LUTERO, EL PAPA Y EL DIABLO
OCTAVA PARTE
Sobre el Volver a Nacer
La
Historia es una ciencia exacta. Con independencia del tiempo y del lugar la
misma causa produce invariablemente el mismo efecto, o la misma secuencia de
efectos si fuere el caso. Dios, que es Inteligencia, la verdad es la vocación
de su espíritu y la ciencia su instrumento de trabajo, a la fenomenología de un
mundo sometido a las leyes que nuestra Historia Universal nos descubre en sus
páginas la llamó: la Ciencia del Bien y del Mal. En cuanto Ciencia,
independientemente del lugar y del tiempo donde se desarrollen sus principios,
lo mismo que una Caja de Pandora que se abre, una vez que su fenomenología se
desata y se le da por campo de acción un mundo desnudo ante sus efectos
-ignorante de su fenomenología- la reacción en cadena derivada de la esclavitud a
sus leyes provoca siempre la misma secuencia de acontecimientos.
Por esta
razón y no por ninguna otra le profetizó Dios al Primer Hombre: “Polvo eres y
al polvo volverás”. Desde la Caída y partiendo de su experiencia Dios podía
predecirle al Género Humano su futuro; a raiz de la Caída la destrucción de la
Humanidad se había convertido en una crónica anunciada. No era la primera vez
que Dios había visto el fenómeno; las veces que había visto caer a un mundo en
las redes de la Ciencia del bien y del mal le habían enseñado a predecir la
trayectoria de su historia de principio a fin. Con la misma seguridad que un
genio describe la trayectoria de un cuerpo en el cielo partiendo del
conocimiento de todos los parámetros y fuerzas en movimiento, con esta misma
seguridad Dios podía decirle a Adán lo que le dijo: “Polvo eres y al polvo
volverás”.
Evidentemente
nosotros somos el Género Humano, el mundo atrapado en las redes de esa Ciencia
por culpa del Acontecimiento que llamamos la Caída de Adán. Quiero decir, lo
único que tenemos para creer en esa crónica anunciada es la Palabra de Dios. Y
lo único que tenemos para creer en que esa Palabra es Dios es la Fe. Una Fe que
se expresó en términos conocidos, diciendo: “Al principio era el Verbo, y el
Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios”.
Dos
posturas, creer o no creer. Y las dos forman parte de la misma fenomenología.
Ser cristiano significa que se vive dentro de la primera opción.
Como
hombres sin embargo, hijos de un Universo que ha vivido esta experiencia en sus
carnes, la lucha por mantener nuestra Fe contra la irracionalidad de las
fuerzas que han empujado al Género humano al abismo de su autodestrucción nos
impone su propia ley. Enfrentados al destino del mundo nuestra inteligencia
intenta buscar en la Historia esa realidad objetiva que nos permita darle a su
cuerpo la naturaleza de una Ciencia. Y después de estudiar la Historia la
conclusión a la que llegamos es que así es, la Historia Universal es una
ciencia exacta.
Como para
los peregrinos que llegan a Roma lo importante no es el camino, porque hay
infinitos, sino llegar, en este terreno del descubrimiento de la estructura de
la Historia Universal viene a pasar lo mismo, no importa tanto la plataforma
desde la que se llega al conocimiento de sus leyes cuanto el hecho de ser
muchos los testigos de la existencia de esas leyes. Es más, el hecho de proceder
esos testigos de diferentes zonas ideológicas no sólo no contradice el valor de
la ley sobre la que se testifica, sino que precisamente por llegarse a ella
desde diferentes caminos este punto de encuentro se convierte en un argumento
de fuerza científica contra cuyo peso toda disputa pierde sentido. Lógicamente
siempre hay quien quiera pararse a negar lo evidente.
Yo,
esclavo de la ley por excelencia de la vida mortal: el tiempo es oro, no seré
yo quien se pare a discutir si es el sol el que brilla o es la luz la que hace
brillar al sol, si es el agua la que mueve la corriente o la corriente la que
mueve el agua del río. Dios me libre de imitar a los sabios aquéllos que
discutían para mostrarse así mismos el hecho de ser mejor que ese vulgo que apenas
sabía hablar; no digamos ya articular un buen razonamiento.
A este
tipo de discusiones -si en las antípodas llueve para arriba o para abajo- se le
llamó en su tiempo bizantinas, porque, como se ve, era la forma de pasar el
tiempo que tenían los que no tenían nada mejor que hacer. Los sofistas, y como
tales artistas de las disciplinas de la composición y la manipulación del don
de la palabra, como esos artistas que necesitan que les aplaudan su genio, o
como aquéllos matemáticos del siglo XX que se distraían creando universos con
una palanca de números, los bizantinos, como había señores de la guerra, se
distraían ellos compitiendo a ver quién era el más brillante señor de la
palabra. Fueron ellos quienes inventaron la cuadratura del círculo por ejemplo,
o el dilema de la victoria de la tortuga contra las veloces piernas de Aquiles,
entre otros muchos enigmas del universo. Si algo nos enseñó Jesús con la dura
realidad de su Cruz es que el don de la palabra que se nos ha concedido tiene
una función algo más digna y poderosa que matar el tiempo de nadie, cuanto
menos el propio. Así que regresemos a la fuente de nuestro pensamiento, que es
Cristo.
Eterno, la
conclusión final a que le condujo a Dios su relación con esta fenomenología
cósmica es que todo mundo sujeto a la Ciencia del bien y del mal, si abandonado
a sus propias fuerzas, tiene por vocación segura su autodestrucción
apocalíptica.
Increado,
Dios vivió esta fenomenología más veces de las que podamos hacernos un cálculo.
Y fue partiendo de esa experiencia que se juró a si mismo desterrarla de su
Creación, aún cuando tuviera que transformar la Realidad y crear un Nuevo
Cosmos.
Inapelable,
cuando al Principio le dijo a su hijo Adán: “No comas, porque morirás”, no le
estaba diciendo morirás porque a mí me da la gana, yo soy Dios, tú seguirás
siendo una bestia aunque tu mujer sea guapa como una diosa, y aquí se hace lo
que mando yo que para eso soy todopoderoso y omnipotente, ¿vale?
No, en
absoluto. Dios no le estaba hablando de esta manera; un padre no le habla así a
un hijo. Le estaba hablando a la manera que le decimos a un hijo nuestro que no
juegue con la electricidad. Corriente eléctrica tiene que existir y por miedo a
un accidente no vamos a prohibir la luz. La verdad que nos queda es decirles a
nuestros hijos que con la luz no se juega. Y punto. Si hay alguno que se
ofende, peor para él. Desde esta verdad le dijo Dios a Adán: “No comas, porque
el día que comas, morirás”.
Es difícil
saber cómo el joven Lutero llegó a imaginarse a Dios a imagen y semejanza de un
tirano, como si Dios fuera un dictador. ¿Esta actitud suya frente a Dios no
tuvo su génesis en algún pecado de juventud?
¿El
comportamiento animal que en su celda desarrolló frente a Dios no permite
relacionar su entrada en el convento con el castigo que se merecía, según su
conciencia, algún pecado inconfesable suyo? ¿De la violencia contra sí mismo
que su decisión de meterse a fraile desató no se puede deducir que se sintió
atrapado en flagrante delito, según venía de cometer su pecado inconfesable, su
secreto? Su respuesta a la tormenta fue la clásica del hombre primitivo que se
cree que la tormenta se ha desatado por su culpa, como si el sentido de las
fuerzas de la Naturaleza fuera el hombre.
Y creyendo
el joven Lutero que la tormenta tenía en su culpa su origen, el rayo que estuvo
a punto de fulminarle expresión de la cólera de Dios, pidió clemencia
ofreciendo como penitencia meterse a fraile.
Obviamente
no es de esperar que el Maestro Lutero fuera por ahí confesándole a nadie de
dónde venía aquella tarde, o por qué creía que de donde viniera se merecía el
castigo que a sí mismo se impuso, entrar en un convento. Pero nosotros,
deduciendo de su juventud, 22 años, no tenemos que poner demasiada sagacidad en
el asador ni ser más mal pensado de la cuenta para comprender que el joven
Lutero regresaba de una cita amorosa, romance de naturaleza sexual, por la
razón que fuera inconfesable a los ojos de sus padres. ¿Una viudita que le
doblaba en años? ¿Qué tipo de amor prohibido podía resultarle tan inconfesable
a un joven de 22 años en un mundo donde la licencia sexual se había instalado
en aquel trono de Roma donde un obispo había sentado el culo de sus amantes?
Hablamos de los Borgias, por supuesto, y de aquel santo padre Alejandro VI.
La naturaleza
del pecado inconfesable del joven Lutero no la conocemos exactamente. Lo más
natural en un joven de 22 años es que tuviese una amante secreta, de cuya casa
regresaba cuando lo atrapó aquella tormenta. Culpable -pensando en sus padres- y
a la vez gozoso pensando en su Yo propio- el peso del momento le negó el
auxilio que viene del alma y, como quien en la carretera o en el trabajo comete
un fallo técnico que casi le cuesta la vida y le deja marcado para los restos,
asustado de muerte por aquel rayo el joven Lutero, habiendo visto Dios donde
debiera haber visto al Diablo, que a todos nos busca y siempre anda buscando a
quien engañar precisamente haciéndose pasar ante los ojos de su alma por Dios,
engañado de aquella manera, cegada su inteligencia para descubrir en la actitud
del Dios del Antiguo Testamento el drama en el origen de su actitud distante y
fría -justiciera, en palabras de Lutero- Lutero quedó ciego para comprender que
quien destrozó su vida haciéndole pagar un pecadillo de juventud con un castigo
tan grande, no fue el Dios, Padre de Jesucristo, en cuyas manos al final de su
vida pusiera su alma. Su confesión personal al respecto nos aclarará mejor las
ideas que una montaña de discursos:
“Aunque
como monje yo llevaba una vida intachable me sentía ante Dios como pecador y
con la conciencia inquieta y no podía sentir que Dios me fuera propicio. Por
eso no amaba al Dios que castiga a los pecadores, antes bien lo aborrecía. Así
ofendía yo a Dios si no con oculta blasfemia, sí por lo menos con fuerte murmuración
y decía: No contento con que los miserables pecadores, que se pierden
eternamente por razón del pecado original, estén oprimidos según la ley de la
antigua alianza con calamidades de toda especie, Dios quiere también amontonar
tormento sobre tormento con el mismo evangelio, al amenazarnos también en la
buena nueva con su justicia y su ira. Así me enfurecía con conciencia rabiosa y
trastornada, y me devanaba los sesos con aquel pasaje de Pablo, llevado del
ardiente deseo de saber lo que Pablo quería decir. Hasta que tras largas
meditaciones de día y de noche, Dios se apiadó de mí y caí en la cuenta del
nexo interno entre los dos pasajes: La justicia de Dios se revela en el
evangelio, como está escrito: el justo vive de la fe. Entonces comencé a entender
la justicia de Dios como la justicia por la que el justo vive gracias al don de
Dios, y vive por la fe. Aquí me sentí francamente como si hubiera vuelto a
nacer y hubiera entrado por las puertas abiertas del paraíso. Cuan grande había
sido antes el odio que me inspiraba la palabra: justicia de Dios, era ahora el
amor con que la exaltaba como la palabra más dulce”.
Hermano
Lutero, jamás entendiste el Drama Divino que llevó a su Hijo unigénito a la
Cruz. Todo lo que te importaba empezaba, como tus Tesis, en tu Yo propio, y
acababa en Tí Mismo. La Tragedia del Género Humano tuvo por Origen un Drama
Divino. Y tú, en lugar de levantar tus brazos por la Victoria de la Justicia y
el espíritu altamente civilizado de nuestro Dios, tú te dedicaste a odiarlo porque
según tú, había penado tu pecadito de juventud castigándote a castidad
perpetua.
Hermano
Lutero, fuiste el rey en el reino de los ciegos. No comprendiste jamás el Drama
de la Humanidad. Tu propia miserable tragedia era lo único que te importaba. Y
un día descubriste que el justo vive de la Fe. La piedra filosofal en tu poder
ya le podías meter fuego al mundo y reducirlo a cenizas, porque antes que tú
nadie había visto que en la Fe Cristiana se revela la Justicia de Dios sobre
todo el que le ama. El rey de los necios necesitaba un reino de necios. Y el
Diablo se lo dio. Pero como hay Cielo y hay Tierra que quienes te empujaron a
ese extremo tienen todas las papeletas para irse contigo al Infierno. Y allí
juntos podrás meterle fuego al fuego, según tus propias palabras:
“Por lo
tanto, yo te digo que yo en esta lucha intento una cosa que para mí es seria,
necesaria y eterna, que es de tal calibre que es necesario que sea afirmada y
defendida incluso por medio de la muerte, también aunque el mundo entero debiera
arder en tumultos y guerras, más aún, aunque el mundo se precipitase en el caos
y fuese reducido a cenizas”.