LUTERO, EL PAPA Y EL DIABLO
DUODÉCIMA PARTE
Sobre la existencia del Diablo
La
existencia del Diablo como invento humano para justificar la existencia del Mal
es el argumento favorito del Diablo. Observemos de todos modos que la figura de
ese personaje, archienemigo del Bien, y por tanto de Dios, el Antiguo
Testamento no la incluye en su iconografía literaria. Ni Moisés ni los profetas
que le siguieron hablaron directamente de esta antítesis del Espíritu Santo,
criatura real y de existencia tan letal como la de la serpiente antigua que
mató a Adán y Eva. Ni David ni Salomón abrieron sus manos para iniciar a su
pueblo en el conocimiento de ese personaje legendario típicamente cristiano. En
algunas ocasiones sueltas se habla de un Leviatán, de unos hijos rebeldes, de
demonios obviamente, pero nunca de esa figura tan precisa de características
anticristianas tan específicas, el archienemigo del Espíritu Santo por
excelencia.
Desde el
Antiguo Testamento no se puede relacionar a Satán con este personaje
anticristiano, encarnación del Mal, adorador de la Muerte, su diosa, hijo del
Infierno, su verdadera patria, el fuego del amor por la Guerra por sangre y
espíritu. El Antiguo Testamento delinea su existencia pero no la corporiza. No
previene al pueblo de Israel sobre la identidad y poder de su verdadero enemigo
y enemigo del género humano. No niega la existencia de hijos rebeldes que,
contra la voluntad de su padre, Dios, jugaron con los hombres y se acostaron
con sus mujeres. Recordemos las palabras: “Cuando comenzaron a multiplicarse
los hombres sobre la tierra y tuvieron hijas, viendo los hijos de Dios que las
hijas de los hombres eran hermosas, tomaron de entre ellas por mujeres las que
bien quisieron. Estos son los héroes famosos muy de antiguo”. ¿Conclusiones?
Bueno, las que siempre hemos intuido. Que los hijos de Dios entre los que Dios
distribuyó en su día los pueblos de la Tierra, y fueron los dioses tutores de
la Humanidad eran criaturas tan de carne y hueso como lo somos los hombres, y
viendo hermosas nuestras hijas cruzaron con nuestra raza su sangre, produciendo
criaturas nuevas.
No dice
nada la Escritura sobre cómo reaccionó Dios ante aquél cruce de razas cósmicas.
Pero si dice la Escritura que “creció la maldad del hombre sobre la tierra y su
corazón no tramaba sino aviesos designios todo el día” y en consecuencia “se
arrepintió Dios de haber hecho al hombre en la tierra, doliéndose grandemente
en su corazón”. Sigamos entonces sacando conclusiones. Del efecto obtenido de
aquella causa -el cruce de razas de distinto origen en el universo- podemos
nosotros deducir que la causa iba buscando precisamente ese efecto -la
destrucción del hombre por su Creador- y de este objetivo podemos elevar
nuestra mirada a la maldad de quien activó el efecto deviniendo su causa.
Tampoco
Moisés dio nombres sobre aquéllos hijos de Dios, padres de los héroes de las
edades de los mitos y las leyendas que el Diluvio enterró para siempre.
Olvidándonos ahora de la maldad de tales divinos padres, sí cabe hacer constar
aquí que los delirios de los héroes de aquéllas edades, creadores de las
religiones sangrientas, inventores de los sacrificios humanos, de los que nos
han llegado a nosotros testimonios literarios reclamando para sí ser hijos de
dioses, y la confesión de sus madres reclamando haber sido tomadas por los
dioses, encuentran en este testimonio bíblico su mejor aliado histórico. Pero
regresemos al tema central, la maldad en el origen del nacimiento de aquellas
edades dehéroes y semidioses sacrificando a sus padres vidas humanas,
implantando el terror de sus esquizofrenias a los pueblos que les rodeaban.
Destaquemos
dos cosas. Aquella Maldad que se contagió al hombre; y la reacción que Dios
sintió al ver a su criatura humana convertida en un monstruo, sacrificador de
sus semejantes. A partir de estas dos notas, aquella Maldad de aquéllos hijos
de Dios y aquel Desgarramiento del Corazón de Dios, nosotros estamos
perfectamente capacitados para ir perfilando dos naturalezas, dos espíritus.
Que los coloreemos y les demos cuerpo dependerá ya de nosotros mismos. La
pregunta más interesante y profunda es la siguiente: ¿Siendo Todopoderoso y
Omnipotente, siendo Omnisciente y Presciente porqué permitió Dios que aquella
Causa de la Maldad del Hombre fuese activada? Es decir, ¿por qué no detuvo a
aquéllos hijos malvados antes de que el delito se consumara?
No parece
sino que Dios dejara hacer, permitiera que sus hijos jugaran a ser dioses y El
mismo se limitara a barrer los desperfectos que causaban con sus acciones. Dios
ponía la cara de quien le duele el corazón pero tampoco hacía nada para impedir
que sus hijos hicieran lo que hacían. Le vemos de nuevo en el libro de Job
siguiéndole el juego a su hijo Satán. Con el permiso de Dios este Satán
convierte la vida placentera y maravillosa del santo en un infierno de miseria
y desastres sin fin. Otra vez Dios se limita a barrer la casa. Su postura
parece más la de un padre que ha aceptado la condición de sus hijos, y, aunque
no le guste demasiado sus juegos, pensando en su infinito poder para deshacer
sus entuertos tampoco les impide divertirse. En el caso de las mujeres humanas
les dejó gozarla, vio nacer la maldad y no hizo nada, excepto barrer la casa.
Desde el punto de vista de semejantes hijos aquél Padre era maravilloso, y así
tenía que seguir siéndolo eternamente.
Más o
menos es lo que del estudio superficial del Antiguo Testamento cualquier judío
de los tiempos de Jesús podía deducir, comprender, inferir. Mas sobre la
existencia de esa figura que llamamos el Diablo nada podía saberse con toda
seguridad. Esa figura entra en la Historia Universal precisamente con
Jesucristo.
Jesucristo
no sólo perfiló ambos espíritus, no sólo tomó el Desgarramiento del Corazón de
Dios en una mano y en la otra la Maldad de aquellos padres de los Héroes de la
Antigüedad, además los perfiló y los corporizó, los definió y los descubrió. El
fue el primer hombre que trajo a existencia real y corpórea la existencia del
Maligno, el Diablo, Satán, la Serpiente Antigua, el Dragón.
Visto esto
se comprende que el concepto del Mal que Jesucristo puso en escena tuviera que
chocarle a los judíos. Y no sólo su concepción del Mal, en la que la Serpiente
del Edén dejaba de ser una simple metáfora para convertirse en un hijo de Dios,
con su nombre propio, Satán. Era su concepción del Mal y también su concepción
del Bien.
Regresemos
al escenario histórico de aquél siglo y desde su conocimiento miremos cara a
cara a aquél Jesús de Nazaret. Aquél Jesús trajo al mundo una concepción de la
Paternidad Divina sobre la cual nada habían oído los judíos tampoco. Quiero
decir, que Dios era Padre se había demostrado. Que la paternidad implica la
existencia de un hijoprimogénito es de necesidad. Siempre tiene que haber uno
que es el primero y es a partir de cuyo nacimiento se hace padre la persona en
cuestión, en este caso Dios.
Nada
tenían que objetar los judíos sobre el particular. El Antiguo Testamento
tampoco le daba nombre. Ellos se lo podían figurar. Dios era padre, luego tenía
que haber un Hijo primogénito. Ni Moisés ni David ni Salomón ni ninguno de los
profetas le pusieron Nombre a ese Primogénito. Que tenía que existir, por
supuesto; que ellos ni nadie en este mundo conocían su Nombre, también.
El
problema es que Jesucristo iba un paso más allá. Si sobre ese Primogénito nada
habían escrito los autores bíblicos, que ese primogénito fuera Unigénito menos
aún. Así que desde este punto de vista clásico: Cristo era la locura de Jesús.
Atrapados
entre su ignorancia sobre la existencia y Maldad del Diablo y el
Desconocimiento de la existencia y vida del Hijo Unigénito de Dios los judíos,
abandonados a sus propias fuerzas, a las fuerzas de su sola fe, fueron
arrastrados a los pies de la Cruz por fuerzas para ellos incontrolables. ¿En
qué basó Jesucristo su revolución teológica? ¿En que argumentos basó la entrada
de estas dos figuras: la del Maligno, el Diablo, de un sitio; y la de Dios Hijo
Unigénito, del otro?
Bueno, a
estas alturas de crecimiento de la inteligencia nadie debe ignorar la verdad.
No en la fe sola; es decir, en su fe propia, inspirada por el Espíritu Santo y
por tanto a aceptar como si se tratase de la palabra de Dios, basó Jesucristo
su revolución teológica. Sobre esta base sin embargo los judíos sí se hubieran
sentado a hablar y a discutir el tema de la posibilidad de la existencia de
esos dos personajes, el Diablo y el Hijo Unigénito de Dios.
No, sobre
la fe sola no fundó Jesucristo su revolución teológica. La fundó sobre las
Obras. “Pero yo tengo un testimonio mayor que el de Juan, porque las obras que
mi Padre me dio hacer, esas obras que yo hago, dan en favor mío testimonio de
que el Padre me ha enviado, y el Padre, que me ha enviado, ése da testimonio de
mí” (Juan, 5.36). Y otra vez: “Os lo dije y no lo creéis; las obras que yo hago
en nombre de mi Padre, ésas dan testimonio de mí...Yo y el Padre somos una sola
cosa... ¿No está escrito en vuestra Ley: Yo digo: Dioses sois? Si llama dioses
a aquellos a quienes fue dirigida la palabra de Dios, y la escritura no puede
fallar, ¿de Aquel a quien el padre santificó y envió al mundo decís vosotros:
Blasfemas, porque dije: Soy Hijo de Dios? Si no hago las obras de mi Padre, no
me creáis; pero si las hago, ya que no me creéis a mí, creed en las obras, para
que sepáis y conozcáis que el Padre está en mí y yo estoy en el Padre” (Juan,
Jesús uno con su padre).
Y era
lógico que así fuera, que Jesucristo fundara su revolución teológica sobre las
Obras. ¿Acaso Moisés emprendió la suya sin las Obras que su Señor le había
encargado realizar? ¿Y no fue sobre el testimonio que le prestó a su doctrina
esas Obras que Moisés pudo transformar la relación entre Dios y su Pueblo?
Luego la Fe, tanto la de Moisés como la de Jesucristo, tenían una misma Roca:
las Obras que el Dios de ambos, a uno como Señor y al otro como Padre, les dio
hacer.
Incapacitados
los judíos para comprender la naturaleza de las fuerzas que provocaron la Caída
de Adán, de lo cual da testimonio la ignorancia en la que hasta hoy día algunos
viven, creyendo que Adán y Eva son los padres genéticos de todas las naciones
de la Tierra; esa ignorancia había llegado a convertirse en una segunda
naturaleza tan poderosa en el pueblo judío que no pudieron ver por las Obras de
Jesucristo la naturaleza de su Revolución. Juzgar a la Historia es una facultad
fuera de nuestra naturaleza sin embargo, así que regresemos al tema central.
La
existencia del Diablo como justificación de la coexistencia en un mismo mundo
de Dios y del Mal es un argumento vacío de sabiduría, inteligencia, entendimiento,
juicio y verdad. Hasta la saciedad explotaría yo este argumento si yo fuera el
Diablo. Este argumento y la idea primitiva de ser el Diablo un encantador de
sombras jugando a asustar a los valientes con tentaciones patéticas y ruidos en
las tinieblas serían mis dos armas favoritas. Naturalmente no soy ése. Pero hay
un argumento más patético aún para justificar la coexistencia de un Dios
infinitamente todopoderoso y un Diablo infinitamente malo y perverso. Se trata
del argumento protestante sobre la Predestinación. Según este argumento
sencillamente Dios predestina a los buenos a la gloria, y por eso los suizos y
los príncipes alemanes y los reyes europeos corrieron a coger los primeros
asientos en la iglesia de Lutero y su revolución teológica.
Y los
malos: los católicos, los españoles, los judíos, los campesinos, y por regla
general todos los demás eran malos porque Dios los había predestinado al
Infierno y por eso eran malos, y por eso a los buenos les estaba permitido
estrangularlos, descuartizarlos, despojarlos de sus bienes, esclavizarlos,
retirarles todos sus derechos civiles, quitarles la libertad religiosa,
etcétera, etcétera, etcétera. Y ya está solucionado todo el problema.
Pero de
ninguna manera están solucionadas sus conclusiones teológicas. Porque si Dios
es un superarchisatán negándole la Libertad de elección entre el Bien y el Mal
a su creación en este caso su Juicio contra Satán es una farsa de principio a
fin. No hay que ser muy astuto para ver la línea de autodefensa que el Diablo
estaba haciendo mediante este argumento protestante delante del Tribunal de los
hijos de Dios. Porque si Dios es Omnisciente y lo ordena todo desde su
Sabiduría es evidente que nadie tiene Libertad y en consecuencia todo el
universo es esclavo de la voluntad oculta de su Creador, que a unos, sin
conocimiento de causa, dirige hacia la izquierda, y a los otros, sin capacidad
de decisión, arrastra hacia la derecha. ¿Así que cómo imputársele al Diablo su
Maldad si su origen es el propio Dios que a unos predestina al Bien y a otros a
hacer el Mal?
Conste que
como línea de defensa el Diablo se buscó un buen argumento: Y que, de haberlo
desarrollado delante de un Tribunal menos preparado, por ejemplo encabezado por
un Lutero, un Calvino y sus colegas, su exposición hubiera convencido a sus
miembros, o al menos hubiera podido crear en ellos una duda razonable.
Afortunadamente para todos nosotros el Tribunal ante el que el Diablo expuso
esta línea de argumento en defensa de su Maldad, afortunadamente, digo, estaba Presidido
por Dios. Ya lo dijo Pedro: “Pablo os
escribió conforme a la sabiduría que a él le fue conferida. Es lo mismo que,
hablando de esto, enseña en todas sus epístolas, en las cuales hay algunos
puntos de difícil inteligencia, que hombres indoctos e inconstantes pervierten,
no menos que las demás Escrituras, para su propia perdición” (Pedro, 2, Hay
que vivir prevenidos). El fondo bíblico que a estos nuevos doctores les prestó
argumento para defender al Diablo delante del Tribunal de los hijos de Dios y del
mundo lo encontraron en la epístola de san Pablo, hablando de la justicia de
Dios para con los gentiles y los judíos. Sobre cuya interpretación ya previno
san Pedro, y cuyo consejo no les valió de nada a los nuevos maestros en artes y
sagradas escrituras que acabaron eligiendo la vía de la perdición antes que
reconocer que la Sabiduría de Dios, aquella sabiduría misteriosa, madre de los
perfectos, no estaba predestinada para ellos. El Diablo, ciertamente, se rió de
todos ellos el día que vio impresas palabras como estas:
 |