Cartas de
Lutero
Ni los escritos mayores, ni muchas veces sus obras
ocasionales, son válidos para trazar los sentimientos, las reacciones, las
preocupaciones profundas y las alegrías de Lutero. De ahí que ‑con las Charlas de sobremesa‑ las cartas
constituyan el mejor instrumento para reconstruir su biografía íntima. No sólo
eso; como podrá observarse, algunas de las cartas incluidas en nuestra edición,
son verdaderamente programáticas o encierran contenidos básicos de su teología
y de la historia primera del «protestantismo».
El hecho de que se haya podido reunir en la edición
crítica de Weimar el elevado número de unas 4500 indica lo que en realidad
debió ser la actividad epistolar de Lutero, ya que, forzosamente, las pérdidas
tienen que ser más que las recogidas en estos 14 volúmenes de la citada
edición.
Hemos procurado ofrecer muestras de todos los tonos,
cartas donde pontifica, anatematiza, donde se humilla ante Erasmo, donde brama
contra él, cartas en las que expone sus convicciones, sus miserias, de
invitación a fiesta de boda, donde salta la ternura ante el hijo, las llenas de
humor a su Kete y las hermosas antológicas de la serie de Coburgo. Esperamos
que el esfuerzo de selección haya respondido a nuestra intencionalidad.
-------------------------
A Jorge Spalatino, siervo de Cristo y sacerdote del Señor, maestro eruditísimo, su
amigo sincero e íntegro hermano.
Jesús. Salud.
Lo que me extraña en el eruditísimo
Erasmo, querido Spalatino, es lo siguiente: que al interpretar al apóstol
entienda la justicia de las obras, de la ley o propia (que así la llama el
apóstol) como la observancia de las prácticas ceremoniales, y defienda,
además, que en el capítulo quinto de los Romanos, el apóstol no quiso hacer
referencia al pecado original (que él, por otra parte, admite). Si leyese los
libros que Agustín escribió contra los pelagianos, y en especial Del espíritu y de la letra, Del mérito y
remisión de los pecados, Contra dos cartas de los pelagianos y Contra Juliano, incluidos
casi en su totalidad en el tomo octavo de sus Obras,
se daría cuenta de que no habla personalmente, sino apoyado en padres de tanta
importancia como Cipriano, Nacianceno, Rético, Ireneo, Hilario, Olimpio, Inocencio
y Ambrosio. Si lo hiciese entendería correctamente al apóstol y tendría a
Agustín en mayor aprecio del que hasta ahora le ha profesado.
Estoy seguro de que mi disentir de Erasmo proviene
de que a la hora de interpretar las sagradas Escrituras prefiero seguir a Agustín
antes que a Jerónimo en la misma medida en que él prefiere a Jerónimo antes que
a Agustín. No
es que me deje llevar por predilecciones de mi profesión religiosa cuando
intento revalidar a san Agustín; es que me doy cuenta de que san Jerónimo busca
deliberadamente el sentido histórico y ‑lo más admirable‑ que
interpreta mucho mejor las Escrituras cuando lo hace de forma incidental (por
ejemplo en las Cartas) que cuando lo
quiere hacer exhaustivamente como en los Opúsculos.
La justicia de la ley o de las obras no se halla
sólo en las prácticas, sino también, y más exactamente, en las obras de todo el
decálogo; porque si se observan fuera de la fe en Cristo, aunque sean capaces
de fabricar Fabricios, Régulos y hombres integérrimos, sabrán tanto a justicia
como el serbal sabe a higos. Como opina Aristóteles, no es realizando cosas
justas como nos justificamos ‑a no ser que se trate de una simulación‑,
sino que justificándonos (por así decir) y siendo justos es como obraremos en
justicia. Es necesario que se trasforme primero la persona y después se
trasformarán las obras. Agrada Abel antes que su ofrenda. Pero dejemos esto
para otra ocasión.
Te ruego que te portes como amigo y cristiano y
hagas saber esto a Erasmo.
Porque lo mismo que espero y deseo que su autoridad llegue a ser celebérrima,
me temo que muchos se escuden en su patrocinio para defender la interpretación
literal, es decir muerta, de la que están repletos los Comentarios de Lira y casi todos los posteriores a Agustín.
Hasta al mismo Estapulense, Dios mío, tan espiritual y tan sincero por otra
parte, le falta en la interpretación de la sagrada Escritura esta inteligencia
que tiene tan presente en su vida y en sus consejos.
Me creerás un temerario al ver que me paso bajo la
vara de Aristarco
a hombres tan eminentes, pero has de saber que lo hago por la causa teológica y
por la salvación de los hermanos.
Adiós, mi querido Spalatino, y ruega por mí. Te
escribo a vuelapluma, en el rincón de nuestro monasterio,
el día siguiente a la fiesta de san Lucas. 1516. Fr. Martinus
Luther, agustino.
***
A su integérrimo Jorge Spalatino,
discípulo verdadero de Cristo y hermano.
Jesús. Salud.
Hasta
ahora me has preguntado cosas, óptimo Spalatino, cuya respuesta dependía de mi
capacidad o de mi temeridad; ahora, al rogarme que te oriente en lo que
concierne al conocimiento de la sagrada Escritura, me planteas un problema que
excede con mucho todas mis fuerzas. Y es que ni yo mismo puedo encontrar quien
me guíe en asunto de tanta trascendencia. Cada uno, incluso los más eruditos y
mejor dotados de ingenio, opina a su aire. Ahí tienes a Erasmo: afirma
públicamente que san Jerónimo es un teólogo de categoría tal, que a seguir su
gusto debería ser el único que se tomase en consideración. Pues bien, si osara
anteponer a san Agustín, se me tomaría por árbitro parcial y sospechoso a causa
de mis simpatías de profesión y de la sentencia divulgada y ha tiempo aceptada
de Erasmo, quien afirmó que sería una desvergüenza enorme el comparar a Agustín
con Jerónimo. Otros abundan en otras opiniones.
Por mi parte, dada mi pobre erudición y escaso
ingenio, no me atrevería a decir nada en asuntos de tanta monta y entre jueces
tan calificados. A Erasmo siempre le alabo y le defiendo ante todos los que
deliberadamente aborrecen la sagrada Escritura o la desconocen por ignorancia,
pero a sabiendas me guardo de vomitar en lo que disiento de él para no dar
pábulo con mi voz a la envidia que le tienen, y esto a pesar de que vea en
Erasmo muchas cosas que me parecen tan poco atinadas para llegar al
conocimiento de Cristo. Todo esto, claro está, hablando en plan de teólogo, no
de gramático; porque, de otra forma, el propio Jerónimo, tan celebrado por
Erasmo, no encontraría nada más erudito e ingenioso que esto.
Has de saber que violarás lo sagrado de la amistad
si comunicas a alguien mi opinión sobre Erasmo. No te lo digo en vano. Bien
sabes que hay muchos que deliberadamente andan a la caza de motivos para
calumniar a los buenos estudios. Quede en secreto lo dicho. Es más: no me hagas
caso a mí mientras tú mismo no te hayas convencido de ello por la lectura.
No obstante, si te empeñas en saber mi programa de
estudio, te lo confiaré por entero en plan de amigos íntimos, pero a condición
de que no me sigas sino juiciosamente. Lo primero que has de tener presente es
la certeza inquebrantable de que a la sagrada Escritura es imposible penetrarla
a base de estudio y de ingenio. Por tanto, tu primer quehacer será el de
empezar por la oración; pero una oración por la que le pidas que por su pura
misericordia te conceda la inteligencia de su palabra si le agradara servirse
de ti para su gloria, no para la tuya ni para la de ningún humano. Ningún
maestro de las palabras divinas podrás encontrar que sea mejor que su propio
autor, en conformidad con lo que dice: «Todos serán enseñados por Dios». Por
tanto, te conviene sobremanera que desesperes de tu fuerza y de tu ingenio y
confíes únicamente en la acción del Espíritu. Haz caso a quien te lo dice por
experiencia.
Con esta humilde desesperación como base, lee
después la Biblia por orden, desde el principio hasta el final, para que
aprendas primero y de memoria la narración escueta (lo que me imagino que ya
habrás hecho). Para esto te será muy provechoso san Jerónimo en sus Cartas y Comentarios, mas para llegar al
conocimiento de Cristo y de la gracia ‑es decir, para penetrar en la
inteligencia más secreta del espíritu‑ me parecen mucho más conducentes
san Agustín y Ambrosio, porque da la sensación de que san Jerónimo «origenizó»
(es decir, alegorizó) demasiado. Lo digo dejando a salvo el juicio de Erasmo,
puesto que no me has pedido la opinión de Erasmo sino la mía.
Si te agrada mi método, comenzarás por el Del espíritu y la letra de san Agustín,
obra que nuestro Karlstadt,
varón de incomparables conocimientos, ha explicado y editado ya con admirables comentarios. Lee después
el libro Contra Juliano y Contra dos cartas de los pelagianos. Añade también De
la vocación de todas las gentes de san Ambrosio, bien que por el estilo,
por el ingenio y por la cronología deba ser atribuido a otro autor; sin
embargo, está lleno de erudición. Lo demás déjalo para después, si es que
resultaren de tu agrado los que te he apuntado. Y perdona la temeridad de
atreverme a anteponer en asunto tan arduo mi sistema al de otros de tanto peso.
Prescindiré, por fin, de la Apología de Erasmo, pero me afecta vehementemente el duelo que ha
desencadenado entre estos dos príncipes de las letras.
Erasmo está muy por encima de todos y es el que mejor habla, pero también es el
más amargo a pesar de sus esfuerzos por conservar la amistad.
Adiós, Spalatino mío. En nuestro monasterio,
día de santa Prisca, cuando he recibido tu carta. 1518.
El P. Staupitz anda por Munich, en Baviera; desde
allí acaba de escribirme.
***
A su padre y superior en Cristo.
Jesús. Padre mío en el Señor:
al andar ocupado en tantas cosas me veo
forzado a comunicarte poquísimas. En primer lugar, me creo que mi nombre hiede
para muchos. Desde hace tiempo muchas personas buenas me achacan haber
condenado los rosarios, coronas, oficios parvos, otras oraciones y hasta
cualquier buena obra. Lo mismo le ocurrió a san Pablo con quienes le imputaban
haber dicho «obremos el mal para que acontezca el bien». Lo
que enseño, siguiendo la teología de Tauler y del librito de Cristian Aurifaber
que tú mismo editaste, es que los hombres depositen su confianza, no en
oraciones ni en méritos ni en obras propias, sino sólo en Jesucristo, porque no
nos salvaremos por correr sino por la misericordia de Dios. De
esta mi preocupación sacan el veneno que, como puedes ver, andan esparciendo.
Pero lo mismo que no lo comencé tampoco cejaré en mi empeño movido por fama o
infamia. Dios lo habrá de ver.
Esos mismos doctores escolásticos atizan el odio
contra mi en fuerza del hervor de su celo y están a punto de enloquecer, por la
sencilla razón de que antes que a ellos prefiero a los escritores eclesiásticos
y a la Biblia. Y es que leo a los escolásticos con discreción, no a ojos
cerrados (como es su costumbre), puesto que el apóstol preceptuó: "Probad
todo, retened lo bueno". No
les rechazo todo, mas tampoco les apruebo todo. Estos parlanchines acostumbran
a tomar la parte por el todo, a convertir la chispa en incendio y la mosca en
elefante. Gracias a Dios no me preocupan lo más mínimo estos fantasmas. Son
pura palabrería y no pasarán de eso. Si se permitió a Scoto, Gabriel y a otros
parecidos disentir de santo Tomás, si a los tomistas no les está vedado
contradecir a todo el que se ponga por delante ni que entre ellos existan
tantas divisiones como cabezas o incluso como crines de cada cabeza, ¿por qué
no me van a conceder a mí esgrimir contra ellos el mismo derecho que se arrogan
contra sí? Si Dios actúa, nadie podrá frenarle; nadie le podrá levantar si
está descansando.
Adiós y ruega por mí y por la verdad divina doquier se halle.
Wittenberg,
31 de marzo de 1518.
***
Al reverendo y óptimo padre Johan Staupitz,
vicario de los Ermitaños de san Agustín, y en el culto de Cristo su patrón y
superior.
Jesús. Salud.
Reverendo padre: Aunque estés tan
lejos de mí y tan callado que ni escribas las esperadísimas cartas, me atreveré
a quebrar el silencio. Deseo ‑y lo desean todos‑ que te dejes ver
alguna vez en esta situación afligida por las plagas del cielo. Espero te
habrán llegado mis Actas,
es decir, la cólera y la indignación de Roma. Dios no sólo me conduce, me
arrebata, me empuja; no estoy en mis cabales: quiero estar tranquilo y me veo
arrojado al fragor de los tumultos.
Carlos Miltitz se entrevistó conmigo en Altenburg;
estaba quejoso de que me hubiera ganado a todos para mi causa y los hubiese
alejado de papa. De la exploración que hizo en todas las hosterías había
deducido que apenas dos de cada cinco hombres estaban a favor de Roma. Después,
en la corte del príncipe, me enteré de que venía armado con setenta breves
apostólicos a fin de conducirme preso a la Jerusalén homicida, a esa Babilonia
de púrpura. Cuando desesperó de este proyecto comenzó a tratar de que yo
restituyese a la iglesia romana lo que le había robado y se empeñó en que me
retractase. Al rogarle me indicase en lo que tenía que retractarme convinimos
por fin en remitir la causa a algunos obispos. Le propuse al arzobispo de
Salzburg, al de Tréveris y al de Freising. Por la tarde fui invitado, estuvimos
alegres en la comida y nos separamos después de haberme dado el ósculo. Me comporté
como si no estuviese al tanto de esas italianidades y simulaciones. También
convocó a Tetzel y le reprendió. En Leipzig, al fin, le convenció de que gozase
de un estipendio mensual de noventa florines más tres caballeros y un coche
libres de todo gasto. Tetzel ha desaparecido; nadie -a excepción quizá de sus
progenitores-sabe hacia dónde se ha dirigido.
Eck, mi hombre astuto, quiere arrastrarme a nuevas
disputas, como puedes ver en lo que te adjunto. De esta manera se cuida Dios de
que no ande yo ocioso. Pero, si es voluntad de Cristo, de esta disputa nada
bueno saldrá para los derechos y usos de Roma, que son el báculo en el que Eck
se apoya.
Me gustaría vieses mis opúsculos impresos en Basilea y
que confrontases lo que los eruditos opinan sobre mí, sobre Eck, sobre
Silvestre y sobre los teólogos escolásticos. Equivocándose deliberadamente, con
muchísima gracia, llaman a Silvestre (además de otras cosas llenas de agudeza)
magiro de palacio en lugar de maestro de palacio (el magiro griego significa
cocinero).
Esto sentará muy mal a los próceres romanos. Te lo ruego: reza por mí. Confío
con firmeza en que el Señor forzará a tu corazón a cuidarse de mí. Soy un
hombre que está en peligro y empujado a la sociedad, a la crápula, al prurito,
a la negligencia y a otras molestias, además de las que me oprimen por oficio.
Por fin se avinieron los de Leipzig a la disputa de
Eck; me acusan de temerario por haber escrito que la rechazaba y reclaman que
cante la palinodia en un escrito personal. Pero me cercioré por el duque Jorge de
que ellos habían rehusado con antelación y contesté en dos ocasiones que su
decano había recusado antes mi petición, como en realidad hizo. De esta manera
tan baja quiere esta gente impedir tal disputa; pero el duque Jorge sigue
urgiéndola.
Adiós, bondadosísimo padre.
20 de febrero de 1519. Fr. Martinus Lutherus, agustino.
***
Jesús. Salud.
¡Tantas veces he conversado contigo, Erasmo, nuestra gloria y nuestra esperanza, y tú conmigo, y aún no nos
conocemos! ¿No resulta extraño? No, no es extraño, sino la tarea de todos los
días. ¿Quién hay cuyas reconditeces más profundas no ocupe Erasmo, al que
Erasmo no enseñe, en el que no reine Erasmo? Me refiero, claro está, a quienes
aman debidamente a las letras. Me agrada sobremanera que entre otros regalos de
Cristo pueda enumerarse también el que a muchos resultes molesto; precisamente
en eso me apoyo para discernir los dones del Dios clemente de los del Dios
airado. Te felicito, porque al mismo tiempo que resultas tan grato a todos los
buenos, desagradas no menos a quienes anhelan ser los únicos supremos y los más
gratos.
Pero, necio de mí, que con las manos sin lavar y sin
el prefacio de reverencia y honor me dirijo a ti, varón de categoría tal, como
un desconocido se dirige a otro desconocido. Tu humanidad sabrá achacarlo a mi
amistad o a mi impericia, ya que, habiendo transcurrido mi existencia entre los
sofistas, ni siquiera aprendí la forma de saludar por carta a un varón erudito.
De otro modo ¡con cuántas cartas te hubiera cansado ha largos tiempos, sin
poder sufrir que me estuvieses hablando perpetuamente en la soledad de mi
celda!
Pero cuando a través del óptimo Fabricio Capitón me
enteré de que, gracias a aquella bagatela de las indulgencias, mi nombre había
llegado a tu noticia, y que no sólo habías leído sino también aceptado mis
insignificantes dichos en el prólogo a la edición postrera de tu Enchiridion,
sentí la obligación, aunque fuese por esta barbarísima carta, de reconocer tu
espíritu egregio, filón que enriquece al mío y al de todos. Aunque soy
consciente de lo poco que significará para ti que por carta me confiese devoto
y agradecido (a ti, a quien le sobra con que tu ánimo hierva en el oculto
agradecimiento y amor de Dios, como a nosotros nos basta, a pesar de que no nos
conozcas, con poseer tus sentimientos y tus obras en los libros sin necesidad
de cartas ni de conversaciones personales), sin embargo ni el pudor ni la
conciencia sufren que no manifieste mi agradecimiento por escrito, y más desde
que mi nombre comenzó a salir de la oscuridad, para que a nadie se le ocurra
interpretar el silencio como algo malintencionado y pésimo.
Por tanto, Erasmo mío, varón amable, si te parece
reconoce a este menor hermano en Cristo, devotísimo y aficionadísimo tuyo,
aunque por su ignorancia no merezca otra cosa que yacer enterrado en un rincón,
desconocido hasta para el sol y el cielo de todos, que es lo que siempre deseé;
no por desidia, sino porque era consciente de mi limitado ajuar. Pero no me
explico qué hado torció las cosas, de modo que me veo forzado a padecer con
gran vergüenza que mis ignominias y mi desafortunada ignorancia se vean
agitadas y ajetreadas incluso ante los doctos.
Bien está Felipe Melanchthon; apenas si podemos
conseguir entre todos que no exponga su salud en aras de su excesiva pasión por
las letras. El ardor de su edad le quema en deseos de hacer todo al mismo
tiempo. Buen servicio prestarías si le advirtieras por carta que se guarde por
amor a nosotros y a las buenas letras; nada mejor podríamos prometernos que la
salvación de esta cabeza.
Te saluda Andrés Karlstadt que
en ti venera del todo a Cristo. Que el mismo Jesús te guarde siempre, óptimo
Erasmo, amén. Verboso he resultado, pero estarás de acuerdo en que no te
conviene leer siempre cartas eruditas y que, de vez en cuando, «con los
enfermos has de enfermar».
Wittenberg, día quinto de
las calendas de abril, 1519.
***
Jesús. Salud.
Cuando
estábamos en Augsburg, reverendísimo padre, al tratar de esté asunto
mío, y entre otras cosas, me decías: «No olvides, hermano, que todo lo
comenzaste en nombre de nuestro señor Jesucristo». Estas palabras las recibí no
como dichas por ti mismo, sino proferidas por medio tuyo, y las tengo grabadas
en mi memoria. Con tus mismas palabras te suplico: «Acuérdate también tú de que
lo dijiste». Este negocio ha sido como un juego hasta ahora; al presente la
cosa va más en serio y, a tenor de tus palabras, si Dios no lo completa es
imposible que llegue a su término. Nadie puede poner en duda que todo se halla
en la mano de Dios poderosísimo. ¿Quién puede decidir aquí? ¿Qué pensarán los hombres?
Es tan violento el tumulto que se ha levantado, que me parece no será posible
que se aplaque hasta el día postrero, que tanta es la animosidad a que por una
y otra parte se ha llegado.
Aunque lance excomuniones, queme libros y me mate a
mí mismo, no se encuentra el papado hoy en la misma situación que antaño. Todos
los signos dicen que un gran portento está llamando a las puertas. ¡Qué
afortunado habría sido el papa si se hubiese empeñado en componer la paz con
medios buenos en vez de afrontar la cuestión tratando de eliminar a Lutero por
el torbellino de la violencia! He quemado los libros y la bula del papa, y
al principio lo hice con miedo y rezando, pero estoy más contento por haberlo
realizado que por cuanto he hecho durante mi vida. Son más pestilentes de lo
que me creía.
Emser, de Leipzig, ha escrito en lengua vernácula,
hostigado por el duque Jorge, que
está furioso conmigo, y que «respirando amenazas y muerte»,
dispuso en el mismo aula de forma impiísima se tomasen medidas contra mí.
El emperador me ha convocado por carta dirigida al
príncipe. Al rehusar éste, revocó aquél la primera carta con otras. Sólo Dios
sabe lo que sucederá.
Nuestro vicario Wenceslao marchó a Nürnberg.
Zschessius se halla en Grimma y se dice que ha partido de allí; Dios se le
conserve.
Aquí todo está floreciente como antes. Hutten ha
apostillado la bula con
anotaciones saladísimas contra el papa y está preparando otras cosas sobre lo
mismo. Mis escritos han sido quemados tres veces: en Lovaina, en Colonia y en
Maguncia con gran desprecio y peligro de los quemantes. Hasta Tomás Murner ha
escrito, furioso, contra mí. Ese asno descalzo de Leipzig no me inquieta.
Adiós, padre mío. Ruega por la palabra de Dios y por
mí. Estoy arrebatado y envuelto en estas olas.
Wittenberg,
día de san Félix, 1521. Martinus Lutherus, agustino.
***
Al reverendo y óptimo Juan Staupitz, maestro en sagrada
teología, agustino ermitaño, su primogénito en el Señor.
Salud.
Me admira que mis cartas y mis librillos no
hayan llegado aún a tus manos como deduzco de la tuya. Predicando a los demás
me estoy descalificando a mí mismo, que
hasta tal extremo me enajena el trato con los humanos. Por lo que te adjunto
podrás hacerte una idea del espíritu con que todavía trato la palabra de Dios.
Nada se ha hecho aún en Worms contra mí, pese a que los papistas andan
maquinando designios perniciosos con furor envidiable. Spalatino me escribe
diciéndome que el evangelio goza allí de tal favor, que espera no se me condene
sin haberme escuchado y convencido.
En
Leipzig, Emser, sin vergüenza de ninguna clase, ha escrito contra mí un libelo
que es un amasijo de mentiras desde el principio hasta el fin. Me veo precisado
a dar respuesta a este monstruoso engendro a causa del duque Jorge, que es quien
alienta la locura del autor.
No me incomoda la noticia de que también contra ti
se ha dirigido León; de
esta suerte podrás erigir para ejemplo del mundo la cruz que tanto predicaste.
No me gustaría que el lobo ese se contentase con tu respuesta en la que le
concedes más de lo que es justo; lo interpretará como si renegases de mí y de
todo lo mío, al declarar que te avienes a someterte a su juicio. Por eso, si
Cristo te ama, te obligará a la revocación de este escrito, puesto que en esa
bula se ha condenado cuanto hasta has enseñado y gustado. Como nada de esto te
es desconocido, me parece que has ofendido a Cristo, ya que aceptas como juez
al que es un furioso enemigo de Cristo, a quien se desencadena contra la
palabra de la gracia. Tendrías que haber afirmado esto y haberle argüido por
esa impiedad. Que no es para andar con miedos, sino para vocear, este tiempo en
que nuestro señor Jesucristo se ve condenado, despojado y blasfemado. En la
misma medida en que me exhortas a la humildad te exhorto yo a la soberbia; tu
humildad es tan excesiva como excesiva es mi soberbia.
Pero la cosa va en serio. Vemos que Cristo está
sufriendo. Si antes fue preciso callar, ahora, cuando el propio buenísimo
salvador que se entregó a sí mismo por nosotros padece ludibrio por todo el
mundo, ¿no lucharemos por él, no arriesgaremos nuestra cerviz? Mi padre, que es
mucho más grave el peligro de lo que muchos se piensan; comienza a entrar en
vigor lo del evangelio: «Al que me confiese delante de los hombres le confesaré
yo ante mi padre, me avergonzaré del que de mí se avergonzare».
Que me crean soberbio, avaro, adúltero, homicida,
antipapa y reo de todos los vicios, con tal de que no se me pueda argüir de
callar impíamente mientras el Señor sufre y dice: «No hay escapatoria para mí;
no hay quien se cuide de mi espíritu; miraba a mi derecha y nadie me reconocía».
Tengo la confianza de que esta confesión me perdonará todos mis pecados. Que
por este motivo lancé confiado cornadas contra ese ídolo y verdadero anticristo
de Roma. La palabra de Cristo no es palabra de paz sino palabra de espada. Pero « ¿qué diré yo, puerco de mí, a
Minerva?».
Te escribo esto en confianza, porque mucho me temo
que te erijas en intermediario entre Cristo y el papa que ya ves lo
violentamente contrarios que son. Roguemos para que con el soplo de su boca
destruya sin tardar el Señor Jesús a este hijo de la perdición. Si
no quieres venir en pos de mí, deja que yo marche y me arrebate. Por la gracia
de Dios no dejaré en mi tarea de echar en cara sus monstruosidades a ese
monstruo.
De verdad que me ha llenado de tristeza tu sumisión,
que me revela a un Staupitz tan distinto de aquel pregonero de la gracia y de
la cruz. No me habría apenado si hubieses actuado de esta forma antes de la
promulgación de la bula y de la ignominia hecha a Cristo.
Hutten y otros muchos escriben con fuerza en mi
favor y están preparando canciones que harán muy poca gracia a esa Babilonia.
Nuestro príncipe actúa con tanta prudencia y fidelidad como constancia. Por
mandato suyo edito esas Aserciones en latín y alemán.
Te saluda Felipe y
ruega para que crezca tu ánimo. Saluda por favor al médico Ludovico que
me escribió tan doctamente. No he tenido tiempo para contestarle, pues tengo
tres imprentas trabajando para mí solito. Adiós en el Señor y ruega por mí.
Wittenberg,
día de santa Apolonia, 1521. Tu hijo Martinus Lutherus.
***
A su carísimo y fidelísimo siervo en Cristo, Jorge Spalatino,
en Altenburg.
Jesús. Salud.
Recibí tu carta, así como las de Gerbel y Sapido, en la domínica Exaudi,
querido Spalatino. He retrasado deliberadamente la contestación para que el
ruido reciente de mi cautiverio no diese motivo a alguien para interceptar las
cartas. Por aquí corren muchos rumores sobre mí; prevalece, no obstante, la
opinión de que he sido capturado por amigos enviados de Franconia. Mañana
expira el plazo del salvoconducto imperial. Me causa dolor lo que me
dices del rigurosísimo edicto que dará motivo para violentar hasta las
conciencias;
y me duele no por mí, sino porque su imprudencia acabará arrojando todo el mal
sobre sus cabezas y porque se están concitando cada vez más odios. ¡Cuánto odio
suscitará esta desvergonzada violencia! Pero déjalo; posiblemente esté llegando
ya el tiempo de su visitación.
Sigo
sin noticias acerca de los nuestros de Wittenberg y de los demás sitios.
Mientras íbamos a Eisenach la juventud de Erfurt asaltó por la noche las casas
de algunos sacerdotes; estaba indignada porque el decano de san Severino, gran
papista, agarrándole por la casulla, había expulsado públicamente del coro al
maestro Drach, so pretexto de que estaba excomulgado, por la sencilla razón de
que, junto con otros, me salió a recibir a mi llegada a Erfurt. Mientras tanto
se esperan sucesos mayores. El consejo anda disimulando; no tienen buena
reputación allí los sacerdotes, y se dice que la juventud artesana anda
conspirando con los estudiantes. Posiblemente está cerca el cumplimiento del
proverbio «Erfordia Praga».
Ayer
me contaron que en Gotha fue mal recibido cierto sacerdote porque había
comprado no sé qué para incrementar los ingresos de la iglesia y, con la excusa
de la exención eclesiástica, se había negado a pagar los impuestos y tributos.
Podemos palpar que el pueblo no puede ni quiere seguir aguantando el yugo
papista, como dice Erasmo en su Boulé. No cesamos de urgirlo y
de darlo importancia, porque, gracias a la luz reveladora de todo, hemos
prescindido de la fama, de la opinión, y la especie aquella de piedad no vale
ni reina ya como reinó hasta ahora. Veremos si en adelante se puede seguir
oprimiendo y aumentando todo como hasta este momento se ha hecho.
Por
mi parte, aquí estoy todo el día sentado, ocioso y crapuloso. Estoy leyendo la
Biblia en hebreo y en griego. Voy a escribir un sermón en alemán sobre la
libertad de la confesión auricular, continuaré con los salmos y los comentarios
en cuanto reciba de Wittenberg algunas cosas necesarias, entre las cuales se
encuentra el Magnificat que comencé.
No
puedes hacerte idea de la amabilidad con que el abad de Hersfeld nos acogió. Hizo que su canciller y
su tesorero salieran a nuestro encuentro a una legua larga de distancia;
después, él mismo con muchos caballeros nos recibió a la entrada de su castillo
y nos acompañó a la ciudad. En ella fuimos recibidos por el consejo. Nos regaló
en su monasterio y me alojó en su propia habitación. Me obligaron a predicar un
sermón a las cinco de la mañana, a pesar de que les advertí que se exponían a
perder sus beneficios si la noticia llegaba a los imperiales y lo interpretaban
como violación de la promesa dada al mandato de no predicar en ruta. Les dije,
no obstante, que no había consentido en que se atase la palabra de Dios, como
era la verdad. También prediqué en Eisenach a pesar de la protesta del
acobardado párroco ante notario y testigos presenciales, acusándose con
humildad de verse precisado a ello por miedo a sus tiranos. Quizá en Worms
digan que con ello he violado la promesa, pero no ha sido así, porque no
dependía de mí la condición de atar la palabra de Dios ni lo prometí; es más,
de ir contra Dios, tampoco podría observarlo aunque lo hubiera prometido. Al
día siguiente nos acompañó hasta la selva y, habiéndose unido a nosotros su
canciller, nos ofreció a todos la comida en Berka. Por fin, y después de haber
partido todo este acompañamiento con Jerónimo, entramos por la tarde en
Eisenach y fuimos recibidos por los isenacenses que a pie salieron a nuestro
encuentro.
A
través de la selva fui a visitar a mis parientes que están esparcidos por casi
toda la región. Me despedí de ellos, y cuando nos dirigíamos a Walterhausen, un
poco más allá de las cercanías del castillo de Altenstein, fui capturado.
Amsdorf tenía que estar
forzosamente enterado de que alguien planeaba secuestrarme, pero ignora el
lugar de mi cautiverio. El hermano que iba conmigo, al divisar a tiempo a
los caballeros, saltó del carro y dicen que llegó a pie por la tarde a
Walterhausen sin que nadie le saludara.
Aquí
me hallo, despojado de mi hábito, disfrazado de caballero, con barba y cabellos
luengos; te resultaría difícil reconocerme, porque ha ya mucho tiempo que ni yo
mismo me conozco. Actúo con libertad cristiana, libre de todas las leyes de ese
tirano, si bien es verdad que me gustaría que el puerco de Dresden se dignase matarme por
predicar en público, si es que a Dios le agrada que padezca por su palabra.
Adiós y ruega por mí. Saluda a toda tu corte.
En el Monte,
martes de la domínica Exaudi, 1521.
***
No acabáis de dar razones suficientes para medir con el mismo rasero
el voto de los sacerdotes y el de los frailes. A mí lo que más me convence es
que el orden sacerdotal fue establecido como libre por Dios; no así el de los
monjes que espontáneamente eligieron y ofrecieron a Dios su estado. Casi me
atrevería a decidir que quienes ingresaron en estas fauces antes de su pubertad
pueden salir sin escrúpulo, si no fuese porque aún no me atrevo a sentenciar
nada acerca de los que ya son viejos y han vivido durante largo tiempo en este
estado.
Por lo demás, Pablo afirma con toda libertad que
fueron los demonios quienes vedaron el matrimonio a los sacerdotes;
ahora bien, como la voz de Pablo es la voz de Dios, no hay duda de que hay que
fiarse de ella, de forma que aunque hubieran pactado esta prohibición diabólica
al principio, ahora, cuando son conscientes de a quién se lo prometieron, hay
que romper confiadamente el pacto.
Esta prohibición del diablo, expresada claramente en
la sagrada Escritura, me obliga y fuerza a aprobar lo realizado por el obispo
cameracense.
Dios no engaña ni miente al decir que ésta es una prohibición del diablo. Por
tanto, no puede ser estable el pacto firmado, ya que se ha hecho en fuerza de
un error impío contra Dios y, además, después de haberlo él reprobado y
condenado. Dice expresamente ser espíritus del error los autores de prohibición
tal.
¿Por qué, entonces, vas a temer el aceptar esta
divina sentencia, aunque se opongan todas las puertas del infierno? No se puede
comparar esto con el juramento que los hijos de Israel hicieron a los gabaonitas,
porque tenían el precepto de ofrecer la paz y de admitirla si les era ofrecida;
por eso los admitieron en calidad de prosélitos adheridos a su rito. Todo se
hizo en Gabaón: nada hubo en ello que se hiciera contra Dios ni por sugestión
de los espíritus del error, y aunque al principio murmurasen, después se
avinieron a ello.
Añade además que el celibato es una institución
meramente humana; el hombre que lo instituyó puede rescindirlo y, por tanto,
puede ejecutarlo un cristiano cualquiera. Fíjate que lo digo incluso suponiendo
que no haya sido establecido por los demonios sino por un hombre bueno.
Al no contar con esta sentencia divina en lo que a
los monjes se refiere, no es seguro afirmar de ellos lo mismo. Personalmente no
me atrevería a hacerlo y, por lo mismo, tampoco aconsejaría a los demás que lo
hicieran, ¡Ojalá nos fuese posible hacerlo para que en adelante nadie se
hiciera monje o para que salieran los que lo son y se encuentran en la edad de
la lujuria. Hay que evitar los escándalos, aunque fuesen lícitos, en las cosas
en que la Escritura no se nos manifiesta con claridad.
En cuanto a lo que el óptimo Karlstadt cita de san
Pablo, «hay que evitar las viudas jóvenes y elegir las sexagenarias»,
¡ojalá fuese convincente! Porque pueden fácilmente argüir que el apóstol lo
establece para las futuras, ya que de las anteriores dice estar condenadas por
haber faltado al primer compromiso. Esa autoridad burlada no puede constituir
un fiel apoyo para la conciencia, que es lo que andamos buscando. Y ¿qué es
sino la razón la que concluye que «mejor es casarse que abra sarse» para evitar
la fornicación?.
Van entonces al matrimonio con el pecado de haber roto el pacto. Sólo buscamos
la Escritura y el testimonio de la voluntad divina. ¿Quién sabe si al abrasarse
hoy se abrasarán también mañana?
Ni yo me atrevería a conceder a los sacerdotes el
matrimonio sólo por ese abrasarse, si san Pablo no dijese que tal prohibición
del matrimonio es errónea, diabólica, hipócrita y condenada por Dios. O
sea, que aun prescindiendo del ardor, tienen que abandonar el celibato sólo por
el temor de Dios. Pero sobre este problema sería útil discutir con mayor
detenimiento. Me gustaría más que nada ayudar a los frailes y a las monjas,
pero me dan pena esos pobres muchachos y muchachas, atormentados por las
poluciones y la comezón.
En cuanto a la comunión bajo las dos especies no
argüiré por ejemplos sino a base de palabra de Cristo. No hay argumento que
convenza de que peca o deje de hacerlo quien reciba una sola especie; lo que
hay que tener en cuenta es que Cristo no exige ninguna de las dos, como no
exige necesariamente el bautismo cuando un tirano o el mundo hacen imposible
recurrir al agua. También la violencia de las persecuciones separa al marido y
a la mujer que Dios prohibió se separasen, sin que el uno ni el otro consientan
en la separación. De la misma manera tampoco quieren los corazones piadosos
verse privados de la segunda especie, y quienes lo consienten y aprueban nadie
podrá negar que son papistas, no cristianos, ni que cometan pecado.
Si no existe esta exigencia de necesidad, y puesto
que hay un tirano que urge, no veo cómo pueden pecar quienes reciben sólo una
especie. ¿Quién podrá eliminar por la fuerza al tirano que se opone? Por tanto,
lo único que vale es la razón que dicta que no se observa lo establecido por
Cristo, pero nada define la Escritura, sin la cual no podemos afirmar que
constituya pecado. Es algo formado por Cristo, pero libremente permitido y no
puede ser cautivado ni en el todo ni en la parte. ¿Qué hacer si, como en el
caso del mártir Donato, se rompiese y derramase el cáliz y algunos no pudieran
comulgar esta especie por que no hay a mano más vino o se diesen otras
circunstancias? En resumen, que, ya que la Escritura no lo hace, no me atrevo a
decir por mi parte que esto sea pecado. Es muy conveniente, sin embargo, que
restauréis a su prístino estado esta enseñanza de Cristo, y precisamente esto
era lo primero que había pensado solicitar en cuanto hubiera regresado ahí.
Conocemos ya muy bien a este tirano y podemos resistirle para no vernos
obligados a comulgar sólo bajo una especie.
Lo que nunca volveré a hacer es celebrar la misa
privada. Ruego fervientemente a Dios que se apresure a regalarnos su espíritu
en abundancia. Sospecho que no tardará Dios en visitar a Alemania por lo bien
merecido que lo tiene su incredulidad, su impiedad y su odio al evangelio.
Cuando ello suceda nos echarán a nosotros la culpa de este azote, por haber
provocado a Dios con nuestra herejía y nos «convertiremos en el oprobio de los
hombres y el desecho de la plebe»;
pero ellos hallarán excusa para sus pecados, se justificarán a sí mismos
comprobando que los réprobos no se han de convertir ni por la bondad ni por la
ira y muchos se escandalizarán. Hágase, hágase la voluntad del Señor. Amén.
Si eres predicador de la gracia, predica la gracia
verdadera, no la gracia fingida; si la gracia es verdadera, ten la seguridad de
que se trata del pecado verdadero, no del fingido, porque Dios no salva a los
pecadores fingidos. Sé pecador y peca fuerte,
pero confía y alégrate más fuertemente aún en Cristo, vencedor del pecado, de
la muerte y del mundo. Hay que pecar mientras vivamos aquí. Esta vida no es la
morada de la justicia, sino que, como dice Pedro, estamos a la espera de cielos
nuevos, de una tierra nueva en la que habite la justicia.
Basta con que por la riqueza de la gloria hayamos conocido al Cordero de Dios
que quita el pecado del mundo; de
éste no nos apartará el pecado, incluso aunque forniquemos y matemos miles y
miles de veces cada día. ¿O es que crees que tan menguado es el precio de la
redención de nuestros pecados, pagado por tan grande y buen cordero?
Reza fuerte aunque seas un pecador fortísimo.
Día de san Pedro apóstol, 1521
***
Jesús. Salud.
No me preocupa lo más mínimo el juicio de Capitón ni
el de Erasmo ni me cambian nada la opinión que sobre ellos tengo formada. Temí
que me las tendría que ver con alguno de ellos en cuanto me di cuenta de que
Erasmo estaba muy lejos del conocimiento de la gracia, puesto que en todos sus
escritos no atiende a la cruz sino a la paz. Cree que todo puede ser tratado
con una cierta cortesía y benevolencia; pero Behemoth no
se anda con estos miramientos y con ese sistema nadie se enmienda.
Recuerdo lo que
a sí mismo se aplicaba en su prólogo al nuevo testamento: "Al cristiano le
resulta fácil despreciar la gloria". Yo pensaba para mis adentros: "¡Oh,
Erasmo, mucho me temo que te equivoques!". Cosa grande es despreciar la gloria,
mas no se refería al desprecio que le podían hacer los demás sino al que tenía
en su pensamiento. Si no tiene ningún significado el desprecio de la gloria de
palabra, menos valor tendrá el que existe sólo en el pensamiento. Ahora bien,
según san Pablo, «el reino de Dios está en la potencia»; por eso aún no me he
podido gloriar de nada más que de la palabra de la verdad que me confió el
Señor.
Y por eso, los
escritos de estos hombres que se abstienen de increpar, de morder, de ofender,
no logran nada. Si se corrige educadamente a los pontífices, lo toman como una
lisonja, y como si gozasen del derecho de incorregibilidad continúan tan
satisfechos de ser tremendos y de que nadie se atreva a reprenderlos. Estos son
los personajes representados por tu Plutarco en su libro De la adulación y a
los que Jeremías increpa de manera más severa y terrible: «maldito quien
realiza fraudulentamente el trabajo del Señor».
Habla de la acción de la espada contra los enemigos de Dios. Incluso a mí me
asusta y me remuerde la conciencia porque en Worms hice caso del consejo que me
diste tú y los amigos, y no me mostré fuerte de espíritu ni me exhibí cual
nuevo Elías ante aquellos ídolos.
Otras cosas oirían si de nuevo compareciese ante ellos. Pero no hablemos más de
esto.
El duque Juan el mayor
se ha enterado de mi paradero,
cosa que hasta el momento ignoraba; mi hospedero se lo ha dicho en secreto,
pero sabrá callar. Bien me encuentro aquí, pero, miserable como soy, me voy
haciendo perezoso, languidezco y me enfrío en el espíritu. Hoy, después de seis
días, he hecho del vientre tan duro, que creí iba a exhalar el alma. Ahora
estoy sentado, doliente como una recién parida, lacerado, herido, sangrante, y
esta noche no tendré ningún descanso o muy escaso. Doy gracias a Cristo que no
me priva de algunas partículas de la santa cruz. Me curaría de todas las
heridas si tuviese el vientre ligero; mas lo que sana en cuatro días vuelve a
abrirse en cuanto voy otra vez a defecar. Te lo digo no para que me
compadezcas, sino para que me congratules y ruegues para que me haga digno del
fervor espiritual. Ha llegado el tiempo de orar con todas las fuerzas contra
Satanás, porque anda gestando alguna tragedia funesta contra Alemania. Yo me
estoy temiendo que el Señor se lo permita y aquí me tienes roncando y perezoso
para orar y resistir, hasta tal punto que estoy violentamente descontento y
cansado de mí mismo, a lo mejor porque me encuentro solo y vosotros no me
ayudáis. Oremos y vigilemos para no entrar en tentación. Por
ahora no tengo más que decirte. Todo lo demás ya lo sabes.
Me alegro de que
Wittenberg prospere, tanto más cuanto que esto sucede durante mi ausencia, para
que lo vea el impío, se irrite y perezcan sus deseos. Que
Cristo lleve a buen término lo que empezó. Desearía vivamente que Felipe
predicase a la gente en algún lugar de la ciudad los días de fiesta, cuando
suelen entregarse a la bebida y a los juegos, para que se fuese introduciendo
el hábito de la libertad y se
restituyeran la cara y las costumbres de la iglesia primitiva. Porque si hemos
roto todas las leyes humanas y rechazado sus yugos ¿por qué ha de ser un
obstáculo el hecho de que no esté ungido ni tonsurado y que sea casado? Si el
anunciar la palabra es una función sacerdotal, él es sacerdote y como sacerdote
actúa de hecho; de otra forma ni Cristo sería sacerdote, él que enseñaba en las
sinagogas, en las barcas y riberas, en las montañas: siempre fue idéntico en
todos los lugares y en todos los momentos. Por tanto, ya que nadie puede negar
que ha sido llamado por Dios y que ejerce el ministerio de la palabra, ¿qué
importa que no haya sido llamado por esos tiranos, obispos no de las iglesias
sino de caballos y lacayos de príncipes? No obstante, conozco muy bien los
sentimientos de este hombre y sé que no se avendrá a mis razones.
Tiene que ser llamado
y urgido por mandato e impulso de la comunidad entera; si ella se lo pide y se
lo exige, no debe ni puede rehusar. Si yo estuviera presente, desplegaría todo
mi esfuerzo con el consejo y el pueblo para que le pidiesen les explicase en privado
y en alemán el evangelio, como ha empezado ya a hacerlo en latín: se
convertiría así en obispo en alemán lo mismo que lo es ya en latín. Me gustaría
que bregaras por tu parte para que tal cosa se haga una realidad, porque lo que
más urgentemente necesita el pueblo es la palabra de Dios; y ya que ésta abunda
en él más generosamente que en los demás, ya ves que, urgiéndolo la conciencia
y exigiéndolo Dios, tenemos la obligación de llamarle para que no se
desperdicie el fruto de la palabra.
Te será fácil tratar
este asunto en el consejo por mediación de Lucas y Cristian para
que Cristo vindique mi ausencia y mi silencio con su predicación y su voz para
confusión de Satanás y sus esbirros. Orígenes enseñó en privado alas mujeres,
¿por qué razón no intentar él lo mismo, ya que puede y debe hacerlo? Y más
cuando el pueblo está necesitado y sediento. Te ruego que no te dejes convencer
a la primera por sus excusas. Redactará folios hermosos, que es algo que le va
bien. No hay que ambicionarlo, pero tiene que ser urgido y llamado por la
iglesia, incluso hasta rogado, para que preste este servicio y haga no lo que
le resulte útil a él, sino lo que sea útil para muchos. Te lo suplico: pon la
mayor diligencia en arreglarlo, ayudándote de amigos que, juntos, puedan
apoyarlo.
Y adiós. Acuérdate de
mí ante el Señor.
Desde el desierto,
[90]
día siguiente a la natividad de María, 1521.
***
A Jorge Spalatino, discípulo de Cristo, su amigo en la fe.
Jesús. Salud.
No creo
que haya recibido jamás una carta tan desagradable como la última tuya; estaba
decidido no sólo a retrasar la respuesta, sino también a no contestarte.
En primer lugar, no
estoy dispuesto a aguantar lo que me dices de que el príncipe no soportará que
escriba contra el de Maguncia ni nada que pueda perturbar la paz pública; antes
me quedaré sin ti, sin el mismo príncipe y sin nadie en el mundo. Si me
enfrenté con el papa, creador del maguntino, ¿voy a detenerme ante su criatura?
Dices muy bonitamente que no hay que perturbar la paz pública, ¿y sufrirías que
se turbase la paz eterna de Dios con las acciones impías y sacrílegas de esa
perdición? No sucederá tal, Spalatino; no ocurrirá esto, príncipe, sino que por
amor a las ovejas de Cristo y para ejemplo de los demás hay que resistir
encarnizadamente a este peligrosísimo lobo. Por eso te mando el libelo que
tenía preparado contra él cuando recibí tu carta que no me ha hecho cambiar en
nada, aunque lo había sometido al juicio de Felipe para que lo corrigiese en lo
que creyera menester. No se te ocurra impedir la devolución del libro a Felipe
ni disuadirle. Da por supuesto que no te haré caso.
No te debiera haber
impresionado que nosotros y nuestros amigos nos veamos en la precisión de oír
insultos por parte de nuestros adversarios o de los excesivamente prudentes en
las cosas divinas, ya que sabes muy bien que ni Cristo ni el apóstol fueron
gratos a los hombres. Además, hasta ahora no ha llegado a mis oídos que a los
nuestros se les acuse de crimen alguno, sino sólo de despreciar la impiedad y
las doctrinas de perdición, aunque no me agraden las actitudes de los jóvenes
que recibieron mal al enviado de los antonianos.
Pero ¿quién sería capaz de frenar a todos siempre y en todo lugar? ¿O es que
ellos jamás obran mal? Hasta los discípulos sufrieron el oprobio de Judas
Iscariote y a diario tienen que soportar las comunidades a los miembros malos;
sólo a nosotros se nos exige que el can no refunfuñe. Te suplico que no esperes
la redacción de una apología para cada uno de aquellos a quienes desagrada
Wittenberg; no hay nada más imposible.
No perecerá el
evangelio porque alguno de los nuestros peque de inmodesto: los que por este
motivo se alejen de la palabra están probando que no fue a ella a quien
aceptaron sino sólo su gloria. Las puertas del infierno no podrán separar de
ella a quienes acogieron la palabra por la palabra. El que quiera abandonarla
que la abandone. ¿Por qué no se fijan en lo mejor y más sólido que poseemos?
¿Por qué atienden sólo a lo peor y más débil? ¿Se acusa a Felipe y a los suyos
de este crimen? ¿Por qué condenan el todo por una parte? Es un pecado más leve
silbar a un predicador impío que aceptar fielmente su doctrina. Sin embargo,
este pecado se ve alabado y aquél es condenado como irremisible. ¿Y jueces y
equidades de esta calaña te hacen temer que el evangelio va a perecer por
razones que no son más que humo?.
Confirmo la abrogación
de las misas en este libro que te adjunto. No
he podido preparar la paraclesis, ni creo necesario hacerlo, puesto que abordé
el asunto ya en mi Tessara decade.
¿Por qué no facilitas la lectura de esta obra? ¿Por qué no le inculcas que lea
el evangelio y la pasión de Cristo, ya que no encontrará consuelo mejor? ¿Es
que voy a tener que escribir una consolación para cada caso? ¿Qué dirían los
enemigos? Además, espero que baste la Paraclesis de Felipe, pues me imagino que
en el interim cejará la enfermedad de su ánimo, y de esta forma la mía llegaría
tarde y resultaría inútil. No será impío ni peligroso diferirlo o descuidarlo
en tales circunstancias.
Lo que de verdad me
preocupa ahora es la perdición de las almas, que es sobre lo que ando
trabajando. Yo estoy determinado a atacar los votos de los religiosos y liberar
a los jóvenes de este infierno del celibato, inmundísimo y condenabilísimo a
causa del prurito y de las poluciones. Esto lo estoy escribiendo en parte por
las tentaciones y en parte por la indignación que siento.
Verás que es bueno. No hay un solo Satanás conmigo o, mejor, contra mí, que
estoy solo y a veces me estoy solo.
Adiós y saluda a todos
los nuestros. A Gerbel ya
le había escrito cuando recibí tu última y todo estaba ya cerrado y sellado.
Día de san Martín,
1521.
***
Ante todo, mi humilde servicio a vuestra gracia electoral, muy
reverendo y gracioso Señor
V.
G. E. recordará muy bien que le he escrito dos veces en latín: la primera al
comienzo de las engañosas indulgencias que se publicaron con el nombre de V. G.
E., advirtiéndole fielmente
que por amor a los cristianos me oponía a los libertinos, seductores y avaros
predicadores así como a los libros heréticos y supersticiosos. Aunque -modestia
aparte- hubiera podido dirigir toda la tormenta contra V. G. E. -ya que todo se
manipulaba bajo su nombre y su ciencia impresos en los libros heréticos-, sin
embargo, por respeto a V. G. E. y a la casa de Brandeburgo, y porque pensé que
V. G. E. lo hacía por ignorancia e inexperiencia, seducido por otros
inspiradores, me limité a lanzarme contra éstos, bien sabe V. G. E. con cuánta
pena y con cuánto riesgo. Mi leal advertencia, no obstante, en lugar de
agradecimiento se hizo merecedora sólo de la mofa, y por parte de V. G. E. de
la ingratitud.
Le escribí por segunda
vez con toda humildad,
ofreciéndome a dejarme instruir por V. E. G.; recibí entonces una respuesta
dura, desatenta, indigna de un obispo y de un cristiano, que remitía mi causa a
un poder superior. Puesto que ambos escritos para nada han servido, no cejaré,
y, siguiendo el evangelio,
hago una tercera corrección en alemán, por si en algo pueden ayudar estas
superfluas y no obligadas advertencias quejumbrosas.
V. G. E. ha erigido de
nuevo en Halle el
ídolo que roba el dinero y el alma de los pobres e incautos cristianos; con
ello se hace ya público que todas las torpezas que sucedieron con Tetzel no
fueron sólo obra suya, sino que se debieron a la petulancia del obispo de
Maguncia, quien, desoyendo mi llamada, se hace el único responsable de todo.
Quizá piense V. G. E. que estoy fuera de combate, que busco mi seguridad y que
la majestad imperial ha liquidado al monje; esto me trae sin cuidado, pero ha
de saber V. G. E. que estoy decidido a hacer lo que la caridad cristiana exige,
sin que me lo puedan estorbar las puertas del infierno, por no decir los incultos
ignorantes,
los papas, cardenales y obispos. No puedo aguantar ni callar que el obispo de
Maguncia pretenda dar a entender que no sabe o que no le concierne ofrecer la
enseñanza conveniente, cuando un pobre monje se lo demanda, pero que lo hace
muy bien cuando esto le va a reportar dinero. Conmigo no caben bromas tales, y
hay que usar otros tonos cuando esto se dice o se oye.
Suplico, por tanto,
con toda humildad a V. G. E. que se digne dejar de engañar y robar al pobre
pueblo; que se muestre como un obispo, no como un lobo. Es ya demasiado público
que las indulgencias son una descarada bribonería y una farsa, que es Cristo
quien únicamente debe ser predicado al pueblo, que V. G. E. no puede esconderse
en la ignorancia como excusa de su pecado.
Recuerde cómo comenzó
todo; qué terrible incendio se desencadenó a causa de una insignificante y
despreciada chispa, cuando el mundo entero estaba tan seguro de que un pobre
mendicante no significaba nada comparado con el papa y que se había lanzado a
una empresa imposible. A pesar de todo, Dios ha pronunciado su veredicto: mucho
ha dado que hacer al papa y a todos sus partidarios, y, contra la opinión del
mundo entero, las cosas han ido tan lejos, que le resultaría muy difícil al
papa restablecer la antigua situación; le irá de mal en peor, de manera que
puede palparse que esto es obra de Dios. Porque nadie puede poner en duda que
Dios vive aún y que sabe bien la manera de resistir a un cardenal de Maguncia
aunque le asistan cuatro emperadores; también gusta de abatir los cedros
elevados
y de humillar a los endurecidos faraones. Suplico a V. G. E. que no le tiente
ni le menosprecie, porque su ciencia y su poder no conocen límites.
No se contente V. G.
E. con pensar que Lutero está muerto; apoyado en Dios, que ha humillado al
papa, golpeará tan libre y gustosamente, entablará con el cardenal de Maguncia
un duelo, cuyo alcance no podrán ni sospechar. Uníos entre vosotros, queridos
obispos; podéis seguir siendo señores feudales, que a este espíritu no le
podréis callar ni ensordecer. Quiero que estéis sobre aviso del ultraje que de
esa actitud os sobrevendrá y que ahora no podéis ni imaginaron.
Por tanto, quede V. A.
E. avisado por última vez y por escrito: si ese ídolo no es derribado, tendré
un motivo necesario, acuciarte, ineluctable, por la doctrina divina y la
salvación de los cristianos, para atentar públicamente contra V. G. E. como
contra el papa, para protestar animoso contra abuso tal, para hacer que
recaigan sobre el arzobispo de Maguncia todas las anteriores abominaciones de
Tetzel, y de mostrar al mundo entero la diferencia que hay entre un obispo y un
lobo. Puede V. G. E. ver hacia dónde tiene que dirigirse y lo que hay que
hacer.
¿Se me tacha de
maledicente? Pues otro vendrá que maldiga al que me ha despreciado, como dice
Isaías.
Ya he avisado suficientemente a V. G. E., ha llegado el tiempo, según enseña
san Pablo,
de deshonrar ante todo el mundo a los malhechores públicos, de ridiculizarlos y
castigarlos para que tal escándalo se destierre del reino de Dios.
Ruego además a V. G. E
se digne dejar tranquilos a los sacerdotes que, por huir de la lascivia, han
contraído matrimonio o desean contraerle; no se les robe lo que Dios les ha
dado, puesto que V. G. E. no puede aducir razón, fundamento ni derecho alguno,
y, además, porque este petulante desafuero no rima con un obispo.
¿De qué os sirve a
vosotros, los obispos, recurrir tan insolentemente a la violencia, cargar con
la amargura de los corazones, no querer justificar vuestras acciones? ¿Qué os pensáis?
¿Es que os habéis tornado en soberbios gigantes, en Nemrods de Babilonia? ¿Es
que ignoráis, pobre gente, que el crimen, la tiranía, aunque encubiertos, pero
que echan a perder la oración común, podrán subsistir aún largo tiempo? ¿Por
qué corréis tan presurosos como los insensatos, hacia la desgracia que os ha de
llegar tan temprano?
Fíjese bien V. G. E.:
si esto no se echa por tierra, del evangelio emergerá un grito que diga lo bien
que harían los obispos quitando la viga de sus ojos y
que mejor que andar separando a las esposas pías de sus maridos sería que antes
alejaran a sus barraganas.
Os ruego, E. G. E.,
que vos mismo me deis el gusto y la oportunidad de callar. No hallo placer
ninguno en publicar vuestra vergüenza y vuestro deshonor. Pero mientras no se
deje de avergonzar a Dios y de deshonrar su verdad, yo y todos los cristianos
estamos obligados a mantener la gloria de Dios, aunque el mundo entero -no
hablo de un pobre hombre como un cardenal- resulte por ello deshonrado. No
callaré, y aunque yo fracase, tengo la esperanza de que vosotros, los obispos,
no acabaréis de cantar alegremente vuestro sonsonete. No, no habéis exterminado
a todos los que Cristo ha suscitado contra vuestra sacrílega tiranía.
Por tanto, le suplico,
y espero que V. G. E. dé una pronta y satisfactoria respuesta en el término de
dos semanas. De no llegar esa pública respuesta, a los catorce días justos
saldrá a luz mi folleto Contra el idolo de Halle. No me detendré aunque esta
carta sea interceptada por vuestros consejeros: los consejeros están para ser
leales, y un obispo tiene la obligación de ordenar su corte de forma que le
llegue cuanto tenga que llegarle.
Que Dios conceda a V.
G. E. la gracia de un sentir y querer justos.
En mi desierto,
De V. G. E. servidor y
súbdito,
***
Al sabio y piadoso Ecolampadio, discípulo y fiel servidor de Cristo,
hermano suyo en el Señor.
Gracia y paz en Cristo.
En primer lugar quisiera rogarte, óptimo Ecolampadio, que no achaques a
ingratitud o negligencia por mi parte el hecho de no haberte escrito nada hasta
ahora. Tampoco he recibido yo carta tuya desde tu salida de Santa Brígida. Por
otra parte (y puesto que Cristo fortaleció tu corazón con la virtud de un
espíritu tan firme como para librarte del yugo de Satán, tras haber vencido
estas supersticiones de la conciencia) te juzgué lo suficientemente maduro para
esperar cartas tuyas o creer que las mías te reafirmarían. Sinceramente, hemos
aprobado de todo corazón tu espíritu y tu hazaña egregia. Felipe, que goza de
forma especial recordándote, no cesa de acrecer cada día la estima que te
profeso.
Que el Señor confirme
tu proyecto de exponer a Isaías, aunque se me haya comunicado que tal cosa
desagrada a Erasmo. No te afecte esta displicencia. Lo que Erasmo piense -o
simule pensar- en las cosas espirituales lo testifican abundantemente sus
libros, desde los primeros hasta los más recientes. Por mi parte, aunque acuse
perfectamente sus dardos, como él disimula públicamente ser mi enemigo, también
yo dejo entender que no me doy por enterado de sus astucias, aunque las perciba
mucho mejor de lo que se piensa. En realidad ha realizado aquello para lo que
estaba destinado: introdujo el estudio de las lenguas y alejó los estudios
sacrílegos. Posiblemente, al igual que Moisés, muera en los campamentos de Moab,
porque no alienta a estudios más altos, es decir, los que a la piedad se
refieren. Me gustaría muchísimo que se abstuviese de tratar y de parafrasear la
sagrada Escritura, ya que no se halla a la altura de lo que este quehacer
exige, ocupa inútilmente a los lectores y los retrasa en el aprendizaje de las
Escrituras. Bastante hizo ya con sacar a relucir lo malo; mostrar lo bueno y
conducir hasta la tierra de promisión me parece que no está a su alcance. Mas
¿por qué hablo tanto de Erasmo? Sencillamente, para que no te dejes afectar por
su fama y autoridad, y para que te alegres si ves que hay algo que no le agrada
en esta materia de sagrada Escritura, ya que, como todo el mundo comienza a
sospechar, en este dominio no puede o no quiere juzgar con rectitud.
Aún no he visto tu
traducción de Crisóstomo.
Por nuestra amistad te suplico que soportes esta verborrea. Sé que no andas
necesitado de consuelos tales. No te abandonará Cristo, que habita en ti y que
opera por medio tuyo. Ruega por mí; estoy ocupado en tantos negocios
exteriores, que corro el riesgo de terminar en carne, yo que comencé en
espíritu.
Muchas horas me roban
las monjas y frailes que han salido de los conventos, puesto que tengo que
atender a las necesidades de todos ellos. No
diré nada de los demás que me exigen cumpla con ellos de tantas maneras.
Adiós, óptimo
Ecolampadio, y que la gracia de Cristo te acompañe. Saludos a todos los
nuestros.
Wittenberg,
***
Al reverendo padre en Cristo, Juan, abad de San Pedro de la orden de
benedictinos en Salzburg, su superior en Cristo, su padre y preceptor.
Gracia y paz en Cristo
Jesús, nuestro Señor.
Reverendo padre en
Cristo: Es injusto tu silencio, y fácilmente puedes sospechar lo que de él
opinamos. Pero, aunque hayamos perdido tu gracia y tu beneplácito, no podemos
ser olvidadizos e ingratos contigo, por quien comenzó a brillar la luz del
evangelio en las tinieblas y en nuestros corazones. Confieso que nos habría
gustado más que no te hubieran hecho abad, pero, ya que lo eres, procuremos el
bien de los dos y dejemos que cada uno abunde en su opinión. Peor que haberte
alejado de nosotros soportamos tus amigos y yo el que estés al servicio de ese
monstruo famoso, tu cardenal. Te
ves obligado a soportar y callar lo que quiere hacer, cosa que el mundo apenas
puede aguantar. Milagro será que no estés en peligro de renegar.de Cristo. Por
eso, todos rogamos y deseamos que retornes a nosotros, que te liberes de la
cárcel de esa tiranía y esperamos que estés de acuerdo por tu parte. Tal como
te conocí hasta ahora, me siento incapaz de componer esos dos extremos que se
combaten entre sí: que sigas siendo el mismo que has sido si has decidido
perseverar en esa situación, o que, si continúas siendo el mismo, no pienses
con frecuencia en abandonarla. En último término, como pensamos y te deseamos
lo mejor, abrigamos buenas esperanzas, aunque nuestra esperanza se vea
fuertemente sacudida por tu duradero silencio.
Por este motivo me
atrevo a enviarte estas letras en favor del hermano Acacio, cautivo antes en tu
monasterio y ahora, así lo espero, liberto en Cristo. Si sigues siendo el mismo
que conocí, no te pido sólo que le perdones -espero lo harás generosamente-,
sino que te ruego también le des algo de la abundancia de tu rico monasterio,
con lo que pueda iniciar una nueva vida este hombre pobre y menesteroso. Así me
lo ha pedido él, y aunque yo estuve dudando en la incertidumbre, espero lo mejor
y me incliné a presumir lo mejor de ti. Si has cambiado en relación con
nosotros, lo que Cristo no quiera- y te hablo con toda libertad- no quisiera
perder tiempo en palabras inútiles, sino que preferiría invocar la misericordia
de Dios sobre ti y sobre todos nosotros.
Ya ves, reverendo
padre, qué ambiguamente tengo que escribir a causa de que tu largo silencio nos
tiene sumidos en la incertidumbre sobre tus sentimientos, cuando tú tan bien
conoces los nuestros. Estoy seguro, además, de que tu corazón no puede
despreciarnos aunque nada de lo nuestro fuese de tu agrado. Por mi parte, no
dejaré de orar para que se cumpla mi deseo de que te alejes de tu cardenal y
del papado, como alejado estoy yo y tú lo estuviste. Dios me oiga y te una a
nosotros. Amén.
Wittenberg,
día de san Lamberto,
1523. Martinus Luther.
***
Gracia y paz de nuestro señor Jesucristo. He callado ya el tiempo
suficiente, óptimo Erasmo, y aunque esperaba que te adelantases a romper el
silencio, esta espera tan larga ha resultado fallida. Por eso, creo que ha sido
la caridad misma la que me ha empujado a empezar. No tengo nada que objetarte
por el hecho de que al principio te alejases de nosotros, puesto que así
podrías entregarte de lleno y sin obstáculos a tu causa contra mis enemigos
papistas; tampoco llevé a mal en absoluto que en algunos pasajes de tus libros
editados nos mordieses y ofendieses con su pizca de acritud para conseguir su
gracia o mitigar su furor. Porque como vemos que Dios aún no te ha concedido la
fortaleza y el coraje de luchar con nosotros libre y confiadamente contra
nuestros monstruos, no somos quiénes para atrevernos a exigirte algo que supera
tus fuerzas y que no va con tu modo de ser. Esto no fue óbice para tolerar tu
pusilanimidad y para venerar la medida del don de Dios;
porque lo que no puede negar el orbe entero es que el florecimiento y reinado
de las letras, medio para llegar a la lectura limpia de la Biblia, es un don
egregio y magnífico que Dios te ha concedido y que hemos tenido que agradecer.
Por
este motivo nunca deseé que abandonases o menospreciases tus dotes y te
enrolases en nuestros ejércitos. Mucho nos hubiera valido tu ingenio y tu
elocuencia, pero, al faltarte coraje, era más seguro que sirvieras según tu
don. Sólo temía una cosa: que en alguna circunstancia los enemigos te indujeran
a atacar nuestros dogmas en tus escritos publicados y nos viésemos en la
urgencia de enfrentarnos contigo cara a cara. Contuvimos a algunos
que con libros ya preparados estaban decididos a desafiarte; ese fue el motivo
por el que hubiera deseado que no se editara la Expostulatio de Hutten y mucho
menos la Esponja, en la que, a mi
entender, te das cuenta perfecta de lo fácil que resulta escribir sobre la
modestia y argüir de inmodesto a Lotero, pero que es muy difícil, por no decir
imposible, mantenerse invulnerable sin una gracia singular del Espíritu.
Créaslo o no, Cristo
es testigo de que te compadezco con todo mi corazón por tantos odios y
antipatías como tanta gente desencadena contra ti. Tu valor humano está muy por
encima de todos esos ataques, pero no puedo creer que ante ellos permanezcas
inconmovible. Posiblemente los impulse un celo justo y les parezca que los has
provocado de forma indigna. Te lo diré con toda libertad: si fuesen de más
recio temple, no tendrían motivos de indignación; pero están justificados,
porque son de condición tal, que su debilidad no les permite soportar tu
acritud y simulación (cosas que tú preferirías se viesen como prudencia y
modestia). Yo mismo, aunque sea irritable y con frecuencia me haya excitado y
escrito más acerbamente de lo debido, sólo lo hice contra los pertinaces e
indómitos. Por lo demás, me parece que mi propia conciencia y la experiencia de
muchos testifican sobradamente mi clemencia y mansedumbre con los pecadores y
los impíos, aunque sean insensatos e inicuos. Que por eso contuve mi pluma
cuando tú me punzabas, y en mis cartas -que han llegado hasta ti- dije a mis
amigos que me contendría hasta que saltaras públicamente a la palestra; porque,
aunque no simpatices con nosotros, aunque impía o simuladamente condenes o no
apruebes muchos capítulos de piedad, sin embargo no puedo ni quiero tacharte de
pertinaz.
Mas ahora ¿qué puedo
hacer? Las cosas han llegado a su punto álgido por ambas partes. Si me fuere
posible, optaría por hacer de medianero para que cesasen ellos de atacarte con
tanta animosidad y permitieran que tu vejez durmiera pacíficamente en el Señor.
Tengo la convicción de que se avendrían si, en primer lugar, tuviesen en cuenta
tu pusilanimidad y midiesen la magnitud de nuestra causa, que ya desborda tus
posibilidades, fundamentalmente porque ha llegado a un extremo en que no hay
que temer peligro alguno, incluso aunque Erasmo la combatiese con todas sus
energías, mucho menos si no hace más que prodigar sus sarcasmos y dentelladas
de vez en cuando: y si, por otra parte, tú, Erasmo mío, pensases en su
debilidad y no siguieras con esos recursos picantes y agudos de tu retórica, de
manera que; si no puedes ni osas defender lo nuestro, no te metieses con ellos
y te dedicaras a tus cosas. El que reaccionen tan inicuamente ante tus
mordiscos se debe sólo (y tú eres de ello testigo) a que la humana flaqueza
tiene terror a la fama y autoridad de Erasmo, y es mucho peor un mordisco de
Erasmo que ser triturado por todos los papistas.
Deseo que lo dicho,
óptimo Erasmo, constituya un testimonio de mi buena voluntad hacia ti y la
expresión. del deseo que abrigo de que Dios te otorgue un espíritu digno de tu
fama; si a Dios le pluguiere retrasar esta concesión, te suplico que, entre
tanto, y si no puedes colaborar de otra manera, te limites a ser un mero
espectador de nuestra tragedia; que no te alíes con los adversarios engrosando
sus filas, y, sobre todo, que no edites libelos en que me ataques, del mismo
modo que no los publicaré yo contra ti. Recuerda, por fin, que quienes se
amparan bajo mi nombre para arremeter son hombres semejantes a nosotros dos, a
los que es preciso perdonar e ignorar, y que, como dice san Pablo, que tenemos
que ayudarnos a llevar las cargas. Ya se
ha mordido bastante, cuidemos ahora de no destruirnos mutuamente;
sería un espectáculo más vergonzoso aún, ya que es indudable que ninguna de
ambas partes tiene el deseo de perjudicar la piedad, sino que anhela entregarse
a su respectiva tarea sin pertinacia.
No interpretes mal mi
rudeza y queda en el Señor. Te recomiendo a ese joven Joaquín que se parece a
nuestro Felipe;
verás que, una vez admitido, se recomendará mejor por sí mismo.
Wittenberg,
año de 1524.
***
Al joven Jerónimo Baumgartner,
de Nürnberg, piadosísimo y eruditísimo, muy querido en Cristo.
Gracia y paz en el Señor.
También me veo precisado a
acudir a ti, mi Jerónimo, en el socorro de la multitud de los pobres. Este
joven, Gregorio Keser, solicita la manutención en un lugar cualquiera y me ha
pedido le recomiende a alguna persona de Nürnberg. Pocas esperanzas le he dado,
pues sé que ahí todo está repleto; no obstante, le he enviado en el nombre del
Dios «que alimenta hasta a los cuervos».
Por lo demás, si quieres quedarte con tu Keta Bora,
anticípate antes de que se entregue a otro que anda a mano.
Sigue queriéndote aún. Por mi parte, me gustaría que os casaseis.
Adiós. Wittenberg,
***
A1 honorable y eruditísimo Johann Rühel,
doctor en derecho, señor mío bondadoso y mi pariente.
Gracia y paz de Dios.
Te agradezco, querido y
honorable señor y pariente, las noticias que me comunicas, y más aún desearía
saber, sobre todo acerca de Thomas Müntzer. Te ruego que me digas cómo se le
encontró e hizo prisionero y cuál ha sido su forma de comportarse. Es
conveniente que se conozca la actuación de ese espíritu soberbio.
Es una lástima que se trate con tanta crueldad a
esas pobres gentes, pero ¿qué otra cosa se puede hacer? Es necesario, y Dios
así lo desea, que se les inspire miedo y temor; de otra forma, Satán haría
cosas mucho peores. Este es el juicio de Dios: «Quien empuña la espada, por la
espada perecerá». Es
consolador que se haya manifestado el Espíritu, para que los campesinos se den
cuenta del alcance de su error, y quizá para que cesen en la revuelta o la
lleven por cauces más moderados. No os aflijáis tanto, porque todo resultará
provechoso a muchas almas que se salvarán gracias a este saludable temor.
Mi graciosísimo príncipe elector murió el mismo día
en que me despedí de ti,
entre las cinco y las seis, casi simultáneamente a la destrucción de
Osterhausen, con tranquilo valor y con toda su inteligencia y razón. Ha
recibido el sacramento bajo las dos especies, pero no la extremaunción. No dejó
encargadas misas ni vigilias, y a pesar de ello sus funerales han sido
magníficos. Se le han encontrado algunas piedras, especialmente en la bilis,
que no deja de ser curioso; eran casi tan grandes como dineros de a cuatro y tan
gruesas como un dedo meñique. Ha muerto de mal de piedra, pero ninguna se le
encontró en la vejiga.
No se enteró de muchas cosas de la revuelta de los
campesinos; pero escribió a su hermano para que se ensayasen todos los medios
suaves antes de llegar a la batalla. Ha muerto, por tanto, cristianamente. La
señal de su muerte fue un arco iris que Felipe y yo habíamos divisado sobre
Lochau
en una noche del último invierno, un niño que aquí en Wittenberg nació sin
cabeza y otro con los pies al revés.
Os lo encomiendo a Dios. Saludad de mi parte a
vuestra viña y a vuestros racimos. Consolad también a Cristóbal Meinhard, para
que acepte la voluntad de Dios, buena aunque no nos demos cuenta de ello. Lo
que en broma decíamos de la «devastación», del «fastidio» y del «asombro» ha
resultado que iba en serio. Es la hora de quedarse quietos y dejar que Dios
actúe; así podremos ver la paz. Amén.
Estoy dispuesto a escribir a... en
cuanto me lo indiques.
Wittenberg, martes después de «vox iocunditatis», 1525.
***
Al respetable, sabio y honorable Johann Rühel,
doctor en derecho, a Johann Thür, al canciller Gaspar Müller, mis queridos
señores y amigos, a todos y a cada uno en particular.
Gracia y paz en Cristo.
¡Qué gritería he levantado,
queridos señores, con mi librito contra los campesinos! Se
ha olvidado todo lo bueno que al mundo ha hecho Dios por mí. Señores, frailes,
campesinos, todos están en contra mía y me amenazan con la muerte.
Pues
bien, puesto que ellos están tan locos y furiosos, quiero corresponderles yo
también acabando mis días en el estado instituido por Dios, para no conservar
nada de mi anterior existencia papista en cuanto me sea posible, y así
volverlos más rabiosos y furiosos aún, y todo esto como mi último adiós. Porque
preveo que Dios me ayudará para hallar gracia ante él.
Así es que, por deseo de mi querido padre, me he
casado, y a causa de estos bocazas, y para verme libre de dificultades, lo he
hecho con rapidez.
Tengo la intención de organizar una pequeña fiesta y volver del martes en ocho
días (el martes siguiente a san Juan Bautista). No he querido ocultaros esto,
como buenos amigos que sois, y os ruego me ayudéis bendiciendo mi matrimonio.
Tal como están las cosas y tal como ahora andan por
el país, no he tenido ganas de invitaros ni de exigiros que estuvierais
presentes. Podéis imaginaros la alegría que me proporcionaríais si vosotros
mismos voluntariamente quisierais o pudierais venir junto con mi padre y con mi
madre. Me gustaría que vinierais acompañados a mi pobreza con buenos amigos; lo
único que os ruego es que me lo hagáis saber por ese mensajero. Se lo hubiera
comunicado también a mis graciosos señores el conde Gebhard y Adalbert,
pero no me he atrevido a hacerlo, porque sus gracias tienen más que hacer que
ocuparse de mis cosas. Pero si es necesario hacer algo en este sentido, y a
vosotros os parece bien, decídmelo, por favor. Encomendadme a Dios.
Wittenberg, jueves después de la trinidad, 1525.
***
A Jorge Spalatino, siervo de Dios, su hermano en Cristo.
Gracia y paz.
Con Catalina Bora he tapado la boca a
los que me infaman, mi Spalatino. Si conviniese preparar un banquete en
testimonio de este mi matrimonio, convendrá que no sólo estés presente, sino
también que cooperes, si hubiese precisión de carne. Mientras tanto, danos tu
bendición y ruega por nosotros.
Con esta boda me he hecho tan vil y despreciado, que
tengo la esperanza de que los ángeles rían y lloren todos los demonios. No
conocen el mundo ni los sabios el amor bueno y sagrado de Dios y sólo en mí lo
ven como impío y diabólico. Lo mejor de todo es que con mi matrimonio se
condena y fastidia la opinión de cuantos se empeñan en seguir ignorando a Dios.
Adiós y ruega por mí.
Wittenberg,viernes después de la trinidad, 1525.
***
A su alteza serenísima, el ilustrísimo príncipe y
señor, Felipe, Landgrave de Hessen, de Strauen del Katzenelnbogen, etc., mi
gracioso señor.
Gracia y paz en Cristo, serenísima alteza, muy
ilustre príncipe, señor gracioso. A la ordenanza que V. A. me ha enviado, y
sobre la que me pide mi opinión, contesto no de muy buena gana, porque a los
de Wittenberg nos acusan de no valorar nada de los demás y de apreciar sólo lo
nuestro. Dios sabe lo que deseamos que también los otros hagan lo mejor. Mas,
por servir a V. A., y puesto que no faltarán quienes vociferen que esta
ordenación ha aparecido por consejo mío, me permito sugerirle fiel y
humildemente que por el momento no dé su permiso para que se imprima. Porque no
he sido hasta ahora, ni lo soy todavía, tan atrevido como para recomendar un
conjunto de leyes como éste con palabras tan autorizadas. Mi opinión sería que
en esto se siguiese el ejemplo de Moisés: aceptar, redactar y prescribir las
leyes después que la mayor parte de ellas se han hecho costumbre entre el
pueblo que las recibió de sus antepasados.
V. A. puede confiar el cuidado de las parroquias y
escuelas a personas honradas, e indicar en principio, oralmente o por escrito,
pero con la mayor concisión posible, lo que tienen que hacer. Y lo que sería
aún mucho mejor: que los párrocos, primero uno, tres, seis, nueve, se pusieran
de acuerdo entre sí para comenzar con uno, tres, circo o seis artículos, hasta
que se hicieran usuales y obligatorios; así se seguiría después hasta donde
pudieran los párrocos y hasta que todo por sí mismo se fuese tornando
obligatorio. Entonces se probaría la redacción de un manual. Sé muy bien, y lo
sé por experiencia, que rara vez tienen eficacia las leyes cuando han sido
prematuramente prescritas. La gente no se encuentra aún preparada para creer
que sólo los que están sentados puedan reflejar con palabras y pensamientos la
forma de llevar las cosas. Dista mucho el «prescribir» del «cumplir», y la
experiencia mostrará que muchos artículos de esta ordenanza deberían haber sido
modificados y que algunos de ellos pertenecen sólo a la autoridad. Pero si
algún artículo ha pasado a configurarse como uso obligado, entonces resulta ya
más fácil prescribirlo. Establecer leyes es asunto grave, arriesgado, difícil,
y sin el espíritu divino nada bueno de ahí saldría. Por eso, en este negocio
hay que proceder con humildad y temor de Dios y observar la norma de «breve y
bien, poco y bueno, callandito y siempre adelante».
Después, cuando las cosas hayan echado raíces,
vendrá el resto en demasía, como sucedió a Moisés, a Cristo, a los romanos, al
papa y a todos los legisladores.
Esta es mi opinión para salvaguardar mi
responsabilidad. No deseo establecer un fin, una regla a V. A. ni a los
predicadores de vuestro país; prefiero encomendarlo al espíritu de Dios.
Siervo rendido de V. A.
Wittenberg, lunes después de la epifanía, 1527.
***
Gracia y paz en Cristo.
Alteza serenísima, ilustrísimo príncipe, gracioso
señor: El consejo y la comunidad de Belgern se han dirigido en diversas
circunstancias a V. A. S. con súplicas a propósito del señor Balzer Zeiger, su
predicador, que les sirve desde hace cuatro años, y del fraile de Buch, que
detenta los beneficios parroquiales y que ni cumple con su ministerio ni está
capacitado para cumplirlo. No
está bien que un predicador tenga que cuidar por sí mismo de su propia
subsistencia, como lo ha hecho hasta ahora para bien del pueblo; hay que cuidar
de que esto no siga sucediendo, puesto que enoja a Dios y podría enviar su
castigo.
El señor Balzer es un hombre muy bien dispuesto y
que ha sufrido mucho por la causa del evangelio, de forma que estoy decidido a
pedir ayuda para él por otro conducto. Pero como espero que V. A. S. no sufrirá
tal injusticia, quisiera rogarle encarecidamente se digne disponer que se
asigne al dicho señor Balzer una manutención o alguna contribución a cargo de
los beneficios de la parroquia hasta que allí llegue la Visitación. No puede
resultar grato a Dios que uno tenga que atender a la parroquia sin disfrutar de
sus bienes y otro los disfrute sin trabajar, que es lo que ahí sucede desde
hace cuatro años. Que Dios nos ayude, amén.
Martes después de la navidad de María, 1527.
Súbdito
suyo, Martinus Luther.
***
Gracia y paz en el Señor.
Aquí se quedaron esas cartas, Felipe mío,
por falta de con quién enviártelas, hasta que te las lleve este señor Jorge.
Siento lo del cólico que te está consumiendo, y ruego a Cristo cuanto me es
posible para que te cure y te conserve. Y es que anhelo vehementemente que me
sobrevivas en estas terribles perturbaciones de la iglesia, para contar con
algunos de valor imponderable que puedan enfrentarse al furor de Satán, que
sean como muros de contención de la casa de Israel en estos tiempos en que
justamente la ira del Señor ha visitado nuestra ingratitud. ¡Oh, Cristo, cómo
serán los días venideros con principios tan horrendos!
Hace ya algunas semanas que Karlstadt se ausentó de
su lugar; parece que está con los suyos y que anda buscando dónde anidar. Vaya
enhorabuena a su sitio, ya que no hay forma de lograr que se retracte.
Me
dices que hay quien se mete contigo por haber dicho en tu Visitación que la penitencia debe
partir del temor de Dios. Casi lo mismo me escribió el maestro Eisleben; pero yo
no doy mayor importancia a estas pugnas verbales, sobre todo cuando parten del
vulgo. Y es que distinguir el temor de la pena y el de Dios se hace más
fácilmente en las sílabas y palabras que en el afecto y la verdad. Que todos
los impíos teman la pena y el infierno, que ya se encargará Dios de que le
tengan también temor a él en la pena. Es más: en esta vida es imposible el
temor de Dios sin el de la pena, como es imposible que exista el espíritu
separado de la carne (aunque el temor de la pena sea inútil sin el de Dios). Al
enseñar el temor de Dios sucede lo mismo que cuando se predica la libertad del
espíritu: que a la primera unos lo toman como si de la libertad de la carne se
tratara, y lo identifican con la desesperación y el temor de la pena. Y ¿quién
les podrá resistir?
Cristo
nos hace caso y por su misericordia va mitigando la peste. Procuraremos hacer
lo que adviertes si tu Visitación se envía a la imprenta.
Ruega
por mí, que soy un miserable y abyecto gusano, al que el espíritu de la
tristeza está vejando a su gusto según la buena voluntad del padre de la
misericordia, en cuya gloria redunde hasta mi miseria. Mi única gloria consiste
en haber transmitido sólo la palabra de Dios, sin haberla adulterado con anhelo
alguno de gloria u opulencia. Espero que quien comenzó la obra la perfeccione,
ya que ni busco ni anhelo más que al Dios propicio, tal como él mismo exige que
se le acepte aún por sus enemigos y por quienes le desprecian.
Saluda
a todos los hermanos y encomiéndame a sus oraciones. Cristo, que nos enseñó a
enseñar su evangelio contra el furor satánico, haga que le creamos con su
espíritu verdadero y libre, y nos otorgue la perseverancia de confesarle en
medio de esta generación depravada y perversa
Creo
que Zwinglio
es muy digno de santo odio por manejar tan desvergonzada y traicioneramente la
palabra de Dios. No he leído todavía el Hyperaspistes y ¿cómo voy a leerlo?
Estoy enfermo de Cristo sin apenas poder vivir, ¡cuánto menos me voy a poner a
trabajar o a escribir! ¿Es que no está lanzando Dios contra mí todas sus olas?. Hasta los que deberían
apiadarse del afligido le mortifican. Tenga Dios piedad de ellos y los
convierta, amén.
Domingo, víspera
de san Simón y san Judas, 1527.
***
Al Dr. Justus Jonas,
escondido por Nordhausen.
Gracia y paz en el Señor.
En verdad, no sé qué
escribirte, Jonas mío, yo que respiro impaciencia a causa de la tempestad y de
mi flojedad de espíritu. El sábado estuve a punto de morir cuando la mujer del
capellán Jorge abortó y, después de perder la prole, murió ella misma de dos muertes: primero
del dolor del alumbramiento y después por la intoxicación galopante de la
peste. No tuvo en cuenta Cristo nuestras lágrimas ni nuestras oraciones por su
conservación. Nos consiguió de todas formas que fuese a él con una muerte
envidiable, es decir, llena de confianza y de ánimo. Todos están sobrecogidos
por el terror y he traído a mi casa al párroco con su familia. Mi
Kethe se conserva aún fuerte en la fe y sana en el cuerpo. Mi Hánschen hace ya ocho días que está enfermo con un mal incierto, que yo sospecho que es
el que nos azota, aunque crean y digan que es debido a la dentición. No ha
fallecido nadie en los dos últimos días después que murió la mujer del
capellán. Quiera Cristo que la peste esté ya acabándose. En el arrabal de los
pescadores ha amainado, se han reanudado las bodas y las fiestas, pero no se
puede asegurar nada definitivo todavía, porque hace ocho días remitió la peste
en la ciudad hasta tal punto que apenas se registró una defunción por día, pero
de repente cambió el viento, y a los dos días hubo doce muertes en una sola
jornada, aunque fuesen en su mayor parte niños los fallecidos.
La mujer de Agustín
está postrada desde hace más de ocho días a causa de un apostema interno que sólo
cabe sospechar sea peste, pero ya se está reponiendo. También Margarita Mochina
sigue en cama aquí en mi casa; dicen que es a consecuencia de la menstruación,
pero hay el temor de que sea peste. De manera que si atiendes a las sospechas,
ando por aquí en mi casa rodeado de peste; pero si atiendes a la realidad,
estamos fuertes y con buena salud, aunque en peligro. Deseo que nos encomiendes
a tus oraciones. El marido de Dorotea ha muerto;
menos mal que ella está a salvo, pese a que el apostema siga pertinaz sin
curarse ni madurar. Mi Kethe te saluda y se queja de que no nos visites, ya que
en nuestros confines reina la tranquilidad. Te saluda Pomerano que hoy se ha
purgado.
Cristo con nosotros, Amén.
1527, lunes después de todos los santos.
Tu Martin Luthero.
***
Gracia y paz en el Señor.
Al orar por mí, Jonas mío, y hacerlo con
diligencia, en realidad realizas algo de lo que estoy necesitado yo, vil
desecho de Cristo.
También yo lo hago por ti de todo corazón, para que Cristo se apiade de ti, ya
que me he enterado de que otra vez estás gravemente atacado de cálculos. Hasta
me atrevería a sugerirte que regresases cuanto antes a nosotros. Nuestra peste,
por el favor de Cristo, ha amainado, el pueblo se vuelve a casar y comienza a
actuar como si estuviese seguro de haber vencido a la peste. Tu barrio, desde
detrás de la casa de la mujer de Ignacio y de Juan, el marido de Dorotea,
permanece casi totalmente incólume hasta la parroquia y el foro. Que Dios te
ilumine para que obres conforme a lo que a él le agrada y a ti te conviene,
amén.
Saluda a tu
Ketha y al pequeño Justo. La mujer de Agustín ha resucitado. Margarita Mochina
se las verá mal para salir adelante si es que lo logra; espero, no obstante,
que siga con vida. Ha estado en cama unas siete semanas, privada del oído y
hablando con mucha dificultad. Mi Kethe espera dar a luz en cualquier momento.
Cristo nos ayude, amén.
Víspera de san
Andrés, 1527.
Martin Luther.
Todavía siguen
incontaminados tu casa y el barrio de Coswich, por eso te he convertido en
hospedero ausente de la mujer e hijos del capellán. Esa pobre mujer está
muy afectada por la muerte de la otra compañera y éste es el único consuelo que
se le puede dar. Los dos capellanes siguen en la parroquia y allí duermen.
Esfuérzate por interpretar bien la audacia de meterme en tus cosas; te doy la
seguridad de que si la peste afectase a cualquiera de ellos, inmediatamente
será trasladado a la parroquia.
Que Dios te
colme en tu casa de Norhausen mientras utilizamos la de aquí para socorro de esta
necesidad. El hijito de nuestro Bruno no creo que pase de hoy;
el pobre niño está agonizante. Adiós en Cristo.
***
A su hermano carísimo en Cristo, Justus Jonas, siervo sincero de
Cristo, en Nordhausen.
Gracia y paz en Cristo.
No dejes de orar por mí ni
de agonizar conmigo, mi Jonás, para que Cristo no me abandone ni permita que
sea el tormento de los impíos, sino de los hijos; para que no desfallezca del
todo mi fe, porque mi tentación a veces se mitiga, pero otras retorna con más
fuerza. ¡Ojalá hubieseis vuelto todos aquí! Hemos orado a Dios contra la peste
y vemos que nos ha escuchado, porque ha desaparecido ya del todo, incluso del
barrio de los pescadores. El aire también es ahora puro y sano.
También tú has de orar para que en nosotros glorifique
su palabra que está expuesta al peligro y al oprobio por nuestra dispersión.
Satanás y los suyos se alegran de nuestra separación. Saluda a todos los
nuestros, de manera especial a tu Ketha. Muchos saludos de Pomerano y de mi
Kethe. Cristo esté contigo y con nosotros, amén.
Lunes después de la navidad de Cristo, 1527.
Aún no se han visto por aquí los libros de los Schwürmer;
harías bien en remitírnoslos.
Martinus
Luther.
***
Gracia y paz.
Mi Hánschen te da las gracias, óptimo Nicolás, por los
juguetes que le han encantado y con los que está contentísimo. Me he
determinado a escribir sobre la guerra del turco y
espero que no sea en valde. Ha fallecido mi hija Isabelita. Ha
dejado mi corazón enfermo, como el de una mujer, que hasta tal punto me ha
herido el dolor. Nunca hubiera sospechado antes cómo ablandan los hijos el
corazón de los padres. Ruega a Dios por mí y quédate con él.
Wittenberg, 5 agosto 1528.
De sacar a ésa de Freiberg no
hay nada; no pasó de un proyecto, así que quédate tranquilo.
***
Al doctor Justus Jonas, arzobispo de Misna.
Gracia y paz en Cristo. Ya puedes prepararte bien,
Jonás mío, y tener fuerte tu ánimo, porque a cuantos vientres o espíritus
acudan a mí para solicitar parroquias te los he de remitir, como te mando al
portador de ésta. Tú verás qué clase de persona es. A mí me parece que lo que
mejor le va es el campo y el arado o que quizá valga para sacristán, a no ser
que opines de otra manera (el espíritu se me puede ocultar y engañarme). Haz lo
que te parezca.
Aún se está
lamentando Felipe, y nosotros le asistimos, como estamos obligados a hacerlo
con un hombre así. ¡Ojalá todos los
timones tuviesen que sufrir de esta suerte! Se humillarían los que, cegados por
la soberbia de su sabiduría, ignoran cuánto más vale una persona pública,
aunque pecadora y enferma, que muchos o, mejor, que todos los miles de
Jerónimos, Hilarios y Macarios privados. Mientras tanto, siguen
echándonos en cara a estos santos ceremoniosos y célibes, que, juntos en un
montón, no son dignos de desatar la correa de la sandalia a un Felipe ni (para
gloriarme) a ti, a Pomerano o a mí. ¿Qué hicieron todos esos santos privados o
célibes obispos que pueda compararse con un solo año de Felipe o con un libro de
los Lugares comunes? Pero no es éste tiempo ni lugar oportuno para quejarse. Lo
haremos en persona cuando surja la ocasión.
Adiós, procura
ser un santo enemigo de los rústicos y de todos los santos privados, y venera a
los publicanos, es decir, a los santipecadores. Ruega por mí. 1529.
***
A1 venerable hermano en el Señor, Juan Agrícola,
ministro de Cristo.
Gracia y paz en Cristo.
De regreso de nuestro coloquio en Marburgo, mi querido Agrícola, te
comunicamos el resultado desde esta ciudad vecina. El landgrave de Hesse nos
recibió magníficamente y nos hospedó con esplendidez. Estuvieron presentes
Ecolampadio, Zwinglio, Bucer, Hedio y tres notables: Jacobo Sturm de
Strasburgo, Ulrich Frank de Zurich y N. de Basilea. Han solicitado la paz con
humildad excesiva. Dos días ha durado nuestro debate. He respondido bien tanto
a Zwinglio como a Ecolampadio, y les he puesto delante las palabras «Esto es mi
cuerpo». He refutado todas sus objeciones. El día anterior tuvimos
conversaciones en privado y amigablemente Ecolampadio y yo, Zwinglio y Felipe.
Mientras tanto, fueron llegando Andrés Osiander, Juan Brenz y Esteban de
Augsburg; pero esta gente, a fin de cuentas, es inhábil para discutir y carece
de experiencia en estas lides. Aunque se han dado cuenta de que su
argumentación no era concluyente en manera alguna, no han querido ceder en el
único punto de la presencia del cuerpo de Cristo; y no lo han hecho, a mi modo
de ver, más por temor y falsa vergüenza que por mala voluntad. En todo lo demás
han cedido, como podrás ver en el impreso.
Al final, nos han preguntado si, al menos, estábamos
dispuestos a reconocerlos como hermanos; el príncipe urgía que así se hiciera.
Pero nos ha sido imposible hacer esta concesión. Sin embargo, les hemos
estrechado la mano en señal de paz y de caridad, comprometiéndonos unos y otros
a evitar palabras y escritos hirientes, a no acudir a las invectivas al enseñar
la opinión correspondiente, pero sin renunciar a la defensa y a refutar el
parecer contrario. Y de esta forma nos hemos separado.
Te ruego que comuniques esto a nuestro querido
hermano el doctor Gaspar Aquila. La
gracia de Cristo esté con vosotros, amén.
Jena, 12 octubre 1529.
***
A mi querido padre, Hans Luther,
ciudadano de Mansfeld en Tal, gracia y paz en Cristo Jesús, señor y salvador
nuestro, amén.
Querido padre: mi hermano Jacobo me ha comunicado
por carta que estás gravemente enfermo. Como el aire ahora es malo, hay
peligros por todas partes y también a causa de este tiempo, estoy preocupado por
vos. Porque, aunque hasta el momento, os haya concedido y conservado Dios un
cuerpo sano y robusto, me inquieta la edad que ya tenéis, si bien es cierto que
nadie puede ni debe estar seguro de su vida durante una hora.
Mucho me
agradaría acudir personalmente a vuestro lado, mas mis buenos amigos me lo han
desaconsejado y me han disuadido de que lo haga. Yo mismo he de andar con
cuidado para no tentar a Dios exponiéndome al peligro, y ya sabéis el afecto
que me profesan los señores y los campesinos. Me alegraría muchísimo, no
obstante, si ello fuera posible, que acudieseis aquí junto con mi madre. Mi
Kethe lo desea con lágrimas vivas, lo mismo que todos nosotros; os cuidaríamos
estupendamente. Por eso os he despachado a Ciriaco: para que se entere si
vuestra debilidad lo permite. Porque, teniendo en cuenta lo que la divina
voluntad os reserve para esta o la otra vida, me agradaría de todo corazón
-como es justoestar junto a vos y manifestaros a vosotros y a Dios fiel y
rendidamente el agradecimiento filial que os debo, conforme al cuarto
mandamiento.
Mientras tanto, y desde lo hondo de mi corazón,
ruego al Padre que me ha concedido a vos como padre, que, según su infinita
bondad, se digne fortaleceros e iluminaros y protegeros con su espíritu, para
que con gozo y gratitud confeséis la salvadora doctrina de su Hijo, nuestro
señor Jesucristo, a la que por su gracia habéis sido llamado y habéis llegado,
dejando la antigua oscuridad terrible de los errores. Espero que su gracia, que
os ha dado un conocimiento tal y comenzado así su obra, la irá consumando
durante esta vida hasta la gozosa venida de nuestro señor Jesucristo, amén.
Ha sellado él esta doctrina en vos y la ha
confirmado con marcas: por causa de mi nombre habéis tenido que aguantar
detracciones, ignominias, escarnios, mofas, desprecios, odios, enemistades y
peligros como todos nosotros; éstas son las señales verdaderas que nos asemejan
a nuestro señor Jesucristo, como dice san Pablo,
para que también le seamos semejantes en la gloria futura.
Que vuestro corazón se regocije y se consuele en
vuestra debilidad, porque en el cielo contamos con un seguro y fiel defensor
junto a Dios, con Jesucristo, que por nosotros ha dado muerte a la muerte y a
los pecados, que está allí y con los ángeles nos está mirando y aguardando,
para que a la hora de nuestra partida no nos acongojemos ni tengamos miedo de
caer en el abismo. Mucho más poderoso es él que la muerte y el pecado; nada
podrán éstos contra nosotros. Es tan fiel y bueno, que ni puede ni quiere
abandonarnos, con tal de que lo deseemos firmemente. El lo ha dicho, ofrecido y
prometido, y es indudable que no puede ni quiere engañarnos ni quedar por
mentiroso. «Pedid, dice, y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os
abrirá».
Y en otro lugar: «Todo el que invoque el nombre del Señor se salvará». El
salterio entero está repleto de consoladoras promesas, en particular el salmo
91, cuya lectura es tan conveniente para los enfermos.
Os comunico todo esto por carta a causa de la
inquietud que vuestra enfermedad me ocasiona (y porque ignoramos la hora), y
así hacerme partícipe de vuestra fe, de vuestra lucha, de vuestro consuelo y
gratitud para con Dios y su palabra santa, que con tanta riqueza, fortaleza y
misericordia nos ha dispensado en este tiempo.
Pero si es voluntad divina que tengáis que esperar
aún largo tiempo por esa mejor vida y seguir aguantando con nosotros en este
triste y desventurado valle de lágrimas, viendo y oyendo desgracias o ayudando
a los demás cristianos a soportarlas y superarlas, entonces él os concederá la
gracia de aceptar todo esto con docilidad y obediencia. En realidad, esta vida
maldita no es sino un verdadero valle de lágrimas; cuanto más se penetra en él,
más pecado, maldad, calamidades y desgracias hay que presenciar y padecer: y
esto no cesará ni disminuirá hasta que nos entierren. Es sólo entonces cuando
esto cesa y cuando podemos dormir con tranquilidad en la paz de Cristo, hasta
que él venga y nos vuelva a despertar con gozo, amén.
Os recomiendo, pues, a quien os quiere más que vos
mismo, y que ha probado este amor echándose encima vuestro pecado con el precio
de su sangre; que ha permitido que conozcáis todo esto por medio de su
evangelio, y que por su Espíritu os ha regalado el don de creerlo; que todo lo
ha preparado y sellado de tal manera, que ya no debéis albergar ninguna
preocupación, ningún temor. Lo único que tenéis que hacer es permanecer asido a
su palabra y a su fe con fuerza y gozo de corazón. Si así sucede, podéis
descargar en él vuestras cuitas, que mejor proveerá él, es decir, ha provisto
ya todo mucho mejor de lo que podemos imaginarnos.
Que este Señor y salvador esté con vosotros y en
vosotros hasta que podamos volvernos a ver con alegría, sea aquí, sea en la
otra vida. Porque nuestra fe es cierta, y no dudamos que dentro de poco nos
reencontraremos en Cristo, una vez que la despedida de esta vida supone tan
poca cosa para Dios, y viene a ser como si yo me despidiese de vos en Mansfeld
para venir aquí o vos partieseis de Wittenberg para Mansfeld. Esto es verdaderamente
seguro: una hora insignificante de sueño y todo cambiará.
Aunque tengo la esperanza de que vuestro párroco y
predicador os prestará en esta circunstancia su fiel servicio con tanta
solicitud que no os veáis necesitado de mi charlatanería, sin embargo no puedo
prescindir de pediros disculpas por mi ausencia física, que -Dios lo sabe- me
duele de todo corazón.
Os saludan y ruegan por vos mi Kethe, Hánschen, la
pequeña Lehna, la tía Lehna y
todos los de casa. Saludos a mi querida madre y a todos los amigos. Que la
gracia y fortaleza divinas sean y permanezcan siempre con vos, amén.
En Wittenberg,
Vuestro hijo que os quiere, Martinus Luther.
***
Al óptimo doctor, Nicolás Hausmann, obispo
fiel de la iglesia de Zwickau, su primogénito en el Señor.
Gracia y paz en Cristo.
Hemos hecho por Martin Sanger cuanto nos ha sido posible, como él mismo
te contará, Hausmann mío. Os dirá, además, a Cordato y a ti que todavía
estamos aquí parados, sin saber cuándo proseguiremos nuestro camino. Ayer
llegaron cartas y un mensajero con la noticia de que el emperador está todavía
en Mantua y de que va a celebrar allí la pascua. Se dice también que los
obispos están haciendo todo lo que pueden para que la dieta no progrese, por
temor a que se tomen medidas contra ellos. También se cuenta que el papa está
molestísimo con el emperador porque quiere entrometerse en asuntos
eclesiásticos y escuchar a las partes, cuando esperaban que se limitase a ser
un lictor contra los herejes para que todo volviese a la antigua situación. No
quieren cambio alguno, no quieren perder nada ni que se les juzgue y cuestione;
lo único que desean es nuestra condenación, nuestra perdición y recobrar ellos
todo. Así es como perecerán, de esta forma es como se llega a la ruina total y
como conviene que los impíos se obcequen para que perezcan. Hay quienes piensan
que la dieta supondrá un retroceso y que de ella no se sacará nada en limpio.
El príncipe me ha mandado que me quede en Coburgo
-ignoro el motivo mientras los demás se ponen en marcha a la dieta. De esta
manera las cosas se van tornando más inseguras cada día.
Florencia ni ha sido tomada ni ha pactado con el
papa, lo que no parece que le apene en demasía. El ejército de la ciudad
siempre proclamó su sumisión al emperador; por este motivo los imperiales no
les han represaliado con violencia, sino que les han dejado en libertad una vez
que el cerco se ha disuelto.
De todo esto deducimos el poder de nuestras
oraciones si persistimos en nuestra actitud. Corre el rumor de que los turcos
han prometido, o amenazado, que el año próximo retornarán a Alemania con todo
su potencial, y que los tártaros nos atacarán con fuerzas no menores. Pero está
escrito: « El Señor deshace los planes de los gentiles». La
palabra y la oración lucharán contra ellos. Rogad por mí y salud en Cristo.
Coburgo, día siguiente a la pascua, 1530.
Martinus Luther.
Los florentinos han enviado un mensajero a Frankfurt y
han mandado comprar mis libros por mil ducados y transportarlos a Florencia.
Posiblemente quieran despertar la envidia del papa al permitir el evangelio.
Esto se escribe como cierto desde Frankfurt.
***
Al carísimo hermano Felipe Melanchthon,
fortísimo y fidelísimo portador de Cristo.
Gracia y paz en el Señor.
Felipe mío: desde el día
ocho de mayo tenía comenzada la respuesta a tus cartas fechadas en Nürnberg,
pero por los negocios que se presentaron me vi obligado a retrasarla y mientras
tanto me ha llegado el paquete de vuestras cartas remitidas desde Augsburg.
Hace tiempo que
di fina mi invectiva contra los eclesiásticos y ya la he mandado a Wittenberg. También he traducido
los dos capítulos de Ezequiel relativos a Gog, que serán impresos con
un prólogo. Después me dediqué a los profetas, y tomé tan a pecho la cosa, que
pensaba tenerlos traducidos íntegramente antes de pentecostés para meterme
después con Esopo y con otros quehaceres.
Mis planes habrían resultado a la perfección por lo bien que marchaba todo.
Pero el «hombre viejo» exterior se iba corrompiendo
y se hacía incapaz de seguir y secundar el ímpetu del «hombre nuevo» interior.
La cabeza comenzó a llenarse de zumbidos o, mejor, de truenos, y de no haber
abandonado todo al instante, hubiera caído en un síncope del que a duras penas
he logrado escapar estos dos días últimos. Así que estoy en el tercer día en
que no quiero ni puedo leer tan siquiera la correspondencia. No hay nada que
hacer; me doy cuenta perfecta de que los años avanzan. Mi «cabeza» se ha
convertido en un «capítulo»; seguirá el proceso y se reducirá a un «párrafo»
para acabar en un período. Por eso estoy en reposo total. Poco a poco se irá
calmando este tumulto de la cabeza a medida que se vayan aplicando los
medicamentos y los remedios oportunos. Este es el motivo de mi tardanza en
contestarte. La embajada de Satanás me llegó justo el mismo día que tu carta.
Me encontraba solo; Veit y Ciriaco
estaban ausentes. Me venció, me arrojó fuera de mi cubículo y me forzó a buscar
la compañía de los hombres. Creo que llegará el día en que veamos a este
espíritu con un poder extraordinario y con una especie de divina majestad.
Esto es lo que pasa por dentro. Las cosas de fuera
siguen otro rumbo. Me dices que Eck ha reanudado su guerra en compañía de tu
Billicano.
Por lo demás ¿qué se hace en la dieta? De esa suerte piensan esos crasos asnos
de los asuntos de la iglesia, así los tratan. El maestro Joaquín me
ha mandado nueces, dátiles y pasas, y además me ha escrito por dos veces en
griego; te digo que en cuanto me reponga le voy a escribir en turco para que
también él tenga que leer lo que no entiende. ¿A qué viene el escribirme en
griego? No sigo. Hablaremos más despacio en otra circunstancia, no vaya a ser
que estas turbamultas de mi cabeza -de por sí irritables y ahora tranquilas-
vuelvan a encresparse. Orad vosotros como yo lo hago.
Con mucho gusto hubiera escrito -conforme a tu
deseo- al joven príncipe a
propósito del Macedonio, al
príncipe viejo y a todos vosotros, pero lo haré a su debido tiempo. El Señor
esté con vosotros. Saluda a todos tus compañeros. Pero -¡ay de ti, y por lo que
más quieras!- no permitas que tu cabeza se eche a perder como ha sucedido con
la mía: te ordeno a ti y a todo tu acompañamiento, bajo anatema, que te obliguen
a cuidarte de tu insignificante cuerpo, para que no te mates y luego quieras
fingir que lo has hecho por servir a Dios. Que también a Dios se le sirve en el
ocio; mejor dicho, con nada se le sirve mejor que con el descanso y por ello
puso tanto empeño en la rigurosa observancia del sábado. No menosprecies esto.
Lo que te digo es palabra de Dios.
12 mayo, 1530.
Tu Martinus Luther.
***
Gracia y paz en Cristo, honorable y distinguido señor doctor y buen amigo querido.
Con profundo gozo de corazón me he enterado de lo bien que os va a ti y a tu
querida Sofía. No tengo ninguna novedad que comunicarte, porque nuestros mudos
señores que están en Augsburg no me escriben. Me molesta mucho este proceder, y sé que
a vuestro cuñado y buen amigo Nicolás Amsdorf le pasará lo mismo en cuanto se
entere de que han dejado de hablar precisamente en estas circunstancias; él se
ha de convertir en su juez.
Me ha llegado el rumor de que Venezia envía al
emperador como regalo muchos centenares de miles de florines y que Florencia,
por su parte, ofrece más de cinco
toneladas de oro, pero que no puede aceptarlo a causa del papa, que ha
prometido poner a disposición del emperador su persona y sus bienes. Y lo mismo
que el papa «in nomine Domini» ha hecho el francés en virtud de su «a fe mía»,
y así ha salido una «santísima federación» a escribir en el capítulo «non
credimus».
Pero de boca del doctor Martín Lutero en persona he
oído que está dispuesto a perder un ojo y una oreja si Venezia, el papa, el francés
se han pasado al lado del emperador sinceramente y no echan mano de todo su
dinero y recursos (puesto que son tres personas en una sola esencia) para cebar
su incomprensible cólera y odio contra la cesarea majestad a base de
hipocresía, mentiras y engaños, hasta que los tres se pierdan del todo (a lo
que Dios les ayude) o hasta que no hayan expuesto al peligro y a la angustia la
noble y piadosa sangre de Carlos. Porque « a fe mía» no puede olvidar su
desgracia de Pavía. El
señor « in nomine Domini» es una ballena de nacimiento, que ya es bastante;
pero es que, además, es un florentino, lo que es ya peor; en tercer lugar, es
un hijo de puta, lo que equivale a decir que es el diablo en persona; por otra
parte, no puede estar tan satisfecho como aparece, a causa del ultraje del Saco
de Roma.
Los venecianos, venecianos son, y con ello está dicho todo; además de su
malicia tienen otros motivos para vengarse de la sangre de Maximiliano.
Todo esto a inscribirse en el capítulo « firmiter credimus». A
pesar de todo, Dios ha de ayudar al piadoso Carlos, que es una oveja entre
lobos, amén. Saluda de mi parte a tu querida Sofía. Te encomiendo a Dios, amén.
Del «desierto», el 19 de junio 1530.
Martín Luther.
***
A mi querido hijo Juanito Luther en Wittenberg.
Gracia y paz en Cristo, mi queridísimo hijo.
Veo con
agrado que estudias mucho y rezas fervorosamente. Sigue así, hijo mío. Cuando
regrese a casa te llevaré un bonito regalo de la feria. Conozco un jardín
encantador, bello y delicioso; por él corretean muchos niños con vestiditos
dorados, recogen hermosas manzanas, peras, cerezas, ciruelas amarillas y verdes
de debajo de los árboles, cantan, saltan y están alegres. Tienen también unos
caballos pequeños muy lindos, con riendas Luther, ¿no podría acudir también a
este jardín, gustar esas manzanas hermosas y esas peras, montar esos lindos
caballitos y jugar con estos niños?». Entonces me respondió el hombre: «Si reza
con diligencia, si estudia y es bueno también podrá venir al jardín, y lo mismo
Lipo y Jost.
Y si vienen todos juntitos, tendrán además pitos, bombos, laúdes y toda clase
de instrumentos; y podrán danzar y disparar con arcos pequeñitos». Y me enseñó
una pradera muy deliciosa que había allí en el jardín preparada para danzar, y
allí colgaban pífanos de oro, tambores y hermosos arcos de plata. Pero era aún
temprano, los niños no habían comido todavía, y por eso no pude esperar al
comienzo de la danza, y dije a aquel hombre: «Buen hombre, voy corriendo a
escribir todo esto a mi querido hijo Juanito para que se aplique al estudio,
rece con fervor y sea bueno, y así podrá venir también a este jardín; pero
tiene una tía que se llama Lehne, a la que tiene que traer consigo». Y entonces
dijo el hombre: « Muy bien, sea así; vete y escríbeselo».
Por tanto, querido hijo Juanito, estudia y reza con
alegría, y diles esto a Lipo y a Jost, para que también ellos estudien y recen,
y así podréis venir todos al jardín.
Desde aquí te encomiendo a Dios. Saluda a tía Lehne
y dale un beso de mi parte. Tu padre que te quiere.
Martinus Luther.
***
Al carísimo hermano, Felipe Melanchthon, discípulo en Cristo.
Gracia y paz en Cristo.
No sé qué decirte, Felipe
mío; que de tal forma me afecta el pensar en tus pésimas e inútiles cuitas, que
me veo como quien cuenta historias a un sordo. Y esto procede de que sólo te
haces caso a ti, y, para tu gran perjuicio, no me atiendes a mí ni a los demás.
Te lo diré con franqueza: he pasado apuros mayores que los que tu nunca tendrás
ni a nadie se los deseo -ni siquiera a los que nos atacan con crueldad, aunque
sean malignos e impíos-. Pues bien, siempre he superado estas angustias gracias
a las palabras de algún hermano como Pomerano, tú mismo, Jonas u otros. ¿Por
qué entonces no nos escuchas, y más a nosotros que no te decimos nada según la
carne y el mundo, sino que te hablamos, no hay duda, por el Espíritu santo?
Seremos viles nosotros, mas no lo es, por favor, el que habla por medio de
nosotros. Si es una mentira que Dios nos ha dado a su hijo, que se ponga
entonces en mi lugar el diablo o cualquiera de sus criaturas. Pero si esto es
verdad, ¿qué sentido tienen nuestros molestos temores, nuestras dudas, nuestras
inquietudes? ¡Como si quien nos entregó a su hijo no nos hiciera caso en cosas
más leves, o como si Satán fuese más poderoso que él!
En las dificultades personales soy yo más frágil que
tú; por el contrario, en las públicas te comportas como yo en las privadas (si
es que se puede llamar privado lo que se ventila entre Satanás y yo).
Desprecias tu propia vida, pero en los asuntos públicos te llenas de pavor. Yo,
sin embargo, en estas cosas públicas estoy muy tranquilo por la seguridad que
tengo de que son justas y verdaderas, de que a fin de cuentas son cosas del
propio Cristo y de Dios, de que no se ponen lívidas a causa del pecado,
mientras que yo, santuelo privado, me pongo a palidecer y a temblar. Por eso,
actúo como espectador tranquilo y me río de esos amenazantes y feroces
papistas. Si caemos nosotros, caerá también Cristo, que es el rey del mundo;
suponiendo que él se derrumbe, prefiero caer con él a permanecer firme con el
emperador.
No estás solo en el combate por esta causa. Yo estoy
en tu compañía con suspiros y oraciones, y ojalá lo pudiese estar con la
presencia corporal. Que también es mía esta causa; es más mía que de todos
vosotros, y nunca la he arriesgado temerariamente ni por el deseo de gloria ni
de lucro, como me lo testifica el Espíritu mismo, lo ha comprobado el curso de
los sucesos hasta el momento y lo seguirá mostrando mejor todavía hasta el fin.
Por Cristo te pido que no menosprecies las promesas y consuelos de Dios, que
dice: «Descarga tus preocupaciones en el Señor, espera en el Señor, actúa con
virilidad y tu corazón se verá confortado», y
de los que rebosan el salterio y el evangelio: «Tened confianza, que he vencido
al mundo».
Tengo la certeza formidable de que no es una falsedad esto de que Cristo es el
vencedor del mundo: ¿por qué, entonces, vamos a acobardarnos ante el mundo
derrotado, como si fuese el vencedor? De rodillas tendríamos que acudir a Roma
y Jerusalén para encontrar unas palabras así. Lo que sucede es que son tantas,
las tenemos tan a la orden del día, que las hemos envilecido, y esto no está
nada bien. Sé perfectamente que todo ello obedece a nuestra falta de fe, pero
oremos con los apóstoles: «Auméntanos, Señor, la fe».
A1 tirano de Salzburg, que tanto te ha atormentado,
le devolverá el Señor según la medida de sus obras,
pero merecería que le hubieses contestado de otra forma, como yo lo habría
hecho. Déjalos hacer, que nada han arreglado. Me temo que lo que quieren es oír
aquello de Julio César: «Ellos se lo han buscado». El
caso es que te digo todo esto en valde, porque estás empeñado en tratar estos
asuntos según tu filosofía, es decir, racionalmente; como apuntaba otro: «Estás
empezando a desvariar de tanto razonar», te
estás matando a ti mismo. No te das cuenta de que una causa que no está en tu
mano ni depende de tus planes se debe tratar prescindiendo de éstos. Y, contra
lo que con tanta tenacidad deseas, Cristo ha prohibido que esta causa caiga en
tus manos, porque entonces nos derrumbaríamos pública, bonita y repentinamente.
Está escrito: « No te empeñes en buscar lo que supera tu capacidad», « el
escrutador de la majestad se verá oprimido por su gloria» o, en hebreo, « el
escrutador de lo que pesa será aplastado».
Esto va contigo. El señor Jesucristo te guarde para que tu fe no desfallezca,
sino que se acreciente y resulte vencedora, amén. Yo he rogado, ruego y rogaré por
ti, y tengo la seguridad de que seré escuchado.
Ese amén lo siento en mi corazón. Si no sucediere
como queremos, que suceda lo mejor. Esperamos un reino futuro, aunque todo en
el mundo resulte fallido.
Día último de junio, 1530.
Tu Martinus Luther.
***
Gracia y paz en Cristo. Ahí te van, carísimo Cordato, dos
cartas: una viviente y la otra sin vida, es decir, al propio Februario y
mis letras a vuestro obispo,
por las que te podrás enterar de cuanto hasta el momento sé de la dieta. Por este
motivo no tengo nada más que añadirte. Jonas me dice que estuvo presente en la
audiencia en que el doctor Christian
estuvo leyendo durante dos horas nuestra confesión y que pudo observar los
semblantes de todos. Promete contármelo personalmente. Tengo aquí un ejemplar
de esta confesión, pero bajo mandato de mantenerlo en secreto. Los adversarios
se han esforzado denodadamente para que el emperador no la autorizase ni
atendiese; consiguieron no obstante que no se leyese en público ante el vulgo
imperial. Después el emperador ordenó que se entregase y leyese en presencia de
todo el imperio, es decir, ante los príncipes y estados del imperio. Es enorme
mi alegría por haber vivido esta hora en la que Cristo ha sido públicamente
predicado por tales confesores, ante una asamblea tan notable y por una
confesión tan hermosa. Se cumple aquello de que «en presencia de los reyes
hablaban tus testimonios» y se cumplirá lo otro: « Y no me avergoncé».
Porque dice el que no miente: « A1 que me confesare ante los hombres, le he de
confesar yo ante mi padre que está en los cielos».
Del resto creo que te enterarás por otros. Ya corren
impresas las pompas con motivo de la entrada imperial. Me veo precisado a
palpar la verdad de que Dios escucha las oraciones (Salmo 62). Con
razón se entona su nombre en todo el orbe. Por eso, sigue orando e inflama a
todos para que lo hagan; en primer lugar por el emperador, este joven óptimo y
digno del amor de Dios y de los hombres; después por nuestro príncipe, de no
menor bondad y que lleva una cruz pesada, y por Felipe, que se atormenta
miserablemente con sus cuitas. Si me llaman a mí, no te quepa la menor duda de
que también te llamaré a ti. El Señor esté contigo, amén.
Desde el «desierto», 6 julio, 1530.
Tu Martinus Lutherus.
***
Gracia y paz en Cristo.
No te he escrito, mi querido Amsdorf, a causa de la mala salud de mi cabeza; va mejorando poco a poco gracias a tus
oraciones, pues de las fuerzas naturales nada espero. Me he enterado -y lo
siento- de que también tú estás sufriendo. Que Cristo te devuelva la salud y te
conserve entre nosotros largo tiempo.
Ignoro lo que
hay que esperar de las negociaciones que en Nürnberg se desarrollan entre el
emperador y los nuestros. Me han escrito los
amigos que el turco, mortífero hasta el momento, estaba avanzando contra
Alemania con un ejército terrible e inconmensurable, con el objetivo de atacar
simultáneamente a Fernando y a Carlos y deshacerse de los dos hermanos. El papa
está en Francia; él y el rey francés se
oponen a Carlos y rehúsan prestarle ayuda contra el turco. ¡Ahí tienes las
monstruosidades de nuestros tiempos! Para eso sirve el dinero que los papas
vienen amasando a lo largo de los siglos a base de las indulgencias contra los
turcos.
Se dice que el
emperador está presionando a los príncipes para que proporcionen las tropas
auxiliares que tienen prometidas. Posiblemente, por este motivo, no tarde en
disolverse la dieta y se rompan las negociaciones de paz.
Por lo visto,
Karlstadt ha marchado a Frisia, a la búsqueda de un
nuevo asilo, ya que el único empleo que logró encontrar en Suiza fue el de
agricultor, trabajo en el que, incluso entre nosotros, mostró bastante
habilidad.
Y éstas son
todas las noticias. Que el Señor realice lo que le parezca mejor. A su gracia
te encomiendo, amén.
13 de junio,
1532.
Tu Martinus
Luther.
***
Al sabio Josel,
judío de Rosheim, mi buen amigo.
Mi querido Josel: me habría gustado interceder por
vosotros ante mi gracioso señor oralmente y por escrito, ya que mi anterior
libro prestó tan buen servicio a todos los judíos.
Pero una vez que los vuestros han abusado con tanta desvergüenza de este
servicio, y se empeñan en cosas que los cristianos no podemos sufrir, me
han arrebatado la posibilidad de cualquier reclamación ante los príncipes y
señores.
Porque
estaba convencido (y lo sigo estando) de que a los judíos hay que tratarlos de
forma amigable, por si algún día se dignara Dios mirarlos graciosamente y
conducirlos a su mesías; mas no para que, apoyándose en mi favor e intercesión,
se consoliden en su error y se endurezcan cada vez más
A
este propósito, y si Dios me concede tiempo y oportunidad, tengo la intención
de escribir un librito, para ver si me es
posible ganar a algunos de vosotros, descendientes de los santos profetas, y
conducirlos a su mesías prometido, a pesar de que resulte tan extraño que
tengamos que ser nosotros quienes nos veamos precisados a atraeros y seduciros
hacia vuestro natural señor y rey, cuando fueron vuestros antepasados -antaño,
cuando Jerusalén estaba en pie- quienes llevaron y condujeron a los paganos al
Dios verdadero.
¿No
os hace recapacitar el hecho de que nosotros, paganos (prescindiendo de la
enemistad mortal que siempre ha señoreado entre judíos y paganos), no
tendríamos valor ni orgullo para adorar a vuestro mejor rey (un despreciado
judío en el suplicio de la cruz), si no anduviera por medio la fuerza y la
potencia de Dios, que irresistiblemente conduce nuestros corazones de paganos
soberbios y enemigos vuestros? Porque es indudable que vosotros, judíos, sabéis
de sobra que jamás adoraríais como señor a un pagano que hubiera muerto
ajusticiado y colgado en la cruz.
Por eso, no nos
toméis a los cristianos por locos e imbéciles, y daos cuenta de nuevo de que
Dios quiere redimiros de la miseria en que yacéis desde hace más de mil
quinientos años, pero que esto no sucederá si os decidís a aceptar, como los
paganos, a vuestro pariente y señor, Jesucristo crucificado.
También yo he
leído a vuestros rabinos, y si esto se contuviera en sus libros, no estaría tan
empedernido y endurecido como para no conmoverme. Ellos, sin embargo, no hacen
más que gritar que se trata de un judío condenado y crucificado, cuando ninguno
de los santos y profetas se libró de ser condenado, lapidado y martirizado por
vuestros ascendientes .Y todos deberían haber sido condenados también, puesto
que opináis que crucificasteis y condenasteis a Jesús de Nazaret con toda
justicia. Esto es lo único que habéis hecho hasta ahora.
Leed cómo os
habéis comportado con vuestro rey David, con todos los reyes piadosos, con
todos los santos profetas y otros, y dejaréis de mirar a los paganos como a
perros. Porque estáis viendo que vuestra cautividad durará aún demasiado. Sin
embargo, podréis constatar que nosotros, paganos a los que consideráis vuestros
mayores enemigos, estamos dispuestos a aconsejaron y ayudaron con la mejor
voluntad. Lo que no podemos aguantar es que maldigáis y blasfeméis contra Jesús
de Nazaret, que es de vuestra sangre y de vuestra carne, que no os ha causado
mal alguno, y que os empeñéis -si ello resultara posible- en quitar a los suyos
todo lo que son y tienen.
Quiero ser un
profeta, aunque lo sea como lo fue Balaán, un pagano: nunca sucederá ya lo
que estáis esperando, porque el tiempo que fijó Daniel ha mucho que pasó; así tenéis
que verlo, por más vueltas que deis al texto y hagáis de él lo que os venga en
gana.
Dignaos aceptar
todo lo que os digo amicalmente en plan de un toque de atención. Porque yo, en
virtud del judío crucificado que nadie me arrebatará, quiero procuraron a
vosotros, los judíos, lo mejor, a no ser que os empeñéis en utilizar mi favor
para endureceros aún más. Lo sabéis muy bien. Por eso, y por favor, procurad
que sea otro quien presente vuestras cartas a mi gracioso señor. Dios os
guarde.
Dado en Wittenberg,
lunes después de
Bernabé, del año 1537.
Martinus Luther.
***
A1 preclarísimo señor Justus Jonás, doctor en teología,
prepósito de Wittenberg, legado en Halle de Sajonia, su primogénito en Cristo.
Gracia y paz en el Señor.
Sigo firme en mi opinión, querido Jonás, de que no se entre
en negociaciones con el satanás de Maguncia sobre la venta del
Burggraviato de Halle, y menos si se añade la cláusula trascendental de que
deje libre curso a la predicación del evangelio. Cuanto ese hijo de la maldición
y de la perdición dice no es sino mentira y simulación. Acuérdate de que te
solía decir que no hay nada bajo el sol tan sucio como este hombre. Lo único
que hace es ridiculizar a nuestro príncipe y reírse de él como se ríe de todo
el mundo. Por eso, creo que vosotros, los de Halle, os habéis visto tontamente
perturbados y aterrorizados, haciendo las delicias de ese monstruo, que vive
sólo para ser un diablísimo diablo, es decir, para ver las calamidades de los
miserables, y que goza, cuando éstas no son verdaderas, atormentándoles con las
fingidas.
En conformidad con lo que me escribiste, ya he
advertido muy en serio a tu hijo que
tiene que obedecer a su padre, y más a un padre como tú, de buen grado y
recordando la bendición divina que supone el que en la pubertad pueda aún
disfrutar de un padre vivo, con cuyos consejos y ayuda pueda encauzar una edad
tan voluble y el pecado original, en medio de tanta malicia del mundo y del
diablo. Me ha prometido que será obediente y que hará caso de tus consejos y de
los de sus preceptores.
Me imagino que habrá llegado a tus oídos la noticia
de que mi queridísima Magdalena ha
renacido para el reino eterno de Cristo. Es cierto que tanto yo como mi mujer
deberíamos estar agradecidos y contentos por este feliz tránsito y por el fin
bienaventurado que la ha puesto a salvo del poder de la carne, del mundo, del
turco y del diablo; pero es tan grande la fuerza de la ternura, que no podemos
librarnos de los sollozos, de los gemidos y de una sensación como de muerte.
Están tan fijos aún en lo hondo del corazón el semblante, las palabras, los
gestos de esta hija tan respetuosa y obediente, mientras vivía y agonizaba, que
ni siquiera el pensar en la muerte de Cristo (en cuya comparación nada
significan las demás) puede borrar esta impresión. Agradéceselo a Dios tú en
lugar nuestro; a él que nos ha colmado de gracia al glorificar nuestra carne de
este modo. Sabes que era de condición suave, dulce y muy agradable. Bendito sea
el señor Jesucristo que la ha llamado, elegido y glorificado. Lo único que pido
a Dios, padre del consuelo y de la misericordia, es
una vida y una muerte parecida tanto para mí como para todos los míos y los
nuestros. Te deseo salud a ti y a toda tu familia, amén.
Sábado después de Mateo, 1542. Tu Martin
Luther.
***
A mi amable y querida mujer, Catalina Luther de
Bora, predicadora, cervecera, jardinera y un montón de cosas más.
Gracia y paz.
Querida Kethe: Hans te informará a satisfacción de cómo nos ha ido el
viaje, aunque no sé de fijo si va a quedarse conmigo; si así sucede, Gaspar
Cruciger y Fernando te lo dirán. En Lobnitz hemos sido
muy bien acogidos por Ernst de Schónfeld y mejor aún por Heinz Scherle en
Leipzig.
No me gustaría tener que regresar a Wittenberg. Mi corazón se ha enfriado y no
me hallaría ahí a gusto. Preferiría que vendieses el jardín y la parcela, la
casa y el corral; de esta forma podría devolver a mi señor la casa grande. Lo mejor sería que te
establecieses en Zülsdorf mientras yo viva, y
podría ayudarte con mi sueldo a mejorar esta reducida posesión, puesto que
espero que mi gracioso señor siga dándome el estipendio, al menos durante el
último año de mi existencia. Después de mi muerte los cuatro elementos de
Wittenberg no te aguantarán. Por este motivo, es mejor que quede arreglado lo
que tenga que hacerse después. Posiblemente, y tal como andan ahí las cosas
ahora, no habrá baile de san Vito ni danza de san Juan, sino que se bailará la
danza de los mendicantes y de Belzebú. Ya han comenzado las mujeres a
desnudarse por delante y por detrás sin que haya nadie que lo castigue y que lo
impida. Se hace burla de la palabra de Dios. ¡Huyamos de esa Sodoma! Aún no se
ha establecido la otra cloaca, aquella nuestra Rosina falsaria; haz lo que puedas para
que el malvado tenga que ensuciarse. Me he enterado por aquí de mucho más que
lo que sabía en Wittenberg; por eso estoy harto ya de esa ciudad y no quiero
volver a ella. Que Dios me ayude.
Pasado mañana saldré para Merseburg, porque el
príncipe Jorge me
lo ha pedido con insistencia. Prefiero andar errante de un lugar a otro y comer
el pan de los mendigos, antes que mortificar los últimos días de mi vejez con
los desórdenes de Wittenberg y el fracaso de mi costoso y amargo trabajo.
Puedes decir esto, si te parece, al doctor Pomerano
y al maestro Felipe, por si el primero quiere bendecir mi viaje desde
Wittenberg, porque a mí me resulta imposible tolerar por más tiempo el disgusto
y la ira. Os encomiendo a Dios, amén.
Martes, día del año,
1545.
***
A mi amable y querida Kethe Lutherina, cervecera y juez en el
mercado porcuno de Wittenberg.
Gracia y paz en el Señor.
Querida Kethe: Hoy salimos
de Halle a eso de las ocho, pero no hemos podido llegar a Eisleben, y hemos
tenido que regresar a Halle una hora después. Es que nos ha salido al paso una
enorme anabaptista, cargada de trombas de agua y témpanos de hielo, que nos
amenazó con rebautizarnos y ha inundado la región entera. No hemos podido
volver a Bitterfeld a causa del Mulda y tuvimos que quedarnos en Halle,
prisioneros entre dos aguas y sin ganas de volver. En revancha bebemos buena
cerveza de Torgau y generoso vino del Rhin, para consolarnos y animarnos
mientras esperamos que el Saale se decida a desenfadarse en el día de hoy. Como
la gente y el mismo conductor estaban acobardados, no nos hemos decidido a
lanzarnos al agua y tentar a Dios, ya que el diablo nos odia y habita en el
agua. Es mejor prevenir que lamentar, y no hay necesidad alguna de proporcionar
una alegría loca al papa y a sus secuaces. Nunca hubiera creído al Saale capaz
de causar inundación tal ni de lanzarse de esa forma sobre las rocas y todo lo
demás.
Por el momento no hay más. Ruega por nosotros y
pórtate bien. Estoy seguro de que, de haber estado tú presente, nos habrías aconsejado
que hubiéramos obrado así, para que veas que hemos seguido otra vez tus
consejos. Dios te guarde, amén.
Día de la
conversión de san Pablo, en que también nosotros nos hemos convertido del Saale
a Halle, 1546.
***
A mi cordialmente querida Catalina Lutherina, doctora,
zulsdorferina, comerciante en cerdos y cuantas más cosas pueda haber.
Gracia y paz en Cristo y, antes de nada, la expresión de mi viejo y, como vuestra gracia sabe, impotente amor.
Querida Kethe: Justo a las puertas de Eisleben he sido atacado por la
debilidad, sólo por mi culpa. Pero, de haber estado tú allí, habrías echado la
culpa de ello a los judíos o a su Dios, porque hemos tenido que atravesar una
aldea, pegando a Eisleben, en la que habitan muchos judíos, y quizá ellos han
soplado sobre mí con demasiada fuerza. Ahora mismo hay aquí en Eisleben
viviendo más de cincuenta judíos. Y es cierto que cuando pasaba por la ciudad
sentí que se colaba por detrás del vehículo un frío viento que, atravesando el
birrete, me atacó la cabeza como si quisiera congelarme el cerebro. Esto pudo
contribuir al vértigo. Pero, loado sea Dios, ya me encuentro en perfectas
condiciones, si exceptuamos que las mujeres hermosas me producen tan poca
impresión que no hay miedo a que peque de impureza.
Cuando estén en orden los negocios principales,
pondré manos a la obra para expulsar a los judíos. El conde Alberto les es
hostil y los ha declarado fuera de la ley, pero nadie les hace nada aún. Dios
mediante, estoy decidido a ayudar al conde Alberto desde el púlpito y ponerlos
también fuera de la ley.
Bebo cerveza de Naumburg, que sabe casi tan bien
como la por ti elogiada de Mansfeld. Me gusta mucho y me hace orinar cada tres
horas por la mañana. Tus hijos partieron anteayer para Mansfeld, porque se lo
había pedido humildemente Hans de Jena;
ignoro lo que estarán haciendo allí. Si hiciese frío podrían coger un
resfriado, pero como hace calor pueden hacer otra cosa o sufrir lo que les dé
la gana.
A ti y a todos los de casa encomiendo a Dios.
Saludos a todos los comensales.
Vigilia de la Purificación, 1546.
Tu viejo cariño, Martin Luther.
***
A la santa y solícita señora Catalina Luther, doctora, zulsdorferina,
en Wittenberg, mi querida mujer.
Gracia y paz en Cristo, santísima señora doctora.
Os agradecemos de todo corazón
vuestras enormes preocupaciones que no os dejan dormir. Pues bien: desde que
habéis comenzado a cuidar de nosotros, el fuego se ha empeñado en consumirnos
en nuestra posada, justo a la puerta de mi habitación; y ayer -sin duda por el
poder de vuestra solicitud- casi nos descalabra una piedra que estuvo a punto
de caer sobre la cabeza como en una ratonera, porque en nuestro aposento
privado ha estado granizando durante dos días sobre nuestra cabeza cal y yeso,
hasta que llamamos a algunos que removieron la piedra con dos dedos, tras lo
cual cayó, gruesa como un amplio cojín y ancha como una mano grande. Tenía ella
la intención de agradeceros vuestros santos cuidados; menos mal que los ángeles
buenos nos han protegido. Estoy preocupado, porque si tú no cesas de
preocuparte es posible que nos engulla la tierra y nos persigan todos los
elementos. ¿De esta forma asimilas el catecismo y el credo? Tú encárgate de
rezar, y deja que Dios cuide de nosotros. Nadie te ha mandado preocuparte por
ti ni por mí. Está escrito en el Salmo 55 y en otros muchos pasajes: «Confía tu
suerte al eterno y él cuidará de ti».
Gracias a Dios nos encontramos bien y con salud, si
prescindimos de lo que nos incomodan estos asuntos y de que Jonas se ha
lastimado una pierna al chocar accidentalmente contra un baúl. La gente es tan
envidiosa, que no ha permitido que fuese yo el único con una pierna mala. Nos
gustaría haber terminado ya todo, y, si Dios quisiere, regresar a casa, amén.
Día de Escolástica, 1546.
Rendido servidor de vuestra santidad. M. L.
***
A mi amable y querida mujer, señora Catalina Lutherina de Bora, en Wittenberg.
Gracia y paz en el Señor.
Querida Kethe: esperamos, Dios
mediante, poder volver a casa en esta semana. Dios ha operado grandes cosas,
puesto que los señores, por mediación de sus consejeros, han convenido en todo,
a excepción de dos o tres artículos, entre los que se encuentra que ambos
hermanos, el conde Gebhard y el conde Albrecht, vuelvan a considerarse
hermanos. Es lo que hoy intentaré. Tengo el plan de invitarles a mi casa para
que hablen entre sí personalmente, porque hasta el momento han estado como
mudos y se han tratado con acritud a través de escritos. Por lo demás, los
hijos e hijas de los señores están muy contentos; andan juntos con campanillas
de locos en trineo, se visitan con disfraces y están de buen humor, incluso el
hijo del conde Gebhard. No hay más remedio que darse cuenta de que Dios escucha
las plegarias.
Te mando las truchas que me ha regalado la condesa
de Albrecht; está contentísima por la reconciliación. Tus hijitos siguen en
Mansfeld; Jacob Luther se cuidará de ellos.
Por nuestra parte, tenemos tan buena comida y bebida como los señores, y se nos
está tratando tan estupendamente, que muy bien podríamos olvidarnos de
vosotros, los de Wittenberg. El mal de piedra, a Dios gracias, no me da guerra,
pero la pierna del doctor Jonas ha empeorado, pues la herida le ha afectado la
tibia. Dios le ayudará. Puedes comunicar todo esto al maestro Felipe, al doctor
Pomerano y al doctor Cruciger.
Aquí ha llegado el rumor de que en Leipzig y
Magdeburgo se dice que han raptado al doctor Martin. Ahí tienes lo que se
inventan esos indiscretos compatriotas tuyos. Hay quien dice que el emperador
se halla ya a treinta leguas de aquí, en Soest de Westphalia; otros cuentan que
el francés anda reclutando lasquenetes y que lo mismo hace el Landgrave.
Deja que se hable y se cante; nosotros preferimos esperar lo que Dios quiera.
Te encomiendo a Dios, amén.
En Eisleben,
M. Lutero, doctor.
|