Historia Divina de Jesús
BODA Y NACIMIENTO DEL NIÑO
María y José se comprometieron. La regla general era
que el padre del novio fuese a charlar con los padres de la novia del deseo de
su hijo de casarse con la novia. Se hablaba de la dote y cerraban el trato. En
el caso de José fue el propio José quien habló con la madre de la novia y le
pidió su hija por esposa. La madre de la novia aceptó y firmaron el contrato de
boda.
Por aquéllos días la tradición imponía un año de
noviazgo desde la firma del contrato hasta el día de la boda. Al año podían
casarse. Durante el año de noviazgo sin embargo los novios quedaban obligados a
la ley sobre el adulterio.
Era norma, en ningún caso ley sagrada. Moisés no había
dado ningún precepto relativo a la prohibición de casarse inmediatamente
después de ser firmado el contrato matrimonial. Habían sido los propios judíos
quienes se impusieron a sí mismos ese año de espera.
No se sabe si culpando a Dios de haber sido tan
blando, la cosa es que no contentos con el monte de leyes que les dictara ellos
se echaron a la espalda otra montaña de prescripciones, leyes, tradiciones,
mandatos, normas canónicas y no se sabe cuántas obligaciones más. Así que como
no era Ley de verdad tampoco nadie se asustaba si se daba el caso de tener que
acelerarse los trámites por debilidad de la carne. El niño nacía sietemesino.
Pero bueno, tampoco es para armar un escándalo. ¿No cura el pecado una boda
como dios manda? Por supuesto que sí.
La cara negativa era que sin ser ley la debilidad de
la carne llegaba a pagarse con la muerte si el pecado no había sido cometido
por el novio. En este caso todo el peso de la ley sobre el adulterio recaía
contra la novia. Juzgada por adúltera pagaba su debilidad con la pena de
muerte, generalmente por apedreamiento.
Por muchas otras razones un contrato matrimonial podía
romperse. No era corriente pero se daban casos. Incompatibilidad de caracteres
por ejemplo. Se devolvían los dineros y cada cual tiraba para su casa. En el
caso más general tampoco la sangre llegaba al río. Son jóvenes, pero que
bienvenido sea el nieto. ¡Qué culpa tienen los muchachos! Banquete de boda,
celebración por todo lo alto, pelillos a la mar, el niño nació sietemesino. ¿Y
qué? Gloria bendita. Bien acabó lo que bien empezó, es lo que importa.
El caso de la Virgen fue de otra naturaleza. Un día
-le confesó Ella a los Apóstoles- se le apareció el ángel de Dios y al otro ya
estaba en estado de gracia. Los Apóstoles se lo contaron a sus sucesores éstos
a los suyos y ahí sigue la Confesión de la Virgen de boca en boca.
Concebir por obra y gracia del espíritu santo se dice
muy pronto.
“¡Estoy en estado por obra y gracia del espíritu
santo!”, hubo de confesarse la Virgen a sí misma uno de aquéllos días.
Nadie creerá que la Virgen salió corriendo de alegría
gritándole a todo el mundo el Relato de la Anunciación. No es algo que
sucediera todos los días. De hecho en toda la Historia de la Humanidad jamás
había tenido lugar un fenómeno igual. El caso más parecido a una concepción
sobrenatural de la naturaleza que nos cuentan los Evangelios lo encontramos en
el mundo de las mitologías.
Sin ir más lejos la propia madre de Alejandro Magno
confesó por ahí que tuvo a su hijo con uno de los dioses del mundo clásico al
que ella pertenecía. Fuera por respeto a su madre o por orgullo su hijo mantuvo
su origen semidivino. Que yo recuerde es el caso más parecido al que la Virgen
puso sobre la mesa de los siglos.
Bueno, ¿por qué no? El Dios de los hebreos había
realizado muchas obras extraordinarias desde los días de Moisés a los
corrientes. Sus Escrituras hablaban de la Concepción de un Niño nacido de una
Virgen. Como ejemplo de fantasía llevada a su extremo más alto de imaginación y
genio que el Dios que creara los Cielos y la Tierra pueda realizar una obra de
esa naturaleza estaba a la altura de la concepción que sobre su Naturaleza se
hicieron los hijos de Adán y Eva. ¿Por qué no iba a poder Alguien de los
Atributos que se le concedía al Dios de Moisés -todopoder, omnipotencia,
omnisciencia- ser capaz de poner en escena un Acontecimiento tan imposible de
creer?
Ahora, María, vete corriendo a explicárselo a alguien.
Vete corriendo, busca a tu marido y díle que eres la Virgen que habría de
concebir un Hijo “nacido para llevar sobre sus hombros el manto de la
Soberanía, para ser llamado Príncipe maravilloso, Dios fuerte, Padre
sempiterno”.
¡Dios santo, qué suerte!
Y ahora siéntate a esperar y confía en que tu marido
te diga “Aleluya Amén Aleluya”, pegue botes de alegría, te levante en brazos y
te coma los ojos a besos.
¿No tienes bastante todavía? Pues bueno, vete y
cuéntaselo a tu hermana del alma, y mira que tu hermana Juana te quiere más que
al río Jordán, más que al mar de los Milagros, más que a los Montes de Judá.
Anda, María, vete, corre y díselo.
Lo digo porque -con independencia de la opinión de
todo el mundo- pasaron las semanas y pasó lo que tenía que pasar. La Virgen
empezó a tener mareos extraños; se les iba y se les venía. ¿Sería la emoción?
¿Sería el calor? Que no, mujer, eran los síntomas típicos de las embarazadas.
De cualquier otra mujer del mundo sus vecinas hubieran
podido esperarse que un hombre como un castillo, caso de José el Carpintero,
hubiera conquistado la fortaleza de la virtud de la novia antes de la boda. De
cualquier otra mujer, por supuesto que sí, pero de la Virgen María es que ni
les cabía en la cabeza a sus vecinas.
El hecho es que les cupiera o no tuvieron que rendirse
a la evidencia.
“Que el Señor os lo dé sano, hijos”, con estas
palabras y otras parecidas le dieron la enhorabuena los vecinos al novio, un
José que no sabía a qué venía la indirecta. La verdad es que no la cogía. El
hombre se creía que le adelantaban las bendiciones.
“Que sea niño, y os lo dé el Señor sano, señor José”,
le seguían pinchando las vecinas. El señor José no se enteraba.
Es la verdad, a las semanas de la Anunciación la novia
empezó a mostrar los síntomas clásicos de las primerizas. Mareos despistados,
sofocos tontos. Como son algo que no se puede controlar la Virgen no podía
evitar ser sorprendida. Sin embargo lo último que podía hacer era encerrarse,
esconderse. Tenía que seguir su vida; seguir haciendo su vida era la mejor manera
de ni afirmarles ni negarles palabra a sus vecinas. Al menos mientras no se
decidiera a contarle a su madre la verdad.
La madre de la Virgen también tardó en coger la
película. Fue, exceptuando José, la última persona en enterarse del rumor que
comenzaba a escandalizar a sus vecinas.
A los ojos de la Viuda la inmaculada castidad de su
hija seguía siendo tan inaccesible a las pasiones humanas como lo fuera antes
de comprometerse. Exceptuando el acceso más libre del novio a la casa de la
novia, y esta libertad condicionada a la necesaria presencia de un familiar de
la novia entre ella y el novio, su hija María había seguido haciendo su vida
tal cual, esa vida que le había ganado a la Virgen de Nazaret su fama desde un
confín al otro de la Galilea. ¡Cómo sospechar nada malo de su hija entonces!
“Que el Señor te dé el nieto más hermoso del mundo”,
le pinchaban a la Viuda sus vecinas.
“Tu María se lo merece todo; ojalá que el niño salga a
su abuelo Jacob que en gloria esté”, por si la Viuda no se había enterado
seguían pinchándole.
La Viuda era de Jerusalén, se había criado en otro
ambiente. Pero no era tonta. De no haberse tratado de su hija la Viuda hubiera
apostado un ojo de su cara que aquella Virgen estaba embarazada de tantas y
tantas semanas. El problema era que no le cabía en la cabeza la idea de
hallarse embarazada su María.
La fe y la confianza que la Viuda tenía en su hija
mayor eran tan grandes que le tenían los ojos cegados. Gracias a Dios a la
Viuda se le cayó la venda de los ojos antes que al señor José. Finalmente la
Viuda tuvo que admitirlo aunque su hija ni se lo afirmase ni se lo negase.
“¿Qué te pasa, hija mía?”, le preguntaba ella.
“Nada. Es el calor, madre”, le respondía la hija.
El dilema de la Viuda comenzó cuando las vecinas
comenzaron a hablar de palabras mayores, adulterio por ejemplo. No se lo
soltaron a la cara, pero entre mujeres y vecinas, ya se sabe, sobran las
palabras. Así que la Viuda comenzó a asustarse.
“Mi María está en estado de gracia. ¿Cómo es
posible?”, acabó la Viuda por confesarse.
Y su hija del alma sin afirmárselo ni negárselo.
Desesperada por el silencio de su hija se fue a por su yerno, a que le
respondiera esta sencilla pregunta: ¿Había de acelerarse la fecha de la boda?
Y así lo hizo, la Viuda se fue a por el señor José.
Llevar a José al tema le iba a costar a la Viuda un montón. Como no sabía en
qué escenario se encontraba ni cuál era su papel en la historia la Viuda se
dijo que tenía que llevar a José al tema sin descubrirle el meollo del
problema. Una cosa muy rara. Llevarlo había que llevarlo, el problema era
llevarlo sin abandonar la periferia del tema. Lista como ella sola, sin
decírselo le diría con todas las palabras lo que había, su mujer estaba
encinta, ¿qué tenía que decir él, el novio?
Al largo rato de merodear alrededor del tema la Viuda
comprendió que o José se hacía el tonto de maravilla, aspecto que desconocía en
el santo de su yerno, o es que sencillamente José no sabía nada de nada, y no
cogía de qué le estaba hablando su suegra.
José la miraba con una naturalidad tan inocente de
toda culpa que la Viuda empezó a no saber dónde se hallaba. Por un momento se
sintió como si la tierra se le estuviera abriendo bajo los pies y no supiera
qué era mejor, luchar o dejarse tragar. Hasta el alma le titiritaba de frío
bajo el efecto del temblor que se le fue metiendo en los huesos según la verdad
se le fue haciendo cada vez más enorme de peso. Su yerno no sabía nada de nada
y ella sólo sabía que tenía que salir de aquel infierno, tenía que hablar con
su hija y que le dijera por Dios qué estaba pasando.
¿Qué estaba pasando?
Había pasado algo increíble de creer, había sucedido
algo imposible de contar. Generaciones enteras y los mismos siglos se
dividirían en dos como se divide el caudal de un río que se encuentra en su
lecho una gigantesca piedra angular. Y su hija sin encontrar la forma de
descubrirle el relato de la Anunciación.
María no encontraba el momento. Bueno, momento lo que
se dice momento sí que se le ofrecía. Su madre y ella solían sentarse juntas a
coser. Durante ese tiempo hablaban y hablaban. Hablaban de todas las cosas. O
simplemente permanecían en silencio.
En este nuevo silencio que durante los últimos días se
había instalado entre madre e hija latían dos corazones a punto de saltar
hechos pedazos. La madre quería preguntárselo a su hija: ¿Estás embarazada,
hija mía?, y no encontraba el cómo. La hija quería darle un “Sí, madre mía”, un
Sí maravilloso, Divino, y no encontraba el cuándo.
El hecho es que el Niño estaba creciendo en sus
entrañas, que la evidencia de su estado se estaba criando cada día más grande,
que si José se enteraba por la boca de los vecinos… No quería ni pensarlo.
Necesitaba revelarle la verdad a su madre. Su madre
era la única persona en el mundo en quien podía confiar Ella un Misterio tan
grande. Tenía que hacerlo, pero como no daba con el cómo no llegaba nunca el
cuándo.
Pues pasó que la madre y la hija se sentaron uno de
aquéllos días la una frente a la otra. Las dos mujeres sabían que había llegado
el momento, que ése era el momento. La primera en hablar fue la Virgen.
“Madre, ¿usted cree que Dios lo puede todo?”, exhaló
Ella con toda ternura.
“Hija”, suspiró la Viuda, que sólo quería ir derecha a
la pregunta: ¿Estás embarazada hija mía?, y no le salía.
“Ya lo sé, madre. Usted me dirá: Dios es nuestro
Señor, ¿cómo mediremos nosotros la fuerza de su Brazo? Y yo soy, madre mía, la
primera en repetir sus palabras. Pero quiero decir, ¿su Poder se acaba donde
empiezan los límites de nuestra imaginación o es precisamente al otro lado
donde empieza su Gloria?”.
“Qué me quieres decir, hija mía, que no te entiendo”,
atrapada en una dirección distinta a la que se moría por emprender la madre de
la Virgen articuló como pudo.
“Yo tampoco sé muy bien cómo llegar a donde quiero ni
qué quiero decir. Tenga paciencia conmigo, madre. Después de aquí nos vamos al
Cielo y desde allí Arriba las cosas de la Tierra no afectan; así que lo que nos
toca es intentar descubrir la naturaleza del Dios que nos llamó a soñar el
Cielo mientras estamos aún aquí Abajo. ¿No es verdad que Dios puede
convertir las piedras en hijos de Abraham? Pero lo que yo me pregunto es si,
hablando de esta manera, lo que el profeta quiso darnos a entender es que
tenemos la cabeza tan dura como una piedra. ¿Puede una piedra conocer a Dios?
¿Entre un hombre que no quiere conocer a Dios y una piedra cuál es la
diferencia?”.
“¿Adónde me quieres llevar, hija?”, como pudo aguantó
la Viuda su impaciencia.
“A un hecho maravilloso, madre. Pero como no sé el
camino no se enfade conmigo si exploro sola como esos montañeros que se
enfrentan por primera vez a la pared virgen. Lo único que me puede pasar es que
caiga a los pies de su falda traspasada por mi ignorancia”.
“No digas eso, hija. No estás sola, aunque vieja yo te
sigo. Sí, María, yo sé que la gloria de Dios empieza donde acaba la imaginación
del hombre. Sigue”.
La Virgen rompió entonces en dirección en apariencia
aún más contraria, diciendo:
“¿Madre, qué le dijo el mensajero de mi abuelo
Zacarías? ¿Por qué no me lo ha querido contar todavía? ¿Por qué no me ha
enviado a la casa de mi abuela Isabel? Ahora que puede, contésteme: ¿Puede o no
puede hacer nuestro Dios que unos ancianos den a luz?”.
La Viuda y José no habían querido descubrirle aún a
María la naturaleza del mensaje que Zacarías e Isabel les habían enviado hacía
poco; de hecho la Viuda había decidido enviarles a María. La cuestión del
estado de gracia en que de pronto se halló su hija le borró de la mente todo lo
demás.
El mensajero que Zacarías e Isabel enviaron a Nazaret,
en efecto, les describió a la Viuda y su yerno, detalle por detalle, lo que le
había sucedido a Zacarías en el Templo. Especialmente la imagen del hermosísimo
ángel que castigó la falta de fe de Zacarías quitándole el habla.
¡Señor! su hija María le estaba describiendo aquel
ángel como si ella misma lo hubiera visto con sus propios ojos. ¿Cómo era
posible?
En principio era imposible. El mensajero de Isabel y
Zacarías no habló con Ella mientras estuvo en Nazaret. Claro que se lo podía
haber contado José.
¿Se lo había contado José? José le dio su palabra de
no ser él quien le daría la noticia a su hija. La palabra de José, la Viuda lo
sabía, era ley pura y limpia como los chorros del oro. No la rompía jamás. No,
José tampoco le había dicho nada todavía.
Estaba preguntándose cómo su hija se había enterado
cuando el corazón se le fue al recuerdo del día que su hija hizo el Voto de
Virginidad.
Allí, en aquéllos días, la Viuda se preguntó por qué
el favor del Señor sobre su casa se había extinguido, por qué les había vuelto
la espalda como quien abandona los despojos al enemigo. En el secreto de su
corazón la Viuda quedó atrapada entre las redes del Dilema de Job. Pero a
diferencia del santo ella no encontró la respuesta enseguida. Ni la encontró en
los años que habían pasado desde la muerte de su marido al día corriente.
Había llegado la hora de saber la razón por la que el
Señor se llevó entonces a su marido. Maravillada, absorta, fuera de este mundo,
flotando su ser sobre las mismas olas que un día se convirtieran en colinas
bajo los pies del Gran Espíritu, la Viuda seguía mirando a su hija con los ojos
clavados en sus palabras.
Entonces la Virgen volvió a cambiar de tema.
“Madre -le dijo Ella- ¿no juró Dios que un hijo de Eva
le aplastaría la cabeza a la Serpiente?”.
“Así es”, le respondió la Viuda con el habla perdida
en alguna parte del infinito en que se había quedado atrapada su mirada.
“¿Y no dicen también nuestros libros sagrados que de
todos los hombres que han existido sobre la faz del mundo jamás nació uno tan
grande como Adán?”, siguió Ella.
“Así me lo enseñó mi padre a mí y así te lo enseñó a
ti el tuyo. Te escucho, hija”.
María continuó adelante:
“Cuando Dios nos prometió el Nacimiento de un Hijo
nacido para llevar sobre sus hombros la Soberanía ¿no pensaba en el Campeón que
había de suscitarnos para liberarnos del imperio de las Tinieblas?”.
“Sí que pensaba”.
“Pero si el Maligno venció una vez al hombre más
grande que ha conocido el mundo ¿no tiene razón el santo Job al presentarnos al
asesino de nuestro padre Adán ante el Trono del Omnipotente todo tranquilo
mientras esperaba al siguiente?”.
“Sí que la tenía”.
“Claro que sí. Quien venció al hombre más grande del
mundo ¿por qué no iba a vencer a su hijo?”.
La Virgen bajó los ojos y respiró mientras ensartaba
aguja e hilo. Su madre permaneció mirándola sin decir palabra. Al ratito Ella
volvió al campo de batalla.
“Entonces, madre, dígame usted, ¿acaso juró Dios en
falso? Quiero decir, ¿en quién estaba pensando el Señor cuando hizo aquél
juramento bendito? David no había nacido aún; nuestro padre Abraham tampoco.
Con su hijo pequeño muerto, nuestro padre Adán a sus pies todopoderosos
desangrándose, ¿en qué Campeón estaba pensando nuestro Dios al prometernos bajo
juramento sempiterno que un hijo de aquella Eva le aplastaría la cabeza al
Maligno?”.
Esta vez fue Ella quien le clavó la mirada a su madre.
Ésta, viéndole el rostro a su hija sólo sabía una cosa, que su hija estaba
embarazada. La dulzura en el rostro, la ternura en el habla, el brillo en los
ojos. Sólo tenía que decirle: Madre, estoy en estado de gracia; y en lugar de
irse al grano, sin saber ni cómo, su hija la había llevado a lo alto de una
montaña desde donde se veía el futuro del mundo según la mujer nacida para ser
la Madre del Mesías, ese hijo de la Promesa que había de nacer para aplastarle
la cabeza al Maligno.
“¿En quién estaba pensando Dios el día que sobre la
sangre de su hijo Adán juró el Nacimiento del Campeón por cuya mano se cobraría
Venganza? -repitió la Viuda-. Hija mía, no seré yo quien le ponga límites a la
gloria de mi Creador. Yo sólo quiero que me lo digas tú”.
“¿Recuerda madre lo que escribió el profeta?: Una
Virgen dará a luz y su Hijo será llamado Dios con nosotros”.
María volvió a bajar la mirada. En eso levantó la
cabeza y miró a su madre directa a los ojos.
“Madre, esa Virgen la tiene delante de usted. Ese Niño
está en mis entrañas”, le confesó Ella.
Mientras su hija le revelaba el episodio de la
Anunciación la Viuda se quedó mirando a su hija con la visión de quien está
contemplando el Corazón de Dios el día del homicidio de su hijo Adán.
Al término, inspirada por el amor tan grande que le
tenía a su hija, la Viuda se derramó en bendiciones:
“Bendito sea Dios, que ha elegido a la hija de mi
esposo para traernos su salvación a todas las familias de la tierra. Su
Omnisciencia brilla como un sol inaccesible que, sin embargo, todos creen poder
alcanzar con la punta de sus dedos. Aprieta, pero no ahoga; golpea, pero no
hunde a los que ama. Bendita sea su Elegida, la que El ha formado desde las
entrañas de sus padres para entregarnos su Salvador a todos los pueblos de la
tierra”. Y enseguida le dijo a su hija así: “Benditas serán todas las familias
de la tierra en tu inocencia, hija mía. Pero ahora, María, harás lo que yo te
diga. Harás esto, esto y esto”.
El problema siguiente era José. De José se encargaría
ella, la Viuda. Lo que la Madre del Mesías tenía que hacer era salir
inmediatamente de viaje y permanecer en la casa de Isabel y Zacarías hasta que
el Señor lo dispusiera.
Y así se hizo. La Viuda agarró a su yerno y le contó
punto por punto toda la verdad. No le contó a su yerno la Anunciación como
quien tiene que ocultar algo y baja la cabeza de vergüenza. Para nada.
Obviamente sí con la humildad y certeza de la persona que sabe que el
Acontecimiento habría de causarle a José un dilema angustioso, sobre el que
habría de triunfar, y triunfaría, pero por cuyo infierno habría
irremediablemente de pasar.
Y triunfó.
No obstante como imaginaréis tras la Anunciación José se
pasó un tiempo bastante hundido. ¿Qué había fallado a última hora? ¿Cómo había
podido una mujer de la clase moral y la fortaleza de María dejarse engañar
por…?
¿Por quién? Sin que nadie lo pretendiera Ella estaba
bajo vigilancia todo el día. Cuando no estaba con su madre estaba con sus
sobrinos, cuando no estaba en el taller con sus obreras estaba con la familia
de los hermanos de su padre. El Señor había levantado alrededor de Ella una
tela de relaciones tan absorbentes que la sola idea del adulterio era una
ofensa.
Después estaba Ella, María. Ella era en carne y hueso
la mejor defensa que le había buscado Dios a la Madre de su Hijo.
-Lo dijo y no nos lo creímos: “Una Virgen concebirá y
dará luz a un Niño”, diciendo esto José vio la luz y salió disparado. Regresó
con su esposa, se celebró la boda y todo el mundo se olvidó del incidente.
Un recuerdo, sin embargo, sí que quedó. Lo digo por
aquél otro incidente entre Jesús y los fariseos.
Los fariseos y los saduceos se cansaron de oir que
Jesús de Nazaret era el Hijo de David. Como no sabían por dónde meterle mano
indagaron en su pasado. Metieron el dedo en la herida y descubrieron aquél
incidente extraño de la desaparición de su Madre durante los primeros meses de
su embarazo, y cómo fue José en persona a buscarla… para….
-Ahhhh, aquí está su talón de Aquiles.
Con esta arma secreta escondida en la manga los
fariseos llevaron a Jesús al tema de las primogenituras, unigenituras. Entonces
uno cualquiera sacó el manual de los golpes bajos y lanzó el bombazo.
-Nuestro padre es Abraham, ¿quién es el tuyo?
A Jesús se le subió el celo que lo consumía por su
Madre a la cabeza.
-Sois hijos del Diablo -les respondió con la fuerza de
un huracán comprimido en la garganta.
Sólo otra vez, sólo en otra ocasión de la que no
querrían acordarse verían al hijo de la Virgen saliéndole rayos de los ojos. Y
ya no paraba nunca, ya no se detenía hasta saciar su cólera hasta el último
átomo de ira.
En adelante entre El y ellos la partida se jugaría a
cara o cruz. Cara, se los llevaba El a ellos por delante. Cruz, se cobraban la
suya.
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