Historia de Jesús

La Genealogia de Jesús segun San Lucas

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En medio de aquéllos días de horrores sangrientos la Naturaleza desafió al Infierno inundando de belleza la tierra. Fue de verdad una época de mujeres hermosas. Al servicio de su Señor la Naturaleza concibió una mujer de una belleza extraordinaria, y le dio un nombre. La llamó Isabel.

Era Isabel hija de una de las familias sacerdotales de la clase alta de Jerusalén. Sus padres pertenecían a una de las veinticuatro familias herederas de los 24 turnos del Templo. Clientes sus padres de la casa de los Simeones, la extraordinaria belleza de aquella muchacha le abrió las puertas del corazón de Simeón el Joven, con quien vino a criarse como si de una hermana se tratara.

Los padres de Isabel no podían ver más que con buenos ojos la relación que los muchachos se traían. Pensando en la posibilidad de un matrimonio futuro sus padres le concedieron a Isabel una libertad por regla general negada a las hijas de Aarón. ¿Había algo que más pudiera llenar de orgullo el corazón de aquéllos padres que su hija mayor llegara a ser la señora del heredero de una de las fortunas mas grandes de Jerusalén?

No era ya sólo una cuestión de riqueza, también estaba la protección que Herodes había extendido sobre los Simeones. La muerte de los miembros principales del Sanedrín tras su coronación dejó a los Simeones en una posición privilegiada. De hecho la de los Simeones fue la única fortuna que el rey no confiscó.

Si Isabel impusiera su belleza al joven Simeón, ¡Ufff!, más de lo que nunca hubieran podido sus padres soñar.

Esta posibilidad secreta en mente, que cada año parecía hacerse más real en razón de la inteligencia con la que la Sabiduría había enriquecido lo que la Naturaleza vistiera de tantas dotes, los padres de Isabel la dejaron cruzar aquella delgada frontera al otro lado de la cual la mujer hebrea quedaba libre para elegir esposo.

Lo normal en las castas judías era cerrar el contrato de bodas de las hembras aarónicas antes de llegar a esa peligrosa edad, alcanzada la cual por ley a la mujer no se la podía obligar a aceptar la autoridad paterna como si se tratase de la voluntad de Dios. Convencidos de la irresistible influencia de la belleza de Isabel sobre el joven Simeón sus padres corrieron el riesgo de dejarla cruzar esa frontera.

Ella la cruzó encantada, y él fue su cómplice.

Simeón le siguió el juego a aquella alma gemela que la vida le había dado. Educado él mismo para disfrutar de una libertad privilegiada, para cuando los padres de Isabel llegaran a darse cuenta de la verdad ya sería demasiado tarde. Isabel habría cruzado para ese entonces esa frontera y ya nada ni nadie en el mundo podría impedirle casarse con el hombre al que amaba más que a su vida, más que a las murallas de Jerusalén, más que a las estrellas del cielo infinito, más que a los propios ángeles.

El día que sus padres comprendieron quién era el elegido de Isabel ese día sus padres pusieron el grito en el cielo.

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El problema del hombre al que Isabel amaba de aquella forma tan superior a los intereses familiares era simple. Le había dado Isabel su corazón al joven más cabezón de toda Jerusalén. En realidad nadie apostaba nada por la vida del hijo de Abías. Se le había metido en la cabeza a Zacarías entrar en el Templo y expulsar a todos los vendedores de genealogías y traficantes de documentos de nacimiento al por mayor. Alucinados por lo que creían un ataque frontal a sus bolsillos fueron muchos los que se juraron acabar con su carrera al precio que fuese. Pero ni las amenazas ni las maldiciones lograron asustar a Zacarías.

En esto todos reconocían que el hijo era el replay de su padre. ¿No fue su padre el único hombre en todo el reino capaz de plantarse delante del Asmoneo en sus mejores días, cortarle el paso y profetizarle a la cara un volcán de desgracias? ¿Qué se podía esperar de su hijo, que fuera un cobarde?

De todos modos ¿por qué no dirigía Zacarías su cruzada hacia otra parte? ¿Por qué se le había metido en la cabeza centrar su cruzada contra el negocio floreciente de la compra venta de documentos genealógicos y registros falsos de nacimiento? ¿Qué daño le hacían a nadie emitiendo aquellos documentos?

Los interesados venían desde la propia Italia dispuestos a pagar cuanto le pidieran por un simple trozo de papiro firmado y sellado por el Templo. ¿A qué venía esa obcecación del hijo de Abías? ¿Por qué no se dedicaba a disfrutar de la vida como cualquier hijo de vecino? ¿Acaso se divertía cortándole el rollo a todo el mundo?

Bueno, pero antes de seguir entremos en la mente de Zacarías y en las circunstancias contra las que se alzó.

He dicho que Zacarías, hijo de Abías, y Simeón el Joven, hijo de Simeón el Babilonio, recogieron el testigo de la búsqueda del Heredero vivo de Salomón.

Dadas todas las circunstancias establecidas en los capítulos anteriores se comprende que el secreto fuera la condición sine qua non que había de conducirlos al extremo del hilo. Nadie debía saber cuál era la meta en mente. Conociendo el mar de peligros sobre cuyas olas navegaba, Zacarías no abría su mente a nadie en el mundo. Ni a la propia Isabel, la mujer con la que él era consciente que se casaría a pesar de la voluntad de sus futuros suegros.

Era natural que de todos los hombres de Jerusalén no hubiera otro que contara con más protección que el hijo de Abías.

Entremos ahora en las causas de aquella corrupción generalizada en cuyos brazos se lanzaron los funcionarios del Templo.

En agradecimiento a su salvación por la caballería judía -como he dicho antes- Julio César le concedió a la Judea privilegios fiscales y liberación para sus ciudadanos del servicio de las armas.

El César ignoraba la compleja extensión del mundo judío. Astutos como nadie, los judíos de todo su Imperio se aprovecharon de su ignorancia para beneficiarse de los privilegios concedidos a los ciudadanos de la Judea. Pero para beneficiarse de tales privilegios estaban obligados a presentar los pertinentes documentos.

Todo lo que debían hacer era ir a Jerusalén, pagar una suma de dinero y hacerse con los mismos.

¿Era para ponerse en el plan que se puso el hijo de Abías? ¿Acaso Zacarías no amaba a sus hermanos en Abraham? ¿Por qué se oponía? ¿Qué le iba a él en todo ello? Las arcas del Templo se estaban llenando. ¿No le interesaba a él, como sacerdote y judío de nacimiento, la prosperidad de su pueblo?

La enemistad creciente contra Zacarías procedía del hecho de su imparable ascensión, que en breve, de no cortarle el paso nadie, lo conduciría a la cúspide de la dirección de los Archivos Históricos y Genealógicos, de la cual dependía la expedición de los susodichos documentos.

Hombre, razones había para que el hijo de Abías hiciera la vista gorda y se aprovechara de la ocasión para enriquecerse, y de camino compartir con todos la prosperidad que el cielo les había regalado después de tantos males pasados, razones sí había.

Pero no, el hijo de Abías decía que él no se casaba con la corrupción. Tenía la cabeza dura como una piedra. Para colmo de males la protección con la que contaba no les dejaba a sus enemigos otra salida que intentar frenar su carrera por todos los medios.

Así que por mucho que adorase al hombre de su vida la propia Isabel se preguntaba a qué venía aquella cruzada de su amado. Si ella le sacaba el tema él se dedicaba a darle largas, miraba para otra parte, cambiaba de rollo y la dejaba con la palabra en la boca. ¿Es que no la quería?

Simeón el Joven se reía de aquellos dos amantes imposibles.

Risa que Isabel cogió y como que ella era hija de Aarón y tenía a la Naturaleza de su parte que su amigo del alma le iba a descubrir qué misterio se traían los dos entre manos.

Simeón el Joven le dio largas al principio. Lo último que quería era poner en peligro la vida de Isabel. Al final tuvo que abrirle el corazón y descubrirle la verdad.

¿Un judío de cualquier parte del Imperio que desease registrarse como ciudadano de la Judea a qué familia se emparentaría y en qué ciudad pediría ser registrado como nativo?

La respuesta era tan obvia que Isabel comprendió al instante.

 “En Belén de Judá y al rey David”.

Difícil que de por sí ya le era al Genealogo Mayor del Reino avanzar entre montañas de documentos, encima esta avalancha de hijos de David que de repente le estaban saliendo al legendario rey por todas partes.

 “Luego estáis buscando al heredero de Salomón”, le respondió Isabel a Simeón. “¡Qué bonito!”. Simeón se rió con ganas de su ocurrencia.

A Zacarías no le resultó tan gracioso que su socio le descubriera a Isabel la verdad. Hecho el daño había que tirar para adelante y confiar en la prudencia femenina. Confianza que Isabel jamás defraudó.

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El mismo Gran Espíritu que detiene el avance de los guerreros y les niega el paso a las metas por Él reservadas para los que les seguirán, ese mismo Dios es quien ordena los tiempos y mueve sobre el escenario a los actores para quien reservara la victoria que les negara a los que les abrieron camino.

Contra todos los malos presagios que les desearon sus enemigos Zacarías alcanzó la cúspide de la dirección de los Archivos del Templo. También se casó con la compañera para él elegida por el destino. Cuando hallaron que no podían tener hijos se oyó decir: “Castigo de Dios”, por haberse rebelado ella contra la voluntad de sus padres, pero ellos se consolaron amándose con toda la fuerza de la que el corazón humano es capaz.

A la pena de hallarse estériles se le sumó el fracaso de su búsqueda.

 

El Nacimiento de José

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Zacarías se pasó años revolviendo las montañas de documentos genealógicos, ordenando rollo por rollo histórico tras la pista que debía conducirle al último heredero vivo de la corona de Salomón. No se volvió loco porque su inteligencia era más fuerte que la desesperación que se apoderó de su mente, y, cómo no, porque el Gran Espíritu de su Dios le sonreía en los labios de su socio Simeón, que no perdía nunca la esperanza y siempre estaba ahí para levantarle la moral.

 “Tranquilo, hombre, ya verás tú como al final encontramos lo que andamos buscando donde menos nos lo esperemos, y cuando menos nos lo imaginemos, ya lo verás. No te partas la cabeza porque tu Dios te quiera abrir los ojos a su manera. Yo no creo que te vaya a dejar con las manos vacías. Es sólo que estamos mirando en la dirección incorrecta. La culpa es nuestra. ¿Tú crees que te ha elevado adonde te encuentras para dejarte con tu desolación en la cumbre? Descansa, disfruta de tu existencia, dejemos que El nos haga reir”.

Era extraordinario aquél Simeón. Pero en todos los sentidos. Cuando él se casó con la mujer de sus sueños también disfrutó del sueño de ser el hombre más feliz del mundo. Con aquella felicidad suya que se derramaba sobre todos los clientes de su Casa y lo convirtió en el banquero de los pobres, un buen día cuestiones de negocios lo llevaron a Belén.

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La clientela de los Simeones también extendía sus ramas por las poblaciones alrededor de Jerusalén. Entre las familias que tenían negocios con ellos figuraba el Clan de los carpinteros de Belén. Para la fecha la jefatura del Clan estaba en manos de Matat, padre de Helí. Maestros ebanistas, el Clan de los carpinteros de Belén tenía labrada su fama de profesionales de la madera desde nadie sabía cuando. Se comentaba incluso que el fundador del Clan puso una de las puertas de la ciudad santa en los días de Zorobabel. Simples rumores, claro. La cosa fue que la llegada de Simeón el Joven a Belén coincidió con el nacimiento del primogénito de Helí. Llamaron al recién nacido, José. Felicitaciones aparte, cerrado el negocio que le trajo a Belén, el abuelo del niño y nuestro Simeón entraron en conversaciones sobre los orígenes de la familia. El tema en curso quiso la propia conversación que Matat se explayara sobre el origen davídico de su casa.

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En Belén a nadie se le ocurrió nunca poner en duda la palabra del jefe del Clan de los carpinteros. Todo el mundo estaba, porque desde siempre se había creído en el pueblo, que el Clan pertenecía a la casa de David. Matat, el abuelo de José tampoco iba por ahí usando el documento genealógico de su familia como si se tratase de un látigo presto a caer sobre los incrédulos. No hubiera venido al caso. Sencillamente era así, había sido siempre así y no procedía otra cosa. Sus padres habían sido considerados hijos de David desde ya nadie se acordaba cuando, y él, Matat, estaba en todo su derecho de creer en la palabra de sus antepasados. Después de todo cada cual era libre para creerse hijo de quien mejor le conviniese. Pero claro, la investigación zacariana en punto muerto, la búsqueda del hijo de Salomón a nivel de archivos históricos anclada en un callejón sin salida, por fuerza el que una sencilla familia de carpinteros saltase al terreno de las realidades infalibles, por fuerza a nuestro Simeón, intimísimo amigo del Genealogo Mayor del Templo, tenía que resultarle si no graciosa al menos sí bastante simpática aquella seguridad absoluta del abuelo Matat. Más que nada fue el tono de certidumbre en el aliento del abuelo de José.

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Cuando sin pretender ofender al jefe del clan de los carpinteros de Belén Simeón el Joven puso en duda la legitimidad del origen davídico de su casa el abuelo Matat miró al joven Simeón con las cejas algo ofuscadas. Su primera reacción fue sentirse ofendido, y por sus barbas que de haber venido la duda de otro individuo por su honor que lo hubiera puesto al instante de patitas fuera de su casa. Pero en honor a la amistad que le unía a los Simeones, y porque de ninguna manera pretendió el Joven ofenderlo el abuelo Matat se privó de darle rienda suelta a su genio. También porque con los vientos que corrían, cuando bastaba pegarle una patada a una piedra para que le salieran hijos a David, la duda del muchacho le resultó comprensible.

Hombre de muy buen carácter, a pesar de esta manera de entrar en nuestro relato, no queriendo que en lo sucesivo entre su casa y la de los Simeones flotase duda de ninguna clase, el abuelo Matat cogió a nuestro Simeón del brazo y se lo llevó aparte. Con toda la confianza del mundo depositada en su verdad el hombre lo condujo a sus habitaciones privadas. Se dirigió a un arcón viejo como el invierno, lo abrió y sacó de su interior una especie de rollo de bronce envuelto en pieles rancias.

Ante los ojos de Simeón el abuelo Matat lo puso sobre la mesa. Y lo desenrolló despacito con el misterio de quien va a desnudar su alma.

Apenas vio el contenido envuelto en aquellas pieles rancias a Simeón las pupilas se le abrieron como ventanas al partir los primeros rayos primaverales. Se le escapó de los labios un mudo “Dios santo”, pero disimuló la sorpresa y escondió la emoción que le estaba recorriendo la espalda. Y es que pocas veces en su vida, aún siendo el íntimo del Genealogo Mayor del Reino, y a pesar de lo habituado que estaba a ver documentos antiguos, algunos tan antiguos como las murallas de Jerusalén, pocas veces habían visto sus ojos una joya tan hermosa como importante.

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Tenía aquél rollo genealógico la antigüedad a flor de piel. Los sellos en su metal eran dos estrellas brillando en un firmamento de cuero tan seco como la montaña donde Moisés recibió las Tablas. Los caracteres de su escritura desprendían fragancias exóticas paridas sobre el campo de batalla donde alzara David la que sería la espada de los reyes de Judá. El abuelo Matat desplegó el rollo genealógico de su clan en toda su extensión mágica y dejó leer al Joven la lista de los antepasados de José, su nieto recién nacido. Decía:

 “Helí, hijo de Matat. Matat, hijo de Leví. Leví, hijo de Melqui. Melqui, hijo de Jannai. Jannai, hijo de José. José, hijo de Matatías. Matatías, hijo de Amós. Amós, hijo de Nahum. Nahum, hijo de Esli. Esli, hijo de Naggai. Naggai, hijo de Maat. Maat, hijo de Matatías. Matatías, hijo de Semeín. Semeín, hijo de Josec. Josec, hijo de Jodda. Jodda, hijo de Joanam. Joanam, hijo de Resa. Resa, hijo de Zorobabel”.

Mientras lo estuvo leyendo Simeón el Joven no se atrevió a levantar los ojos. Una energía fulgurante le estaba recorriendo fibra por fibra la médula. En su interior quería pegar botes de alegría, su alma se sentía como la del Héroe después de la victoria saltando desnudo por las calles de Jerusalén. De haber estado allí con él Zacarías, a su lado, por Dios que hubieran bailado la danza de los valientes alrededor del fuego de la victoria.

Claro que sí, por supuesto que Siméon el Joven había visto un documento igual a ése, variando los nombres, pero de la misma antigüedad, guardando en sus secretos los caracteres hebreos más antiguos, escritos por los hombres que vivieron en la Babilonia de Nabucodonosor. Lo había visto en su propia casa. Su propio padre lo heredó del suyo y se lo trajo a Jerusalén para depositar una copia en los Archivos del Templo. Sí, lo había visto en su propia casa, era la joya de la familia de los Simeones. ¿Cuántas familias en todo Israel podían poner sobre la mesa un documento de esa naturaleza? La respuesta la conocía Simeón desde niño: únicamente las familias que regresaron con Zorobabel de Babilonia podían hacerlo, y todas las que podían hacerlo se encontraban en el Sanedrín.

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¡Dios santo!, lo que hubiera dado nuestro Simeón por haber tenido en aquél momento a su lado a su Zacarías. La Luna y las estrellas no valían a sus ojos lo que aquél rollo de bronce babilónico abrazado a aquél pergamino de cuero de vaca del Edén. Aquél documento tenía más valor que mil tomos de teología. ¡Qué no hubiera dado él por haber tenido la oportunidad de haber oído de los labios de Zacarías la lectura del resto de la Lista¡ Decía:

 “Zorobabel, hijo de Salatiel. Salatiel, hijo de Neri; Neri, hijo de Melqui: Melqui, hijo de Addi; Addi, hijo de Cosam; Cosam, hijo de Elmadam: Elmadam, hijo de Er; Er, hijo de Jesús; Jesús, hijo de Eliezer; Eliezer, hijo de Jori; Jori, hijo de Matat; Matat, hijo de Leví; Leví, hijo de Simeón; Simeón, hijo de Judá; Judá, hijo de José; José, hijo de Eliaquim; Eliaquim, hijo de Melea; Melea, hijo de Menna; Menna, hijo de Mattata; Mattata, hijo de Natam. Natam…hijo de David”.