana nos plantea, lo realmente importante es que el Hijo de Dios vivió la condena de Adán como algo que le afectaba directamente.

Se deduce de las Escrituras que Dios y su Hijo abandonaron a Adán y Eva por un tiempo. Cuando regresaron se encontraron con el hecho consumado. Su Padre comprende todo lo que ha pasado, juzga el caso y en la cólera de Juez del Universo dicta sentencia contra todos los actores. A la Serpiente le jura que un hijo de Adán se levantará y le aplastará la cabeza. A Adán y Eva los condena a morir.

Atónito, alucinado por aquella rebelión contra Dios, su Hijo, hermano del Adán muerto, siente cómo se le sube la sangre a la cabeza y sueña con el día de la venganza.

Pero ese Día de la Venganza no era para mañana ni para pasado mañana. En realidad nadie sabía para cuándo. El Hijo de Dios sólo sabía que según pasaba el tiempo la pérdida de la identidad del Hombre que Dios creara se hacía cada vez más grande. Se fue haciendo tan grande, y el odio que por su culpa se fue acumulando contra los ángeles rebeldes se le hizo tan enorme que con todo su Ser le pidió a su Padre que lo enviara a la Tierra a enfrentarse en persona al mismísimo Diablo. Vencido el Diablo la corona de Adán sería para el Vencedor; y siendo el Vencedor y el Hijo de Dios la misma persona durante su reinado el Género Humano saldría del Infierno al que había sido arrojado y reemprendería el camino para el que fuera creado y de cuyo sendero lo apartara la Traición.

Vino pues el Hijo de Dios a la Tierra con la sangre hirviéndole, dispuesto a secarle las lágrimas a nuestro mundo. Su espada estaba en su boca, era su Palabra. Para conquistar el mundo no necesitaba de la espada de Goliat, sólo necesitaba abrir la boca y ordenarle a los vientos que se levantasen, a los ejércitos que depusieran las armas. El traía la Paz, la suya era bandera de una Salud que supera a la Muerte y conduce a los hombres a la Inmortalidad.

¿La Inmortalidad?

¿He dicho la Inmortalidad?

-Pues sí hijo, ¿pero te vas a rebelar contra la sentencia de tu Padre? -tal cual le dijo aquel Simeón-. ¿Para salvarnos a nosotros te vas a condenar tú? ¿Por salvar al Presente vas a condenar al Futuro? Ciertamente tu Padre te ha enviado a enfrentarte al Maligno y le aplastarás la cabeza, pero ¿si rompes los muros de nuestra prisión contra el juicio divino en qué te diferenciarás de Ese contra el que has venido a vengar la muerte de nuestro padre Adán? Porque el Juicio de Dios es firme: Polvo eres y al polvo volverás. Es nuestra suerte. ¿Te ha dicho tu Padre y Dios acaso: Ve y anúnciales el fin de su prisión; sácalos y dales la Inmortalidad por la que suspiran desde que los creé? ¿No ves, hijo, que al dejarte arrastrar por el amor que nos tienes te arrastras a tí mismo a la perdición y arrastras contigo a toda la Creación? ¿Quién sino el Juez de todos nosotros puede firmar nuestra libertad? Pero si a su Hijo le ha dado ese Poder, entonces haz según tu voluntad.

 

PENSAMIENTO DE CRISTO

 

Que el Hijo de Dios no necesitaba ser crucificado para recuperar su condición sobrenatural nos lo mostraron los evangelistas en el episodio de la Transfiguración. La Transfiguración de la que hablan fue eso, la respuesta a esta cuestión tan sencilla. La Necesidad de la muerte de Cristo de la que hablan en sus evangelios se refiere a los presupuestos de la Doctrina del reino de los cielos. Si había necesidad de la Muerte de Cristo no era por incapacidad de Jesús para recuperar su condición divina. Para recuperar su condición divina Jesús sólo debía desearlo.

Cuando volvió a Nazaret lo que de verdad le pasó al Niño es que volvió a nacer. El Hijo de Dios que se hizo hombre y se moría por crecer y no veía nunca el día de sentarse entre los adultos se metió por fin en nuestra piel. Dios está arriba y nosotros estamos abajo y todo el dilema de la Humanidad pasa por un puente sobre arenas movedizas. ¿Cómo conocer el pensamiento de Dios? ¿Cómo descubrir su plan de salvación eterna?

Ahora era un hombre el que se preguntaba todo lo que todos los hombres se preguntaban y ninguno se respondía. Ahora era Cristo quien alzaba sus ojos hacia arriba y miraba a Dios cara a cara buscando conocer su pensamiento. Ahora era el hijo del Hombre quien reconocía su ignorancia y miraba a Dios buscando su sabiduría

Pero tienes doce años. Y te queda por delante una vida. Y cada día que te levantas te levantas con esa Cruz. Y cada año que pasa, cada año que pasa esa Cruz te pesa más. Y quieras o no lo quieras el peso te hundirá más de una vez.

Lo puedes hacer todo y no haces nada, ves al mundo a tu alrededor vivir en el infierno y tú no puedes hacer nada aunque tienes el poder de hacerlo todo. Puedes salvar al Presente y condenar al Futuro, o dejar que el Presente viva su Destino y guardar tu Libertad para cuando el preso salga de la cárcel. Tú lo esperarás al otro lado de la puerta para guiarlo hacia un Nuevo Día de libertad que no se acabará nunca. Hasta ese Día el mundo deberá seguir su camino, y hasta que llegue tu Hora deberás hundirte muchas veces en depresiones profundas, y no tendrás a nadie que te sostenga, no habrá nadie a tu lado con quien compartir tu destino, nadie te echará un cable, nadie te alargará la mano porque nadie estará contigo para saber qué te pasa y por qué te hundes hasta ahogarte.

Eres Jesús de Nazaret, un hombre joven y rico, tienes todo lo que un hombre desea y coges sólo lo que quieres. No te hace falta nada de nadie. Te abren las puertas por donde quieras que vas; te tratan de señor y tu palabra vale oro para los que negocian contigo. Nadie conoce tu secreto; sólo una Mujer. Su Marido ha muerto cuando tenías veinte años aproximadamente, y Cleofás también. Sólo quedan ellas, tu Madre y su hermana Juana; sólo ellas saben quién eres. Pero ninguna sabe adónde vas, o cuáles son tus planes. Estás solo. Cuando arrecien los temporales sobre tu mente no tendrás a nadie a quien abrazarte y luchar juntos contra el temporal. Si no te vuelves loco será sólo porque eres el que eres, pero aún siendo el que eres deberás sufrir la tormenta a pleno descampado, sin techo ni abrigo contra el agua que caerá en tromba bajo un cielo cubierto de tinieblas sobre tu cuerpo mortal. Tanto más amargo es lo que vas a hacer cuanto más dulce es la vida que llevas.

Al muerto de hambre el pan duro le sabe a gloria, pero si ese mismo pan se lo das al que come bollitos se le romperán los dientes. Los tuyos, Jesús, están acostumbrados a comer el mejor pan. Tu cuerpo está acostumbrado a las vestiduras más finas. Y vas a conducir a un ejército de hombres a tu misma suerte. ¿No te hundirás? ¿No te atacarán sus fantasmas en tus sueños? ¿No amanecerás en los desiertos de rodillas implorando misericordia? ¿No te atormentarán las visiones de sus cuerpos machacados por las fieras de los circos romanos mientras miras al Cielo pidiendo el fin de la sentencia contra Eva y sus hijos? ¿Cuánto durará para tí cada año que vives? ¿Los veinte años que te esperan no serán para tí una eternidad? Los tienes delante de tus ojos. Son todos puros. Uno por uno son todos inocentes. Su único delito es amarte sobre todas las cosas. Te quieren más que al tiempo, más que a la inmortalidad, más que a todos los tesoros del universo. Tú eres su vida. Y están ahí, colgados de sus cruces, actores de un espectáculo sangriento, oda a una locura, cantando en honor de las lágrimas que por ellos tú, Jesús, derramaste en el desierto, cuando desaparecías misteriosamente y regresabas sin decirle a nadie de dónde venías o qué habías estado haciendo. Vieron tus lágrimas y endulzaron tu corazón en el día de su martirio para no despertar en tu pecho el grito de la venganza. ¿No sufrirás en tus carnes el crimen de tus cientos de miles de hermanos pequeños, a los que tú conducirás a la cruz sin delito por el que ser hallados culpables? Amarte será su delito. ¿No le implorarás misericordia a tu Padre? ¿No buscarás otra alternativa viable? Y sin embargo el Cáliz está lleno y deberás beberlo hasta la última gota. Una Esperanza te sostiene, pero a nadie puedes contársela, con nadie puedes compartir la infinita alegría en la que tu ser entero se regocija cuando al mirar hacia quien se sienta en el Trono del Juicio Final ves, contemplas, y te miras a tí mismo.


CRISTO JESÚS

 

No sabemos en qué momento de la vida cruzamos la frontera entre la infancia y la adolescencia; ni en qué momento hemos dejado de ser jóvenes para convertirnos en adultos. No parece que haya una regla general; es algo que cada uno descubre por sí mismo y vive a su forma.

Siendo esto así entre nosotros ¡cuánto más complejo es aplicar nuestra psicología a alguien como el Jesús de los Evangelios!

Adoptada la postura de verle como se veía a sí mismo, habiendo experimentado en el grado que nuestro entendimiento nos lo permite lo que pasaba por su cabeza, sigamos adelante. Hay aún muchas zonas cerradas a la inteligencia de los siglos pasados, y, que, sometidas a la fantasía de quienes desearon irrumpir en sus adentros, han llegado a nosotros deformadas como pinturas viciadas por las pasiones de los copistas.

Si en algún momento yo he dejado correr mis propias pasiones el lector, en cuanto ser libre se debe a sí mismo la oportunidad de recrear la línea histórica partiendo de las características de su propia inteligencia. El autor sólo puede señalar el horizonte y pintar lo que él ve con sus ojos, y aunque la configuración del ojo sea la misma para todos la forma de ver las cosas adquiere una forma personal e intransferible. Es desde esta plataforma de visión personal y comprensión individual que el autor recrea las cosas que escribe; el lector tendrá que adaptarlas a su propia forma de reir, de llorar, de odiar, de amar, de entender e incluso de ignorar.

Regresemos entonces con Jesús a la casa de sus padres en Nazaret, y desde, lo descubierto, conociendo ahora lo que acababa de descubrir, la Cruz de Cristo, su Cruz, intentemos abrir el horizonte de sus memorias a los reflejos puros de la realidad según la vivieron El y los suyos.

El Niño que bajó a Jerusalén era en todos los aspectos, visto desde los ojos de un extraño, un señorito. Su primo Santiago por ejemplo. Le llevaba Santiago un par de años a su primo Jesús, y sin embargo mientras éste no había levantado todavía un martillo ni sabía lo que era pegar un clavo, Santiago el de Cleofás ya estaba hecho un hacha, todo puesto el muchacho en su papel de aprendiz de carpintero. Padre de aquél muchacho alto y superinteligente José tuvo que aguantar más de una crítica a su forma de educar a su único hijo. Lo estaba malcriando, le decían.

No vamos a hablar de envidia ni traer a escena pasiones que todos quisiéramos no haber conocido nunca. Lo cierto es que la mentalidad de los pueblos pequeños de siempre ha sido un hervidero para la ignorancia más conspicua y aburrida.

Las críticas a José por la forma de educar a su primogénito no le decían nada a María ni podían ser llevadas más lejos de la cuenta por ser el Niño quien era. Ese Niño al que criticaban era el heredero de la hija de Jacob. Una gran parte de todo lo que veían los Nazarenos a su alrededor le pertenecía al “señorito Jesús”. Si sus padres no querían que tocara los clavos y los martillos ¿quién era nadie para reprocharles nada?

Lo cierto es que al regresar de Jerusalén aquél Niño rompió el guión de “señorito” que se le suponía suyo y se apegó a su padre con la obediencia y la diligencia del chico bueno y dinámico que todo padre desea por hijo.

María lo veía terminar la jornada retido. En su vida había su Niño levantado una tabla, y de repente no paraba de pedir trabajo. Bastaba que su padre abriera la boca para obedecerle. Hasta el propio José lo miraba diciéndose: ¿Qué te pasa, hijo mío?

Pero no sólo en la Carpintería. Si a tita Juana le hacía falta que le hicieran un encargo allí estaba el Hijo de su hermana para lo que hiciera falta. Si había que ir al campo a recoger almendras o a segar los trigos, allí estaba el primero el Jesús al romper el alba. Jamás se quejaba, jamás respondía, nunca te daba un no. Pero ni a los suyos ni a cualquiera que le pidiese un favor. ¡Cómo no iba a caer retido!

Era como si no quisiera pensar, como si necesitase olvidarse de algo. Necesitaba entregarse a la actividad física. Le dolían los brazos y le temblaban los tendones del cansancio, pero jamás decía que no ni renunciaba. Se levantaba el primero y se acostaba el último. Ya no jugaba nunca con los amigos. Ni hablaba excepto cuando le preguntaban. El cambio fue tan brusco, tan colosal, tan sorprendente que su Madre se sentaba al filo de su cama mientras su Niño dormía preguntándose qué pasaba por aquella cabeza. Antes su Niño le hablaba, le contaba todas sus cosas. Desde que regresaron de Jerusalén su Niño era otra persona, era como un desconocido para Ella. Para todos era el que debía ser, un muchacho obediente y callado que jamás le quitaba la palabra a los mayores ni te contestaba cuando le regañabas por lo que fuera. Pero para Ella su Niño se estaba convirtiendo en un desconocido.

Se está haciendo un hombre. Le decían. A Ella no le bastaba eso. Ella Sabía que fuera lo que fuese lo que le estaba pasando a su Niño no podía explicarse desde la experiencia humana. ¿No había vivido Ella el hundimiento de su Niño en Alejandría? Para los que le vieron sentado a la puerta de la Carpintería del Judío la tristeza del Niño podía explicarse desde algún capricho que su padre le negaba y le tenía prohibido volver a pedírselo. ¿Así de simple? ¡Que va! Ella sabía que su Hijo no funcionaba como los demás niños.

En aquella ocasión, allá en Alejandría, María encontró la forma de abrirse camino hacia el corazón de su Niño. Pero en esta ocasión le resultaba totalmente imposible. Lo único que podía hacer era echarse a su lado y dormirse guardando sus sueños, porque fuera lo que fuese por lo que estaba pasando, en esta ocasión su Niño jamás le abriría las puerta a su mente, ni le permitiría hallar el camino a su corazón.

No es que estuviera triste o que llevase una pena tan grande que la sola idea de compartirla le pareciera al Niño imposible. Ella sabía que era algo más profundo; tan profundo que aún mirándole a los ojos su mirada se perdía en el campo de los ojos de Jesús sin alcanzar nunca el horizonte tras el que escondía su Hijo su pensamiento.

“¿Qué te pasa, hijo mío?”, se preguntaba Ella sola sabiendo que su Niño jamás le daría la respuesta.