BIBLIOTECA TERCER MILENIO

LUTERO, EL PAPA Y EL DIABLO

 

SEXTA PARTE

 

CAPÍTULO 31.- El hombre y las indulgencias

 

-Cuán raro es el hombre verdaderamente penitente, tan raro como el que en verdad adquiere indulgencias; es decir, que el tal es rarísimo.

 

Obviamente el pecado cometido en la vida diaria, entendido el pecado como producto del choque entre la Fe y un mundo sujeto a la ley del más fuerte, existe. No podemos olvidar que hemos nacido y vivimos en un mundo sujeto a las leyes de una Ciencia cuyo objetivo final es la destrucción del mundo en que parasita. Por muy grande que sea nuestra fe el día a día produce chispas. La dirección del cristianismo en el escenario de la historia universal, a nadie se le oculta, es limar ese choque y conducir al mundo al encuentro de la Justicia Divina, bajo cuyo gobierno las generaciones futuras no tengan que sufrir la violencia del choque que nos hace caer, equivocarnos, errar y lamentarnos de nuestros impulsos, decisiones y arrebatos. En este terreno personal cómo no vamos a sentir la pena que nos causan las consecuencias de nuestros errores. Lo que es vivir en penitencia perpetua, y en esa penitencia perpetua perfecta de la que el odio hacia el Yo propio es su lema patológico, este tipo de penitencia se la dejamos a los sadomasoquistas que prefieren llorar, administración de latigazos incluidos, la Muerte de Jesucristo a gozar de su Resurrección. Así que si la rareza se refiere a este tipo de penitente esperemos que llegue el día que no haya ni uno.

 

 

CAPÍTULO 32.-La salvación de las indulgencias

 

-Serán eternamente condenados junto con sus maestros, aquellos que crean estar seguros de su salvación mediante una carta de indulgencias.

 

¿Qué decir delante de esta declaración de omnipotencia? Justo es que a quien creía, por engaño o por ignorancia ajena, que al Juez Divino se le puede comprar con una moneda, de oro o de latón da igual; justo es que a ese pobre infeliz se le diera un buen rapapolvo mental, por ejemplo. Pero condenarlo al Infierno, por Dios santo, ¿quién se creía Lutero que era? ¿Sacaba a su pueblo de un error para meterlo en un error más grande todavía? ¿Lo liberaba de la corrupción a que una bondad infinita mal entendida había conducido al cristianismo para esclavizarlo a la mentalidad de un espíritu absolutista que se creía con autoridad todopoderosa para condenar, a eternidad incluso, a esos pobres ilusos? ¿Este lenguaje es propio de un discípulo de Jesús? ¿No le bastaba con odiarse a sí mismo que tenía que transmitir ese odio al resto del mundo? De haber llegado a ocupar el puesto que tanto criticaba ¿desde el trono de Pedro qué hubiera sido del cristiano inculto bajo la gloria de este tipo? Al fin y al cabo si el infeliz creía tal era problema suyo, ¿y por eso se iba a merecer una condena de naturaleza igual a la que el Maligno por un crimen de dimensiones infinitas se ha ganado a pulso? La verdad, para quien juraba estar inspirado por el Espíritu Santo su lenguaje resulta demasiado duro y apenas reconocible en la piedad y misericordia de aquél Jesús que se deshacía delante de la debilidad humana. ¡Qué extraño tiene, pues, que en las orejas donde semejante condena encontró su Paraíso los ecos de las botas del Infierno Nazi encontrasen refugio!