LUTERO, EL PAPA Y EL DIABLO
DÉCIMO TERCERA PARTE
CAPÍTULO 88.-La Iglesia y el Papa
-Del mismo
modo: ¿Qué bien mayor podría hacerse a la iglesia si el Papa, como lo hace
ahora una vez, concediese estas remisiones y participaciones cien veces por día
a cualquiera de los creyentes?
Dinero es
el objeto en juego. De Reforma de la Curia no se habla. Contra la esquizofrenia
egolátrica del obispado romano y el milagro de la transformación de la fe en la
gallina de los huevos de oro el reformador no dice palabra. No quiere reformar,
quiere entrar en el negocio. No levanta su dedo crítico, no alza una voz
profética; su voz es la de la mente racional que mira a la fe desde la
plataforma del conocimiento y desde esa posición entabla una discusión con los
ladrones que habían hecho de la Iglesia una cueva, pero no para enfrentarse al
Dragón cual san Jorge, sino para frotarse las manos y participar en el robo. ¿O
acaso él era un Quijote, uno de esos locos de atar a la cama de fuego,
Savonarola por ejemplo? No señor, el papa es el Santo Padre y a él le debe todo
su respeto la mente racional de Lutero, lo único que le interesa al reformador es
hablar de Dinero.
CAPÍTULO 89.-La salvación de las almas
-Dado que
el Papa, por medio de sus indulgencias, busca más la salvación de las almas que
el dinero ¿por qué suspende las cartas e indulgencias ya anteriormente
concedidas si son igualmente eficaces?
Maestro en
artes filosóficas, doctor en teología y de hobby experto en derecho canónico.
Un buen partido. Un aliado fenomenal para un negocio que no le estaba dando
todo el fruto esperado a su amo y estaba levantando una polvareda superior a lo
que se hubiera podido esperar de algo tan simple como la venta de indulgencias,
algo que se llevaba haciendo nadie sabía desde cuándo. ¿Qué podía importarle a
un Lutero, que por doctrina evangélica predicaba el odio a sí mismo, y era de
suponer que desde su odio a sí mismo poco le podía importar el resto del mundo,
empezando por aquella maldita reforma que no llegaba nunca y nunca dejaba de
ser pedida; qué le podía importar a aquel Lutero que por orgullo propio tirara
por la borda su juventud; qué le podía importar a aquel Lutero, amargado por
cobarde, que sólo en la Razón pudo encontrar salvación para su locura, que ya
hasta veía al Diablo en su celda; qué le podía importar a ese Lutero la crítica
de los intelectuales de su tiempo contra el negocio que se habían montado el
arzobispo, el papa y los Fugger? Con la Fe sola no se come.
¡Qué le
importaba a él si el papa remitía todos los pecados y hasta al mismo Diablo
absolviera de violar a la madre de Dios! A él toda esa payasada de los
racionalistas de turno como Erasmo le importaban tanto como el odio al Yo
Propio que predicaba; lo que de verdad le importaba a Lutero era el Dinero, el
negocio, entrar en el negocio, progresar en su carrera eclesiástica. Dar un
paso adelante, salir de aquella Wittenberg oscura donde vivía su condena de
profesor de teología hasta la muerte. El era más que todo eso, estaba preparado
para algo más que nada más que eso. Sabía cómo darle la vuelta al fracaso que
estaba experimentando el negocio y quería hacerlo. ¿Por qué no darle la oportunidad?
El sabía y podía: