LUTERO, EL PAPA Y EL DIABLO
TERCERA PARTE
CAPÍTULO 8.-Los cánones penitenciales
-Los
cánones penitenciales han sido impuestos únicamente a los vivientes y nada debe
ser impuesto a los moribundos basándose en los cánones.
Entramos
de lleno en el mundo de la relación entre el cristiano y el pecado. La razón es
evidente. Donde no hay pecado no hay necesidad de penitencia. La penitencia
sólo existe unida a un delito, que puede ser religioso o social. Al delito
religioso lo llamamos pecado, aunque en la teoría del origen de los males del
mundo figure el pecado en la raiz del delito social. Es con esta raiz interna y
no con su fruto externo que la Iglesia tiene su misión. Pues contra el pecado
no puede hacer nada ningún juez, a no ser que alguien pretenda elevar al código
penal mirar a la mujer ajena con ojos de deseo. Teológicamente hablando, el
pecado es la semilla y el delito es su consumación. De donde se debe entender
que los cánones penitenciales de los que se habla en esta tesis tratan de las
penas debidas a un pecado y no a un delito. Lo que a los hijos de Dios nos debe
preocupar no es cómo ni a quién se aplica la penitencia canónica, preocupación
específica relativa a los siervos. Nuestra preocupación está en saber por qué
se aplicaban penitencias, canónicas o del tipo que fuesen, cuando el objeto de
la Fe es la inmunidad del cristiano frente al virus del pecado. La explicación
del R. P. Martín Lutero va directa al grano. Porque donde había pecado había
indulgencia y donde había indulgencia había dinero. La explicación de la
Historia es otra muy diferente. Y tiene que ver con la manera de vivir su Fe
las primeras generaciones de cristianos. Inútil decir que las siguientes
palabras de Lutero:
“Sé
pecador y peca fuertemente, pero confíate y gózate con mayor fuerza en Cristo,
que es vencedor del pecado, de la muerte y del mundo. Mientras estemos aquí
abajo, será necesario pecar; esta vida no es la morada de la justicia, pero
esperamos, como dice Pedro, unos cielos nuevos y una tierra nueva en los que
habita la justicia”.
Estas
palabras en las orejas de los Apóstoles y los Primeros Cristianos, hubieran,
sin duda, sonado a doctrina del mismísimo Diablo. La pregunta para nosotros es
cómo el alma cristiana pudo cambiar de una forma tan radical para creer de
Cristo lo que un día antes hubiera creído del Diablo. ¡Otro de esos misterios
sobre los que pende la espada de Damocles!
En suma,
el amor al hermano en la Fe estaba tan desarrollado en aquéllas comunidades
cristianas que en su misericordia los sacerdotes, ante el hecho de la
existencia de fuertes y débiles en la fe, tuvieron que levantarse entre ambos
pidiéndoles a los fuertes que fueran indulgentes con los más débiles. ¿Los que
tenían más dinero no tenían piedad de los que tenían menos? Pues lo mismo.
Estaban a las persecuciones del emperador de turno, los fuertes tenían que
comprender y admitir la indulgencia de sus sacerdotes para con los hermanos más
débiles. Para reforzar sus argumentos los sacerdotes recordaban la promesa de
Jesús a sus Apóstoles:
“Acordaos
de la palabra que yo os dije: No es el siervo mayor que su señor. Si me
persiguieron a mí, también a vosotros os perseguirán; si guardaron mi palabra,
también guardarán la vuestra”.
Y acto
seguido les leían a los fuertes, que eran los más, las palabras de Pablo sobre
los fuertes y los débiles en la fe:
“Acoged al flaco en la fe, sin entrar en disputas
sobre opiniones. Hay quien cree poder comer de todo; otro, flaco, tiene que
contentarse con verduras. El que come no desprecie al que no come, y el que no
come no juzgue al que come, porque Dios le acogió” etcétera.
Desgraciadamente
siempre hay quien ni come ni deja de comer. De donde se ve que la debilidad
tenía que ser fortalecida, pero no mediante excomuniones y anatemas, sino por
la fuerza invencible del Amor. De cuyas entrañas sacerdotales nació la
Penitencia, que podía ser más o menos pesada pero que nunca solía ser más
pesada de lo que podían soportar los cristianos más flojos. Tampoco se les
podía hacer tan leve que a la próxima ocasión volvieran a caer en la tentación.
Lo mismo que el niño aprende a andar tropezando y finalmente aprende a correr
como una gacela, de la misma manera hay que enseñarle al cristiano a luchar “contra el último enemigo: la Muerte”. Con esta Filosofía del Amor por estrella polar los fuertes llevaron a hombros a
los débiles a la Cruz y juntos conquistaron aquella Europa a la que la Reforma
predestinó a ser el campo de batalla de Gog y Magog.
De manera
que el Reverendo Padre Martín Lutero volvía a mentir cuando decía que la
Indulgencia existía por el dinero y el pecado existía por la Indulgencia.
Mintió cuando dijo que la vida del cristiano es penitencia perpetua. La
penitencia, como hemos visto, fue el muro que los sacerdotes levantaron entre
el cristiano y la Muerte. Su cuna fue el amor entre hermanos en la misma Fe.
Nada entonces tuvo que ver el dinero en el nacimiento de la indulgencia
eclesiástica. El misterio para nosotros es descubrir cómo lo que naciera del
Amor llegó a degenerar en un comercio tan monstruoso. ¡Otro enigma sobre el que
la espada de Damocles hace brillar su hoja!