BIBLIOTECA TERCER MILENIO

LUTERO, EL PAPA Y EL DIABLO
 

OCTAVA PARTE

 

CAPÍTULO 40.- La verdadera contrición

 

-La verdadera contrición busca y ama las penas, pero la profusión de las indulgencias relaja y hace que las penas sean odiadas; por lo menos, da ocasión para ello.

 

La verdad no tiene color ni edad. El crecimiento de la Humanidad en cambio sí tiene su ley de oro en la riqueza que procede del intercambio continuo y constante de conocimiento e ideas, que llega desde las más diversas fuentes y lo hace a través de las más distintas formas. La crítica es una de ellas.

La crítica no haría falta si fuéramos infalibles, ni diéramos jamás un paso en falso y estuviésemos libres de morder el polvo de vez en cuando. Es decir, si fuéramos perfectos.

Perfecto sólo era Dios. Bueno, hasta que llegó aquel obispo de Roma que no necesitaba que nadie le dijera nada y él entendía de todo y a todos podía decirle lo que hacía falta, cuando y cómo. Y ya fueron dos. Entonces llegó Lutero y ya fueron tres.

La condición de la infalibilidad exige la omnisciencia. Aunque si sólo se cumple cuando se habla ex-cátedra, entendiendo esta razón a la manera que decimos que en su trabajo el albañil que de verdad es bueno -como mi hermano- habla ex cátedra, en este caso sí existe infalibilidad ex cátedra.

Infalibilidad que, por naturaleza, le es lógica a cualquier profesional digno de su profesión, a no ser que ahora todos entendamos de todo y la especialización del trabajo no implique esa confianza del que trabaja ex-cátedra.

La necesidad de definir esta naturaleza de la infalibilidad ex-cátedra, de todos modos, es prueba del orgullo que el obispo de Roma ha cultivado desde los días del autor de la declaración de locura pontificia que hemos trasladado a este libro. Orgullo que lo condujo a creerse Santo y Padre. Dos cosas que sólo le son naturales a Dios. Y a imagen y semejanza de cuya locura fue la locura del que tuvo que recordarle a todo el mundo cristiano una ley tan elemental como que la lluvia cae para abajo y los volcanes explotan para arriba, a saber, que si la pena debida al delito se puede comprar con dinero entonces cometamos tantos delitos como nos venga en gana. Mientras tengamos el dinero para pegar la puñalada y pagar al médico aquí no pasa nada. Adulteremos hasta que nos salga por los ojos la cuenta de nuestro delito contra la dignidad de nuestra pareja, pero procuremos tener la bolsa llena para comprar la absolución papal. Y así todo lo demás. Que una ley tan básica en la doctrina del cristianismo fuera pisada por la avaricia de aquéllos obispos de Roma que rivalizaron con los emperadores alemanes y franceses a ver quién se construía el palacio más grande, y que hubiera de ser recordada contra la infalibilidad ex-cátedra del sucesor de Pedro, ¿a este delito cómo se le llama? Aunque claro, qué tonto soy, quien es infalible no puede errar, y si no puede errar no puede pecar.

De manera que a los crímenes de los papas, cuando se mataban entre ellos, no se les debe llamar asesinatos. Los seres infalibles están más allá de las definiciones bajo las que se comprenden los actos de los seres falibles.

Aunque parezcan que son los mismos es sólo apariencia, pues no es lo mismo enviar a un ser infalible antes al Paraíso que enviar a cualquier otro tipo al infierno, al purgatorio o adonde quiera que se vayan las almas. La infalibilidad implica que no puede ser juzgado quien es infalible, ni por Dios ni por alguien más grande que Dios. Así que si un papa mata a otro papa eso no es un crimen, es un favor que los unos se hacen a los otros.

¿No es la vocación del cristiano el Cielo? Pues anda, ya te puedes ir.