Historia de Jesús
La
Matanza de los Seis Mil
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Cosa
curiosa donde las haya el Pueblo pensaba lo mismo que su rey sobre la misión
sagrada del último profeta vivo que les quedaba.
El Pueblo
corría al encuentro del sacerdote Abías, llenaba el Templo durante su Turno.
Igual que si se tratara de un enjambre de niños abandonados a su suerte en el
núcleo más violento de una jungla de pasiones alimentadas por un odio que no se
satisface nunca, y de golpe vieran alzarse un hombre de verdad entre ellos, el
pueblo de Jerusalén corría al encuentro de Abías en busca de entendimiento,
comprensión y esperanza.
“No lloréis, hijos de Jerusalén, por las almas
que se van sacadas de sus casas por la violencia. En el seno de Abraham reposan
esperando el día del Juicio. Llorad mas bien por las que se quedan porque su
destino es el fuego eterno” les decía Abías .
El hombre
de Dios y el Pueblo estaban hechos el uno para el otro. Era la verdad. Y él, el
Asmoneo, estaba hecho para cortar cabezas y oir luego la sentencia de su
profeta sobre la suya:
“Ha hablado el Señor, Oráculo de Yavé, y no se
arrepentirá. El águila contempla desde la altura a la serpiente y el buitre
planea esperando el despojo. Tus hijos son la carne. ¿Quién es el que se afana
para la casa de otro? A su tiempo se verá que hay Dios en esta tierra cuando la
serpiente huya del águila”.
Y también
esto era verdad. Una verdad tan grande como la isla de Creta, como el mar
Grande, como el cielo infinito lleno de estrellas, como la gran pirámide del
Nilo. Y si no que se lo preguntasen a la montaña que el Asmoneo levantó con las
cabezas que arrancó de sus cuellos aquélla jornada para el olvido.
No fueron
dos ni tres, ni cien ni doscientas. Fueron “seis mil” las cabezas que sacrificó
a su pasión por el poder absoluto el nieto de los Macabeos. Seis Mil almas en
una sola jornada. ¡Qué horror, qué locura, qué humillación!
Sucedió en
Jerusalén la Santa, aquella Jerusalén hacia cuyos muros dirigían su plegaria
todos los judíos del orbe. No sucedió en la ciudad de un rey bárbaro, ni
sucedió en pleno campo de batalla durante el remate de los caídos. Ni fueron
las cabezas de un pueblo extraño las que corrieron cuestas abajo Vía Dolorosa
arriba hasta acabar a los pies del Gólgota. Fueron las cabezas de sus vecinos,
las cabezas de las gentes que le saludaban cada noche, las cabezas de la gente
que solían darle los buenos días. ¡Qué desastre, qué vergüenza, qué tragedia!
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Sucedió
durante la celebración de una fiesta religiosa. Una de las tantas que el
calendario templario tenía consagrada a la memoria de los inolvidables
acontecimientos vividos por los hijos de Israel desde Moisés a los días
corrientes.
Pasó que
el Asmoneo heredó de sus padres el sumo sacerdocio. En calidad de Pontífice fue
a celebrar el rito de apertura que rompía la monotonía del año. Aquél detalle
de creerse igual al César, general y pontífice máximo en un todo, les molestaba
a los nacionalistas más que nada en el mundo. Les molestaba y les divertía.
¿Cuándo se vio a una serpiente soñando con ser águila?
En su
papel de Papa de los judíos allá que fue el Asmoneo a declarar abiertos los
festejos que solían romper la monotonía del año. Se sentó en su trono de sumo
sacerdote todo metido en su papel de Su Santidad en la Tierra.
A punto de
dar su bendición urbe et orbis estaba cuando, de pronto, sin avisar, movido por
un inexplicable cambio de humor, el Pueblo comenzó a arrojarle tomates
podridos, gusanos fétidos, papas revueltas en barro agusanado, limones de
cuando los dinosaurios habitaron tierra santa. ¡Un escándalo!
Sus
enemigos contemplaron desde las murallas el show. Con las miradas se lo
preguntaron todo: ¿Qué hará el Asmoneo? ¿Se meterá para dentro y dejará correr
la bola? ¿O saldrá enfurecido con la cólera de un semidios sacado de su séptimo
sueño, el triunfalista?
Por las
barbas de Moisés, si el Asmoneo los hubiera dejado seguir seguro que los
jerusaleños hubieran convertido la fiesta en un concurso y se hubiesen jugado
el todo por el todo a ver quién arrojaba el primero la última piedra. El
Asmoneo sacó su espada de debajo del sobaco de los santos y dio la orden a sus
perros de la guerra: “¡Qué no quede ni uno!”, bramó sanguinario.
Lo que se vio
entonces no se había visto jamás en toda la historia de los judíos. Nunca antes
se había visto salir del Templo un ejército de demonios macabros, espada en
mano, degollando sin mirar edad ni sexo. Si en el Templo de Jerusalén tenía su
trono el Señor Dios ¿a las órdenes de quién entonces estaban aquellos monstruos
asesinos segando vidas sin mirar a quién?
¿No es más
bien el Diablo quien tiene su trono en esta Jerusalén de los Asmoneos?,
inconsolables se preguntarían después los familiares de los muertos mientras
Vía Dolorosa abajo acompañarían a sus difuntos al Cementerio Judío. ¡Para
entonces sería demasiado tarde! En aquél día de fiesta y alegrías los perros
del Asmoneo se desparramaron por las calles y según fueron encontrando judíos
los fueron degollando, atravesando, mutilando, descabezando, cortando en
pedazos, por diversión, por deporte, por pasión, por devoción al Diablo.
Éste, el
Diablo, sentado en su trono el Diablo contemplaba aquella orgía de sangre y
terror, y preso de la angustia del que sabe que el día terrestre sólo tiene 24
horas se lamentaba de lo rápido que pasan dos docenas de sesenta minutos. De
haber tenido a su disposición una docena más seguro que no hubiera dejado vivo
ni un judío.
La
voluntad del Diablo era clara, matarlos a todos; pero el todopoder de su siervo
para ejecutarla no llegaba a tanto. Así que señor y siervo tuvieron que
conformarse con la cifra de Seis Mil cabezas. Que tampoco estaba tan mal para
un solo día. Después de todo el demonio más malo trabajando a destajo no
hubiera sobrepasado esa cifra en mucho. Se dice muy pronto “seis mil muertos”
en una jornada.
Flavio
Josefo, el historiador oficial de los judíos, en sus días acusado por los
historiadores cristianos de falso, apuntó alto al dar Seis Mil muertos en una
jornada. La cuestión es, ¿redujo Flavio Josefo el número de víctimas a su
mínima expresión posible mirando a suavizar ante los ojos de los romanos el
alcance de la tragedia? O al contrario, ¿movido por su política de odio hacia
la dinastía asmonea exageró el número?
Como todo
el mundo sabe entre los judíos la popularidad de los Asmoneos cayó muy bajo en
tiempos postreros; hasta el punto de llegar a ser considerada por las
generaciones que les sucedieron un periodo maldito, una mancha negra en la
historia del pueblo elegido. Seguramente Flavio Josefo fue de esta última
opinión y especialmente crítico con los dinastas Asmoneos, sobre todo con el
gobierno de Alejandro I Janneo, hinchó la naturaleza de sus crímenes con el
objetivo de transmitir a sus paisanos su particular odio. O pudo ser lo
contrario y desinfló la cuenta pensando en la repulsa visceral hacia los judíos
que sus lectores romanos sentirían leyendo la historia de aquella matanza.
Volvamos no obstante a los hechos.
Desde el
punto de vista del Asmoneo lo suyo hubiera sido que no hubiese quedado nadie
para contarlo. Pues que los muertos no hablan la fama de aquella jornada no
hubiese subido a la memoria y nadie se hubiera acordado de ella el día de
mañana.
Desgraciadamente
para los malos el Diablo alaba su gloria más de lo que su gloria infernal se
merece; en consecuencia sus servidores acaban siempre frustrados y atrapados en
las redes de una araña que sin ser todopoderosa sí es lo suficientemente fuerte
para engullirlos a todos en sus maniobras. Lo natural fuera que un príncipe del
Infierno se sentara a contemplar su obra desde el epicentro de la gloria de
quien está más allá del bien y del mal; afortunadamente los cuernos del Diablo
se retuercen hacia abajo, y, contra natura, acaban hincándosele al propio
demonio por la espalda. Ignorantes de su suerte tarde o temprano sus adoradores
por ahí la cagan, y claro, así apestan.
En
definitiva, aunque la voluntad del Diablo fuera el exterminio total de los
judíos, ¡hombre! digo yo que alguno sí tuvo que quedar. Y como parece ser que
al otro día Jerusalén entera se hartó de llorar no miento diciendo que alguno
sí que quedó.
Luego,
re-pensándolo con más claridad y tiempo, el Asmoneo no logró encontrar la
salida del laberinto en que en su cólera se había metido. Sucedió todo tan
rápido. ¡Si al menos hubiera olido el guiso que a sus espaldas se estuvo
cociendo! De todas formas tampoco mostró signo alguno de arrepentimiento. Al
contrario. "¡Hay que ver, es una maravilla lo que tarda un cachorro de la
especie humana en criarse y lo poco que tarda en desangrarse!" se dijo.
El Asmoneo
no se cansaba jamás de maravillarse. Después, durante el entierro en masa de
los desgraciados jerusaleños que quedaron atrapados en las redes de su locura
insana, el Asmoneo no paró de mover la cabeza. Nadie sabía si de lástima o
porque estaba echando en falta algún que otro muerto.
Yo creo
que el Asmoneo hacía sus matanzas con la mente del científico en pleno proyecto
de experimentación de una fórmula nueva. "Si mato doscientos ¿qué pasará?
¿Y si le resto uno y le sumo treinta y tantos?" ¡Un monstruo! Su amor por
la investigación no tenía tope. Ora freía un manojo de niños made in
fariseolandia, ora devoraba un plato de vírgenes en su salsa. Pero sin dejarse
llevar por la pasión, todo muy correcto, muy escrupulosamente, con la
objetividad fría y acerada de un Aristóteles impartiendo Metafísica al aire
libre.
¡Quién
dijo que los hombres no pueden llegar a ser demonios si sabemos que algunos
llegaron a ser como los ángeles!
Lo
llamaron el Asmoneo -su apodo para la posteridad- en memoria de un tocayo del
infierno, un diablo de la corte del príncipe de las tinieblas. Igualito que su
tocayo maligno Alejandro Janneo sentía por el trono un amor asesino que le
devoraba las entrañas y le transformaba la sangre en fuego.
Fuego en
vez de sangre tenía en las venas el Asmoneo. El fuego le salía por los ojos de
lo malo que eran sus pensamientos. Quien osaba sostenerle la mirada al Asmoneo
veía al Diablo detrás de las bolillas de sus ojos, dominando su cerebro y desde
su cerebro maquinando toda clase de maldades contra Jerusalén, contra los
judíos, contra los gentiles, contra todo el mundo. Y lo más trágico era que el
Asmoneo no se creía nada.
“Si no
existe Dios cómo va a existir el Diablo” se confesaba con sus hombres el sumo
pontífice de los hebreos. ¡Un Papa ateo! Que el César fuera sumo pontífice y
fuese pagano, ateo y la demás parafernalia, se admite a trámite. Pero que el
Pontífice de los judíos fuera más ateo que el César, ¿cómo se traga esta bola?
Lo cierto
es que en aquella ocasión el Asmoneo estuvo casi a punto de dejarse masacrar.
Al cabo lo pensó mejor y se dijo “pero qué tonto soy, un poco más y me creo de
verdad que soy el santo padre”.
La verdad,
si la verdad entera hay que contarla, la verdad es que el humor popular pasó a
tal velocidad de la alegría más sana a la demencia más absoluta que no se pudo
hacer nada. Así que, ¿cómo culpar al Asmoneo de haber luchado por su vida y
haberse defendido llevando al extremo el sagrado derecho a la autodefensa?
¿Y cómo
absolverlo de haber provocado con sus delitos una situación tan tremenda?
No es
fácil hallar al culpable, la cabeza de turco a la que cargarle aquella
monstruosa Matanza. Lo que no iba a hacer el Asmoneo era echarse las culpas. De
tonto no tenía un pelo.
“Que tiemblan las piedras del Muro de las
Lamentaciones, que tiemblen" se dijo. “Que la sangre navega enrabiada
Jerusalén abajo hasta el Jardín de los Olivos, que navegue. Que conmovido el
viento se lleva en mejillas rotas una elegía por Jerusalén que le destrozará el
alma a Alejandría del Nilo, a Sardes, a Menfis, a Seleucia del Tigris y hasta a
la propia Roma, que la lleve. Lo que a mí me preocupa es cuándo la vida me
concederá la gracia de acabar con los cobardes que salieron huyendo como las
ratas. Si tanto los querían, pues que tanto los lloran, ¿por qué los
abandonaron a la matanza?” de esta manera excusaba el Asmoneo su crimen.
Los
sicarios del Asmoneo le reían la gracia.
Los judíos
por el contrario no sabían cómo contener el grito de venganza.
Si ya
antes no podían soportar al Asmoneo, que les arrancaba a sus hijas sin darles a
cambio plata, y se las llevaba y las vendía a su antojo y voluntad invocando
tradiciones salomónicas, todas ellas santas; si ya no podían verlo cuando
mataba a sus hijos por el sólo hecho de intentar despegar los labios para
protestar por sus crímenes sordos; después de la Matanza de los Seis Mil en una
jornada el odio le dio la mano a la locura y la declaración de guerra sin
cuartel contra el Asmoneo se oyó de un confín al otro del mundo.
“El Asmoneo tiene que morir” pedía Alejandría
del Nilo.
“Muerte al Asmoneo” repetía Seleucia del
Tigris.
“El Asmoneo morirá” juraba Antioquía de Siria.
“Amén”
respondía Jerusalén la Santa.
Los
Magos de Oriente
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