Historia de Jesús
El nacimiento de la hija de Salomón
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Sobre la línea del horizonte
Jacob de Nazaret escribía palabras de poeta: Ay mujer, ¿qué haré si nadie me
enseñó las leyes y los principios de la ciencia del engaño? ¿Por qué no me
quieres inocente? Si me duele la costilla y de la herida brotas tú como un
sueño ¿qué quieres que haga?
Jacob tenía el alma de un
poeta perdido en una galaxia de versos de Sarón, aquel Lirio de los valles
canta que canta a una sabiduría esquiva y dolida por los amores de su rey.
Matán, su padre, se casó con María, tuvieron hijos e hijas. Jacob era su hijo
mayor.
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En aquéllos días de
insurrecciones contra el Imperio del Oeste y de invasiones del Imperio del
Este, la Galilea sometida al saqueo y al pillaje, campo de batalla de todas las
ambiciones de las demás gentes, Jacob de Nazaret se convirtió en el brazo derecho
de su padre. El muchacho, a pesar de no ser tan muchacho, yo diría más bien que
era todo un hombre ya, no se había casado aún. No porque se le hubiera pasado
el tiempo sacrificando su juventud a la prosperidad de sus hermanos y hermanas.
En el pueblo se decía eso. Yo no diría tanto. Él tampoco lo diría. ¡Qué poco le
conocían! No tomó mujer porque soñaba con ese amor extraordinario y paradisíaco
de los poetas. ¿Realizaría su sueño en aquél mundo de metal y piedra?
Tal vez sí, tal vez no.
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La verdad es que Jacob de
Nazaret tenía la madera del Adán que conquistó a Eva al precio de dejarse
arrancar una costilla. Para Jacob el primer poeta del mundo fue Adán. Jacob se
imaginaba al Primer Patriarca desnudo entre las fieras del Edén. Lo mismo
echándole una carrera a la pantera que interponiéndose entre tigre y león
durante una disputa por la corona de su amistad. Para Jacob que cuando Adán iba
a bañarse al río los grandes lagartos del Edén se salían de las aguas. Y si
veía a las aves del Paraíso posarse sobre el Árbol Prohibido de una pedrada las
espantaba para que vivieran y no murieran. Luego, al caer la noche, se tumbaba
panza arriba soñando a Eva. La veía corriendo a su lado con sus cabelleras
largas como manto de estrellas, desnudos al sol de la primavera perenne del
Edén. Al despertar le dolía a Jacob la costilla de la soledad.
Lo mismo que aquel Adán del
Edén, Jacob de Nazaret se sentaba contra el tronco de uno de los árboles de la
explanada del Cigüeñal a soñar con ella, su Eva. Una de aquéllas tardes de
ensoñaciones poéticas apareció por el camino del Sur un doctor de la Ley que
decía llamarse Cleofás.
Cleofás de Jerusalén
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Este Cleofás fue el marido que
los padres de Isabel le buscaron a su hija pequeña. Escarmentados los padres de
Isabel por la desilusión que sufrieron al casarse su hija mayor con Zacarías,
le buscaron marido a su hermana pequeña no fuera también ella a seguir los
pasos de su hermana grande. Lo último que querían para su hija pequeña era otro
elemento de la clase de Zacarías, así que la casaron con un joven doctor de la
Ley que prometía mucho, inteligente, de buena familia, un muchacho clásico, la
mujer en su casa, el hombre a las cosas de los hombres, el yerno perfecto. A
Isabel la elección de Cleofás por marido para su hermana pequeña le sentó muy
mal, pero en esto ella ya no podía meter baza.
A Cleofás su boda con la
hermana de Isabel -creyó él- le abriría las puertas al círculo de influencia
más poderoso de Jerusalén. Cleofás no tardó en descubrir cuál era la opinión de
su cuñado Zacarías sobre eso de abrirle las puertas a su círculo de Poder. Por
amor a su hermana, Isabel sí le allanó el camino, mas en lo que dependió del
propio Zacarías cantó otro gallo. Lo cual era lógico teniendo en cuenta lo que se
estaban jugando.
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Pues bien, Cleofás tuvo de su
mujer una niña, a la que llamó Ana. Pequeña de cuerpo, hermosísima de cara,
Isabel extendió sobre su sobrina todo el cariño que no pudo volcar sobre la
hija que nunca tendría. Cariño que fue creciendo con la niña y se convirtió en
una influencia cada vez más poderosa sobre la personalidad de Ana.
Cleofás, el interesado en
cuestión, no podía ver con buenos ojos una influencia tan poderosa sobre su
hija de parte de su cuñada. Su problema era que le debía tanto a Isabel que por
fuerza tenía que tragarse sus quejas hacia la educación que le estaba dando la
tita a “su sobrina” del alma. No porque los mimos la estuvieran privando de la
educación debida a una hija de Aarón; en este capítulo la educación religiosa
de Ana no tenía nada que envidiarle a la de la propia hija del sumo sacerdote.
Al contrario, si de envidia se habla era su hija la que más envidia se ganaba.
Hija de un doctor de la Ley, Ana creció entre salmos y
profecías, recibiendo la educación religiosa más acorde a una descendiente viva
del hermano del gran Moisés.
El romanticismo que a su hija
le estaba inculcando su cuñada era lo que sacaba de sus casillas a Cleofás.
Cuando se hizo una mujercita a la muchacha no se le podía hablar de casamiento por
interés. Ningún partido que le buscara su padre le entraba por el ojo. Ningún
pretendiente le parecía bueno. Ana, como su tita, sólo se casaría por amor con
el hombre que el Señor le eligiera. Y se lo confesaba la niña a su padre con
una inocencia tan descarada que al hombre le ponía la sangre hirviendo.
Ya estaba Ana en la edad de
las casaderas cuando Zacarías llamó en privado a Cleofás y le ordenó que se
preparara para partir hacia la Galilea para reconstruir la
sinagoga de Nazaret.
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Ignorante de la Doctrina del
Alfa y la Omega, Cleofás tomó la elección por una maniobra de su cuñada Isabel.
Para él que su elección era cosa de su cuñada, quien así se quitaba de en medio
al padre de “su niña” y le impedía cerrar tratos de boda.
Las protestas no le valieron
de nada a Cleofás. La decisión de Zacarías era firme. La misión que el Templo
le encomendaba tenía prioridad. Debía abandonar Jerusalén en el plazo de ya y
presentarse en Nazaret cuanto antes.
Antes de enviarle a Nazaret
hizo Zacarías sus investigaciones preliminares. Supo que Nazaret tenía por
alcalde a un tal Matán. Este Matán era el propietario de la Casa Grande, que
llamaban el Cigüeñal. Su informador le comunicó lo que estaba esperando oir. El
tal Matán, según se decía en el pueblo, era de origen davídico. Ahora bien, si
de palabra o de hecho nadie se lo había jurado.
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Con la mosca detrás de la
oreja Cleofás emprendió el camino de Nazaret. El hombre no había estado nunca
en Nazaret. Había oído hablar de Nazaret, pero no recordaba qué. Deduciendo, de
lo que había oído lo que le esperaba, en su imaginación ya se veía Cleofás
desterrado de Jerusalén a una aldea de paletos ignorantes y, probablemente,
desarrapados.
Por el camino Cleofás podía
apostarse lo que fuera a que la dirección ante cuyo dueño debía presentar
credenciales sería la de un morador de choza, en poco o en nada diferente de
una de las cuevas del mar Muerto. Más vueltas le daba al tema más se le ponían
los pelos de punta. Aún no entendía porqué él.
¿Por qué su cuñado Zacarías no
le dio la misión a cualquier otro doctor de la Ley? ¿A qué estaba jugando su
cuñado? Jamás le confió misión alguna y para una vez que lo metía en sus planes
lo enviaba al fin del mundo. ¿Qué error había cometido él para merecerse
semejante destierro?, se quejaba solo el hombre.
¿De verdad de verdad no estaba
detrás de este movimiento su cuñada Isabel? Él se respondía que sí. Lo que
Isabel pretendía era alejar al padre de la escena y ganarle tiempo a su sobrina
Ana. Vamos, hasta podía poner la mano en el fuego. Cuando menos se lo esperase
Ana habría cruzado la línea que en su día cruzara la propia Isabel y ya nadie
podría obligarla a casarse con el partido que él le buscase.
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Cleofás hizo todo el camino
dándole vueltas a la cabeza. La verdad era que su cuñado Zacarías no era hombre
del que se esperara el comportamiento de un pelele. Como tampoco Zacarías
hablaba más de lo cuenta, lo justo y cortito, descubrir a qué obedecía su
decisión de enviarle a Nazaret a reedificar una sinagoga que cualquier
doctorucho hubiera podido poner en pie sin la ayuda de nadie, entender el por
qué más que difícil le resultaba imposible. Mejor creer que todo obedecía a la
voluntad de Isabel.
Atrapado en sus visiones
dramáticas sobre el destino que le aguardaba estaba cuando dobló la última
curva del camino. Al otro lado estaba Nazaret. ¡Qué sorpresa fue la suya al
levantar los ojos y encontrarse con aquella especie de fortaleza cortijo en
pleno ombligo de la colina!
Ufff, respiró largo y
aliviado. La contemplación del Cigüeñal le animó el corazón. Al menos no iba a
pasar los próximos tiempos entre cavernícolas.
Aliviado, Cleofás dirigió sus
pasos hacia el Cigüeñal, la Casa Grande del pueblo. Salió a recibirle el abuelo
Matán, el propietario de aquel caserón de arquitectura tan inusual para la
época.
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Era el abuelo Matán un hombre
fuerte para sus años, un hombre de campo, currado pero capaz todavía de
aparejar los asnos y echarle una mano a su hijo mayor. Su mujer, María, había
muerto; vivía con su primogénito, un tal Jacob, en ese momento en el campo.
Cleofás le presentó al dueño
del Cigüeñal sus credenciales. Le expuso al abuelo Matán en pocas palabras la
naturaleza de la misión que le traía a Nazaret.
El abuelo Matán le sonrió con
toda franqueza, bendijo al Señor por haber escuchado las oraciones de sus
paisanos, le mostró al enviado del Templo la habitación que ocuparía mientras
la necesitase y enseguida convocó a todos los vecinos en casa para recibirle
como Cleofás se merecía.
Ya más calmado Cleofás se
alegró de poder servir a los nazarenos. La disposición rápida y contenta que le
mostraron los aldeanos acabó por desterrar de su alma aquéllos malos presagios
que le acompañaron Samaria arriba.
La tarde de ese día fue la
primera vez en su vida que se encontró cara a cara con Jacob, el hijo de su
anfitrión.
Jacob de Nazaret
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La primera vez que Cleofás vio
a Jacob se llevó una sorpresa.
Jacob era un hombre joven. Lo
más característico del hijo de Matán era su sonrisa siempre a flor de piel. A
veces el natural alegre de Jacob confundía a quien no lo conocía. De alguien
que llevaba solo la propiedad de su padre todo el mundo se esperaba un hombre
serio, mandón, cortante incluso. También Cleofás, sin saber por qué ni cómo,
pensando en el hijo de Matán también él se hizo esa idea sobre cómo sería
Jacob. Cuando lo vio por primera vez se llevó una sorpresa bastante grata. La
idea preconcebida que se había hecho durante todo ese día sobre el heredero del
Cigüeñal se derrumbó en cachos nada más ponerle Jacob el ojo encima.
El punto que ya no le hizo
tanta gracia -al Doctor de la Ley que Cleofás era- fue la soltería del hijo de
Matán. Cualquier otro hombre a su edad ya sería padre.
Ante el comentario Jacob se
rió con ganas. Pero en fin, Cleofás no había venido a Nazaret a hacer de
Celestina. Si el muchacho era raro eso era asunto de su padre.
En buena parte Jacob le
recordaba a su hija Ana. Como ella o se casaba por amor o nada.
Por lo demás, insisto, la
impresión que Cleofás tuvo de Jacob fue excelente. En cuanto al punto de la
ascendencia davídica de los dueños del Cigüeñal, si hijo de David de palabra o
de hecho ¿qué le iba a él en ello de todos modos? ¿Había sido enviado a Nazaret
a investigar la falsedad o la veracidad de la ascendencia davídica de Matán y
su hijo? Por supuesto que no.
Total, la reconstrucción de la
sinagoga de Nazaret empezó su andadura. No se trataba solamente de reconstruir
muros. Una vez el edificio acabado y adornado por dentro y por fuera había que
poner en funcionamiento el culto. Su misión era ésa, dejar la sinagoga en
funcionamiento para la llegada del doctor de la Ley al que él le entregaría las
llaves de la sinagoga al término de su mandato.
Esta obligación no le privaba
de las vacaciones debidas.
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No lo sabía Cleofás, pero en
Jerusalén había quien se moría por verle regresar. De haberlo sabido tal vez
otro gallo hubiera cantado y la historia que sigue no hubiera sido vivida
nunca. Afortunadamente la Sabiduría juega con el orgullo humano y lo vence
sirviéndose de la ignorancia de los sabios para a la vista de todos glorificar
la omnisciencia divina.
Y llegó la Pascua. Como todos
los años que la paz lo permitía el abuelo Matán y su hijo Jacob bajaban a
Jerusalén a hacer las ofrendas por las purificaciones de sus pecados, rendir el
diezmo al Templo y festejar la mayor de las fiestas nacionales.
La Pascua judía conmemoraba la
noche aquélla en que mientras el ángel mataba a todos los primogénitos de los
egipcios los hebreos en sus casas comían un cordero, cena que repetirían en
memoria perpetua de la salvación de Dios durante todos los años de su vida.
El abuelo Matán recordaba
haber asistido a Jerusalén para la fecha desde que tenía uso de razón. O sea,
aunque Cleofás no hubiera estado en Nazaret él y su hijo habrían bajado a
Jerusalén. Pero ya que tanto Cleofás como Matán iban a hacerlo era justo que lo
hiciesen juntos.
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Al llegar a Jerusalén Cleofás
se negó en rotundo a aceptar la idea de Matán. Nada, que al hombre se le había
metido en la cabeza pasar la fiesta en una tienda de campaña, a las afueras de
Jerusalén, como todo el mundo. Era la costumbre. Para las fechas Jerusalén
parecía una ciudad asediada, rodeada de tiendas de campaña por todas partes.
Cleofás se cerró en banda.
Bajo ningún concepto estaba dispuesto a permitir que su anfitrión pasara la
fiesta al raso teniendo él en la ciudad santa una casa en la que cabía el
pueblo de Nazaret entero.
La excusa que le dieron Matán
y su hijo -“si lo trataban tal cual en Nazaret no era por interés, lo que
hacían lo hacían de corazón, sin esperar nada a cambio”-excusa tan inocente no
les sirvió de nada. A Cleofás la única palabra que le valía era el sí.
“¿Vas a maldecir mi casa a los ojos del Señor
por tu orgullo, Matán?”, enojado con la negativa a aceptar su invitación le
soltó Cleofás. Matán se rió y dio su brazo a torcer.
Ignoraba Cleofás, como ya he
dicho antes, el nerviosismo con el que esperaban a Matán y su hijo en
Jerusalén. E ignoraba Cleofás, con aún más razón porque era cosa de Dios, que
al invitar a Jacob a su casa le traía a su hija Ana el hombre de sus sueños de
regalo de Pascua.
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Una vez Matán y su hijo
instalados en la casa de Cleofás, concluidas las presentaciones, Zacarías y el
abuelo Matán entraron en conversaciones privadas. Conociendo a nuestro Zacarías
no es difícil adivinar qué iba buscando ni qué tipo de rodeos se marcó para
llevar al padre de Jacob al tema que le tenía a su Saga el alma en vilo. En
este capítulo no vamos ni siquiera a intentar reproducir una conversación entre
algo más que un mago y un hombre de campo sin oficio en las artes del Logos.
Donde sí voy a centrar el punto de mira es en el pálpito de aquella Isabel
cuando puso sus ojos la primera vez en el hijo de Matán.
Isabel aprovechó la
conversación entre hombres para coger del brazo al joven y envolverlo en su
gracia. Desde el primer momento que Isabel vio al hijo de Matán le entró en el
alma un rayo de luz sobrenatural, algo que ella no podía explicar en palabras
pero que la impulsaba a hacer lo que hacía como si la propia Sabiduría le
hubiera susurrado al oído sus planes; y ella, encantada de ser su confidente,
hacía como que renunciaba a su cuerpo y capitulaba su dirección en favor de su
divina cómplice.
Sonrisa sobre sonrisa, la del
hombre joven frente a la de la belleza madura, Isabel cogió a Jacob del brazo,
lo apartó de la mirada de los hombres, y le presentó la joya de su casa, su
sobrina Ana.
Ana, la sobrina de Isabel la de Zacarías
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Dios es testigo de mis
palabras y dirige el pulso de mis manos sobre las líneas que Él traza, si
torcidas o rectas a su juicio quedan. El hecho es que el amor a primera vista
existe. Y conociendo a sus criaturas mejor de lo que ellas se conocerán nunca,
engendró en su Sabiduría el fuego del amor eterno en aquellos dos soñadores que
desde los dos lados del horizonte, sin conocerse, se mandaban versos en las
alas del firmamento.
La primera en ver los
resplandores de aquella llama fue Isabel. Y fue ella la primera mujer del mundo
que vio a la Hija de Salomón nacer de aquél amor que ardería sin consumirse.
Incapaces Ana y Jacob de
despegarse y cubriendo Isabel bajo su manto de hada madrina aquel amor divino
que tenía encantados a los muchachos, Isabel se las arregló para mantenerlos
solos y juntos lejos de la atención de los hombres, siempre tan gruñones,
siempre tan beatos.
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Su esposo Zacarías por su
parte se apropió de la compañía del abuelo Matán y empleó el arsenal de la
inteligencia sin medida que su Dios le había dado para sacarle al padre de
Jacob el nombre del hijo de Zorobabel del que procedía su linaje.
Al pronunciarle aquellas cinco
letras, A-B-I-U-D, Zacarías sintió que las fuerzas le traicionaban.
Simeón el Joven, a su lado, le
leyó en los ojos la emoción que casi lo tiró al suelo.
“¿De qué te extrañas, hombre de Dios?”, le
respondió Isabel al oírle repetirle aquéllas cinco letras: A-B-I-U-D. “¿No te
ha dado tu Dios pruebas suficientes de estar Él en persona al mando de tus
movimientos? Yo te diré algo más. He visto a la hija de Salomón en las entrañas
de tu sobrina Ana”.
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El regreso a Nazaret fue duro
para Jacob. Por primera vez en su vida comenzaba a descubrir Jacob el misterio
del amor. La felicidad extrema y la agonía total en el mismo lote. ¿Eso es el
amor? No sabía si echarse a llorar de alegría o de pena. ¿No sería por esto que
Dios hizo al hombre y a la mujer para no separarse, porque si se separan se
mueren? Si ya antes de la costilla de la soledad su dolor se disfrazaba de
poeta y pintaba sobre el firmamento azul el rostro de su princesa, ahora que la
había visto en carne y hueso aquellos versos se habían metamorfoseado,
empezaban a abandonar su crisálida y, la verdad, dolía. Tanto que ya empezaba a
no saber si no hubiera sido mejor que se hubiese mantenido entre albas y rocíos
de primavera. Ahora que la había visto, que había saboreado de sus ojos el
perfume de sus sonrisas, sensaciones que nunca imaginó se le habían colado en
la médula y le hacían vibrar de pena y felicidad los huesos. Ay la costilla de
Adán.
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Según cabalgaban las
distancias el abuelo Matán miraba a su hijo extrañado de su silencio y de sus
suspiros. De toda la vida su Jacob fue un conversador nato, extrovertido y
campechano. Pero desde que habían salido de Jerusalén, y ya se habían recorrido
toda la Samaria, su hijo no había trasgredido una sola de las reglas de los
monosílabos.
“¿Te pasa algo, Jacob?”.
“Nada, padre”.
“Parece que va a llover,
hijo”.
“Sí”.
“Pronto habrá que plantar las habas”.
“Claro”.
El Doctor de la Ley tampoco
estuvo muy hablador. Se limitó a dejarse llevar y hablar lo justo. ¿El regreso
al trabajo de cuando fue ocasión de celebración y de alegrías? Así que no había
que darle más importancia.
La cuestión es cuánto tiempo
tardaría el abuelo Matán en descubrir el mal de amores de su hijo. ¿Y cuánto el
propio Cleofás?
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El abuelo Matán tardó poco en
llegar al meollo de la cuestión. Jacob intentó darle largas a su padre. Había
sido todo tan repentino, casi como una alucinación. ¿Por cuánto tiempo todavía
se negaría a sí mismo pedirle a su padre que le solicitara a Cleofás su hija
por esposa? Más lo pensaba más se maravillaba.
De todas formas aunque Jacob
se callara el abuelo Matán ya se lo estaba figurando. En Jerusalén había
ocurrido algo que había cambiado a su hijo de aquella manera tan rotunda,
rápida y trascendente. ¿Qué otra cosa podía ser sino la hija de Cleofás?
Cuando al cabo del tiempo
Cleofás anunció su deseo de bajar a Jerusalén y su hijo Jacob se le ofreció
espontáneamente a acompañarle, no fuera que algún bandido quisiera aprovecharse
de aquél viajero solitario, al padre de Jacob ya no le cupo ninguna duda. Su
hijo estaba perdidamente enamorado de la hija de Cleofás.
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Cleofás, por el contrario, no
se enteraba de nada. Aceptó el hombre encantado el ofrecimiento de Jacob. Dios
sabe qué hubiera pasado si Cleofás hubiera estado al corriente de la historia
de amor entre su hija y el hijo de Matán. El hombre era tan clásico que no le
cabía en la cabeza el matrimonio de una hija de la clase alta de Jerusalén con
el hijo de un campesino de la Galilea, por muy terrateniente que fuera el
novio. Y allá que se dejó acompañar.
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En Jerusalén, entre lágrimas
de impaciencia que la tita Isabel recogía en manos muertas de risa, su hija Ana
esperaba el día de ver aparecer a su príncipe azul.
Pues que conocía a su cuñado
como si lo hubiera parido Isabel cogió a Jacob y se lo llevó para su casa.
Mataba así dos pájaros de un tiro. Zacarías tendría al Hijo de Abiud para sí
solo, y de camino los dos muchachos tendrían todo el tiempo del mundo para
prometerse una vez más en amores eternos. A su tiempo ya se enteraría su cuñado
de qué iba la cosa. Según Isabel aquello era cosa del Señor y ay ay si se le
ocurría a su cuñado meterse por medio.
Ajenos a los prejuicios de
clase y a los intereses sociales de los adultos, Jacob y Ana se escribieron
versos de Sarón entre lirios de promesas enormes como pirámides y
resplandecientes como estrellas a la luz de los ojos del hada madrina que Dios
les había suscitado.Y se despidieron con la promesa de la próxima vez venir él
acompañado de su padre, y en sus manos la dote por las vírgenes.
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Regresados Cleofás y Jacob a
Nazaret el muchacho le expuso a su padre su deseo. Su padre contuvo su corazón
rogándole que esperara a que Cleofás terminara su trabajo. Entonces él en
persona bajaría a Jerusalén para pedirle su hija por yerna.
Jacob aceptó la sugerencia de
su padre.
Cleofás, en efecto, acabó su
trabajo, se despidió de los nazarenos y regresó a su vida de siempre. Al poco
de haberse instalado en Jerusalén recibió una sorpresa, la visita de Matán.
“Matán, hombre, ¿qué pasa?”.
“Ya ves, Cleofás, obligaciones de padre me
traen a tu casa”.
“Tú dirás”.
El padre de Jacob le contó
todo lo que había. Su hijo quería por mujer a su hija y venía como consuegro
con la dote por las vírgenes en la mano.
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Cleofás escuchó en silencio.
Acabado lo que le traía a Matán a su casa siguió sin habla. Era la típica
sorpresa que se apodera del que siempre se entera de la película el último; lo
tenía alucinado. En estos casos después de la sorpresa viene el clásico estallido
de cólera.
La llama se enciende en el
cerebro: ¿Su hija se había jurado en amor a Jacob? ¿Y cuándo había sucedido
eso? ¿Y cómo se había atrevido a entregarse a un hombre sin contar con la
voluntad y bendición de su padre? Y se acaba echando por la boca el fuego.
Ana, la criatura interesada,
aunque no es de buena educación, escuchaba detrás de la puerta con el corazón
en un puño. Sus dedos se morían por hacerle al Sí de su padre un altar en el
rincón más hermoso de su alma. Su “suegro” le dedicó una mirada tan cálida al
pasar que ya se daba por casada y se sentía volar en alas de la felicidad más
completa hacia el tálamo de sus nupcias.
Mordiéndose los labios estaba
la criatura cuando su padre abrió la boca.
“¿Y eso cómo podrá ser, mi buen Matán, si mi
hija ya está prometida a otro hombre?”.
Cleofás estaba mintiendo. Una
mentira inocente para no pasar por el que apuñala al hombre al que hasta ayer
le profesaba una amistad eterna.
Dios santo, por evitarle la
puñalada al amigo le hincaba hasta el puño la daga a su propia hija. La
criatura se dejó caer pared abajo con el corazón atravesado de lado a lado. Sin
fuerzas para salir corriendo y tirarse por las murallas Ana aguantó el resto.
“Lo siento, pero la pretensión de tu hijo es
un imposible fuera del poder de mis manos”, concluyó su padre.
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El abuelo Matán se quedó todo
silencioso. En un abrir y cerrar de ojos la luz se hizo en su cerebro. Por sus
barbas que Cleofás le estaba mintiendo. Para él que lo que de verdad allí se
estaban cruzando espadas era la negación de Cleofás a aceptar su palabra sobre
el origen davídico de su Casa. De haber sido verdad el compromiso con un novio
desconocido el abuelo Matán hubiera aceptado el no sin sentir cómo la
adrenalina le estaban quemando las entrañas. Pero no, el santo e inmaculado
siervo de Dios que acogiera en su casa, rindiéndole los honores como si de su
Señor se tratara, se estaba quitando la máscara. ¿Casarse su hija con un
campesino, y de la Galilea para más desgracia?
A Cleofás le hubiera valido
más soltarle a la cara lo que pensaba. La verdad era que él no se había tragado
nunca el cuento sobre el supuesto linaje davídico de Jacob. Mientras estuvo en
Nazaret como no le iba ni le venía se limitó a darle largas. Si lo era o no lo
era no era de su incumbencia. Ahora que le pedía su hija para su hijo ya no
tenía por qué seguir jugando al hipócrita.
“Es mi última palabra”, cerró Cleofás la
discusión.
“Yo te daré la mía”, se arrancó el padre de
Jacob. “Antes caso a mi hijo con una cerda que con la hija de un aventajado
hijo de los asesinos que viven de la sangre de sus hermanos al precio de la
destrucción de su pueblo”.
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Señor, si ya estaba la
criatura herida de muerte, las palabras del padre de su Jacob remataron su
alma.
Ana salió corriendo de su casa,
y recorrió las calles de Jerusalén dejando atrás un río de lágrimas rotas. Como
pudo dio con la casa de su tita Isabel. Entró y se echó en sus brazos dispuesta
a morirse para siempre.
Mientras Isabel intentaba
cerrar las llaves de aquél diluvio el abuelo Matán montaba en su caballo y
arreaba al galope tendido Samaria arriba. Llegado a Nazaret todavía le hervía
la sangre. Su hijo Jacob se quedó como muerto al oir sus palabras: “Antes te
casas con una cerda que con la hija de Cleofás”. Era su última palabra.
Nacimiento de María
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¡Qué tontos son los hombres,
Señor! Te buscan, y cuando te encuentran con palabras afiladas como cuchillos
se maldicen a sí mismos porque Tú les hablas. Como quien encontró lo que estaba
buscando y se arrepiente de haberlo encontrado porque había estado esperando
otra cosa, los hombres convierten sus palabras en espadas y lanzas, se afean
los rostros con pinturas de guerra y odiando el infierno se matan entre ellos
creyendo matar al mismísimo Diablo ¡Una palanca para mover el universo!, dice
uno. ¡Mi reino por un caballo!, clama el vecino creyendo escribir en los muros
del tiempo palabras de sabiduría dorada.
¿Cuándo aprenderán a ser
libres con la libertad del que tiene por delante el infinito? Es la existencia
del hombre la de la mariposa que vuela veinticuatro horas y al llegar el ocaso
del día entrega su cuerpo al barro del que viniera a la vida, pero a diferencia
de la ingrávida criatura en esas veinticuatro horas el hombre transforma ese
precioso corto día en un infierno de monstruosidades. ¿Por qué le diste boca a
la piedra? ¿A qué darle brazos a quien su imaginación sólo le alcanza para
hacer de sus frágiles dedos armas de destrucción? ¿Qué te movió a elevar sus
cerebros sobre el de las aves que sólo piden para sus alas un trozo de cielo?
Ay el alma de Jacob. Ay cómo
lloraba el hijo de Matán de Nazaret su desgracia. Entre los mismos olivares a
los que un día la paloma de Noé le arrancó a Dios la promesa de eternidad sin
vuelta, a los pies del tronco donde moriría un día no muy lejano el hijo de
Matán derramaba aquel corazón rebosante de aquella alegría que no le cabía
entre pecho y espalda. Toda la vida soñando con ella y ahora que sus manos
habían tocado la carne de sus sueños era arrojada su costilla al fuego.
“Vanidad y más vanidad, todo es vanidad”
escribió en un muro sagrado Cohelet el sabio. ¿Holga creer que cuando escribió
eso el hombre no debía andar muy enamorado?
Ay el corazón de Ana. ¿Lloran
los ojos sangre? ¿Recorren las venas puro agua? ¿Qué misterio tan recóndito
forjó Dios cuando concibió dos personas para ser una sola? ¿Por qué no hizo al
macho y a la hembra humana acorde a la naturaleza de las bestias? Se aparean a
la voz de mando de los instintos y se separan sin pena. ¿Por qué tuvo el Señor
que hacer surgir de las brumas de los instintos la llama de la soledad asesina
contra la que nació sin protección Adán en su paraíso? Con lo fácil que le
hubiera sido al Eterno hacer al hombre a la imagen y semejanza de las máquinas…
Se programa al bicho, se le suelta libre en su zoológico sideral, se mueven los
cielos en sus constelaciones y al ritmo que marcan sus coordenadas el bicho se
aparea y se reproduce en plan plaga. ¿Por qué sustituir un programa infalible,
como vemos en el mundo natural, por un código de libertad? Llega la primavera y
las criaturas se aparean y multiplican con tranquilidad pero sin pausa.
Mientras el instinto llama a filas el ser humano se planta y le responde con
una sola palabra. Amor la llaman.
¿Y sin embargo una vez gustado
el fruto de ese código quién es el que mira para atrás? Sexo llaman al Amor los
bestias, las bestias llaman al sexo por su nombre. ¿O cuando el sexo muere el
Amor no vive? ¿O sin sexo no hay Amor? Contra la opinión de tales expertos los
demás sabemos que el Amor existe con independencia del acto reproductor de las
especies. Y porque existe hiere al que lo quiere y no lo tiene. Ayer como hoy y
siempre, donde haya amor habrá dolor.
79
El abuelo Matán cerró sus
oídos a las lamentaciones de su hijo. No quería volver a oir el nombre de
Cleofás ni en sueños. Para él el asunto había quedado zanjado definitivamente.
Ya podía su heredero buscarse mujer entre los bárbaros si en su despecho lo quería;
él no diría palabra en contra, pero por Dios y sus profetas que antes lo
desheredaba que sufrir de nuevo una humillación tan grande.
Al contrario que Matán, una
vez calmadas las aguas, la Señora Isabel sacó la vara de su genio, se fue a por
su cuñado y la dejó caer sobre sus espaldas con estas palabras: “Necio,
devorador de tu hija, ¿a qué juegas? ¿Te interpones entre Dios y sus planes
invocando tu condición de siervo? ¿Contra tu Señor te rebelas conjurándole a
dejar en paz tu casa? Yo te digo como hay cielo y hay tierra que mi niña se
casará con el Hijo de Abiud de aquí a un año contando desde esta fecha”.
Ufff, si Cleofás se creyó que
había pasado la tormenta fue porque todavía no había recibido la visita de
Zacarías. Su cuñada tronó, su cuñado soltaría sobre él rayos y truenos.
Pero no con palabras de cólera
ni con palabras de ira. Zacarías comprendió que parte de la culpa de lo
sucedido era suya. Tal como estaban las cosas ya no podía seguir manteniendo a
su cuñado al margen de la Doctrina del Alfa y la Omega. Lo sentó y se lo contó
todo.
El Hijo de Resa, hijo de
Zorobabel, vivía en Belén. Era un niño, y se llamaba José.
El Hijo de Abiud, el otro hijo
de Zorobabel, ya lo conocía él, era Jacob. La esperanza que se les había metido
en el alma a todos ellos era que la Hija de Salomón nacería del matrimonio de
Jacob y Ana. Así Dios lo había dispuesto, y aunque sólo era una esperanza ellos
apostaban sus vidas a que así sería. Esos dos niños se casarían, y de ellos
nacería el Hijo de David, el hijo de Eva por el que todos los hijos de Abraham
llevaban suspirando milenios.
En cuanto a la legitimidad
genealógica de Jacob, de la que a él no le cabía ninguna duda, muy pronto
tendrían la prueba.
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Por razones de prudencia
impuso Isabel su decisión de ser ella la encargada de arreglar la situación.
Matán se desarmaría antes frente a una mujer que si era otro de Jerusalén quien
subía a exigirle que depusiera su actitud.
Y así se hizo. Isabel se
presentó en Nazaret, se dirigió directa al Cigüeñal. Al verla el padre de Jacob
se quedó sin habla.
¿Qué quería ahora aquella
señora?
Muy sencillo. Presentarle los
respetos al Hijo de Abiud. En nombre de toda su casa, incluyendo a su cuñado,
venía a pedirle por esposo para su sobrina Ana a su hijo Jacob. Y de camino
ella había subido desde Jerusalén a Nazaret a descubrirle al Hijo de Abiud la
Doctrina del Alfa y la Omega.
El abuelo Matán escuchó
maravillado la sucesión de los acontecimientos vividos por Zacarías y su Saga.
Al término del relato el abuelo Matán bajó la cabeza, asintió con la mirada y
le pidió que lo esperara unos momentos.
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Regresó enseguida trayendo en
la mano un rollo genealógico envuelto en pieles tan antiguas como la primera
mañana que extendió sobre los océanos su alba. Isabel sintió por su espina
dorsal la misma sensación que en su día viviera Simeón el Joven. Al corriente
del encuentro de la Casa de Resa, el abuelo Matán desplegó la Lista de San
Mateo sobre la mesa.
El mismo metal, el mismo
sello, los mismos caracteres, sólo cambiaban los nombres.
“Matán, hijo de Eleazar. Eleazar, hijo de
Eliud. Eliud, hijo de Aquim. Aquim, hijo de Sadoc. Sadoc, hijo de Eliacim.
Eliacim, hijo de Abiud. Abiud, hijo de Zorobabel”.
Isabel no pudo impedir que el
aliento se le cortase al filo de los labios. Aún cuando intentara mantener la
calma sus ojos bailaban de alegría sobre la línea que los hijos de Abiud habían
trazado por los siglos.
Después leyó la lista de los
reyes de Judá desde el último a Salomón.
“Y a todo esto, ¿dónde está tu Jacob?”, le
soltó Isabel al término de la lectura..
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Aquella mujer era puro genio.
Jacob pegó un bote de alegría al ver a su hada madrina. El brillo en los ojos
de Isabel le reveló el cambio en el ánimo de su padre. El resto ya os lo podéis
imaginar. Matán y su hijo acompañaron a Isabel de vuelta a Jerusalén, trayendo
con ellos la joya de la Casa de los hijos de Abiud, la dote por las vírgenes y
los términos del contrato matrimonial.
Cleofás vio con sus ojos lo
que nunca pidió ver durante el tiempo que estuvo alojado en el Cigüeñal. Al
igual que su cuñado Zacarías, testigo del encuentro, Cleofás se maravilló
viendo el rollo gemelo del otro en poder del padre de José. Pero si los
presentes creyeron que las sorpresas habían acabado por ese día, se
equivocaron. Los términos del contrato matrimonial los dejaron atónitos. Eran
los siguientes:
Primero: La propiedad del Hijo
de Abiud, en este caso, Jacob, era intraspasable. ¿Qué quería decir esto? En
caso de muerte de Jacob su herencia pasaría directamente a su primogénito,
fuera macho o hembra el primer fruto de la pareja.
Segundo: Dado el caso de
viudedad, la viuda nunca podría vender ni parcial ni en su totalidad la
propiedad del heredero de Jacob. La dicha heredad, el Cigüeñal y todas sus
tierras, le sería reservada a su heredero hasta que cumpliese su mayoría de
edad. ¿Qué quería decir esto? Que la casa de la viuda no tendría ningún derecho
sobre la herencia de Jacob.
Tercero: En caso de volverse a
casar la viuda de Jacob los hijos de este nuevo matrimonio no tendrían parte en
la heredad del difunto.
Cuarto: En caso de no tener
descendencia la pareja, la heredad de Jacob pasaría directamente a los hijos de
Matán. La viuda de Jacob viviría en la casa de su difunto hasta su muerte sin
embargo.
Quinto: En caso de ser hembra
el heredero de Jacob ésta heredaría el legado mesiánico de su padre, que a su
vez legaría a su heredero. Si se daba el caso, como había venido sucediendo en
ocasiones anteriores, que a una hembra le sucedía otra, la sucesión mesiánica
pasaría de Jacob al próximo heredero varón que viniera al caso. Digamos que si
a Jacob le sucedía una hembra sólo a ésta y no a su viuda le correspondería
entregar su herencia a su elegido. Cualquier traspaso de la herencia de Jacob a
una casa unida a sus descendientes por lazos matrimoniales no tendría en este
caso validez. La herencia pasaría de madre a hija hasta que se pusiese al
frente de la Casa de Abiud un varón, cuyo nombre sería el que figuraría tras el
de Jacob.
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De esta forma fue cómo José
pasó a seguir a Jacob, reuniendo en su mano la jefatura de ambas Casas, la de
su padre y la de su difunto suegro. Herencia unificada que legaría a su
primogénito, el Hijo de María.
Los términos de este contrato
levantaron entre los presentes una sonrisa de admiración. En naturaleza
sucesoria tan atípica dentro de las tradiciones patriarcales judías tenía su
explicación la ausencia de generaciones en la Lista de la Casa de Abiud.
Gracias a esta fórmula tan sui géneris la Casa de Abiud había mantenido la
propiedad en su extensión original y seguía asegurándose que así fuera.
Firmado el contrato por los
consuegros al año se celebró la boda, y al término de los tiempos naturales el
matrimonio trajo al mundo una niña.
En memoria de su madre Jacob
la llamó María.
“¿No te dije, hombre de Dios, que ví a la Hija
de Salomón en las entrañas de mi niña?”, envuelta en una felicidad divina le
dijo Isabel a su marido.
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