BIBLIOTECA TERCER MILENIO

LUTERO, EL PAPA Y EL DIABLO

 

CUARTA PARTE

 

CAPÍTULO 13.-Los moribundos y las leyes canónicas

 

-Los moribundos son absueltos de todas sus culpas a causa de la muerte y ya son muertos para las leyes canónicas, quedando de derecho exentos de ellas.

 

En muchas cosas se equivocaría Lutero, pero en este tema más que en ninguna, desgraciadamente. ¿Porque si la Muerte absuelve de todos los delitos que se cometan contra el Reino de Dios, que son los que se comprenden bajo la largo mano canónica, para qué y por qué le entregó Jesucristo a sus Apóstoles Llaves de ninguna puerta?

El retórico y sofista Lutero se está absolviendo a sí mismo de los delitos contra el Reino de Dios que pudiera cometer. Y si se bendice a sí mismo alguna batalla que librar tendría en mente. Por ejemplo Constantino el Grande.

El famoso Constantino el Grande sabía que el ejercicio de Imperator y la vocación de cristiano son tan imposibles de conciliar que se reservó el Bautismo para el último minuto. El hombre se jugó el alma y le salió bien. Era un vencedor y hasta a la Muerte le ganó el pulso. Más astuto que el Diablo guardó el as invencible de la absolución bautismal para el último momento.

Aquí Lutero apuesta fuerte también. Se lo va a jugar todo a un farol. Si le sale bien las puertas grandes de la gran iglesia papista se le abrirán de par en par; si pierde su destino será el del Hereje. Y él lo sabe. La batalla es formidable. Pero él no le tiene miedo. Y empieza por absolverse a sí mismo de todos los posibles delitos contra la Unidad del Reino de Dios que por culpa de los que le descubran el farol tendrá que cometer.

Sujeto el delito de Desobediencia a las penas canónicas se da a sí mismo la bendición del que se desea suerte y se convence a sí mismo que la Muerte lo absolverá de cualquier delito contra Jesucristo. Bajo la misericordia y generosidad del que defiende a los moribundos y difuntos, bajo la piedad por los pobrecitos que se mueren y a cuyos lechos se acercaban aquellos malos siervos, Lutero escondía a los ojos del pueblo y de sus jefes su propia jugada maestra.

A Constantino el Grande le salió bien la suya, ¿por qué no iba a darle a él su farol la victoria que estaba buscando con estas Tesis?

En cuanto a la ley canónica es evidente que, siendo el cristianismo la evolución natural del judaísmo, como permanecían las penas de quienes no se acogían a las leyes rituales del sacerdocio aaronita y morían en ellas, permanecen en las debidas quienes no se sujetan a los cánones establecidos por el sacerdocio cristiano. A no ser que Jesucristo mintiera cuando les dijera a sus Discípulos: “Acordaos de la palabra que yo os dije: No es el siervo mayor que su señor. Si me persiguieron a mí, también a vosotros os perseguirán; si guardaren mi palabra, también guardarán la vuestra”.

Otra cosa muy distinta será que los siervos utilicen ese Poder para imponer su arbitrio y cargar la vida del creyente con pesadas taras canónicas y ritos extravagantes destinados, exclusivamente, a hacer imposible la alegría del Ser que se descubre hijo de Dios y quiere vivir la realización de su vocación, que es la vida eterna, aquí y ahora.

Hablando de esta arbitrariedad esquizoide y demente los propios siervos, de producirse semejante desquiciamiento, se descalificarían a sí mismos. Pero si con la muerte se acabó todo, que es adonde va esta tesis de Lutero, ¿si esto fuera así cómo podría juzgar Dios a nadie?

¿Si en muriendo queda absuelto de todos sus delitos el que muere bajo qué justicia podría llamar Dios a la Humanidad ante su tribunal? De manera que la proclama que contiene esta tesis es un absurdo supino.

Absurdo que fundamenta su lógica irracional en la Fe sola como mecanismo de anulación del Juicio Final que pesa sobre las obras. Que la Fe absuelve al hombre de todos sus pecados es la leche con la que se alimentó el cristianismo; que por sus obras es juzgado todo hombre, el cristiano como el que no lo es, se demuestra leyendo el Evangelio. El capítulo sobre el Juicio Final no engaña ni miente: “Tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; fui peregrino, y no me acogisteis; estuve desnudo y no me vestisteis; enfermo y en la cárcel y no me visitasteis”.

La Fe salva de la condena debida a los pecados cometidos antes de volver a nacer; pero entre la nueva vida y la futura hay un Juicio, y aquí es donde entran las obras. A no ser que Lutero invocando el principio antes expuesto: “Si guardaren la mía guardarán la vuestra” utilice su palabra para anular la de su Señor a la manera que los judíos anulaban la palabra de Dios con sus preceptos, y los obispos la caridad divina mediante las indulgencias.