BIBLIOTECA TERCER MILENIO

LUTERO, EL PAPA Y EL DIABLO

 

SEGUNDA PARTE

 

CAPÍTULO 5 .-El Papa y los cánones

 

-El Papa no quiere ni puede remitir culpa alguna, salvo aquella que él ha impuesto, sea por su arbitrio, sea por conformidad a los cánones.

 

En atención a descubrir la naturaleza de la otra parte del conflicto una pregunta pide aquí paso, la siguiente: ¿Quién es el Papa? Mejor dicho, ¿qué es el Papa? En fin, qué cosa sea esa bestia negra, ese fantasma personal de Lutero, objeto de todo sus odios y amores más apasionados, sin el cual, como la cara sin la cruz una moneda es nada, la vida del reformador no hubiera pasado de ser la de otro predicador más.

Espero que nadie me tome por un ciego ni por un recién venido de otra galaxia. Soy un hijo de Dios, nacido en este mundo, tercer planeta del Sistema Solar, en el siglo XX de la Primera Era de Cristo. Y habiendo leído que Padre sólo se le llama a Dios me pregunto quién es ese obispo que a sí mismo se llama y es llamado por los que le llaman: Santo Padre.

La negación de este título sujeta a pena de excomunión ex cátedra parece ser suficiente para levantar entre un hombre y la Verdad un muro de miedo al Infierno. Gracias a Dios la misma ciencia que fuera salvada por la fe se unió a la inteligencia para inmunizar al hombre contra aquellos conjuros de los druidas y pontífices paganos, con sus maldiciones y sus excomuniones imponiendo su régimen de terror a las tribus bárbaras. La base para proponer una reflexión al respecto es, por tanto, científica, y su declaración totalmente humana.

Lo que como cristiano no le permití a las religiones de las que procedo no se lo puedo permitir a los sacerdotes de la iglesia que yo mismo he edificado con mis manos. Ciertamente para hablar así uno tendría que ser Pablo. El caso es que el Papa tendría que ser Pedro. Y no lo es.

Quiero decir, hay casos excepcionales en los que un matrimonio, una familia, una amistad, o simplemente una sociedad se rompen sin culpa de ninguna clase por una de las partes. El caso de la ruptura de cualquier tipo de lazo afectivo entre Dios y el Diablo es de esta naturaleza excepcional. Pero el pan de cada día es que las dos partes sean culpables.

Excepto el Diablo y Cristo nadie es absolutamente malo ni nadie es absolutamente bueno. Darle a Lutero toda la razón del mundo y al obispo de Roma negarle ad eternum el derecho a la palabra es un ejercicio de mala voluntad. Y viceversa. La actitud del obispo de Roma al limpiarse las manos y abandonar a Lutero a su suerte, como si tratase de un hijo del Diablo, niega el principio de culpabilidad universal al que nos sometió a todos un Evangelio que nos dio por incapaces a todos de alcanzar la Verdad por nuestros propios medios.

Y si esto no basta a esta lógica se le suma el valor de la experiencia diaria, que dice que para que haya pelea hacen falta por lo menos dos. Mi pregunta: quién se cree ese obispo que es para absolutizar la culpa de su prójimo, tiene su razón.

Trato de recordar en qué parte de la Biblia instituyeron bien el Maestro bien sus Discípulos la figura de ese Santo Padre, y no lo consigo. Posiblemente mi memoria sea del tipo elefante, mucha cabeza pero poco cerebro. A pesar de mi escasa memoria sí recuerdo a Jesucristo diciendo que no llamemos Padre a nadie excepto a Dios. Así que aquí hay materia para la reflexión.

De un sitio tenemos a un obispo proclamándose Padre y además pidiendo para sí la Santidad que sólo Dios tiene. Del otro sitio tenemos al Hijo de Dios negando que hombre alguno pueda reclamar para sí la Paternidad debida sólo a Dios. Cuanto menos la Santidad.

Pero conste que mi propósito no es atacar a Lutero y defender al Papa. Ni al contrario. Ya hay Juez de santos y herejes y suya es la última palabra. La cuestión de peso es que la Historia no hubiera tenido necesidad de un Lutero si la parte de la que dependía haber realizado la Reforma no se hubiera negado a llevarla a cabo. Y que precisamente por negarse se convirtió en la cara de la moneda sin la que la cruz es nada. De manera que la misma pena de excomunión lanzada contra la cruz del Papa, que era Lutero, la firmaba el obispo de Roma contra su persona y la de sus siervos.

No hay que ser papista ni antipapista para llegar al corazón del problema y ver en aquella negación pontificia a satisfacer las necesidades del Espíritu Santo el mar de intereses materiales en los que se ahogó el obispado de aquéllos tiempos. Más allá de la cuestión material sin embargo el fundamento de la negación pontificia a reformarse, es decir, a Imitar a Pedro, se encontraba en la pasión violenta del obispado italiano por la supuesta omnipotencia que la Infalibilidad del papado le otorgaba. (Un poco más adelante veremos quién y cuándo impuso la omnipotencia de la palabra del obispo de Roma por norma de fe universal).

Volviendo al tema, Lutero -según estamos viendo- tuvo su propia experiencia religiosa y desde su ciencia quiso imponer sus principios por decálogo del nuevo pensamiento cristiano. El núcleo del problema histórico no es que su pensamiento fuera nuevo, revolucionario, viejo o conservador a ultranza; el núcleo de su guerra santa estuvo en el choque a muerte contra quien hacía lo mismo que él: imponerle al resto del universo su doctrina propia.

Por fuerza tenían que chocar. La diferencia de fuerzas -el obispo de Roma contaba con un aparato sobre el que basaba la legalización de su teocracia, Lutero con el descontento de las clases europeas- no elimina la verdad expuesta, ambos contendientes estaban ignorando que nadie es absolutamente bueno ni nadie es absolutamente malo. De los dos, sin embargo, el más grande, el obispo de Roma, por ser el más grande era el más culpable. Primero se había otorgado la Omnipotencia de quien su Palabra es Dios, y segundo se había hecho llamar Santo Padre, “como Dios”. Al conjunto de estas dos negaciones del espíritu de Pedro -según entiendo- se le llamó Papado.

La insensatez es obvia. Primero porque no puede llamarse padre quien se declara Esposa. Y segundo, que el obispo de Roma fuese Santo es algo que la Historia se niega a afirmar; más que nunca en el periodo al que nos hemos desplazado, siglos XV y XVI. Es difícil por tanto decir cuándo el sucesor de Pedro exigió para sí y obtuvo el título de Santo Padre. Tal vez ese cuándo lo hallemos en la asociación psicológica que nace de la unidad de los obispos con el Señor Jesús en un sólo Cuerpo Místico. Tratemos de desatar este nudo gordiano.

Si Cristo es la Cabeza de la Iglesia, que lo es, y la Iglesia es el Cuerpo de Cristo, y la Cabeza es Santa su Cuerpo es santo. Esto de un sitio. Conclusión que no atenta ni contra la naturaleza de la lógica humana ni contra la divina. El problema empieza ahora. Dios es la Cabeza de Cristo, y Dios es Padre. Cristo es la Cabeza de la Iglesia y la Iglesia es el Cuerpo de Cristo. Luego Cristo es el Cuerpo de Dios. Este teorema se resuelve en esta primera conclusión. Si la Cabeza de Cristo es Dios y Dios es Padre: Cristo es Padre. Hasta aquí perfecto. Nada hay en esta lógica que rompa la verdad divina. De hecho cuando Dios habló de su Hijo se refirió a Cristo llamándole “Padre sempiterno”. Sólo que esta perfección asociativa da paso a la corrupción pontificia cuando la lógica que vale sólo para el Señor se la aplica a sí mismo el siervo. Veamos qué se dice el obispo de Roma: Mi Cabeza es santa, yo soy santo; mi Cabeza es Padre, yo soy padre. Luego yo soy el Santo Padre. Y los pajarillos cantan y las nubes se levantan, Roma campanas de Roma, porque ha nacido el obispo-dios. Bueno, ¿qué decir? ¿Qué creer? Yo no puedo llamar padre a mi madre, se halle o no se halle presente mi padre. Ni puedo llamar señor al siervo de mi padre. ¿Así que a quién le haremos caso, a Jesucristo o al obispo de Roma?, ¿al Señor o a su siervo? El Primero nos dijo que no llamáramos Padre a nadie excepto a Dios. Y nos enseñó a creer que Bueno, es decir, Santo, sólo es Dios. ¿Así que en qué tipo de lógica mantendremos viva esta doble negación de la doctrina de Cristo por el sucesor de Pedro?

Aunque no halla sido fabricada en malignidad, sino en la ignorancia natural a un siervo, esta negación atenta contra la naturaleza de los hijos de Dios. ¿O debemos llamar padre los hijos del Señor a los siervos de nuestro Padre?

Estas consideraciones sentadas, al hablar del Papa -contra el que el R. P. Martín Lutero se explayó tan sabiamente- yo entiendo que se habla del obispo de Roma, siervo del Señor Jesús para mantener en su Reino la Verdad de la Revelación, a saber, que Dios es Padre y su Primogénito es Unigénito. Entre otras verdades ésta es la primera y el núcleo alrededor de la cual existen las otras. Ahora, que en sus funciones sacerdotales ese siervo, obispo de Roma, quiera o no quiera y pueda o no pueda remitir culpa alguna excepto las que él haya anteriormente impuesto, según su arbitrio o los cánones, es una cuestión que sólo le compete al cuerpo eclesial en principio. Quiero decir, un cuerpo tiene unas funciones. Para eso existe. Y siendo la iglesia el Cuerpo de Cristo es del todo natural que el cuerpo obispal tenga por naturaleza unas funciones a cumplir en el conjunto de la arquitectura universal del Reino de los cielos.

Se supone que el lugar ocupado por el obispo de Roma en el cuerpo del obispado universal, en cuanto siervo del Señor al que sirve, lleva consigo unas funciones específicas, supuestamente las que el Señor le atribuyera a Pedro. Ni más ni menos que apacentar el Rebaño, según está escrito: “Apacienta mis ovejas, apacienta mis corderos”. Desde mi posición de cristiano libre y maduro, preocupado por el futuro del mundo en el que vivo y con el que comparto su suerte, yo entiendo que la función que Pedro heredó fue la Jefatura del colegio obispal para la Unidad de todas las iglesias. Obviando necesariamente las que al conjunto de sus siervos el Señor les diera.

Desde esta óptica de libertad de pensamiento me pregunto ¿puede o no puede imponer o remitir el obispo de Roma pena alguna mirando al mantenimiento y restauración de la Unidad de las iglesias? Pienso que desde esta perspectiva la respuesta al problema planteado no puede ser más que una. Y tiene que ver con los poderes a sus siervos concedidos por el Señor en persona, poderes que al ser su Iglesia eterna y sus siervos mortales por necesidad habían de transmitirse de generación en generación hasta el final de los siglos. Y me respondo que por supuesto que el obispo de Roma y todos los obispos al servicio del Señor pueden y quieren remitir la pena consustancial a la culpa cuando el pecado de Desobediencia contra la Unidad es corregido por quien en su ignorancia, o empujado por la ignorancia ajena fue arrastrado a posiciones contrarias a su verdadera vocación, que es la vida eterna. Pienso yo. Y los hechos me dan la razón. Mas si de lo que se trata es de saber si el obispo de Roma o cualquier otro obispo puede imponer penas cuando la cuestión está fuera de las funciones para las que fueron contratados como siervos, en este caso ni el obispo de Roma ni ningún obispo puede remitir penas que no se pueden imponer en Justicia delante del Tribunal de Dios. En lo tocante a la Unidad del Cristianismo, función para la que fueron los obispos contratados y dotados por su Señor de los medios adecuados para su ejercicio, según yo lo veo, el obispo de Roma y sus consiervos tienen todo el poder, tanto para remitir como para imponer. Esta tesis del R. P. Martín Lutero es, en consecuencia, una falacia, por las razones aducidas y por las implicaciones que se derivan de ellas. Después de pretender saber lo que Jesucristo quiso o no quiso decir ahora el R. P. Martín Lutero alza su voz para dar a conocer a sus compatriotas y al mundo entero lo que el obispo de Roma puede o no puede hacer. Una forma muy extraña por cierto de odiar a su Yo propio.