BIBLIOTECA TERCER MILENIO

LUTERO, EL PAPA Y EL DIABLO

 

UNDÉCIMA PARTE

 

CAPÍTULO 80.-Obispos, curas y teólogos

 

-Tendrán que rendir cuenta los obispos, curas y teólogos, al permitir que charlas tales se propongan al pueblo.

 

Hermano Lutero, hay Cielo y hay Tierra, y no habría Tierra si no hubiera Cielo. De la misma manera no habría siervos si no hubiera Señor, y si no hubiera Madre no habría hijos. Los siervos están todos sujetos a un Contrato y reciben la paga de acuerdo a las cláusulas de ese Contrato y todos tienen que rendir cuentas de su Trabajo a su Señor. En cambio los hijos de ese Señor trabajan libremente para su Padre y disfrutan sin límites de todos los bienes de su Casa; entran y salen cuando quieren. Los siervos no pueden entrar y salir más que cuando sus obligaciones lo mandan o son llamados por su Señor a presentarse ante El.

El Contrato original que firman quienes entran al servicio del Señor Jesús fue escrito y puesto a la luz para que todo el mundo lo viera. Como doy por supuesto que a un Maestro en Sagrada Escritura no hay que leerle las Instrucciones sobran las palabras. ¿Adónde quiero llegar? A descubrirte tu insensatez al no haber comprendido jamás que sin Madre no hay hijos, y sin Esposa no puede haber Señor respecto al cual cumplirse la Ley: “Buscarás con ardor a tu Marido, que te dominará”.

Eva, se entiende, era la imagen visible de una realidad invisible, la unión en cuerpo y alma de Adán, hijo de Dios, con su reino, el mundo de los hombres; y como las entrañas de Eva estaban abiertas a su marido, así la Corona de Adán al futuro de generaciones de hijos de Dios que con su sabiduría e inteligencia llenarían la Tierra para alegría del Cielo. Pero Adán cayó, como hemos oído y sabemos. Y un Nuevo Adán vino al Mundo, Cristo, y siendo Espíritu, aunque en carne, le era dada una Esposa para tener de Ella hijos.

Y volvemos a lo mismo, estaba en tu poder, hermano Lutero, alzar tu voz al Cielo y ponerte al frente de la Tierra para acabar con la corrupción de los siervos del Señor Jesús, mas lo que no te era dado era lo que hiciste, juzgar a la Esposa de Cristo y por tu cuenta declarar roto el Matrimonio Sempiterno de cuyas entrañas había de venir a luz aquella Generación de la que el Apóstol, en nombre de sus Hermanos en Cristo, escribiera: “Tengo por cierto que los padecimientos del tiempo presente no son nada en comparación con la gloria que ha de manifestarse en nosotros; porque la expectación ansiosa de la creación entera está esperando la manifestación de los hijos de Dios; pues las criaturas están sujetas a la vanidad, no de grado, sino por razón de quien las sujeta, con la esperanza de que también ellas serán libertadas de la servidumbre de la corrupción para participar en la libertad de la gloria de los hijos de Dios”.

¿Ves ahora, hermano Lutero, cómo al condenar al Infierno a la Nueva Eva le robabas al mundo esa Esperanza que vivía en Promesa en sus entrañas? Hermano Lutero, perdiste la Fe. Se te convirtió en conocimiento racional de unas verdades teológicas con las que jugabas como un arquero con su arco y sus flechas. Hablabas porque sabías hablar, porque eras un artista, pero perdiste la Fe, y por eso vendiste la Esperanza y no tuviste Caridad ni de campesinos, ni de judíos, ni de católicos, ni de nadie que no doblara sus rodillas ante tu verbo.

Obispos, curas, teólogos, papas, arzobispos, cardenales, todos los siervos tienen que rendir cuentas ante su Señor, más tarde o más temprano.

Ya te he dicho que los hijos gozan del espíritu de la Libertad, pero los siervos viven sujetos a los términos de su servidumbre. ¿O acaso la Esposa no sirve a su Señor? ¿Y no está la gloria de la Madre en sus hijos?

Lutero, Lutero, hay palabras que se las lleva el viento, palabras que son de vida y palabras que son de muerte, palabras que matan y palabras que animan, palabras que encienden guerras y palabras que curan heridas, palabras que son bellas al oído, como aquella manzana prohibida era bella a la vista, y luego resulta que son amargas como el veneno. ¡Qué amargas sonaron las tuyas en los oídos de aquéllos campesinos y en los de las poblaciones enteras que tus señores lo príncipes obligaron a emigrar, judíos y no judíos, abandonando las tierras y las casas, que pasaron a engrosar sus fortunas!

“No, no moriréis; es que sabe Dios que el día que de él comáis se os abrirán los ojos y seréis como Dios, conocedores del bien y del mal”.

Y ahora las tuyas:

“Sí, la Fe sola salva, sin Esperanza, sin Caridad. Cree y serás salvo; conoce y vivirás”.

Esta no es la declaración de Fe de un hijo de Dios, hermano Lutero; es la confesión del Diablo, que sabe y conoce que Jesús es el Señor, pero lo odia a muerte, así que le sobra la esperanza, la Caridad, las Obras de juicio, verdad y sabiduría.

Sin darte cuenta ni saber lo que hacías, quisiste matar a la Madre que había en la Esposa de Cristo, como aquel Diablo que se puso a perseguir a la Virgen para matar al Niño antes que naciera, y ahora hacía lo mismo para que los hijos de Dios que la creación entera expectante ansiosa estaba no nacieran. Mas como al principio dije: hay Tierra y hay Cielo, pero si no hubiera Cielo Tierra no habría. Tu ignorancia es tu defensa, agárrate a ella, hermano Lutero, y ven y llora porque estabas ciego y no sabías lo que decías, que en este Día de Alegría no quieren el Señor y su Esposa sino compartir su felicidad porque el Día de la gloria de la libertad de los hijos de Dios ha nacido.