JUAN CALVINO
INSTITUCION DE LA
RELIGION CRISTIANA
LIBRO PRIMERO
DEL CONOCIMIENTO DE
DIOS EN CUANTO ES CREADOR Y SUPREMO GOBERNADOR DE TODO EL MUNDO.
CAPÍTULO II
EN QUÉ CONSISTE
CONOCER A DIOS Y CUÁL ES LA FINALIDAD DE ESTE CONOCIMIENTO
Dios conocido como Creador
Yo, pues, entiendo por
conocimiento de Dios, no sólo saber que hay algún Dios, sino también comprender
lo que acerca de Él nos conviene saber, lo que es útil para su gloria, y, en
suma, lo que es necesario. Porque hablando con propiedad, no podemos decir que
Dios es conocido cuando no hay ninguna religión ni piedad alguna. Aquí no trato
aún del particular conocimiento con que los hombres, aunque perdidos y malditos
en sí, se encaminan a Dios para tenerlo como Redentor en nombre de Jesucristo
nuestro Mediador, sino que hablo solamente de aquel primer y simple
conocimiento a que el perfecto concierto de la naturaleza nos guiaría si Adán
hubiera perseverado en su integridad. Porque, aunque ninguno en esta ruina y
desolación del linaje humano sienta jamás que Dios es su Padre o Salvador, o de
alguna manera propicio, hasta que Cristo hecho mediador para pacificarlo se ofrezca
a nosotros, con todo, una cosa es sentir que Dios, Creador nuestro, nos
sustenta con su potencia, nos rige con su providencia, por su bondad nos
mantiene y continúa haciéndonos grandes beneficios, y otra muy diferente es
abrazar la gracia de la reconciliación que en Cristo se nos propone y ofrece.
Porque, como es conocido en un principio simplemente como Creador, ya por la
obra del mundo como por la doctrina general de la Escritura, y después de esto
se nos muestra como Redentor en la persona de Jesucristo, de aquí nacen dos
maneras de conocerlo; de la primera de ellas se ha de tratar aquí, y luego, por
orden, de la otra. Por tanto, aunque nuestro entendimiento no puede conocer a
Dios sin que al momento lo quiera honrar con algún culto o servicio, con todo
no bastará entender de una manera confusa que hay un Dios, el cual únicamente
debe ser honrado y adorado, sino que también es menester que estemos resueltos
y convencidos de que el Dios que adoramos es la fuente de todos los bienes,
para que ninguna cosa busquemos fuera de Él. Lo que quiero decir es: que no
solamente habiendo creado una vez el mundo, lo sustenta con su inmensa
potencia, lo rige con su sabiduría, lo conserva con su bondad, y sobre todo
cuida de regir el género humano con justicia y equidad, lo soporta con
misericordia, lo defiende con su amparo; sino que también es menester que
creamos que en ningún otro fuera de Él se hallará una sola gota de sabiduría,
luz, justicia, potencia, rectitud y perfecta verdad, a fin de que, como todas
estas cosas proceden de Él, y Él es la sola causa de todas ellas, así nosotros
aprendamos a esperarlas y pedírselas a Él, y darle gracias por ellas. Porque
este sentimiento de la misericordia de Dios es el verdadero maestro del que
nace la religión.
La verdadera piedad
Llamo piedad a una reverencia
unida al amor de Dios, que el conocimiento de Dios produce. Porque mientras que
los hombres no tengan impreso en el corazón que deben a Dios todo cuanto son,
que son alimentados con el cuidado paternal que de ellos tiene, que Él es el
autor de todos los bienes, de suerte que ninguna cosa se debe buscar fuera de
Él, nunca jamás de corazón y con deseo de servirle se someterán a Él. Y más
aún, sino colocan en Él toda su felicidad, nunca de veras y con todo el corazón
se acercarán a Él.
No basta conocer que
hay un Dios, sino quién es Dios, y lo que es para nosotros
Por tanto, los que quieren
disputar qué cosa es Dios, no hacen más que fantasear con vanas especulaciones,
porque más nos conviene saber cómo es, y lo que pertenece a su naturaleza.
Porque ¿qué aprovecha confesar, como Epicuro, que hay un Dios que, dejando a un
lado el cuidado del mundo, vive en el ocio y el placer? ¿Y de qué sirve conocer
a un Dios con el que no tuviéramos que ver? Más bien, el conocimiento que de Él
tenemos nos debe primeramente instruir en su temor y reverencia, y después nos
debe enseñar y encaminar a obtener de Él todos los bienes, y darle las gracias
por ellos. Porque ¿cómo podremos pensar en Dios sin que al mismo tiempo
pensemos que, pues somos hechura de sus manos, por derecho natural y de
creación estamos sometidos a su imperio; que le debemos nuestra vida, que todo
cuanto emprendemos o hacemos lo debemos referir a Él? Puesto que esto es así,
síguese como cosa cierta que nuestra vida está miserablemente corrompida, si no
la ordenamos a su servicio, puesto que su voluntad debe servimos de regla y ley
de vida. Por otra parte, es imposible ver claramente a Dios, sin que lo
reconozcamos como fuente y manantial de todos los bienes. Con esto nos
moveríamos a acercarnos a Él y a poner toda nuestra confianza en Él, si nuestra
malicia natural no apartase nuestro entendimiento de investigar lo que es
bueno. Porque, en primer lugar, un alma temerosa de Dios no se imagina un tal
Dios, sino que pone sus ojos solamente en Aquél que es único y verdadero Dios;
después, no se lo figura cual se le antoja, sino que se contenta con tenerlo
como Él se le ha manifestado, y con grandísima diligencia se guarda de salir
temerariamente de la voluntad de Dios, vagando de un lado para otro.
Del conocimiento de
Dios como soberano, fluyen la confianza cierta en El y la obediencia
Habiendo, de esta manera, conocido
a Dios, como el alma entiende que Él lo gobierna todo, confía en estar bajo su
amparo y protección y así del todo se pone bajo su guarda, por entender que es
el autor de todo bien; si alguna cosa le aflige, si alguna cosa le falta, al
momento se acoge a Él esperando que la ampare. Y porque se ha persuadido de que
Él es bueno y misericordioso, con plena confianza reposa en Él, y no duda que
en su clemencia siempre hay remedio preparado para todas sus aflicciones y
necesidades; porque lo reconoce por Señor y Padre, concluye que es muy justo
tenerlo por Señor absoluto de todas las cosas, darle la reverencia que se debe
a su majestad, procurar que su gloria se extienda y obedecer sus mandamientos.
Porque ve que es Juez justo y que está armado de severidad para castigar a los
malhechores, siempre tiene delante de los ojos su tribunal; y por el temor que
tiene de Él, se detiene y se domina para no provocar su ira.
Con todo no se atemoriza de su
juicio, de tal suerte que quiera apartarse de Él, aunque pudiera; sino más bien
lo tiene como juez de los malos, como bienhechor de los buenos; puesto que
entiende que tanto pertenece a la gloria de Dios dar a los impíos y perversos
el castigo que merecen, como a los justos el premio de la vida eterna. Además
de esto, no deja de pecar por temor al castigo, sino porque ama y reverencia a
Dios como a Padre, lo considera y le honra como a Señor; aunque no hubiese
infierno, sin embargo tiene gran horror de ofenderle. Ved, pues, lo que es la
auténtica y verdadera religión, a saber: fe unida a un verdadero temor de Dios,
de manera que el temor lleve consigo una voluntaria reverencia y un servicio
tal cual le conviene y el mismo Dios lo ha mandado en su Ley. Y esto se debe
con tanta mayor diligencia notar, cuanto que todos honran a Dios
indiferentemente, y muy pocos le temen, puesto que todos cuidan de la
apariencia exterior y muy pocos de la sinceridad de corazón requerida.
CAPÍTULO 3: EL CONOCIMIENTO DE
DIOS ESTÁ NATURALMENTE ARRAIGADO EN EL ENTENDIMIENTO DEL HOMBRE