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Historia Divina de Jesús
LA MUERTE DE JACOB DE NAZARET
Genealogía del Salvador: Genealogía de Jesucristo,
hijo de David, hijo de Abraham: Abraham engendró a... David; David a ...
Zorobabel; Zorobabel a Abiud, Abiud a Eliacim, Eliacim a Azor, Azor a Sadoc,
Sadoc a Aquim, Aquim a Eliud, Eliud a Eleazar, Eleazar a Matán, Matán a Jacob,
y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado
Cristo.
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Jacob, hijo de Matán de Nazaret, se murió a los meses
de nacer el varón con el que tanto soñaron él y su esposa Ana, y tras el que no
pararon de correr hasta tenerlo. Ya sabemos que eso de tener la parejita, eso
de parir un macho es un tópico. Pero en aquéllos días de terror fiscal y de
sequías largas como el desierto del Sahara por fuerza un hombre tenía que soñar
con tener algún hijo varón. Para transmitirle todo su conocimiento de las
labores del campo, para apoyarse en sus brazos jóvenes cuando los suyos no
pudiesen tirar de la carga por viejos. Hombre, siempre se tiene a los yernos;
pero no es lo mismo. No es lo mismo que te vean como una carga a que cargue
contigo el hijo de tus entrañas. Ni es lo mismo dejar todo lo que te dejaron
tus padres a tu propio hijo que al hijo de un extraño. A cualquiera que piense
que aquéllos hombres eran antiguos, ignorantes de la vida, que no sabían que
una hembra puede hacer lo que un hombre, o mejor incluso, a esta gente moderna
lo mejor que puede ofrecérsele es el silencio.
Haciéndole oído sordo a la inteligencia de tanto
moderno, siempre cara al sol de los siglos, Jacob de Nazaret y su señora corrieron
tras el varón encantados de gozarla siendo antiguos. Y lo alcanzaron, vaya que
si lo alcanzaron. Lo llamaron Cleofás porque al verlo por primera vez en los
brazos de su madre a Jacob de Nazaret le recordó a su suegro. Sobre el físico
qué puede decirse de su chiquillo, el chaval más guapo del mundo, por supuesto.
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Pues bien, ya se sentían todos en casa de María en la
gloria cuando de repente le entró a su padre aquel sueño bajo aquella higuera.
¡Con lo felices que estaban papá y mamá! Cinco niñas como cinco soles, todas
sanas, todas alegres, todas jugando con el muñeco que sus padres les habían
comprado. De carne y hueso. Lloraba, se hacía pipí de verdad, pedía manteca,
echaba caca. Una alegría. Y de pronto, cuando estaban todos en casa como en el
paraíso, al papá le da por morirse. Una tragedia. ¡Qué lástima! El diablo en
persona atacando la casa por todos los costados no hubiera podido herir tanto a
la madre de aquellas seis criaturas. Tanto más profundo el dolor de la Viuda
cuanto al no tener a su lado a nadie de su familia, en su desesperación ya se
veía asediada por un enemigo invencible que le exigía la rendición inmediata o
la destrucción total de su casa. Si hubiera tenido a la vera a sus padres, o a
su tita Isabel. Pero no, a nadie. ¿Y quién era ella en Nazaret? A pesar de los
años la esposa de Jacob seguía siendo una extraña, la forastera que les quitó
el soltero de oro del pueblo.
“Con lo guapas que eran ellas haberse ido a casar con
una de fuera; encima pequeñita, que parece una tonta” se consolaban las mocitas
nazareñas. “Muy fina. Muy educada. Ya veremos cuando empiece a parir y tenga
que llevar sola la casa de su suegro en qué se quedan sus maneras y su carita
de princesa de la Ciudad Santa”. Cosas de los pueblos, no te quieren mal pero
no te desean ningún bien tampoco. Todo el que viene de fuera tiene que rendir
cuentas a los vecinos de sus intenciones. Todo tiene que ajustarse a las pautas
de la comunidad; la tradición manda.
¿No las conocía la Viuda de Jacob de Nazaret a todas?
¿No la habían estado observando durante los años de las vacas flacas como quien
espera que se hunda el héroe para darse la gozada de ver aquellas dos torres
morder el polvo como cualquier campanario de aldea? ¿Qué consuelo podría la
Viuda encontrar en quienes ya estaban echando cuentas y calculando cómo podrían
repartirse la hacienda del difunto? ¿Cuánto le ofrecerían por los viñedos?
¿Cuánto por los olivares? ¿Cuánto por las tierras de secano?
“¿Por qué matamos el milagro de nuestra existencia
diaria en juicios contra el prójimo, hija mía? ¿Quién conoce cuántos serán
nuestros días en este mundo? Sólo el Señor lo sabe; pero de su boca nunca sale
el número. ¿Te imaginas que te cogiera la cuenta criticando a muerte a tu
vecina, o arrojando la piedra el primero? ¿No sería más hermoso que te pillara
compartiendo tu pan con el pobre?”, le decía la madre a su hija María, mientras
cosían a solas. Y sin embargo ahora era la madre la que le pedía a la hija que
fuera buena con ella y no le negara la palabra al dolor de su alma.
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“Déjame que me muera, María. No te preocupe que se me
vaya el alma en palabras rotas. El Señor se ha llevado a mi marido dejándome
sola con sus seis hijos ¿por qué iban mis ojos a reprimirse y mi corazón a
envidiar la roca que tiene por corazón el Omnipotente? Hija mía, es fácil desde
las nieves mirar el valle que arde en el estío. ¿Cuándo se puso el Todopoderoso
en la piel del soldado que cae desnudo en el campo de batalla defendiendo su
vida por el honor de su alma de barro tierno y húmedo? ¡Qué fácil es sentarse
en el trono del juicio a firmar sentencias! El Señor está lejos de la debilidad
humana, nuestras pasiones a El no le afectan. Si hace frío El no tiembla; si
hace calor El no suda; si le disparan una flecha no le alcanza, si duerme nada
le inquieta. ¿Qué sabe el Indestructible de la fragilidad de nuestra
existencia? ¿No ves, hija, que se ceba el valle con nuestras lágrimas? ¿Por qué
reprimiré mi dolor y ataré mi lengua al miedo? ¿No corre el guerrero al
encuentro de la muerte? Que me mate Dios, que me devuelva la vida de mi hombre,
¿porqué no hace nada, porqué se mantiene vigilante al otro lado del precipicio?
¿En qué razones, hija, funda el Eterno su silencio y su impasible
comportamiento? Si al menos se elevara como un sol y hablara con la voz de la
tormenta y de su alma los rayos de su sabiduría tejieran en el firmamento nubes
preñadas de inteligencia. Pero no, hija, arrecie el temporal, tiemblen las
tierras, cáiganse los montes y entierren pueblos y aldeas, o se salga el mar de
madre y hunda islas con sus gentes, el Señor, inalcanzable, indestructible, no
mueve una ceja. ¿Ve el desastre y todo lo que ofrece es un pañuelo de luto
pidiendo perdón por no haberse adelantado al movimiento de la Serpiente? Dime,
hija, que no fue El quien disparó la flecha que mató al águila y dejó a merced
del diablo el nido de sus aguiluchos. Pero no me niegues el derecho a quejarme
de la suerte de mis hijas sobre el cadáver de mi difunto”.
Atravesada por el dolor de su madre María la consolaba
de esta manera:
“Todos somos iguales ante sus ojos, madre. Únicos lo
somos sólo a los ojos de nuestros padres. Sus criaturas miramos hasta donde
alcanzan nuestros ojos, pero El lleva sobre sus hombres el peso de todos
nosotros. A su tiempo El se alzará, madre. Y sus pies brillarán con el
resplandor del héroe vestido para la guerra contra el que le quitó a nuestra
madre Eva su hombre. Ya sé que soy joven, madre, mas créame por todo el amor
que le tengo, el Dios de mi padre no permitirá que la casa de mi madre se
hunda. Ya está, madre, calme sus lágrimas. La Muerte se lleva a los mejores
pensando que al dejar a los malos nos deja a los pequeños sin protección contra
los tiranos. Ignora que al irse los buenos van al Cielo a recoger las armas de
los ángeles. Padre nos defendió como hombre y nos sacó adelante. Madre, padre
defenderá ahora a sus hijas y a su niño con la espada de los querubines. Madre
mía, basta ya, no mire más su cadáver”.
La Viuda escuchaba las palabras de su hija mayor como
quien recibe besos desde las distancias.
Fueron María y su hermana Juana las que encontraron a
su padre sentado contra el tronco de aquella higuera. La verdad, no era
exactamente el tiempo de la cosecha; pero a Jacob de Nazaret le gustaba coger
los primeros higos de la temporada; decía que eran los mejores para hacer el pan
de higo.
Jacob aparejó la bestia. Tiró solo para el campo con
la fresca. El higueral estaba al otro lado de los cerros, según se mira desde
la colina de Nazaret al frente. Encantado de la vida aquel buen hombre se
despidió de su señora. Sus dos hijas mayores le llevarían el almuerzo y le
ayudarían a recoger los cestos. Hasta entonces, bueno, pues eso, un beso,
adioses.
¿Viéndole partir de aquella manera tan hermosa quién
hubiera podido decir que aquél hombre regresaría a su casa muerto?
A la hora del almuerzo María y su hermana Juana se
presentaron en el campo. María le llevaba un año a Juana y las dos eran dos
muchachas en flor. María y Juana buscaron a su padre y lo encontraron sentado a
la sombra de aquella higuera.
“¿Le dejamos dormir un rato más, Juana? Recojamos
nosotras los cestos de mientras”, dijo la María.
Las dos hermanas se dedicaron a la faena. Terminaron
de reunir los cestos, y su padre sin despertar. Pero que no se despertaba.
“Cuánto duerme hoy papá, ¿verdad, María?”, dijo la
Juana.
Se dieron trabajo trabajando más. Al cabo empezaron a
mirarse preocupadas.
“¿Le pasará algo a papá, Juana?”. Y allá que fue la
mayor de las dos a ver qué le pasaba a su padre.
No me voy a poner tierno aquí como el que quiere
ganarse al lector sacándole un mar de lágrimas. El que más el que menos ya ha
pasado por los trámites de un entierro y sabe lo que duele perder lo que nunca
debió la Muerte llevarse. Pero fue ella, la María, al arrodillarse para
despertarle, quien descubrió la verdad en la palidez del rostro de su padre.
No gritó la muchacha, no se asustó. Cogió la cabeza de
su muerto entre sus brazos, meció su cuerpo, besó su frente, miró a su hermana
Juana que se acercaba hecha lágrimas. Juana se abrazó a su hermana María y
María se dejó abrazar hasta que Juana se desahogó y juntas pudieron recomponer
sus almas.
“Ve a casa, Juana, y cuéntale a mamá lo que pasa”, le
pidió María a su hermana.
Juana se subió al pollino y llorando con el corazón
encogido corrió por los cerros. Mientras tanto María se quedó sola con el
cuerpo de su padre, bajo aquella higuera, acariciando el rostro del que para
ella fue el hombre más maravilloso del mundo, que se le había ido sin darle
oportunidad a su mujer y a sus hijas de decirle por última vez cuánto le
querían.
“¿Qué será de tu niño ahora, padre? ¿En qué ojos
encontrará la imagen divina del hombre que tus hijas hemos descubierto en tí?”,
hablándole al Cielo susurraba la joven María.
Lo dicho, un enemigo cruel y sádico arrasando la casa
no le hubiera hecho a la Viuda de Jacob de Nazaret tanto daño como aquella
forma que tuvo la Muerte de quitarle a su marido. Si hubiera muerto su hombre
defendiendo a los suyos en alguna guerra, o vendiendo la vida de sus hijas al
precio de la suya propia, yo qué sé, pero morirse de aquella manera, sin
avisar, cuando habían encontrado la felicidad, después de haber superado un
decenio de años tan malos como el corazón de Herodes.
Para qué os voy a contar los litros de lágrimas que la
Viuda derramó durante todo aquél día y toda la noche de aquella tarde. ¿No se
os ha muerto nunca una hija en flor, o una hermana en la plenitud de su
belleza? ¿No os ha arrancado jamás la Muerte la estrella de vuestros ojos
dejándoos en las más tormentosas tinieblas? Teníais que estar riendo a
carcajadas, batiendo palmas, el corazón abierto a toda esperanza, y de pronto,
de la noche a la mañana, una hora antes de romper el alba, la aurora se torna
en noche sin luna, la llanura se transforma en pozo sin fondo y al mirar para
abajo descubrís el rostro de la Serpiente dándoos la bienvenida.
Y es que Jacob y Ana se habían amado desde el mismo
día que se pusieron los ojos encima. Fue un amor a primera vista. Fue ponerse
los ojos encima y saber que la búsqueda había terminado.
Jacob y Ana habían nacido el uno para el otro; estaban
hechos el uno para el otro; eran las dos mitades del mismo fruto. Era natural
que él se muriera tan enamorado de su mujer como el primer día y que la Viuda
lo perdiera más enamorada de su marido que nunca. Y si a este dolor se le suma el
hecho de quedarse la casa sin hombre para ocuparse de los campos y de las
bestias: la receta mágica en el origen de los pucheros amargos que derramó la
Viuda en el corazón de su hija María durante los dos días que siguieron al
entierro de su padre, ya la habéis leído.
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