Historia de Jesús
Historia de los Asmoneos
Aristóbulo I "el Loco"
10
Tras la
muerte de Juan Hircano I, hijo de Simón, el último de los Macabeos, le sucedió
en el gobierno de la Judea su hijo Aristóbulo I. En este capítulo la memoria
del pueblo israelí se pierde en el laberinto de sus propias fobias y terrores a
la verdad. Según algunos el hijo de Juan Hircano I no acometió el asalto a la
corona. Sencillamente la heredó de su padre.
Según la
posición oficial, la abominación que sentenció la ruina fue cometida contra el
padre por un hijo que debió superar la oposición enconada de su madre y de sus
propios hermanos. En definitiva, claro no hay nada, excepto la necesidad de ir
al encuentro de la realidad corriendo por la pista de los hechos. Personalmente
ignoro en qué medida esos hechos son básicos para determinar la culpabilidad
del padre en descargo de la absolución del hijo.
Si Aristóbulo I se coronó rey
contra el testamento de su padre o si sólo se limitó a legitimar una situación
monárquica encubierta, con absoluta certeza nunca lo sabremos, al menos hasta
el día del juicio final.
El hecho es
que Aristóbulo I abrió la gloriosa crónica de su reinado sorprendiendo a
extraños y conocidos con el encarcelamiento de por vida de sus hermanos.
¿Motivos, razones, causas, excusas? Bueno, aquí entramos en el eterno dilema
respecto a lo que los actores de la Historia hicieron y lo que a ellos les
hubiera gustado que se escribiera. ¿Entramos en discusión o lo dejamos para
otro día? Quiero decir ¿qué motivo más fuerte hay para alcanzar el Poder que la
pasión por el Poder? Poder absoluto, Poder total. La libertad del que está más
allá del Bien y del Mal, la gloria de quien se alza sobre las Leyes porque él
es la Ley. La Vida en un puño, en el otro la Muerte, a los pies el pueblo. Ser
como un dios ¡Ser un dios! La tentación maldita, la pulpa de la fruta
prohibida, ser como un dios, lejos del ojo de la justicia, más allá del largo
brazo de la ley. ¿No era astuto el Diablo? Que aquella pasión por ser como un
dios había descubierto su naturaleza vírica, venenosa, cuando transformó un
ángel en aquella Serpiente madre de todos los demonios, “pues muy bien”, se
contestó Aristóbulo I, “esparciré generosamente mi veneno por toda la tierra,
empezando por mi casa”.
Horror,
desilusión, llevadme lejos de los sueños del Demonio. Despertadme, cielos,
belleza, en algún rincón del Paraíso.
¿Qué locura
es la que arrastra al barro a creerse más fuerte que el diluvio?
¿Sueña el
caracol a ser más veloz que el jaguar?
¿Reta la
Luna al Sol a ver quién brilla más?
¿Desprecia
el león la corona de la selva?
¿Se queja el
cocodrilo del tamaño de su boca?
¿La criatura
fiera le envidia su canto a la sirena?
¿Envidia el
águila al elefante de las llanuras?
¿Se levanta
de los abismos oceánicos el pez fosforescente reclamándole al Sol luz de Luna?
¿Quién le
ofrece al frío boreal pétalos de primavera?
¿Quién busca
la fuente de la juventud eterna para escribir en sus orillas: Tonto el que
beba?
El hecho
innegociable es que Aristóbulo I subió al trono que la muerte de su padre dejó
vacante. Y lo primero que hizo fue echar a sus hermanos a la mazmorra más fría
de la cárcel más lúgubre de Jerusalén.
Insatisfecho,
no contento todavía con semejante delito contra natura, Aristóbulo “el loco”
remató la faena enviándole a sus hermanos la madre.
Nadie supo
nunca por qué. Ni por qué dejó libre al benjamín de su madre.
El hecho es
que lo mismo que sorprendiera a todos condenando a sus hermanos a cadena
perpetua volvió a sorprender a todos dejando libre a uno. Parece ser que dejó
vivo al más pequeño de sus hermanos. No por mucho tiempo sin embargo. Al poco
la locura se apoderó de su cerebro y se superó a sí mismo estrangulándolo con
sus propias manos.
Todos estos
crímenes cometidos, se vistió el rey loco de sumo pontífice y se fue a celebrar
el culto como si Jerusalén hubiera rechazado a Yavé por Dios y se hubiera
jurado en obediencia al mismísimo Diablo.
Tal fue el
principio del reinado del hijo de Juan Hircano I.
En el fondo
de un crimen semejante, digno del discípulo más aventajado de Satanás, nosotros
tenemos que ver la terrible disputa entre madre e hijo, entre Aristóbulo I “el
loco” y sus hermanos hablando del tema de la transformación de la República en
Reino.
Aceptar la
locura del nieto de Simón Macabeo por diagnóstico último, decisivo,
exculpatorio incluso, no es manera de cerrar un asunto tan grave. Especialmente
cuando el breve año de reinado del Segundo de los Asmoneos -dejando atrás el
tema de los que mató, cuyos nombres no fueron escritos ni su memoria conservada
porque no fueron sus familiares, cuyo número podemos calcular partiendo de lo
que hizo, ¿o quien encarcela a sus hermanos va a dejar libres a quienes no lo
son? Decía que -el breve año del reinado de Aristóbulo I, si breve, configuró
el futuro del pueblo judío de la forma tan profunda y dolorosa que se puede
observar en la base del trauma que dos mil años después siguen padeciendo los
historiadores oficiales judíos a la hora de recrear los tiempos Asmoneos.
¿Qué
discusión más críticamente apocalíptica que la transformación de la República
en Monarquía pudo haber empujado al nieto de los Héroes de la Independencia a
convertirse en un monstruo?
Los
historiadores oficiales judíos pasan por este asunto mirando para otro sitio.
Haciéndolo cometen un terrible delito contra sí mismos al crear en el lector la
impresión de que matar a la madre y a los hermanos era entre los judíos el pan
nuestro de cada día. No sé yo hasta qué punto es ético, o tan sólo moralmente
aceptable hacer recaer sobre los hijos la sangre del crimen cometido por sus
padres. ¿O acaso es verdad que los hebreos solían comerse a sus madres un día
sí y al otro también?
Es un crimen
contra el Espíritu ocultar la verdad para imponer las propias mentiras. Si
Aristóbulo I mató a sus hermanos y a su madre crimen tan monstruoso debemos
entenderlo como consecuencia final de la lucha entre los sectores republicanos
y monárquicos, representados los primeros por los fariseos y los segundos por
los saduceos. Lucha que ganó Aristóbulo I contra sus hermanos y le costó a su
madre la vida por conspiración contra la corona.
Desde
nuestra cómoda posición podemos aventurar esta teoría al caso. Parece evidente
que si la autoridad de aquella mujer no pudo imponer su juicio hubo de ser
porque chocó contra intereses más poderosos. ¿Y qué interés más poderoso por el
que jugarse la vida podía existir en Jerusalén que el control del Templo?
Tengamos en
cuenta que en toda la historia de los hijos de Israel encontrar un caso de
crueldad semejante, de un hijo contra su madre, no fue registrado jamás porque
jamás se produjo. Así que el hecho de haberse producido contra natura nos abre
las puertas a la conspiración contra las leyes patrias que tuvo lugar entre los
sacerdotes aaronitas y Aristóbulo I. En este contexto, la encarcelación de los
hermanos y la madre, se entiende perfectamente. De hecho los acontecimientos
que vamos a ver vinieron todos marcados por el mismo hierro. Luego está la
psicología del historiador oficial para aprovecharse del tipo de delito y
ocultar en las mieles del horror el año de terror que la población de Jerusalén
sufrió bajo la tiranía del rey loco. Al concentrar aquél año de matanzas en la
familia real el historiador echó sobre la lucha en la raiz del problema la
pantalla de humo de los magos del faraón. ¿Quién encarceló a sus hermanos por
oponerse a su coronación qué no haría con quienes sin ser sus hermanos se
negaron a transformar la república en monarquía? El historiador oficial judío
pasó de largo sobre este tema. Al hacerlo nos tomó a los del futuro por tontos
y a los de su tiempo por idiotas de toda la vida.
De todos
modos -dejando aparte ahora las discusiones- Aristóbulo I dejó libre -como he
dicho- a uno de sus hermanos. Se dice que el muchacho fue un guerrero
batallador y valiente al que el juego de la guerra le encantaba, y allá que no
perdía tiempo en abrir el combate al grito de “viva Jerusalén”. Digno pariente
de Judas Macabeo, con cuyas historias el muchacho se crió, el Príncipe Valiente
arrastraba a sus soldados a la victoria que nunca se le resistía, la propia
gloria de los héroes enamorada de sus huesos.
Digamos que
rota la Reconquista pacífica de la Tierra Prometida por las guerras macabeas,
Juan Hircano I abrió un nuevo periodo al pasar por las armas a todos los
habitantes del Sur de Israel que no se convirtiesen al judaísmo. Mediante esta
política se anexionó La Idumea.
Le tocaba a
Aristóbulo I, su hijo, dirigir sus ejércitos contra el Norte. Jerusalén en
plena efervescencia antimonárquica por los hechos ya referidos -encarcelamiento
de los hermanos del rey y matanza de sus aliados republicanos- mientras se
dedicaba a controlar la situación Aristóbulo I le pasó la jefatura militar a su
hermano pequeño, que conquistó la Galilea. No todo iban a ser malas noticias.
La conquista de la Galilea levantó la moral de unos judíos que no sabían si
reírse por la victoria o llorar por el fracaso que les suponía tener por rey un
asesino de la peor especie, un loco en toda regla.
Lo que vino
después no se lo esperaba nadie. O lo vieron venir y no pusieron ningún remedio
a su alcance. La cosa es que apenas empezaba el Príncipe Valiente a mirar para
otras partes donde encontrar fama y gloria cuando los celos, y la mala
conciencia que le tenía aprisionado por sus hechos, arrastraron a su hermano
Aristóbulo I a condenarle a muerte.
También en
este caso Aristóbulo I actuó siguiendo el ejemplo de los gentiles, aunque
aplicado el sistema a la mentalidad de Oriente. El Senado Romano impuso por
norma en el manual de los poderosos para quitarse de encima generales demasiado
victoriosos la retirada o la muerte. Sufrieron esta norma los Escipiones y el
propio Pompeyo Magno. El último caso sería el de Julio César, que tan bien les
saliera, por supuesto.
Más sabio y
santo que los senadores imperiales el rey de los judíos no deshojó la
margarita. Sencillamente le envió a su hermano pequeño su decisión irrevocable
colgada del filo del hacha del verdugo.
La noticia
del asesinato del hermano pequeño por el hermano grande le cogió al Alejandro
Janneo allá abajo, entre fríos de mazmorras y aullidos de cárceles excavadas en
los muros del infierno. Naturalmente la noticia le heló la sangre. Pero hubiera
podido el fluido vital recobrar su calor de no haber doblado el frío ambiental
la presencia en los calabozos de su madre. Esta, la pobre, atravesada de
aquella manera, la pobre mujer perdió el juicio y con el resto sano que le
quedó se dejó morir de hambre.
Ver a la
madre y a los propios hermanos morírsete por culpa de un hermano no es lo que
se entiende por la mejor escuela para un rey. Pero esta fue la escuela para
reyes a la que asistió a la fuerza Alejandro Janneo, el objeto de todos los
odios del mundo judío tras la Matanza de los Seis Mil.
Agobiado
hasta la demencia por aquella tragedia el Asmoneo juró vengarse de la muerte de
su madre y de sus hermanos -si salía vivo del infierno- sobre los cadáveres de
todos los cobardes que en esos momentos quemaban incienso en el Templo.
Otra cosa
será -retomando el hilo de la negativa en la postura oficial judía a aceptar el
hecho de la coronación de Juan Hircano I- que la locura matricida y fraticida
de Aristóbulo I no hubiese sido sino el final del drama a que los condujo a
todos la coronación del padre. La postura oficial judía -encabezada por el
famoso Flavio Josefo- fue negarse a admitir el hecho de la coronación del hijo
del último de los Macabeos. Sus medidas, sus guerras, su testamento parecen
probar lo contrario, parecen gritar a pulmón abierto que su cabeza ciñó corona,
y fue durante su reinado que el virus de la maldición encontró caldo de cultivo
en su casa. ¿Cómo de otra forma explicar que el día después de su entierro su
mujer y sus hijos se hundieran bajo el peso de aquella aplastante oposición a
la continuación de su dinastía? ¿Bajo qué contexto podríamos si no comprender
que el nuevo rey decidiese de la noche a la mañana la muerte de todos sus
hermanos, incluida su madre, por alta traición?
La Lógica no
tiene por qué presentar sus pruebas en el tribunal de la Biohistoria. Los
argumentos biohistóricos se sobran para entenderse y no necesitan de
testigos. Pero si ni la una ni la otra bastan para abrirse camino por la selva
laberíntica en la que los judíos perdieron su memoria, nada se le puede
aconsejar al que tiene apretado el gatillo, a no ser que acabe pronto con la
tragedia y se deje de reunir mirones antes de irse al infierno con sus
lamentaciones y sus elegías.
No hay más
hechos que la realidad desnuda y sencilla. Aristóbulo I sucedió a su padre
Hircano I. Inmediatamente ordenó la prisión a cadena perpetua de su hermano
Alejandro. También los hermanos y hermanas de Alejandro corrieron la misma
suerte. El único que se salvó de la matanza cainita fue el benjamín de su
madre. Esta yacía como muerta en algún calabozo oscuro del Palacio de su hijo
malvado cuando le bajaron por correas anónimas el cadáver de su benjamín. La
pobre cerró los ojos y se dejó morir de hambre. Tales fueron los principios del
reinado de Aristóbulo I el Loco; tales los orígenes del próximo reinado de su
hermano Alejandro I.
11
Alejandro Janneo
Cuando
Alejandro Janneo salió de la mazmorra, donde normalmente hubiera debido haber
fallecido, la situación del reino era la siguiente. Los fariseos tenían a las
masas convencidas de estar viviendo la Nación bajo el punto de mira de la
cólera divina. Las leyes sagradas les prohibían a los hebreos tener un rey que
no fuera de la Casa de David. Ellos lo tenían. Al tenerlo estaban provocando al
Señor a destruir la Nación por rebelión contra su Palabra. Su Palabra era el Verbo,
el Verbo era la Ley, y el Verbo era Dios. ¿Cómo podrían evitar que el destino
siguiera su curso?
El problema
era que los siervos del Señor, los sacerdotes saduceos, no sólo bendecían la
rebelión contra el Señor al que servían sino que además usaban al rey para
aplastar a los sabios fariseos.
Aún así la
voracidad macabra de Aristóbulo I hizo que hasta a los saduceos se les
revolvieran las entrañas. No quería decir esto que los saduceos estuviesen
dispuestos a unirse a los fariseos para limpiar Jerusalén de su delito. Lo
último que seguían queriendo los saduceos era compartir el poder con los
fariseos.
Entonces,
misteriosamente, Alejandro Janneo es liberado de su prisión y escapa a la
muerte. ¿Milagro?
Si al odio
que le dio fuerza y lo mantuvo vivo se le puede llamar milagro entonces fue un
milagro que Alejandro sobreviviera a sus hermanos y a su madre. ¡Lástima que,
aparte de las ratas, no bajara nadie a su infierno a darle el pésame por la
muerte de su madre! De haberlo hecho hubieran descubierto que la fuerza que lo
mantuvo vivo y alimentó su sed de venganza fue el odio, sin distinguir entre
fariseos y saduceos.
De todos
modos el Asmoneo se equivocaba al pensar que la muerte de su odiado hermano se
debió a la naturaleza. La muerte de Aristóbulo al año de su reinado e
inmediatamente después de la muerte del Príncipe Valiente no fue cosa de azar
ni de justicia divina. ¿A quién le sorprende que el crimen contra su propia
madre les revolviera las entrañas a los habitantes de Jerusalén y decidieran,
en complot con la reina Alejandra, acabar con el monstruo? El hecho de la
celebración urgente e inmediata de la boda del preso con la viuda del difunto,
su cuñada Alejandra, pone de relieve la alianza saducea que acabó con la vida
de Aristóbulo I.
Adelantándose
los saduceos a los fariseos quitaron rey y pusieron en su lugar al Asmoneo, las
miras puestas en que al descubrirse como sus salvadores no se le ocurriera dar
un bandazo hacia el otro lado y le entregara el poder a los fariseos, que, al
ser enemigos naturales de sus salvadores por fuerza hubieran debido ser los
suyos propios. El elemento sorpresa a su favor Alejandro aceptó la corona
jurando no cambiar el status quo.
Esta era la
situación explosiva sobre cuyo infierno en ebullición sentó su odio el Asmoneo.
Alejandro I,
sin embargo, no le perdonaría jamás a sus libertadores haber tardado tanto en
tomar su decisión. ¿A qué estuvieron esperando? ¿A que se muriera su madre?
¡Dios!, si sólo hubieran llegado un día antes.
El odio que
contra su nación incubó el nuevo rey en su año de prisión, año largo, infinito,
no hay palabras que puedan describirlo. Sólo descubrirían su extensión y
profundidad sus matanzas posteriores. Aquél odio fue como un agujero negro
avanzando desde las entrañas a la cabeza, como una Nada inundando sus venas de
un grito: Venganza. Venganza contra los fariseos, venganza contra los saduceos.
De haberse tomado sus salvadores la molestia de pensar qué estaban haciendo
antes se hubieran rajado las venas que abrirle la puerta de la libertad al próximo
rey de los judíos.
Poco, muy
poco tardaría Jerusalén en averiguar qué clase de monstruo tenía por ídolo el
Asmoneo. El odio que devoraba el cuerpo, mente y alma de Alejandro I no
tardaría en salirse de madre y pedir cadáveres por decenas, por cientos, por
miles. ¿Seis Mil para un banquete de Pascua?
Un
aperitivo. Sólo eso, un vulgar aperitivo para un verdadero demonio. ¿No decían
los sabios y santos sacerdotes de Jerusalén que conocían las profundidades de
Satán? ¡Otra mentira más! Él, el Asmoneo, les descubriría a todos los judíos
las verdaderas profundidades de Satán. Él en persona los conduciría hasta el
mismísimo trono del Diablo. ¿Que dónde tenía Satanás su trono? Locos, sobre la
tumba de su madre, en la Jerusalén que viera morir a sus hermanos sin levantar
un dedo para salvarlos de la ruina.
Lo mismo que
hizo el padre de la historia antigua judía, Flavio Josefo, ocultándole a los
suyos la causa implosiva que reventó la felicidad prometida de la casa de
Hircano I, volvió a hacerlo hablando de la muerte milagrosa y repentina del
matricida y fraticida, homicida por supuesto. Tenía que hacerlo si no quería
descubrir la causa que acababa de ocultarle a su pueblo. Si juraba en público
ante el futuro que los propios saduceos que encumbraron al hijo ordenaron la
muerte del padre, haciéndolo le abría las puertas al resto del mundo para que
entrara y viera con sus ojos la guerra interna a muerte entre fariseos y
saduceos.
Enemigo de
la verdad en aras de la salvación de su pueblo, en el punto de mira del odio romano
tras la rebelión famosa que terminó con la destrucción de Jerusalén, Flavio
Josefo tenía que pasar sobre el cadáver de la verdad en nombre de la
reconciliación de judíos y romanos. Y de paso mantener a los hijos de los
matadores de los primeros cristianos al margen del crimen contra divina natura
que protagonizaron y seguían, en la medida de sus intereses, protagonizando:
aunque fuera a costa de extirparse la Memoria, practicarse una lobotomía y
seguir adelante como un pueblo maldito, de todos condenados, por todos tenidos
por comedores de sus madres y asesinos naturales de sus hermanos. Por lo cual
ningún judío debía ver con ojos raros que Aristóbulo I matase a su madre, a sus
hermanos, a sus tíos, a sus cuñados, a sus sobrinos, y hasta a sus nietos de
haberlos tenido. Según el parecer de Flavio Josefo y su escuela, eso era algo
natural entre los judíos. Así que ¿dónde está el escándalo?
12
Esta es la
Historia de Jesús. No es la historia de las crónicas asmoneas. La importancia
de los setenta años de aquella dinastía, con todo, es tan decisiva para
comprender las circunstancias que condujeron a los judíos al anticristianismo
más feroz y asesino que, por fuerza, debemos recrearlas como quien pasa volando
sobre los acontecimientos más trascendentes en relación a esta Segunda Caída.
En otra ocasión, en otro momento, si Dios lo quiere, entraremos en esas
crónicas. Baste aquí planear sobre la línea del tiempo.
El odio del
Asmoneo contra todos, fariseos y saduceos, siguió su curso. En apenas unos
cuantos años se convirtió en una avalancha.
Rodando
sobre pendiente suicida uno de aquéllos días fueron todos, fariseos y saduceos,
a celebrar una especie de banquete de amistad con el rey. Las puertas se
abrieron, ocuparon posiciones los estrategas, con el vino se pusieron todos a
tono. Y pasando de meandros y prolegómenos acabaron dirigiéronse en tromba a
las playas del mar de las cuestiones personales. En el calor del momento uno de
los fariseos presentes, harto de vino, le soltó en cara al rey lo que todo el mundo
decía, que su madre lo tuvo con otro que no fue precisamente su padre. O sea,
que el Asmoneo era un bastardo.
No estaba
complicada la situación y vino el Diablo a empeorarla.
Este, el
Diablo, como si le estuviera ganando el pulso al Ángel le echaba leña al fuego
en cada ocasión que se le terciaba. Ardiendo la mecha, el polvorín a dos pasos,
lo lógico era que la explosión hiciese saltar por los aires todo lo que
pillara.
La Matanza
de los Seis Mil en una jornada no sería la única onda devastadora. Pero hubiera
podido servir al menos para calmar los ánimos y hacer que los enemigos unieran
fuerzas.
Al contrario
que los demás pueblos del mundo la nación de los judíos tenía por filosofía de
raza no aprender jamás de los errores cometidos. Si antes fue el celo por la
Ley lo que los arrastró a la Matanza, en adelante sería la sed de venganza.
Esta sed
desbocada fue la que cabalgó de sinagoga en sinagoga por todo el orbe llevando
a todos los creyentes aquél aullido que antes oímos: El Asmoneo debe morir. Al
que respondieron los más audaces y celosos del destino consagrando sus vidas a
matar al Asmoneo. Entre los cuales se encontró Simeón el Babilonio, ciudadano
de Seleucia del Tigris, hebreo de nacimiento, banquero de profesión.
Su entrada
en la Jerusalén Asmonea y sus intenciones de permanecer en el reino no podían
molestar al rey, siempre necesitado de aliados y medios financieros para la
guerra de reconquista de la Tierra Prometida, ni levantar sus sospechas dadas
las circunstancias geopolíticas por las que estaba atravesando el antiguo
imperio de los Seleúcidas.
A los
Partos, en efecto, se les estaba quedando pequeño el Asia al Este del Edén, y
sufrían lo indecible soñando con la invasión de las tierras al Oeste del
Eufrates. Natural por tanto que los hijos de Abraham comenzasen a regresar de
la Cautividad al otro lado del Jordán. Si encima quien regresaba parecía no
tener ni idea de la situación política local y, para más alegría de todos, era
un banquero rico y creyente devoto, tanto mejor.
13
“Simeón, hijo, la paranoia es a los tiranos lo
que a los sabios le es la sabiduría. Si abandonan sus consejos tanto los unos
como los otros se pierden. Por eso el que se mueve entre serpientes debe estar
curado contra el veneno y tener alas de paloma para vencer los designios del
malvado con la inocencia del que sirve sólo a su amo.
Simeón, dale
la espalda a tu enemigo en señal de confianza y te ganarás tu salvación, pero
lleva bajo el manto la coraza de los sabios para que cuando la paranoia lo
enloquezca el puñal de su locura se rompa contra tu piel de hierro.
Si le das la
mano al tirano ten presente que en la otra esconde la daga; ofrécele entonces
lo que busca porque al hombre sólo le dio Dios dos manos, y si con la una te
coge la tuya y con la otra agarra lo que quiere el puñal estará siempre lejos
de tu garganta.
Cuando lo
veas herido, corre a curarle la herida, porque todavía no está muerto; y si
vive busca su muerte, pero no lo hieras solamente y se levante para tu ruina.
El demonio
tiene muchas formas de conseguir su objetivo, pero a Dios le basta una sola
para hacerle morder el polvo. Sé sabio, Simeón, no te olvides de las enseñanzas
de tus maestros”.
Simeón el
Babilonio llegó a Jerusalén con el libro de los Magos de Oriente bajo el brazo.
La escuela en la que aprendió el oficio de los Magos remontaba sus orígenes a
los días del profeta Daniel, aquel profeta y jefe de Magos que con una mano
sirvió a su amo y con la otra cavó a su alrededor su ruina. Pero basta ya de
palabras, que empiece el espectáculo.
14
Simeón el
Babilonio puso en práctica sus enseñanzas. Logró romper el hielo de la
desconfianza de los fariseos hacia el nuevo amigo del rey. Logró engañar al rey
participando en la financiación de sus campañas de reconquista y consolidación
de las fronteras conquistadas.
A espaldas
del Asmoneo, con la otra mano que le quedaba libre, el Babilonio puso su firma
en todos los complots palaciegos contra los que el Asmoneo, cual atleta en
plena carrera de obstáculos, realizó la hazaña imposible de sobrevivir a todos
sus presuntos asesinos. Uno tras otro todos aquellos intentos de arrancarle la
cabeza del cuello se cerraron con la muerte de los aspirantes a magnicidas.
Cansado de tanto inepto, en su opinión ni para eso servían sus compatriotas, el
Asmoneo trató los cadáveres de sus enemigos como se tratan los de los perros,
se arrojan al río y allá que se los lleve la corriente al mar del olvido.
Desesperados
por la suerte del Asmoneo los fariseos concibieron el plan de los planes,
contratar un ejército mercenario, ponerse al frente y declararle la guerra
abierta. Era hundirse en una guerra civil, pero qué remedio. La estrella del
Asmoneo parecía haber salido de las mismas profundidades del infierno. Nada de
lo que planeasen contra él, por muy sutil y enrevesado que fuese el plan para
derrocarle, el bicho siempre salía vivo. Tenía más vidas que un gato. Si se
hubiera muerto.
Sobre su
conciencia el daño -se dijeron. Y allá que contrataron a los árabes para acabar
con la suerte del rey más tirano, cruel y sanguinario que en toda su historia
tuvo Jerusalén. Todo esto en el más estricto top secret. Lo último que podían
permitirse Simeón el Babilonio y sus fariseos era que llegase al oído del
Asmoneo campanas sobre sus planes. No dudaría en matarlos a todos, grandes y chicos,
todos a la misma olla. Como decía el proverbio del sabio: Hay que ser inocentes
como palomas, astutos como serpientes.
Mas como en
este mundo no se puede engañar a todo el mundo a la vez, hubo en aquellos días
una persona a quien los trucos de magia de Simeón no pudieron engañar. Aquél
hombre era el sacerdote Abías, el profeta particular del Asmoneo, sobre el cual
ya hemos visto algo en los anteriores capítulos.
También
Simeón, cómo no, asistía al Turno de Abías a escuchar de sus labios el Oráculo.
Era a él, sí a él, al nuevo amigo del rey, su enemigo secreto más jurado, a
quien le dirigía Abías palabras que le rompían todos los esquemas.
“Si el Cielo combate al Infierno con las armas
del Diablo ¿cómo se apagará el fuego que devora a todos en su incendio?,
oraculaba el hombre. ¿Comparáis a Dios con su enemigo? ¿Se revuelve el ángel
que guarda el camino de la vida contra su destino alzando el fuego de su espada
contra el árbol que guarda para así evitar que nadie se le acerque? ¿Se da
entonces por perdido? ¿Cuál será el juicio de su Señor contra su desesperación?
¿Al hacer así no negará al Dios que le confió su misión? No lucháis contra el
diablo, lucháis contra el ángel de Dios, y aunque esté por vosotros él no puede
abandonar su puesto. Su orden es firme: Que nadie se acerque. ¿Por qué creéis
que bajará la espada? ¿Por amor a vosotros se rebelará contra su Señor? Cejad
pues de hacer el loco. No lucháis contra un hombre, le hacéis la guerra al Dios
que puso a su ángel entre vosotros y la vida que buscáis invocando a la
Muerte”.
Oráculo
lleno de sabiduría que, cegados sus destinatarios por el odio, caía una y otra
vez en terreno pedregoso. Por un momento parecía que iba a echar raíces, pero
apenas salían del Templo el olor a sangre les devolvía los sentidos a la
realidad de todos los días.
15
Guerra Civil
¿A qué
distancia del nacimiento de una guerra civil se fermentan las nubes que
lloverán el caldo del odio a cántaros? ¿Cómo se borran las huellas de una
cicatriz echa a tajo entre pecho y espalda?
Los fariseos
y sus líderes tomaron la decisión desesperada de contratar un ejército
mercenario para acabar de una vez por todas con el Asmoneo. No contrataron el
ejército de los Diez Mil griegos perdidos en el retorno a la patria, ni
cruzaron el mar en dirección a Cartago buscando la libertad en los
descendientes de Aníbal. Ni invocaron a los famosos guerreros íberos. Ni
echaron manos de bárbaras hordas. Para matar a sus hermanos los judíos llamaron
a los árabes.
¿Cuánto
tiempo necesita la carne del odio en la olla para cocerse? Cuando el veneno no
basta y las conspiraciones secretas sobran ¿es legítimo llamar al propio diablo
para que se lleve al infierno lo que nació al calor de su fuego?
Como hizo
con tantos otros episodios el historiador oficial de los judíos de aquellos
tiempos pasó sobre las causas detonadoras de aquella rebelión como quien pisa
sobre huevos. Dispuesto a vender la verdad por las treinta monedas de plata del
perdón del César y con el beneplácito de una generación judía que, entre el culto
al emperador o la suerte de los cristianos, bailó en honor del becerro de oro
delante de Dios y de los hombres, Flavio Josefo pasó por alto esas causas en la
distancia del nacimiento de aquella guerra civil, tan horrorosas y pérfidas
como para obviar la enemistad de siglos entre Jacob y Esaú.
El hecho
detrás de la placa de hormigón bajo la que enterraron los judíos la memoria de
su pasado es que contra las leyes patrias Israel contrató a Edom, Jacob llamó a
Esaú para vencer juntos al Diablo, ignorando porque no quería recordarlo, que
el Diablo que venciera a Adán, padre de ambos, necesitaba algo más que una
alianza entre hermanos para dejarse cortar el rabo.
Fuera como
fuese, la batalla entre los partidarios de la restauración de la monarquía
davídica y los fieles a la dinastía asmonea se celebró. Y fueron los enemigos
del Asmoneo quienes se llevaron a su campo la victoria.
Parece ser
que aquel mismo Asmoneo que andaba sobre alfombras tejidas con la piel de los
Seis Mil, aquel demonio sin conciencia que se atrevía a maldecir al Dios de los
dioses acostándose con sus rameras en su propio Templo, aquel invencible hijo
del infierno, se cuenta, huyó como una rata.
Ni para
morir como un hombre valía -demasiado tarde se lamentaron luego sus enemigos.
Porque lamentablemente
a la hora de rematar la victoria el ejército vencedor cometió el imperdonable
error de echarse para atrás. Como lo digo, fueron a recoger los laureles del
éxito cuando el remordimiento se apoderó de sus cerebros y se pusieron a pensar
en lo que estaban haciendo. ¡Les estaban entregando el reino a los árabes!
Entre
rematar al Asmoneo o verse bajo el yugo de sus enemigos tradicionales los
fariseos decidieron lo impensable.
Es lo
cierto, el amor a la Patria pudo más que el recuerdo de tanto sufrimiento
pasado. Así que antes de verse atrapados bajo las ruedas de los errores propios
rompieron el contrato con la victoria conseguida, error fatal del que no
tardarían en arrepentirse, del que nunca se arrepentirían lo suficiente.
Por uno de
esos giros clásicos del destino los nacionales vencedores se unieron a los
patriotas perdedores y juntos se revolvieron contra el ejército mercenario que
ya se disponía a conquistar Jerusalén para su rey.
Alucinado
por este giro del destino a su favor el Asmoneo se transformó de rata a la fuga
en león hambriento, se puso al frente de los que de nuevo le aclamaban rey y
expulsó de su reino a los que acababan de verle salir corriendo como un perro.
Los primeros
en lamentarlo serían los fariseos.
16
Su regreso
de la tumba convenció a sus enemigos de tener el Asmoneo por padrino al
mismísimo Diablo.
La calma, la
tranquilidad con la que Alejandro hizo su entrada en Jerusalén fue festejada
por casi todos. Aquella era la calma que precede a la tormenta.
Al poco de
regresar a su palacio, después de acostarse con todas sus concubinas, una vez
que digerió la derrota en los pliegues de un mal sueño, cansado ya de prometer
lo que nunca iba a cumplir, el Asmoneo ordenó que los cabecillas de los
fariseos y los cientos de sus aliados fuesen reunidos como se reúnen las
cabezas de ganado.
El recuento
de cabezas se elevó a tantas almas que nadie podía imaginarse cómo iba el
Asmoneo a cocinar tanta carne.
Lo que pasó
pertenece a las memorias no sagradas de Israel. Pero si hay Bien y Mal y todo
tiene su contrario el pueblo que tiene una Historia Sagrada también tiene su
contraria, una Historia Maligna. Al género de los héroes de estas escrituras
tenebrosas pertenecía, sin ninguna duda, Caín, el Alejandro de estas crónicas y
el Caifás que en nombre de su pueblo crucificó al Hijo de David.
Ya le
hubiera gustado al cronista judío haber enterrado este capítulo de la historia
maldita de su pueblo. La corta distancia entre su generación y la que sufrió al
Nerón de los Judíos le hizo imposible borrar del libro de la vida de su pueblo
el tenebroso acontecimiento estrella de este capítulo.
En venganza
por la humillación que le hicieron vivir, cuando tuvo que verse huyendo como
una rata quien hasta entonces se había estado jactando de ser el león más fiero
del infierno, el Asmoneo levantó ochocientas cruces en el Gólgota. No una ni
dos, ni tres ni cuatro.
Si la Pasión
del Cordero os ha sido transmitida en lo físico como dura esperad a conocer qué
sufrimientos tuvieron que vivir aquellos ochocientos chivos.
El Asmoneo
anunció que iba a celebrar una fiesta. Cogió e invitó a conocidos y extraños,
lo mismo a extranjeros que a patriotas. El festejo iba a ser neroniano. Pues
que el signo natural de la inteligencia humana es la imitación, no habiendo
nacido Nerón alguien tenía que elevarse como modelo del futuro matador de
cristianos a granel. ¿Quién sino él, original hasta en la huida?
Fijó el día.
A nadie le contó palabra alguna sobre la sorpresa que se había inventado.
Y empezó el
banquete. El Asmoneo sacó carne y vino para alimentar a un regimiento, contrató
prostitutas extranjeras, les encargó a las nacionales hacer su oficio como
nunca lo hicieron antes. No faltó de nada. Comida a espuertas, vino por
barriles, mujeres a destajo.
“¿Dónde encontraréis otro rey como yo?”, en el
preludio de su locura gritó el Asmoneo para que le oyera el Cielo al que
adoraban los ochocientos condenados que ya tenían reservada plaza en las
ochocientas cruces que coronaban el Gólgota desde las faldas a la explanada de
la cumbre.
Durante los
últimos días todos se habían apostado a que el Asmoneo no se atrevería a tanto.
Los familiares de los involucrados en el espectáculo macabro rezaron al Cielo
para que no se atreviera. ¡Qué poco le conocían! Los judíos aún no se habían
enterado y seguían negándose a creer que la misma madre que parió a Abel
alimentó en sus entrañas al monstruo de su hermano.
“¿Sólo las mujeres griegas paren bestias?”,
gritando pulmón en garganta dejó oir el Asmoneo desde lo alto de las murallas
su voz. “Ahí tenéis la prueba de lo contrario. Aquí tenéis ochocientas”.
Nerón no fue
tan malo. Al menos el loco por excelencia crucificó a extranjeros. Estos
ochocientos eran todos paisanos de su verdugo, todos hermanos de sus invitados.
Esta era la
sorpresa. En lugar de juzgarlos o asesinar a sus enemigos sin que nadie pudiera
culparlo por sus muertes el Asmoneo los reunió como se reúne el ganado y los
condenó a morir en la cruz. Porque sí, porque él era el rey y el rey era Dios.
Y si no era Dios daba lo mismo, era el Diablo. Tanto monta, monta tanto.
El Monte
Gólgota estaba abarrotado de cruces. Cuando los invitados cogieron asientos en
sus sillones las ochocientas cruces estaban aún vacías. El espectáculo era
siniestro pero gratificante si todo se quedaba en una amenaza muda. Este
pensamiento positivo en mente comenzaron a meterle mano al vino.
Al cabo,
quien más quien menos entre que se había comido lo que no podía, bebido lo que
no está escrito y saciado a gusto su instinto de macho, el Asmoneo dio la
orden. A su orden desfilaron los ochocientos condenados.
Inmediatamente
comenzaron a colgarlos de los maderos. A cruz por cabeza. Si alguno de los
presentes sintió partírsele el alma ninguno se atrevió a soltar una lágrima. El
vino, las rameras, el placer de ver morir como bandido a quien hasta ayer paseó
su condición de príncipe del pueblo, todo junto hizo el resto.
“¿Qué se hace con las ratas que invaden
vuestro hogar? ¿Perdonáis a su prole maldita o la enviáis al infierno
también?”, en el éxtasis de la tragedia volvió a aullar el Asmoneo desde las
murallas de Jerusalén.
Lo que vino
a continuación no se lo esperó nadie. El Asmoneo era un saco de sorpresas.
Posiblemente tampoco tú, lector, te lo imaginarías si no te lo contara y te
retara a adivinarlo.
Creyeron
todos que con la crucifixión de los ochocientos fariseos la sed de venganza del
Asmoneo se saciaría.
Ya les daban
las espaldas a las víctimas en sus cruces cuando empezaron a circular
ochocientas familias, las ochocientas familias de los ochocientos desgraciados
expuestos a las estrellas de su destino. Mujeres, niños, familia por familia
fueron cogiendo sitio al pie de la cruz del cabeza de familia de cada casa.
Atónitos,
creyendo haber sido invitados a vivir una pesadilla infernal, los ojos de los
invitados al banquete del Nerón judío se abrieron de par en par. Paralizados de
horror comprendieron lo que iba a pasar. La última y más fresca encarnación del
Diablo iba a degollar cabeza y cuerpo al mismo tiempo. Si el hombre es el
cabeza de familia entonces su familia es el cuerpo, y ¿quién es el loco que
mata la cabeza y deja vivo un cuerpo lleno de odio para que se cobre venganza?
El ejército
de verdugos del Asmoneo sacó sus espadas a la espera de la orden del hombre que
convirtió Jerusalén en el trono del Diablo.
Ya se
hallaban todos los cuerpos a los pies de sus cabezas, sus mujeres con sus hijos
e hijas estaban temblando de horror y de desesperación estaban llorando la
suerte del padre cuando, creyendo que su destino era el llanto, el rayo de la
locura del rey los sacó de su ilusión.
Una vez más,
en el cenit de su demencia, el Asmoneo gritó emocionado: “Jerusalén,
recuérdame”. Acto seguido dio la orden satánica.
Degolláronlos
a todos, mujeres y niños, a los pies de las ochocientas cruces y sus
ochocientos cristos. Los verdugos sicarios del Asmoneo desenfundaron hachas y
espadas, alzaron los brazos y comenzaron su infernal y macabra tarea. Nadie
movió un dedo para impedir el crimen.
(Sobre este crimen poco más escribió el
historiador oficial de los judíos. Diciendo en su prólogo ser la verdad su
único interés, después de leer su relato uno se pregunta qué amor a la verdad
puede tener el diablo. Pero sigamos). Helados, creyendo vivir un sueño, los
invitados asistieron a la tercera parte del espectáculo infernal sin moverse
del sitio. Actores segundones en la gran representación del Asmoneo la paga les
tenía cegado el cerebro. La verdad es que no había que ser muy listo para
adivinar el resto. El Asmoneo ordenó entonces que les prendieran fuego a los
crucificados. Y que continuara la fiesta.
Y la fiesta
continuó bajo un diluvio de alcohol, carne y rameras.
Al otro día
Jerusalén entera corrió al Templo a encontrar consuelo en el Oráculo de Yavé.
El hombre de
Dios sólo dijo: “Decretada está la destrucción que traerá a esta nación la
ruina”.
|