Historia de Jesús
El Alfa y la Omega
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Contra el horizonte alza su
boca el océano devorando cielo. Los vientos crujen, los tiburones hunden sus
caminos en las profundidades oscuras huyendo de las zarzas de fuego que en
forma de látigos de agua azotan los brazos fuertes que prefirieron morir
luchando a vivir muriendo.
¿Qué fuerza desconocida desde
los remotos altares del universo rocía con su néctar de valentía risueña los
ojos de los hombres que se descalzan y andan a alma desnuda sobre sendero de
espinos buscando calentar sus huesos al fuego que nunca se consume?
¿Qué energía endurece los
huesos de la alondra de las distancias entre los dos polos del imán recorriendo
las estaciones cortas de su vida efímera?
¿Por qué la tierra sufrida,
machacada, agotada y quemada de sus lodos primordiales pare espíritus nacidos
para darle la espalda a la playa de los cocoteros y adentrarse solitarios en
las profundidades de los bosques negros? ¿Qué misterio se esconde en el alma
humana, que tantos buscan y tan pocos alcanzan? ¿En qué cuna amamantó el
firmamento de los cielos el pecho que le muestra a la flecha la hendidura que
le servirá de carcajaj entre sus costillas?
¿No son los placeres de la
vida ondas de nata y chocolate sobre cuyos labios pétalos fragantes depositan
sus besos? Se sienta el rey de la selva en la llanura a admirar el baile de su
reina en el valle de las gacelas. El cóndor indomable pasea su nave de plumas
sobre cimas que cortan el cielo como espadas de héroes las filas del enemigo.
El delfín de los océanos se deja llevar por las corrientes cálidas soñando
encontrarse por los caminos de la mar carabelas de colones ebrios de sueños.
¿Por qué al hombre le correspondió por suerte el batir de las ambiciones, el
choque de los intereses, el crujido de las pasiones?
¿Qué haremos con esa parte de
la naturaleza de nuestro Género? ¿Le cantaremos una nana antes del réquiem?
¿Desterraremos de nuestro futuro el nacimiento de nuevos héroes? ¿Haremos con
los hijos del futuro lo que otros hicieron, darle por libertad una tumba? ¿O
los encerraremos dentro de una jaula para que píen tristones como esos
pajarillos tontos que se mueren si les roban la libertad?
Todo hombre tiene ante sí una
vida de peligros y otra de comodidades en el olvido de la suerte de los demás.
Todo tiempo ha tenido sus abogados del diablo y sus fiscales de Cristo. Lo
único que sabemos es que cuando se empieza el camino ya no hay marcha atrás.
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El correo que de la Nueva
Babilonia le trajo la respuesta a la Saga de los Precursores se llamaba Hilel.
Era Hilel un joven doctor de la Ley de puño y letra de la escuela de los Magos
de Oriente. Al igual que en su día lo hiciera Simeón el Babilonio, Hilel hizo
su entrada en Jerusalén trayendo el Diezmo en una mano, y en la otra una
sabiduría secreta sólo apta para esa clase de hombres que la tierra pare aunque
sus congéneres los condenen.
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También la tierra llora, y
también sus hijos aprenden. De siempre se ha dicho que sabe el hombre más del
infierno porque ha vivido entre sus llamas desde que fue expulsado del paraíso,
que el propio diablo y sus ángeles rebeldes porque siendo su futuro nuestra
suerte tales hijos malditos aún no han probado el amargo sabor de los fuegos
del terrible averno que les espera a la vuelta de la esquina.
Los sabios helenos se creyeron
superiores a los hebreos por su capacidad para penetrar en el misterio de todas
las cosas. Obligado preguntarse entonces, ¿sabe más el que tropieza en la
piedra de los burros que quien nunca cayó? O sea, que estamos todos condenados
a aprender tropezando como los burros dos veces. Y por consiguiente debemos
condenar por sistema a todo el que aprendió la lección sin necesidad de morder
el polvo por donde se retuerce la Serpiente.
En aquéllos días de dragones y
bestias, de alacranes y escorpiones, dos caminos se abrían ante los hombres. Si
se elegía el primer camino: olvidarse de mirar a las estrellas y dedicarse a
sus labores, la existencia no exigía más discurso que el vive y deja vivir, que
el tirano aplaste y el poderoso hunda, es su destino, y el del débil ser
aplastado y hundido.
Si se elegía el segundo camino
toda sabiduría era poca y toda precaución insuficiente. Zacarías y sus hombres
habían elegido este último camino. También Hilel, el joven doctor de la Ley que
les enviaran los Magos de Oriente desde la Nueva Babilonia con la respuesta a
su pregunta.
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Hilel no sólo les trajo los
nombres de los dos hijos de Zorobabel que le acompañaron desde la Vieja
Babilonia a la Patria Perdida. A solas con la Saga de los Precursores les contó
lo que nunca habían oído, les dio a conocer una doctrina cuya existencia ni en
sus más remotos sueños hubieran podido imaginar.
Que Zorobabel fue el heredero
de la corona de Judá, y en su calidad de príncipe de su pueblo lideró la
caravana del regreso de la Cautividad es un clásico de la Historia Sagrada.
Partiendo de este dado archiconocido, presuponiendo Zacarías y su Saga que al
hijo mayor de Zorobabel le correspondió la primogenitura de los reyes de Judá,
Zacarías se abrió camino por las cordilleras genealógicas de su nación. Al
cabo la imposibilidad de superar aquéllas cordilleras de interminables archivos
lo condujo a mirar al otro lado del Jordán. Y de la que un día fuera la tierra
del paraíso terrenal le vino la respuesta en los labios del doctor de la Ley
protagonista del siguiente discurso.
“Heme aquí con los dos hijos que me dio el
Señor”, empezó Hilel el mensaje que traía del actual Jefe de los Magos de
Oriente, un hombre llamado Ananel.
“Muchas veces hemos leído todos los presentes
estas palabras del profeta. No fueron dos sin embargo los hijos que tuvo David.
Tuvo muchos. Pero sólo a dos, como atestiguan sus palabras, incluyó en su
herencia mesiánica. Hablamos de Salomón y Natán. El primero fue sabio, el
segundo fue profeta. Entre ellos dos dividió David su legado mesiánico.
Al hacerlo David apartó de su
heredero a la corona la idea de ser él el hijo del Hombre, el Niño que le
nacería a Eva para aplastarle a la Serpiente la cabeza. En otras palabras,
Salomón no debía dejarse influenciar por el grito de su Corte clamando por el
reino universal; pues él no era el rey Mesías de las visiones de su padre
David.
Digno hijo de su padre, el rey
sabio por excelencia siguió al pie de la letra el Plan Divino. También su
hermano Natán. Este, desde el día después de la coronación de su
hermano se retiró de la Corte y se fundió con el pueblo dejando tras de sí la
estela que nunca se olvida ni jamás se alcanza”.
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“La casa de Salomón y la casa de Natán se
separaron. A su hora, cuando en su omnisciencia Dios lo determinase, estas dos
casas mesiánicas se volverían a encontrar, se unirían en una sola casa y el
fruto de este matrimonio sería el Alfa. Cuando tal acontecimiento tuvo lugar
sus padres le pusieron un nombre; lo llamaron Zorobabel. Este nacimiento se cumplió
cinco siglos después, aproximadamente, de la muerte del rey David.
Zorobabel, hijo de David,
heredero de la corona de Judá, se casó y tuvo hijos e hijas. De entre sus hijos
eligió a dos de ellos para repetir la operación que realizara su legendario padre,
y entre ellos dividió su legado mesiánico. Los nombres de sus dos herederos
fueron Abiud y Resa.
Amantes de su padre, temerosos
de su Dios, los príncipes Abiud y Resa acompañaron a su padre de la Babilonia
de Ciro el Grande a la Patria Perdida. Empuñaron la espada contra quienes
intentaron por todos los medios impedir la reconstrucción de Jerusalén, y tras
la muerte de su padre se separaron.
Cada uno de ellos heredó de su
padre Zorobabel un rollo genealógico escrito del puño y letra del propio David.
El rollo salomónico comienza su Lista desde Abraham. El rollo natámico abre su
Lista desde el propio Adán.
Si sobre la Lista Real de Judá
nadie ignora la sucesión desde David a Zorobabel, otra cosa sucede con la Lista
Natámica. Su sucesión es ésta: Natán, Mattata, Menna, Melea, Eliaquim, Jonam,
José, Judá, Simeón, Leví, Matat, Jorim, Eliezer, Jesús, Er, Elmadam, Cosam,
Addi, Melqui, Neri, Salatiel.
Cualquiera que se diga hijo de
Resa debe presentar esta Lista. En caso contrario su candidatura a la sucesión
mesiánica debe ser rechazada".
Pero recapitulemos.
La Hija de Salomón
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Cinco siglos después de la
muerte de David las dos casas mesiánicas se dieron encuentro en la Babilonia de
Nabucodonosor II. En la Corte de los Jardines Colgantes vino al mundo Salatiel,
príncipe de Judá. Salatiel se unió a la heredera de la casa de Natán, y
tuvieron a Zorobabel.
Ya todos los judíos se felicitaban
porque había nacido el hijo de las Escrituras cuando suscitó Dios el espíritu
de profecía en Daniel. Con la autoridad del Jefe de los Magos de Nabucodonosor,
Daniel acalló aquél clamor mesiánico anunciándoles a todos los judíos la
voluntad divina. A saber, Dios le había entregado el imperio a Ciro, príncipe
de los persas.
Lo que Daniel hizo y dijo está
escrito. No seré yo quien les diga a expertos sabios en Historia Sagrada el
número de los portentos entre cuyos halos Daniel envolvió el trono de los
Caldeos, quitándole la corona al heredero para entregársela al elegido de su
Dios.
El precio que Ciro pagó por la
corona habla con pruebas indiscutibles sobre la naturaleza de la participación
del profeta Daniel en los acontecimientos que condujeron al traspaso del
imperio de Babilonia a Susa. Pero la preocupación que aquí nos reúne tiene que
ver con la suerte del Alfa.
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Adoctrinado por Daniel el
joven Zorobabel repitió en sus carnes lo que su padre David hizo con la suya.
Tomó a los dos hijos que le suscitó Dios y dividió entre ellos su legado
mesiánico. Al mayor, Abiud, le entregó la lista genealógica de Salomón rey. Al
menor, Resa, le entregó la del profeta Natán. Y luego los separó para que el
Alfa siguiera sus caminos y creciera hasta transformarse en la Omega.
Ya tenemos al portador del
rollo profético -continuó su relato Hilel-, el legítimo heredero del profeta
Natán, hijo de David. Su salida a superficie es manifestación carnal de lo
cerca que estamos de la hora en que el otro brazo de la Omega rompa y venga a
luz. La palabra de esperanza que desde el Oriente portan mis labios está en
vuestros corazones: Dios está con vosotros. El Señor que os ha conducido a la
casa de Resa os allanará el camino a la de su hermano Abiud. En su Omnisciencia
nos ha reunido a todos para ser testigos del Nacimiento del Alfa y la Omega, el
hijo de Eva, el heredero del Cetro de Judá, el Salvador en cuyo nombre serán
bendecidas todas las familias de la Tierra”.
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El descubrimiento de la
doctrina del Alfa y la Omega maravilló a Zacarías y su Saga. Posiblemente
también os estará maravillando a todos los que estáis leyendo estas páginas.
Las dos Genealogías de Jesús han estado delante de los ojos de todos desde que
fueron escritos los Evangelios. Muchos han sido los quebraderos de cabeza que
estas dos Listas les ha supuesto a los exegetas y demás expertos en
interpretación de las sagradas escrituras. No pretendo en un día tan hermoso
levantar mi victoria sobre la memoria de quienes intentaron transformar esas
Listas en una especie de talón contra el que lanzar la flecha que mató a
Aquiles. ¿Si Dios es el que cierra la puerta quién la abrirá contra su
voluntad? Sólo Él sabe por qué hace lo que hace y nadie entra en sus razones
sino aquél a quien Él engendró en su pensamiento. ¿O cree alguien que contra su
voluntad puede alguien arrancarle la victoria que a tantos se le negara? ¿No es
verdad que tenía Noé en su Arca águilas poderosas capaces de batir vientos y
derramar sobre los horizontes lejanos su mirada? Y halcones veloces como
estrellas fugaces nacidos para desafiar tormentas. Y sin embargo fue la más
frágil de todas las aves la que desafió a la Muerte.
Pero volvamos a nuestro
relato.
El haber hallado al hijo de
Resa, hijo de Zorobabel, hijo de Natán, hijo de David, elevó la moral de
Zacarías y sus hombres a alturas fantásticas.
Ya tenían al portador del
rollo natámico. Era un niño recién nacido que acababa de venir al mundo en
Belén. Sus padres lo habían llamado José.
Según esto, el hijo de Natán
en pañales, la búsqueda del hijo de Salomón se convertía en la búsqueda de la
Hija de Salomón. Mujer que lo mismo hubiera podido haber nacido ya como aún no.
Imaginando que la encontraban y poniéndose en el mejor de los casos que
lograran de sus padres el acercamiento de su familia a la de su hermano Resa y
en consecuencia la unión de sus herederos, Zacarías y Simeón el Joven estaban
ante el Nacimiento del Hijo de David, hijo de Abraham, hijo de Adán. En el
fruto de ese matrimonio entre el hijo de Natán y la Hija de Salomón el Alfa y
la Omega se encarnaría en el Niño que les naciera.
No podían más que felicitarse
y poner manos a la obra.
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Pero seguía habiendo un
problema. Si tal cual se había demostrado con la casa del Hijo de Natán los
padres de la Hija de Salomón pertenecían a las clases humildes del reino ¿cómo
darían con ella?
La respuesta una vez más
tendrían que buscarla en los Archivos de la Nueva Babilonia. En algún sitio
debajo de la montaña de documentos de la Gran Sinagoga de Oriente debía
hallarse la pista que los conduciría a la Hija de Salomón. De las dos agujas en
el pajar ya dieron con una, ahora había que ir a por la otra.
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Zacarías y sus hombres no
tardaron en enviar a la Nueva Babilonia correo con la pregunta siguiente:
¿Dónde se instaló en Tierra Santa, Abiud, el hijo mayor de Zorobabel?
Por fuerza entre aquella
montaña de pergaminos de la Gran Sinagoga de Oriente tenía que hallarse algún
documento firmado de puño y letra por Abiud.
Era de creer, estaban seguros
que, siguiendo la doctrina mesiánica, los dos hermanos se separaron y
depositaron el futuro de su encuentro a los pies de Dios.
Constante en aquéllos días la
comunicación entre los que dejaron Babilonia y los que se quedaron, buscando
encontrarían una carta sellada por Abiud, tenía que haber algún documento
personal de su puño y letra que les descubriese hacia qué parte de Israel se
dirigió y dónde se instaló el hijo mayor de Zorobabel.
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La fe mueve montañas, unas
veces de piedra y otras de papel. En este caso fue de papel.
Al año siguiente la respuesta
fue traída a Jerusalén por el jefe de los Magos de Oriente en persona. Ananel
vino con el Diezmo. Presentó sus credenciales ante el rey y el Sanedrín.
Finalizados los protocolos celebró reunión secreta con Zacarías y su Saga. Fue
breve.
“En efecto, Abiud y Resa se separaron. Resa se
instaló en Belén y sus descendientes no se movieron del sitio. Su hermano
Abiud, por el contrario, tiró hacia el norte, cruzó la Samaria y llegó al
corazón de la Galilea de los Gentiles. Siguiendo la política de asentamiento
pacífico mediante la compra de las tierras a sus propietarios, Abiud compró
todas las tierras que abarcó con sus ojos desde una colina que llamaban
Nazaret”.
Ananel repitió este nombre,
“Nazaret”, con el acento de quien sabe que sus oyentes están bebiendo sus
palabras. ¡Nazaret!, repitieron Zacarías y Simeón.
“Galilea de los Gentiles, una luz se alzó
entre tus tinieblas”, susurraron los dos hombres al unísono.
Conociendo cómo marchaban las
cosas Ananel podía asegurarles sin ningún género de dudas que la Casa de Abiud
seguía en pie. La cuestión que debían resolver ahora era cómo acercarse a la
Hija de Salomón sin despertar sospechas en la corte del tirano.
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