BIBLIOTECA TERCER MILENIO

LUTERO, EL PAPA Y EL DIABLO

 

DÉCIMA PARTE

 

CAPÍTULO 69.-Los comisarios de las indulgencias

 

-Los obispos y curas están obligados a admitir con toda reverencia a los comisarios de las indulgencias apostólicas.

 

Evidentemente el firmante estaba pensando en sí mismo el día que fuera nombrado alto comisario para la venta y negocio de las indulgencias apostólicas. Tanto había acariciado la idea que se sabía de carretilla el deber que como alto comisario, comisario de comisarios, ejercería, la cantidad de celo debido al servicio del gran pastor romano que pondría en el asador. La misma espada asesina que no dudara en levantar contra los apestosos campesinos, aquella chusma diabólica, demostrando que si Jesucristo tenía en su boca una espada de doble filo: en la suya tenía él otra con cuatro, esa misma espada la alzaría él, Lutero, comisario de comisarios, contra cualquiera que osare pronunciar en vano el nombre de su amo, el gran pastor romano.

Notemos que no sólo los párrocos y curillas de pueblo deberían doblar sus rodillas, besarle las manos y lavarle las orejas con veneraciones miles al futuro comisario de comisarios, el eminentísimo Lutero, el nuevo comisario papal para reflotar el negocio en decadencia de las indulgencias. No.

También los mismos obispos deberían venerar al comisario apostólico Lutero cuando pegase en sus puertas en nombre del sumo pontífice romano para, como dijera un dictador asesino: Hemos venido para vigilar y nos quedaremos para extirpar. Escuchen.

 

 

CAPÍTULO 70.-El Deber de vigilar

 

-Pero tienen el deber aún más de vigilar con todos sus ojos y escuchar con todos sus oídos, para que esos hombres no prediquen sus propios ensueños en lugar de lo que el Papa les ha encomendado.

 

El fidelísimo futuro perro de su señor el papa, cuando fuera nombrado comisario de comisarios tendría las orejas súuuper afinadas y los ojos súuuuper abiertos para vigilar con todos sus ojos y escuchar con todos sus oídos... ¿tenía el hombre complejo de Gestapo?...para que las indulgencias fueran predicadas dentro de un orden. El, Lutero, el criado del gran pastor romano, se comprometía a vigilar para que nadie predicara ensueños. Era precisamente por culpa de esos malos predicadores que no le funcionaba bien el negocio al señor arzobispo. El se encargaría en persona de vigilar que predicasen acorde a una doctrina santa y él se molestaría en estar atento para que se atuviesen a la nueva doctrina del R. P. Martín Lutero. ¿No era él filósofo experto capaz de retorcer las palabras y hasta de poner la mismísima sabiduría del Diablo al servicio de Cristo?

La creación de una Gestapo para el control del negocio de las indulgencias, la ausencia de cuyo organismo estaba en la causa del fracaso hacia el que caminaba el tema, no era mala. La idea era incluso excelente. Pero con esto sólo no se negocia un buen Pacto con el Diablo. Lo que pedía Lutero a cambio, ser el todopoderoso jefe de esa oficina de control de los predicadores, era mucho. Tenía que ofrecer algo más, algo que se mereciera el premio de ser nombrado comisario de comisarios y ante su presencia se bajaran los pantalones hasta los mismos obispos. Aparte de esa oficina de santos chivatos ¿qué tenía más que ofrecerles Lutero?

Bueno, él les enseñaría a creer a los cristianos: que el Papa estaría dispuesto, como es su deber, a dar de su peculio a muchísimos de aquellos a los cuales los pregoneros de indulgencias sonsacaron el dinero aún cuando para ello tuviera que vender la basílica de San Pedro, si fuera menester. Y mucho más.

También: que si el Papa conociera las exacciones de los predicadores de indulgencias, preferiría que la basílica de San Pedro se redujese a cenizas antes que construirla con la piel, la carne y los huesos de sus ovejas. Esto ya lo sabían. ¿Qué más?

Lutero era un Maestro en Artes filosóficas y teológicas. Y sin embargo lo que había aprendido sobre cómo retorcer argumentos era menos que lo que sabía sobre la ignorancia de su pueblo. La Universidad de la Vida le había enseñado cosas que no se aprenden en los libros. ¿No veían cómo sabía él dirigirse a ellos sin que los que leían el mensaje captasen de qué iba la cosa? ¿Era o no era bueno? Podía ser un aliado magnífico, genial.

Por su propio honor juraba por el cielo, por la tierra y por su cabeza que si le nombraban comisario de comisarios para las indulgencias apostólicas sus ojos y sus orejas estarían en todos sitios para detectar dónde se cocía el descontento y la crítica antipapal virulenta.

-Demasiado fanático -fue la respuesta de los obispos a los que dirigió su carta sobre el tema-. Este no está bien de la cabeza.