LUTERO, EL PAPA Y EL DIABLO
TERCERA PARTE
Sobre el Juicio de Dios
La Opción
del Diablo -la transformación del universo en un campo de batalla donde jugar a
la Guerra- no tenía ninguna vía de prosperar. Cuando Dios, el Infinito y la
Eternidad se hicieron una sola cosa y provocaron la revolución cósmica que
conocemos como Creación esa opción fue desterrada del Futuro de su Reino. Y
puesto que no estaba dispuesto a renunciar a la Guerra el Diablo se puso a
buscar mediante una política de hechos consumado la forma de obligar a Dios a
aceptar la coexistencia del Bien y del Mal -del pecado y de la fe. Pensando, el
Diablo encontró en la Persona del Hijo el as que le daría la victoria. En
líneas generales tal fue la estructura del pensamiento del Diablo. Por contra
la decisión de Dios: “de todos los árboles del paraíso puedes comer, pero del
Árbol de la Ciencia del bien y del mal no comas, porque el día que de él
comieres, ciertamente morirás”, era y es la expresión visible de una decisión
irreversible. Desde aquel Día y para siempre Dios desterraba de su Creación el
fruto del Árbol prohibido: la Guerra. Lo que Dios le decía a Adán se lo decía a
todos sus hijos. La cuestión estaba en el qué tenía que decir el Hijo sobre
esta decisión del Padre. Pero antes de meternos en la respuesta resolvamos la
asociación del fruto del árbol prohibido con el Sexo, cuando ese fruto era y es
la Guerra.
La
ignorancia judía sobre la naturaleza del fruto del Árbol de la Ciencia del bien
y del mal, a la que se relacionó con el Sexo, se transmitió por inercia a las
comunidades cristianas. Algo natural si se tiene en cuenta que el sustrato
desde el que naciera el Cristianismo fue hebreo. Desde allí se transmitió a la
Iglesia y bajo esa forma las iglesias han mantenido en su doctrina hasta
nuestros días dicha asociación. Que esa conclusión era y es absurda se
desprende del mismo relato de la Creación. Al Sexto Día bendijo Dios la unión
sexual entre el macho y la hembra humana: “Procread y multiplicaos y henchid la
tierra” -fueron sus palabras. El domingo descansó y el lunes volvió al trabajo.
Fue entonces cuando antes de meter mano le dijo a Adán: “De todos los árboles
del paraíso puedes comer, pero del árbol de la ciencia del bien y del mal no
comas, porque el día que de él comieres, ciertamente morirás”. La sucesión de
acontecimientos marca el ritmo y aclara las cosas. Dios no podía irse a la cama
bendiciendo la procreación de la especie humana y levantarse dispuesto a
maldecir lo que bendijera ayer mismo.
Vamos a
ver, poder lo que se dice poder, Dios lo puede todo, pero hay algo que Dios no
puede, y es ser a la misma vez Cristo y el Diablo. Así que donde hoy dice
gloria mañana no dice infierno. Si ayer le dijo a los hombres que se
reprodujeran y se multiplicaran no se iba a levantar al siguiente por la mañana
con la maldad del que ha hecho a todo el mundo caer en la trampa y ahora les va
a dar el palo, porque sí, porque puede. Sobre este respecto, sobre la unión
entre el Padre y el Espíritu Santo, el Hijo lo dejó claro con sus palabras,
siempre tan breves, siempre tan intensas:
“También
habéis oído que se dijo a los antiguos: No perjurarás, antes cumplirás al Señor
tus juramentos. Pero yo os digo que no juréis de ninguna manera; ni por el
Cielo, pues es el Trono de Dios; ni por la Tierra, pues es el escabel de sus
pies; ni por Jerusalén, pues es la Ciudad del Gran Rey. Ni por tu cabeza jures
tampoco, porque no está en tí volver uno de tus cabellos blanco o negro. Sea
vuestra palabra: Sí, sí. No, no; todo lo que pasa de esto, de mal procede”.
Habiendo
creado Dios al Hombre a su Imagen y semejanza es natural que primero nos
muestre las leyes sobre las que se rige su Espíritu. “Sí, sí. No, no”. O sea,
lo que bendice un día no lo maldice el siguiente. Lo contrario, creer que
primero bendijo la procreación y luego maldijo la unión sexual es negar la
Veracidad de Dios. De hecho, que Dios no se había levantado al Octavo Día con
la piel de la Serpiente lo prueba que antes de meterle mano a su trabajo le
diera una compañera a su hijo Adán para que la soledad le fuese leve.
El
argumento del Diablo -recogido luego por la Reforma en su versión calvinista-
dice que precisamente para eso le dio Dios a Adán una compañera, para verlo
donde lo quería ver, temblando muerto de miedo a la espera del juicio. La
teología protestante-calvinista recogió este argumento del Diablo sobre la
predestinación maniquea del mundo y lo hizo suyo. Cosa que parecerá bastante
fuerte de leer, pero no tanto si cortamos tajo y analizamos sus presupuestos.
Claro que
sí, si según Calvino y sus hermanos en el espíritu del protestantismo toda
criatura está predestinada al infierno o a la gloria: Dios le dio Eva a Adán
para ponerle la zancadilla. Pues que en su presciencia Dios sabía que Adán no
podría resistir la tentación de aquella hembra desnuda como su madre la trajo
al mundo…pues eso, que según la teología de la Reforma Dios juega hoy a Cristo
y mañana al Diablo. De donde se ve que la Duda de Descartes no es más que la
expresión científica del pensamiento calvinista más exacto. Y es que querer ser
más listo que nadie fue lo que perdió a Calvino y a sus hermanos en la Reforma.
Fue para no llegar a semejante conclusión diabólica que el Judaísmo y el Catolicismo
prefirieron agarrarse a la postura dogmática del Sócrates que sólo sabía que no
sabía nada. Dios dijo, Dios hizo, y lo demás escapaba a su comprensión. Mejor
pecar de infantil que por genio. El porrazo que se da un niño es lágrima de
cocodrilo, pero la altura desde la que caen los ídolos...
Llegando a
algún sitio, que ya empiezo a marear la perdiz demasiado, el fruto del Árbol
prohibido no eran los besos con los que Adán se comía a Eva. El fruto prohibido
era la unión entre el puño de Caín y la quijada del asno muerto. Otros lo
llaman la Guerra. ¿No fue esa la prohibición contra la que se estrelló el
Diablo cuando suscitó la enemistad de todo el mundo contra Cristo? ¿Cómo iba a
darle Satán a Jesús todos los reinos del mundo si no los conquistaba a fuego y
espada? ¿O acaso alguien se cree que los romanos iban a poner su imperio a los
pies del hijo de María por su cara bonita? Deduciendo y transfiriendo de Cristo
a Adán, “que era el prototipo del que
había de venir”, el Diablo tentó a Adán, rey electo del mundo, a conquistar
la Tierra empleando la fuerza, la bandera de la Guerra por delante ordenándole
a todos los pueblos someterse a su Imperio.
La Idea
Original Divina era que el reino de Adán se abriera como un Árbol que a todos
les ofrecería la Vida, por Bandera la Sabiduría. Al levantar entre la Guerra y
su Reino su Palabra, es decir, el Verbo, Dios le mostraba a toda su Creación,
del Cielo como de la Tierra, cuál era su elección y cuál su decisión si se le
ocurría a alguien ponerle delante del Dilema.
Entonces,
volviendo a poner los pies en el suelo, al darle un cuerpo a la Ciencia de la
ciencia del bien y del mal y hacerlo en el de un árbol, cuya naturaleza es su
regreso natural al polvo, Dios dio conocer mediante una metáfora su Voluntad,
de un sitio, y del otro levantaba entre esa Ciencia, cuyo fruto era la Guerra,
y sus hijos: su Ley. Nadie debe olvidar que todos sus hijos fueron testigos de
la Creación de los Cielos y de la Tierra, según el testimonio del propio Dios:
“¿Quién es
este que empaña mi providencia con insensatos discursos? Cíñete, pues, como
varón los lomos, voy a preguntarte para que me instruyas. ¿Dónde estabas al
fundar yo la Tierra? Indícamelo si tanto sabes. ¿Quién determinó, si lo sabes,
sus dimensiones? ¿Quién tendió sobre ella la regla? ¿Sobre qué descansan sus
cimientos o quién asentó su piedra angular entre las aclamaciones de los astros
matutinos y los aplausos de los hijos de Dios?”(Job-Intervención de Yavé).
En suma,
todos los hijos de Dios habían visto con sus ojos que el Verbo es Dios. Es
decir, Dios decía y así se hacía; Dios volvía a decir y así volvía a hacerse.
Con sus ojos vieron todos los hijos de Dios que el Verbo es Dios y que el Verbo
estaba en el Padre y en el Hijo. Todos menos Adán, lógicamente. A no ser que
quien es creado pueda asistir a su propia creación. Pero el punto hacia el que
quería yo llamar la atención es otro. El siguiente: Muy bien, el Padre había
tomado la decisión irrevocable de desterrar de su Reino la Guerra, ¿pero y el
Hijo? ¿El Hijo no tenía nada que decir? A salvo de toda tentación entre los
brazos de su Padre ¿por qué no le dejaba Dios que decidiera por sí mismo y se
pronunciara libre y voluntariamente sobre esa Ciencia?
¿Y si el
Hijo encontraba en la Guerra el placer que habían encontrado esos hijos contra
los que se levantó la Ley: “El día que de él comieres, ciertamente morirás”?
¡Cómo podía decir nadie de qué parte se pondría el Hijo si el Padre no le daba
la oportunidad de conocer esa Ciencia! Que decidiera por sí mismo sobre la necesidad
de desterrarla de su Imperio o la conveniencia de abogar delante del Padre a
favor de la coexistencia en su Paraíso de ambos árboles, el de la Vida y el de
la Muerte- con estos argumentos del Diablo y otros parecidos se decidió la
suerte de nuestro Mundo.
A estas
alturas de la Historia la Creación entera está al corriente de la decisión del
Hijo. A su forma, pocas palabras y un Hecho que habla mejor y más rotunda y
contundentemente que un millón de libros, el Hijo dio su respuesta: “Apártate,
Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás y a El solo darás
culto”. En otras palabras, antes muerto que permitir semejante transformación
del Paraíso en un Infierno gobernado por demonios adoradores de la Guerra. Y
para demostrar que estaba hablando en serio subió a la Cruz. Su Respuesta
-hacerse una cosa con el Padre al que adoraba- dio por finalizada la Guerra
Civil entre los hijos de Dios, y abrió una Nueva Era, en el Cielo como en la
Tierra.
Respecto
al Cielo, de donde bajara, al volver todo había cambiado. Dios le había dado a
su Reino una forma Nueva. Respecto a la Tierra, de donde se iba, dejaba en
marcha una Revolución Teológica cuya Meta era y es la Salvación del Género
Humano. Incapaces judíos y romanos para comprender lo que estaba pasando, la
Guerra contra el Cristianismo se hizo. Para defenderse y triunfar de la
Ignorancia de sus enemigos, Dios le dejó al pueblo cristiano sólo un arma: el
Ejemplo de Cristo. ¿O acaso no creó al Principio Dios al Hombre a su imagen y
semejanza?
En efecto,
la Caída no borró de la Mente Creadora el Proyecto de Formación del Hombre a su
imagen y semejanza. La Caída lo que hizo fue borrar las circunstancias ideales
sobre las que ese Proyecto comenzó a realizarse. Otro de los argumentos
originales de aquéllos que se conjuraron para abrir la Caja de Pandora y
desatar todos los males sobre el Género Humano fue éste: ¿Bajo condiciones
infernales podría demostrarse que el Verbo es Dios?
La maldad
pérfida en los argumentos del Diablo no acababa ahí. Una vez que la Guerra
contra el Espíritu Santo se desatara los asesinos de Adán tenían que sopesar la
posibilidad de la derrota a manos del hombre por cuya mano Dios les reclamaría
su sangre. Cuando Dios decretó su Juicio contra Satanás, aún con el corazón
desgarrado por nuestra suerte, le juró:
“Por haber
hecho esto, maldito serás entre todos los ganados y entre todas las bestias del
campo. Te arrastrarás sobre tu pecho y comerás el polvo todo el tiempo de tu
vida. Pongo perpetua enemistad entre tí y la mujer, y entre tu linaje y el
suyo; este te aplastará la cabeza y tú le acecharás el calcañal”.
Pero no
parece que el asesino se inmutara. Ni tampoco más tarde cuando volvió a
ratificar su sentencia, esta vez bajo juramento, con aquéllas palabras tan
suyas:
“Ciertamente
yo alzo mi mano al Cielo y juro por mi eterna vida; cuando yo afile el rayo de
mi espada y tome en mis manos el juicio, yo retribuiré con venganza a mis
enemigos y daré su merecido a los que me aborrecen, emborracharé de sangre mis
saetas y mi espada se hartará de carne, de la sangre de los muertos y los
cautivos, de las cabezas de los jefes enemigos” (Deuteronomio-Cántico de
Moisés).
Dura como
era la sentencia el Diablo siguió sin inmutarse. Al poco de matar a Adán lo
vemos luego junto a sus hermanos rebeldes eligiendo entre nuestras mujeres las
más guapas y procreando de ellas a los héroes de muy antiguo. Y más tarde
presentándose ante Dios en calidad de hijo todavía. O sea, que antes de
declararle Dios a Noé la ley que regiría el duelo a muerte entre el Hijo de Eva
y la Serpiente ésta ya era consciente de sus términos. Recordemos esa ley:
“Ciertamente
os demandaré vuestra sangre, que es vuestra vida; de mano de cualquier viviente
la reclamaré, como la reclamaré de la mano del hombre, extraño o deudo, pidiendo
cuentas de la vida humana. El que derramare la sangre humana, por mano de
hombre será derramada la suya; porque el hombre ha sido hecho a imagen de Dios”
(Génesis- Alianza de Dios con Noé).
No hay que
ser astuto como una serpiente para ver que la esperanza del Diablo y sus
ángeles rebeldes tuvo en estos términos su nido. Vamos a ver, si mataron con la
facilidad que un gigante aplasta a un chiquillo al hombre más grande que
existió nunca, el hombre al que Dios había formado con sus propias manos, ¡¿por
qué iban a tenerle susto a un hijo del muerto?
!Absurdo
-se dijeron-. Si bajo condiciones paradisíacas el Hombre que Dios criara como a
un hijo no pudo evitar ser un juguete en sus manos ¿qué harían con su Heredero,
formado en condiciones adversas, esos mismos Masteres del Infierno? Locos, con
la locura del que siendo una criatura de barro se atreve a declararle la Guerra
a su Creador, y cegados por el infinito valor y astucia del que mata a un niño
los Rebeldes no comprendieron en qué descansaba Dios su Victoria. ¿No habían
retado a Dios a dejar que su Hijo Amado decidiera por sí mismo el futuro de la
Ciencia del bien y del mal, y no estaban en que un hombre sería el Elegido para
el Día de la Venganza, el Día de Yavé? Muy bien, Dios les iba a dar las dos cosas
en un mismo Acontecimiento: Encarnación y Resurrección de su Unigénito.
Ah, el Día
de Yavé. Cómo olvidar el Día de Yavé contra el Diablo y sus ángeles malditos:
“Porque llegará el día de Yavé de los ejércitos
sobre todos los altivos y engreídos, sobre todo lo que se yergue, para
humillarlo; sobre todos los altos y erguidos cedros del Líbano, sobre las
robustas encinas de Basán, sobre todos los montes altos y sobre todos los altos
collados, sobre las altas torres y sobre toda muralla fortificada, sobre todas
las naves de Tarsis y sobre todos los monumentos preciosos, y será abatida la
altivez del hombre y la soberbia humana será humillada, y sólo Yavé será exaltado aquél
Día, y desaparecerán todos los ídolos” (Isaías-Prosigue el castigo de los
pecadores).
¡Bendito
sea Dios que nos eligió para defender nuestra Causa al Hijo de sus entrañas!
Los profetas se deshicieron en alabanzas por esa Elección que nos trajo la
Gracia. De entre todos esos cantos espontáneos en memoria del Campeón que Dios
nos había elegido, en honor al Héroe en cuyas manos había depositado Dios
nuestra suerte eterna, de entre todos esos cantos imposibles de retener en la
sangre hay uno que sigue soplando en el viento, dándole voz al que no tiene o
no sabe expresarse con la misma fuerza y lo hace suyo. Yo lo hago mío. Se llama
Canto de Amor. Y dice:
“Bulle en mi corazón un bello discurso, al Rey
dedico mi poema. Es mi lengua como cálamo de veloz escriba. Eres el más hermoso
de los hijos de los hombres; en tus labios la Gracia se ha derramado; por eso
te bendijo Dios para siempre. Cíñete tu espada sobre el muslo, ¡Oh Héroe!; tus
galas y tus preseas. Y marcha, cabalga por la Verdad y la Justicia; enséñete tu
diestra portentosas hazañas. Agudas son tus saetas; ante tí caerán los pueblos;
desfallecen los corazones de los enemigos del Rey. Tu Trono subsistirá por
siempre, Cetro de Equidad es el Cetro de tu Reino. Amas la Justicia y aborreces
la Iniquidad; por eso Yavé, tu Dios, te ha ungido con el óleo de la alegría más
que a tus compañeros. Mirra, áloe, casia exhalan tus vestidos; desde los
palacios de marfil los instrumentos de cuerda te alegran. Hijas de reyes vienen
a tu encuentro, y a tu diestra está la reina con oro de Ofir. Oye, hija, y
mira; inclina tu oído; olvida tu pueblo y la casa de tu padre. Prendado está el
rey de tu hermosura; pues que El es tu Señor, póstrate ante El. La hija de Tiro
viene con dones, los ricos del pueblo te halagarán. Toda radiante entra la hija
del Rey; su vestido está tejido de oro. Entre brocados es llevada al Rey.
Detrás de ella, las vírgenes, sus compañeras, son introducidas a tí. Con
alegría y algaraza son conducidas, entran en el palacio del Rey. A tu padre
sucederán tus hijos, los constituirás por príncipes de la Tierra. Yo quisiera
recordar tu nombre de generación en generación. Por eso los pueblos te alabarán
por siempre jamás”. (Canto Nupcial, de los hijos de Coré- Salmo 45).
En fin,
que aquí el asunto que nos concierne es otro. Porque Dios, mirando a abrir
entre los príncipes del Infierno y su Omnisciencia un Abismo insalvable, no
sólo anunció paso por paso la Victoria de Cristo Jesús sino que puso a
disposición del Enemigo todos los medios necesarios para darle a esas
circunstancias adversas, sobre las que había basado su enemigo su seguridad,
las notas contrarias más inimaginables. Mas como revela el Canto Nupcial todo
lo que hiciera el Diablo sería para nada. El Hacha estaba afilada y la Maza en
el Puño de su Dueño pedía la cabeza contra la que debía caer y aplastar cráneo
y cola. La alegría de los montes, el júbilo de los océanos, hasta las mismas
fieras de los desiertos fueron a besarle los pies y a sentir de las manos del
Héroe la caricia de su Dios el Día que el Rey le dijo a nuestro Enemigo:
“Apártate Satanás”.
El grito
de victoria de las estrellas que escucharon aquellas palabras se corrió por los
Cielos, desbordó las constelaciones y ondeó su bandera sobre la superficie del
mar de las galaxias. El primer Hombre fue maravilloso como un Niño grande e
inocente que no ha conocido lágrimas, penas, dolores, ni derramado sudores, ni
sufrido vientos solanos, ni el ardor del jornalero bajo el sol del estío seco y
duro como el acero. Se crió en los brazos de Madre Naturaleza. Aquél era su
primer niño; los pechos de Madre Naturaleza estaban llenos de leche, con sus
labios verdes se lo comía a besos, entre sus brazos lo dormía bajo las
estrellas como si sus vellos fuesen mantas de algodón virgen. Y su Padre, Yavé
su Dios lo quería con ternura exquisita, lo quería tanto que a la primavera le
ordenó detenerse y transformarse en una tienda de campaña llamada el Edén. ¡Qué
dura fue la Caída! Si al menos el Asesino se hubiera cebado en las carnes de un
anciano doblado por el peso de los años. O el Ladrón hubiera luchado por la
Corona de la Tierra contra un guerrero curtido en batallas, hasta fea su piel
de tantas cicatrices tatuadas en combates a muerte. No, el Asesino fue a
meterse con un Niño. El príncipe y héroe de los Infiernos fue a pavonearse
sobre el cadáver de un inocente.
Ay ay ay,
que se me parte el alma- lloró Madre Naturaleza el día que su hijo Adán cayó
bajo el grito de guerra sin cuartel que los dioses rebeldes le declararon al
Reino del Cielo. Calma tu pena, Mujer -le juró Dios - yo te suscitaré un hijo
que cogerá bajo sus pies al Rebelde y le aplastará la cabeza de un mazazo,
luego cogerá su tronco y lo partirá a hachazos, y esparcirá sus restos a los
cuatro vientos, y mi reino entero verá que si dura es la Caída más dura será la
Venganza. Y para consolarla puso su Palabra en sus faldas:
“Ciertamente
yo alzo mi mano al cielo y juro por mi eterna vida: Cuando yo afile el rayo de
mi espada y tome en mis manos el juicio, yo retribuiré con mi venganza a mis
enemigos y daré su merecido a los que me aborrecen, emborracharé de sangre mis
saetas y mi espada se hartará de carne, de la sangre de los muertos y de los
cautivos, de las cabezas de los jefes enemigos”.
Para el
enemigo la perdición, para nosotros la salvación. Por eso acaba su Cántico el
Profeta diciendo:
“Regocijaos,
gentes, por su pueblo, porque ha sido vengada la sangre de sus siervos, y hará
la expiación de la Tierra y su pueblo”.
Esperaban
los asesinos de Adán un Campeón de la estirpe y linaje de David, por toda arma
de combate el hierro.
Necios, si
el primer Hombre nació y vivió desnudo porque no conoció la Guerra, su Heredero
nacería vestido de guerra hasta los dientes. Hasta una Espada tenía en la boca.
Y de sus ojos salía un fuego salvaje que no se consumía nunca. (Leed la Visión
Introductoria de Juan a su Apocalipsis).
Largo y
sonoro, sí, fue el baile en honor del hijo del Hombre que a una bailaron los
ejércitos celestes, el Día de su Victoria, el Día de Yavé. Triste y duro fue el
Día Después, el día de las persecuciones interminables contra el Cristianismo.
Y ya puestos, volviendo al Debate, que me responda el que pueda: Mientras los
obispos de Roma, empezando por Pedro, eran echados a las fieras y sus colegas
eran quemados en cruces para que sirvieran de hogueras en la Noche de los
Césares, ¿dónde estaban Lutero, Calvino y sus colegas? Sí, con la boca llena de
verdad lo digo y le doy toda la razón del mundo a Lutero: la Cizaña de las
Indulgencias fue sembrada durante la Noche de los Obispos. Y con el corazón
rebosante de justicia lanzo a los cuatro vientos la pregunta: ¿Pero acaso no se
habían merecido los obispos un Descanso después de aquéllos Mil años de trabajo
sin tregua? ¿Y por una Noche de sueño profundo iba a quitarle el Señor la
gloria a su Esposa y dársela a una advenediza? ¿Acaso rompió con sus Apóstoles
y los echó fuera cuando se durmieron una hora antes de su Pasión?
La Gloria
es del Rey y El se la da a quien quiere. Que su Padre eligió para la Jefatura
al único que le negaría tres veces, pues sí. Que tanto el uno como los otros se
durmieron mientras sus enemigos ajustaban precio, lugar y hora, pues también.
Pero a ninguno le quitó lo que le diera, y ninguno defraudó su esperanza cuando
la hora de la verdad llegó también para ellos. ¿No se olvidó Dios en cuatro mil
años del amor que le tuvo a su hijo pequeño, que nada hizo para ganarse su
corazón excepto estar vivo, y en un milenio iba a olvidarse de aquéllos hijos
que conquistaron su ser entero con aquella declaración de amor eterno que
firmaron con su sangre los obispos de Roma y la iglesia Católica entera?