BIBLIOTECA TERCER MILENIO

LUTERO, EL PAPA Y EL DIABLO

 

QUINTA PARTE

 

Sobre la Rebelión de Lutero

 

La palabra polémica viene de la palabra griega “polemos” que significa: guerra. En este capítulo voy a demostrar que el acto de traspasar de pecho a costado una hoja de papel y clavarla contra la puerta de una iglesia fue una declaración de guerra, tan real y mortífera como lo fuera la de aquella Serpiente que con toda la aparente inocencia del mundo en sus labios y, sin quererle hacerle daño a nadie, le clavó a Dios el puñal de la traición hasta el mismísimo alma.

Y es que la relación que hasta ese momento la nación alemana y el obispo de Roma habían mantenido, obviando sus hazañas, se parecía tanto a la de una madre con su hijo que, por fuerza, la Reforma tenía que sentarle a la iglesia católica como a Jesucristo le sentó la traición de Judas, con la diferencia de que Jesús la vio venir y el obispo de Roma, preocupado como estaba por construirse una “casita”, no se enteró de nada hasta que por su culpa Cristo perdió la Unidad de su Cuerpo y Reino.

Pero no sólo voy a demostrar que las 95 Tesis fue la declaración de guerra de la iglesia alemana al obispo de Roma. Voy a demostrar también que el acto de condenar a todos los católicos de todo el universo por el pecado de un obispo fue un acto de locura, un ejercicio de divinidad que, si le competía a Dios condenar a todo el mundo por el pecado de un sólo hombre, su imitación por Lutero, cuando por el pecado del obispo de Roma sentenció al infierno a todos los católicos del mundo, ese día Alemania firmó el contrato por el que sus hijos llevarían al resto del mundo al campo de batalla de la Segunda Guerra Mundial.

Voy a demostrar también que el obispo de Roma ni era Santo ni era Padre, y si alguna paternidad se le podía adjudicar por entonces era la debida a la que le obligaban los hijos tenidos de sus amantes.

Voy a demostrar que la Reforma fue una guerra entre siervos por el poder. En la que si una parte, el obispo de Roma, había cometido contra su Señor el pecado de Negarle, erigiéndose en cabeza de la Cristiandad, la otra parte, Lutero y sus hermanos: al ejercer de dioses y condenar por el pecado de un obispo al resto del universo católico, voy a demostrar que emitiendo este juicio final contra las demás iglesias la iglesia alemana cometió un pecado aún más terrible que el del obispo de Roma.

Voy a demostrar cómo el pecado lleva a la muerte, y la Muerte a la guerra. Y que si hubo guerra, como cuando hay un divorcio, es porque hubo dos partes implicadas en los prolegómenos de un conflicto, partes a las que puede aplicársele el reto de Jesucristo: quien esté libre de pecado que tire la primera piedra.

Voy a empezar por el obispo de Roma, la parte condenada y enviada al infierno por la otra parte protagonista del conflicto. Y voy a empezar diciendo que o se es santo toda la vida o no se es. Quiero decir, la santidad no es una chaqueta que hoy me pongo y mañana me quito. Cuando creemos que el Espíritu Santo es Dios declaramos y confesamos justamente eso, que porque participa de todos los atributos naturales al Ser Divino podemos tener toda la confianza en la invitación a la vida eterna que el Padre y el Hijo nos hicieron.

Siendo el espíritu del Padre y del Hijo uno y sólo uno, y la cualidad que en orden a la vida y existencia de su Reino mejor define la naturaleza de Cristo es la Santidad, al elevarlo Dios a su Naturaleza nos asegura que, como Dios no puede dejar de ser quien es, tampoco su Espíritu puede dejar de ser lo que es.

Quien a sí mismo se llama Santo debe cumplir esta ley de santidad perpetua. Así que si el obispado de Roma con todas las de la ley se merece esa gloria lo mejor que podemos hacer es juzgarlo nosotros mismos por sus obras. Quiero decir, San Pedro no fue elevado a los altares por haber negado tres veces a Dios en Jesús. Al contrario, la santidad del Hijo de Dios se descubrió en su humildad al no condenar por una debilidad pasajera a quien su Padre había elegido como Jefe de los Apóstoles.

Voy a demostrar que cuando Lutero condenó al sucesor de San Pedro en razón de sus pecados, aunque con toda la razón del mundo, esta razón no era suficiente para adjudicarse él la santidad que, de haber rechazado el Hijo al elegido de su Padre, ni el propio Hijo de Dios se hubiera merecido. La ausencia de aquella humildad jesucristiana fue el pan de cada día que Lutero le sirvió a la iglesia alemana. Pero para que nadie crea que la inteligencia de un hijo de Dios puede ser comprada o vendida en virtud del Amor a su Madre voy a empezar por quien sin su pecado no hubiera habido culpa de la que lamentarse.

Corría el año 903 de la Primera Era de Cristo. En su maravillosa omnisciencia salvadora Dios había predeterminado que el Diablo fuera liberado al término de este primer milenio. Consciente de lo duro que la condena de destierro ad eternum de su Creación resulta a oídos de sus hijos quiso liberarlo de su prisión para que todo el mundo viera cómo en lugar de doblar sus rodillas y pedir misericordia a lágrima viva el Maligno preferiría hacer más honda su ruina. La profecía había sido escrita. Ningún siervo del Señor tenía excusa para echarse a dormir una hora antes de la liberación anunciada. Éstos no sólo dormían sino que vivían y le hacían vivir a la cristiandad una terrible pesadilla.

Para celebrar el nacimiento del siglo X, antesala del milenio por cuyo campo el Infierno extendería su grito de guerra contra el Reino de los cielos en la Tierra, el obispo de Roma, un hombre llamado Sergio, su número el 3, bajó hasta las catacumbas de su reino.

En misa negra, ad maiorem gloriam del Diablo que en su prisión se removía loco por ver llegar el día de su liberación, aquél obispo de Roma le ofreció en sacrificio a Satanás la vida de sus dos predecesores, ambos en la cárcel.

Aquél Sergio III degolló a Cristóbal y León, también obispos de Roma. Con este sacrificio humano al estilo de los mejores días de las religiones más antiguas y salvajes registradas en las crónicas negras de la triste memoria de nuestro mundo, con aquél doble crimen, ejecutado por un “Santo Padre” comenzamos esta historia.

De aquéllos dos desgraciados “santos padres” el más desgraciado se llamaba León, el V de su especie. El otro “santo padre”, el que se llamaba Cristóbal, dio contra él un golpe de estado, lo destronó, al pobre León V, y lo condenó a morirse en la cárcel.

La providencia que la Muerte ejerce sobre el tablero de su guerra contra la Vida no tardó en mover alfil, cantar jaque y darle mate al nuevo rey de Roma. El nuevo campeón se llamaba Sergio. El 3 de su especie.

Con él llegó a Roma aquella Pornocracia que en el futuro volvería a hacer las delicias de los enemigos de Roma. Si lo de “santo” no le convenía a aquél obispo más ni menos que al propio Diablo, lo de “padre” sí. Tanto como los cuernos que su amante le ponía con los demás obispos. No es de mal pensado creer que la que se acostaba con la “cabeza” lo hacía con todo el cuerpo en su conjunto. Así que el tal Sergio tenía sobre la cabeza los cuernos que se suponían signo de los divinos profetas y a sus espaldas una historia larga de crímenes, la cima de cuyo iceberg fue el degüello de aquéllos dos “santos padres” como ya he dicho.

Sergio era el prostituto sagrado de una tal Marozia. Según esta hembra, pues que las mujeres fueron usadas para la prostitución sagrada en los tiempos antiguos ¿porqué las mujeres modernas no iban a poder hacer lo mismo con los machos de su época? (Un buen punto). Y siendo ella quien era, la hija del duque y señor de la Ciudad Eterna, porqué iba a conformarse con un cura si podía tener al mismísimo “santo padre”. Y como podía permitirse el lujo de tener por amante al mismísimo “santo padre” Marozia no se privó del gusto.

Marozia era la hija de Teodora la Grande. Esta Teodora era la mujer del duque Teofilacto, gobernador de Roma, del que tuvo a Teodora la Pequeña y a Marozia, la amante de Sergio III y madre del futuro Papa Juan, el 11 de su clase, otro “santo padre”. De todos modos aunque el obispo de Roma fuera su concubino Marozia tenía su propio marido, un tal Alberico. Quien lógicamente no podría jamás aspirar a ser el único.

El segundo marido de Marozia se llamó “Guindo”. Con el consentimiento o sin el consentimiento de éste, si por calmar los celos del marido de turno o por cambiar de tercio, el hecho es que Marozia despachó al infierno al siguiente de la lista de los santos padres, otro que se llamaba Juan, el 10 de su especie. Pero antes de despejarle el camino a su Juan, que sería el 11, Marozia siguió quitando y poniendo “santo padre” con la facilidad de la que se quita las bragas.

Anastasio, que sólo se mereció un 3 en la cama, y Landon, que se quedó con el cero a la izquierda, apenas si le duraron un suspiro a Marozia la Papisa. Los dos, Anastasio y Landon, fueron prostitutos sagrados antes de que el siguiente “santo padre” recibiera por los servicios prestados su paga; Marozia la Papisa lo encarceló y ordenó que lo encerraran en el calabozo hasta que se muriera; pero al rato lo repensó mejor y ordenó que lo mataran antes que llegara a la celda. Este fue el final feliz de aquel otro “santo padre”.

El de su sucesor no sería menos feliz. León, que así se llamaba, el 6 de su clase, no fue tan fiero como de su nombre podía esperarse que lo fuera en la cama. No le duró a la reina porno de Roma más que un medio año corto. Cansado de buscar la fiera que por su nombre debiera tener aquél “león”, Marozia lo ahogó con la almohada en la que las babas de tantos obispos de Roma habían dejado sus autógrafos.

El siguiente en mojarla fue un tal Esteban, por su título el 7, alguien de quien podía esperarse algo más. Pero no, las ilusiones de la carne se hacían más difíciles de satisfacer conforme se hacía más vieja la pelleja; de todos modos le duró dos años, el tiempo que tardó la primavera en alterarle la sangre. Que, conmovida hasta las plaquetas por el amor a su hijo, y cansada de tantos “santos padres”, porque lo quería y podía lo sentó en el trono de san Pedro.

Juan, el 11 de su especie y clase, dio la venia a la anulación del matrimonio de su madre con el fantasma de su segundo esposo y gozó de la inefable visión de ver a su santa madre coronada reina de Italia. El corazón místico de la reina madre Marozia la Papisa, mujer de Hugo de Provenza, rey de Italia, y el alma divina de su hijo “el santo padre” sufrieron en esos días una desgraciado patada en sus entrañas inmarcesibles cuando el miserable hijo del primero de los esposos de Marozia, el conde Alberico el Joven puso en grito en el cielo y llamando a su causa a todos los ángeles del universo expulsó del reino de su gloria infinita a su madre. Al “santo padre Juan XI” lo desterró del olimpo pontificio y en las mazmorras, en las que el Demonio maldito contra los barrotes de su locura inextinguible limaba sus cuernos, murieron madre e hijo. Era el año 935 de la Primera Era de Cristo.