Misiva
sobre el arte de traducir
(1530)
Nació este escrito en la fortaleza de Coburgo, donde
Lutero estaba confinado para su seguridad y contra su voluntad, mientras sus
teólogos y los católicos presididos por Carlos V trataban de llegar a un
acuerdo viable en la dieta de Augsburg (1530), y en circunstancias parecidas a
las de 1521. La soledad impuesta en esta ocasión le dictó cartas ejemplares y
además esta Misiva que, bajo la forma
literaria de epístola, afronta algo tan sustancial para la traducción, la
exégesis y la misma historia del luteranismo.
La ocasión
la prestó el hecho de que en la Sajonia regida por el enemigo de Lutero, el
duque Jorge, se prohibiese la traducción del nuevo testamento realizada por el
agustino. La prohibición llegó tras el ataque del viejo rival Jerónimo Emser
(1478‑1527) («el cabrón de Leipzig» en el lenguaje de Lutero y en las
ruidosas contiendas que se mantuvieron por los años de 1521 y antes entre él y
el «toro de Wittenberg»). En un análisis de la traducción luterana Emser halló
centenares y centenares de inexactitudes; en cambio él ofrecía otra versión
que ‑al parecer‑ coincidía demasiado con la criticada y la
prohibida, a la que el propio Emser no regateó elogios sustanciales. En la Sajonia
ernestina fue la de este último la traducción preceptiva.
La estructura de este escrito es clara: casi todo él
está dedicado a vindicar la exactitud de la traducción realizada sobre Rom 3
28. Lutero, para reafirmar su tesis de la justificación por la fe, había
introducido el adverbio «sólo», a despecho ciertamente del original. Entre
ironías, razones lingüísticas y su habitual sarcasmo no acaba de convencer su
agradable y a veces violenta argumentación. Pero deja entrever la idea que
tiene sobre las cualidades que deben adornar a las traducciones y a los
traductores y el sentido cercano y popular que daba a su alemán, que
precisamente se estaba forjando a base de estas empresas traductoras.
La otra cuestión ‑intercesión de los santos‑
se aborda sólo incidentalmente, sobre la base de falta de respaldo
escriturístico, puesto que Lutero es casi insensible a la «comunión de los
santos». En otras ocasiones se había enfrentado con más detenimiento con el
asunto básico de la teología luterana.
Wenceslao
Link desea a todos los cristianos creyentes la gracia y la misericordia divinas.
El
sabio Salomón dice en los Proverbios (cap. II): «La gente maldice al que
acapara el trigo, la bendición desciende sobre el que lo vende». El proverbio tiene que
aplicarse de forma especial a cuanto pueda servir de utilidad a la comunidad o
de consuelo a la cristiandad. Por este motivo, es decir, por haber enterrado y
escondido su dinero en la tierra, califica el Señor de vago y bribón en su
evangelio al siervo infiel.
Por
el deseo de evitar esta maldición divina y de toda la comunidad he decidido no
reservarme esta carta que se me ha hecho llegar por un amigo y darla al público
por medio de la imprenta. Mucho se ha hablado últimamente en torno a la
traducción del antiguo y del nuevo testamento: los enemigos de la verdad, en
concreto, pretenden hacer ver que el texto ha sido alterado e incluso falseado
en múltiples pasajes, con el consiguiente susto y temor de tantos cristianos
sencillos e incluso de los doctos que no conocen el hebreo y el griego. Espero
que esta misiva contrarreste al menos en parte la blasfemia de los impíos y
haga desaparecer los escrúpulos de las personas piadosas. Hasta puede suceder
que esto suscite otros escritos sobre la misma cuestión.
Se
recomienda, por tanto, que todo amante de la verdad acoja favorablemente la
obra, que ruegue a Dios por la recta comprensión de la Escritura sagrada y que
ello sirva para aumento y perfección de la cristiandad. Amén.
Nürnberg, 15 de
septiembre del año 1530.
Al honorable e ilustre N., mi señor gracioso y amigo.
Distinguido señor y querido amigo: gracia y paz en Cristo.
He recibido vuestro escrito, en que me solicitáis mi
dictamen sobre dos cuestiones o preguntas: primero, por qué en el capítulo
tercero de los Romanos he traducido las palabras de san Pablo «arbitramur
hominem iustificari ex fide sine operibus»
por «sostenemos que el hombre es justificado sin obras de la ley, sólo por la
fe», indicándome que los papistas lo recriminan aceradamente, al no encontrarse
la palabra «sola» (sólo) en el texto paulino, y resultar intolerable que me
tome la libertad de introducir por mi cuenta esta expresión, etc. En segundo
lugar, si es cierto que los santos fallecidos interceden por nosotros, ya que
leemos que los ángeles ruegan por nosotros, etc.
A la cuestión primera, y si os place, podéis contestar
de mi parte a vuestros papistas lo que sigue.
Primero. Si yo, el doctor Lutero, hubiera podido
sospechar que todos los papistas juntos estuviesen dotados para traducir
exacta y correctamente un capítulo de la Escritura, me hubiera rebajado con
toda seguridad y les habría pedido su ayuda y su asistencia para la traducción
del nuevo testamento. Pero me he ahorrado, y les he ahorrado, esta molestia,
puesto que sabía muy bien, y lo sigo viendo con mis propios ojos, que ninguno
de ellos tiene idea de cómo hay que traducir o hablar el alemán correctamente.
Se percibe con mucha claridad que es a partir de mi traducción y de mi alemán
como están aprendiendo a hablar y escribir en alemán; me están robando este
idioma mío, del que ignoraban casi todo antes. Sin embargo, no me lo agradecen,
sino que lo usan como arma contra mí. Se lo tolero, ya que me halaga haber
enseñado a hablar a mis discípulos ingratos y además enemigos.
Segundo. Podéis decirles que he traducido el nuevo
testamento lo mejor que me ha sido posible y que mi conciencia me lo ha
permitido. No obstante, a nadie he obligado a leerlo; he dejado libertad
absoluta, y si lo he traducido, ha sido con la única intención de prestar un
servicio a quienes no pueden hacerlo mejor que yo. A nadie le está vedado
realizar una traducción más perfecta. No la lea el que no quiera hacerlo; ni le
voy a pedir que la lea ni le alabaré si lo hace. Este es mi testamento y mi
traducción y míos seguirán siendo. Si alguna falta he cometido (de lo que no
tengo conciencia, puesto que a sabiendas ni una letra he traducido de forma
inexacta), a lo que no estoy dispuesto es a tolerar que los papistas se
constituyan en jueces sobre ello: sus «ija‑ija» son demasiado flojos para
juzgar mis traducciones. Sé muy bien el arte, la entrega, el sentido común y la
inteligencia que requiere el buen traducir; de esto saben menos ellos que el
asno del molinero, puesto que nunca han puesto manos a la obra.
Se dice vulgarmente que «el que edifica a la vera
del camino tiene muchos maestros». Es lo que me pasa a mí. Quienes en su vida
no han sido capaces de hablar ‑no digamos nada de traducir‑
correctamente, se empeñan en convertirse a un mismo tiempo en maestros míos y
en convertirme a mí en discípulo de todos ellos. Si me hubiese visto precisado
a solicitarles consejo para traducir las dos primeras palabras del capítulo
primero de Mateo (Liber generationis), ninguno
hubiera podido decir ni «cua‑cuá». ¡Y estos magníficos colegas se
empeñan en juzgarme a mí y a mi obra entera! Lo mismo le sucedió a san Jerónimo
cuando tradujo la Biblia; todo el mundo se hizo de buenas a primeras su
maestro; él era el único incapacitado para cualquier empeño. Y así dictaminaban
sobre la obra del buen hombre quienes no podían ni limpiarle las sandalias. Por
eso, debe armarse de paciencia quien desee una obra buena en público, ya que el
mundo se empeña en ser el único maestro avisado y sin embargo hace todo al
revés. Todo lo somete a su juicio el que es incapaz de hacer nada por sí
mismo. En fin, que éste es su oficio y
nunca podrá apearse de obrar de esta manera.
Me gustaría ver cómo se las arreglaría un papista
para traducir una carta de san Pablo o a uno de los profetas sin echar mano del
alemán y de la traducción de Lutero: habría que verse qué alemán o que traducción
tan estupendas, bonitas y admirables saldrían de ahí. Tenemos el caso de ese
hombre del sur, de Dresden ‑no quiero volver a pronunciar su nombre en
mis libros; tiene ya su juez y, por otra parte, es bien conocido‑,
que ha corregido mi nuevo testamento. Reconoce que mi alemán es dulce y bueno,
y se dio perfecta cuenta de su incapacidad para hacer algo mejor. Sin embargo,
le ha querido poner en ridículo. ¿Qué ha hecho? Pues se ha apropiado de mi
nuevo testamento al pie de la letra, ha prescindido de mi prólogo, de mis
notas y de mi nombre, ha puesto en su lugar su nombre, su prólogo y sus glosas,
y, bajo su firma, está vendiendo este nuevo testamento que es mío. ¡Cuánto me
ha dolido, mis queridos hijos, que su príncipe territorial,
en un prefacio cruel, haya condenado y prohibido la lectura del nuevo
testamento de Lutero y al mismo tiempo haya preceptuado que se lea el de ese «sudita»,
que, a fin de cuentas, es el mismo de Lutero.
Que a nadie se le ocurra pensar que estoy mintiendo.
Por eso coge los dos nuevos testamentos, el de Lutero y el del «sudita»,
compáralos y deduce tú mismo quién es el traductor de ambos. Muy bien puedo
aguantar que en algún lugar contado haya incluido algún remiendo o alguna
variante ‑aunque no esté de acuerdo con todo‑; esto no me importa
gran cosa, si es que es concorde con el texto. Por este motivo no he querido
escribir nada en contra. Pero me ha hecho reír la enorme sagacidad que supone
que se haya calumniado, maldito y condenado mi nuevo testamento por la sencilla
razón de haber aparecido con mi firma, al mismo tiempo que se ordena su lectura
por llevar el nombre de otro. Extraña habilidad esa de vilipendiar y
avergonzar el libro de uno para robársele inmediatamente y hacerle circular con
el nombre de otro, aprovechándose del trabajo vituperado para fomentar la
alabanza y la gloria propias. Juzguen otros sobre este particular. Por mi
parte, estoy satisfecho y contento (como se gloriaba el mismo san Pablo),
de que mi trabajo se aproveche por mis enemigos y de que el libro de Lutero,
aunque sea sin el nombre de Lutero, se lea firmado por sus adversarios. ¿Qué
venganza mejor que ésta?
Es hora de que volvamos a nuestro asunto. Si vuestro
papista se empeña en su actitud desafiante a propósito de la palabra «sola»,
decidle de una vez: «El doctor Martín Lutero decide que las cosas sean de esta
forma y declara que un papista es lo mismo que un asno. «Sic volo, sic iubeo,
sit pro ratione voluntas».
No queremos ser discípulos de los papistas, sino sus maestros y sus jueces.
Vamos a permitirnos, por una vez, gloriarnos y alardear con estas cabezas de
borrico; y de igual forma que Pablo se alaba a sí mismo contra sus santos
insensatos quiero hacerlo yo contra mis asnos: «¿Que son ellos doctores?
También lo soy yo. ¿Son sabios? También yo. ¿Teólogos? Yo también. ¿Saben
disputar? También lo sé yo. ¿Son ellos filósofos? Pues yo también. ¿Son
dialécticos? También yo. ¿Profesores? También yo. ¿Escriben ellos libros?
También los escribo yo».
Continuaré en mi alabanza. Soy capaz de exponer los
salmos y los profetas; ellos no pueden hacerlo. Yo puedo traducir, ellos no.
Puedo yo leer la sagrada Escritura; ellos no. Yo puedo rezar, ellos no. Y
bajando a la palestra: conozco su propia dialéctica y su filosofía mucho mejor
que todos ellos juntos, y sé perfectamente que de ellos ninguno entiende a
Aristóteles. Que me desuellen si alguno de ellos comprende correctamente un
proemio o un capítulo del Estagirita. No me excedo en estas apreciaciones,
porque desde mi juventud me he formado entre ellos y conozco lo vasto y
profundo de su ciencia. Saben muy bien que estoy al tanto de todas sus
posibilidades. No obstante, estos infames me tratan como si fuera un huésped
mañanero recién llegado que no se ha enterado de nada de lo que enseñan o saben. Se pavonean soberanamente de su
ciencia y me andan enseñando lo que hace más de veinte años pisoteé de suerte
que a sus lloriqueos y a sus aspavientos puedo contestar con la canción de
aquella ramera: «Siete años ha que sé que la herradura de hierro es».
Ahí tenéis mi respuesta a la primera cuestión. Os
ruego de paso que a asnos tales y a sus gimoteos inútiles sobre la palabra
«sola» no les digáis más que «así lo quiere Lutero y afirma que él es más
doctor que todos los doctores del papado entero; que así tienen que quedar las
cosas». Estoy decidido a seguir despreciándolos mientras sigan siendo gente
(quiero decir borricos) de esta calaña. Porque entre ellos hay insolentes tan
descarados como el doctor Schmidt, el doctor Rotzlöffel y
similares, que jamás han aprendido su propia ciencia, es decir, la ciencia de
los sofistas, y sin embargo, se lanzan contra mí en estas cosas que no sólo
superan toda sofistería, sino que también (como dice san Pablo) se encuentran
muy por encima de toda la sabiduría del mundo y de la razón.
No tiene que esforzarse el asno por cantar, porque por las orejas se le
distingue inmediatamente.
No obstante, por vosotros y por los nuestros, os voy
a aclarar el motivo de haber empleado la palabra «sola», a pesar de que en el
cap. tercero de Romanos no aparezca «sola» sino «solum» o «tantum»
(solamente). Bien han escrutado los borricos mi texto; a pesar de todo he
empleado en otra parte la palabra «sola» y deseo contar con las dos, «solum»
(solamente) y «sola. En mi traducción me he esforzado por ofrecer un alemán
limpio y claro. Nos ha sucedido con mucha frecuencia estarnos atormentando y
preguntando durante dos, tres o cuatro semanas por una sola palabra y no haber
dado con ella todavía. Cuando andábamos traduciendo a Job, nos ocurría al
maestro Felipe, a Aurogallo y
a mí que apenas si acabábamos tres líneas en cuatro jornadas. Amigo, ahora lo
tienes ahí traducido y a tu disposición; quien lo desee puede leerlo y hacerse
con él. Los ojos pueden pasar ahora tres o cuatro páginas sin un solo tropiezo.
No se advierten los pedruscos y troncos que hay; se transita por él como por
tabla bien pulida, por la sencilla razón de que nosotros hemos tenido que sudar
y pasar aprietos antes de quitar esos pedruscos y esos troncos para que se
pueda caminar sin estorbos por él. Es muy bonito arar cuando la tierra está
limpia, pero a nadie le agrada arrancar los árboles y los troncos y desbrozar
el campo. El mundo no te lo agradecerá. Tampoco se le darán gracias a Dios por
el sol, por el cielo y por la tierra, ni siquiera por la muerte de su propio
hijo. El mundo es ‑y seguirá siendo‑ del diablo porque no desea que
cambie su suerte.
Sé muy bien ‑y no me lo tenían que haber
enseñado los papistas‑ que ni el texto latino ni el griego tienen en el
capítulo tercero de la carta a los Romanos la palabra «sólo»; es muy cierto que
estas cuatro letras, «sola», no se encuentran ahí; sin embargo, estos cabezas
de borrico las están mirando como mira una vaca a un pórtico nuevo. No se dan
cuenta de que, no obstante, la intención del texto las contiene, y que es
preciso ponerlas si se quiere traducir claramente y de forma que resulte
eficaz. He intentado hablar en alemán, no en griego o latín, ya que mi empresa
es la de alemanizar. Nuestro idioma tiene la peculiaridad de que, cuando una
frase está compuesta por dos miembros, uno afirmativo y otro negativo, se
emplea la palabra «solum» (solamente) junto a «no» o «nada». Por ejemplo,
cuando alguien dice «el campesino trae solamente trigo y no dinero. No, ahora
no tengo dinero sino sólo trigo. Sólo he comido, aún no he bebido. ¿Sólo has
escrito y no has leído?», y otras incontables formas que se usan en el lenguaje
corriente.
En todas estas expresiones, aunque el latín y el
griego no lo hagan, el alemán recurre a la palabra «sólo» para que el «no» o
«nada» resulten más completos y claros. Porque incluso aunque yo diga «el
campesino trae trigo y no dinero», es evidente que el «no traer dinero» no
resulta tan claro y completo como cuando digo: «el campesino trae sólo trigo y no
dinero»; el «sólo» se encuentra aquí apoyando a la negación, para que el
conjunto tenga claridad y sea alemán del todo. No hay que solicitar a estas
letras latinas cómo hay que hablar el alemán, que es lo que hacen esos
borricos; a quienes hay que interrogar es a la madre en la casa, a los niños en
las calles, al hombre corriente en el mercado, y deducir su forma de hablar
fijándose en su boca. Después de haber hecho esto es cuando se puede traducir:
será la única manera de que comprendan y de que se den cuenta de que se está
hablando con ellos en alemán.
Otro ejemplo. Cuando Cristo dice «ex abundantia
cordis os loquitur».
Si tuviese que seguir a esos asnos y atenerme a la letra, traduciría «de la
abundancia del corazón habla la boca». Pero, decidme, ¿es esto alemán? ¿qué
alemán lo entendería? ¿qué es eso de «la abundancia del corazón»? Ningún
alemán podría hablar de esta suerte, a no ser que quisiera decir que uno tiene
un corazón demasiado grande o que tiene mucho corazón. En todo caso, tampoco
esto sería alemán correcto, lo mismo que no lo sería hablar de superabundancia
de la casa, superabundancia de la estufa, sobreabundancia del banco. La madre
en la casa y el hombre corriente dicen «cuando el corazón está repleto, se
desborda por la boca»; a esto se dice hablar bien en alemán. Pues eso es lo que
me he esforzado por hacer, aunque, desafortunadamente, no siempre lo haya
logrado, ya que las letras latinas se resisten tanto a ser dichas en un alemán
perfecto.
De igual forma, cuando el traidor Judas dice (Mt
26): «ut quid perditio haec?» y (Mc 14) « ut quid perdido ista ungüenti facta
est?».
De seguir a esos asnos y literalistas tendría que traducir «¿por qué ha tenido
lugar la pérdida del ungüento?»; ahora bien, ¿es esto alemán? ¿qué alemán dice
«ha tenido lugar la pérdida del nardo?». Aunque lo entendiese a la perfección,
estaría pensando que el nardo se ha perdido y que es preciso buscarlo. De todas
formas, la expresión seguiría resultando oscura. Si esto es buen alemán, ¿por
qué no ponen ellos manos a la obra, hacen su lindo nuevo testamento y dejan de
lado al de Lutero? Yo creo que tendrían que sacar a relucir su arte. Pero el
alemán, para expresar el «ut quid», etc., dice: «¿a qué viene ese despilfarro?
¿cómo se explica el perjuicio?». No; el perjuicio se refiere al ungüento. Se
usaría un alemán bueno si se diese a entender que, al derramar el ungüento, lo
que hizo Magdalena fue actuar con ligereza y ocasionar una pérdida. Esto es lo
que pensaba Judas, convencido como estaba de que él lo habría dado otro destino
mejor.
Lo mismo sucede con el saludo del ángel a María:
«Seas saludada, María, llena de gracia, el Señor es contigo».
Bien, pues ésta es la traducción mala que se ha transmitido hasta ahora en
fuerza de las letras latinas. Pero decidme si esto es alemán correcto. ¿En qué
parte de Alemania se dice «tú estás llena de gracia»? Se pensaría en un vaso
lleno de cerveza o en una talega repleta de dineros. Por este motivo, y para
que un alemán pueda entender la intención angélica al saludarla, he preferido
traducir: «Eres graciosa». Pero he aquí que los papistas se revuelven
frenéticos contra mí diciendo que he corrompido el saludo angélico. Y he de confesar
que no he echado mano del alemán más adecuado, porque de haberlo hecho, y si
hubiese traducido el saludo por «Dios te saluda, querida María» ‑que es
lo que quiso decir el ángel, y así lo habría expresado de haber querido saludar
en alemán‑, me imagino que se habrían ahorcado como muestra de piedad
hacia la querida María y por haber reducido a la nada la salutación.
Me gustaría preguntarles el motivo de tal furor y
rabia. No les estorbo que traduzcan lo que les dé la gana, pero yo no deseo
traducir como ellos quieren, sino a mi manera. Y quien no esté de acuerdo con
mi traducción, que me la deje para mí y que se guarde para él estas censuras, a
las que no estoy dispuesto a hacer ningún caso. No son ellos precisamente los
que tienen que responder de mi traducción ni rendir cuentas por ella. Fíjate
bien: quiero decir «tú, graciosa María, querida María», y deja que ellos sigan
diciendo «llena de gracia, María». Quien conozca alemán, sabe muy bien qué
estupendamente cordial es esa palabra (liebe); la querida María, el Dios querido, el querido emperador, el príncipe amado,
el hijo amado. No sé si en latín o en las lenguas restantes esta palabra Bebe (querida) resultará tan cordial,
tan completa, si penetra y resuena en todo el ser, como sucede en nuestro
idioma.
Porque pienso que san Lucas, que era un maestro en
las lenguas hebrea y griega, quiso trasmitir expresamente la palabra hebrea
usada por el ángel con la griega kejaritoméne. Pienso también que el ángel habló con María como lo hizo con Daniel al
llamarle hamudoth e isch hamudoth, vir desideriorum, es
decir, «querido Daniel»,
ya que, como se lee en el libro de Daniel, ésta es la forma habitual de hablar
de Gabriel. Si tuviera que haber traducido la palabra del ángel ateniéndome a
la letra y según el arte de esos asnos, me habría visto forzado a decir:
«Daniel, el hombre de los deseos» o «Daniel, hombre de los antojos». ¡Bonito
alemán sería éste! Un alemán sabe perfectamente que «deseos y ganas» son
palabras hermanas, si bien no son las más apropiadas para este caso; pero
cuando se usan conjuntamente con «hombre de deseos» no hay alemán que las
entienda, y pensará que Daniel estaba poseído por malos deseos. ¡Esto sí que
sería traducir a la perfección! Lo que tengo que hacer es prescindir de la
materialidad de la letra e intentar dar con la expresión corriente alemana que
equivalga al hebreo hamudoth: entonces
me encuentro con que los alemanes se expresan así: «querido Daniel, querida
María» o «graciosa muchacha, linda doncella, dulce mujer», etc. El traductor
tiene que estar provisto de un rico acopio de palabras para poder echar mano de
ellas cuando alguna no cuadre al sentido de un pasaje concreto.
Pero ¿qué voy a decir sobre el arte de traducir? Si
tuviese que justificar y razonar cada una de mis palabras me pasaría un año
entero escribiendo sobre el particular. Sé muy bien por experiencia el arte y
trabajo que supone la traducción; por eso, no aguanto que esos borricos
papistas y esos mulos, que no tienen ni idea de lo que significa porque nunca
lo han intentado, se constituyan en jueces y censores en esta cuestión. A quien
no le plazca mi traducción que la deje tranquila; el diablo estará agradecido a
quienes no les guste y a quienes, sin contar con mi voluntad y con mi ciencia,
se empeñen en criticarla. Si hay que censurarla, seré yo mismo el que lo haga;
si no lo hago yo, que dejen en paz mi traducción y que cada uno haga enhorabuena
otra para sí.
Puedo testimoniar en conciencia que en este asunto
he puesto mi mayor lealtad y todo mi celo y que nunca me han movido en ello
intenciones torcidas. Nada, absolutamente nada material he recibido, anhelado
ni ganado en la empresa. Dios sabe que no he perseguido en el negocio mi honra,
sino el servicio a los queridos cristianos y el honor de quien está sentado en
lo alto; él me está concediendo tantos beneficios a cada instante, que aunque
tuviese que estar traduciendo mil veces y con la misma entrega, con ello no
merecería ni una hora de vida ni la salud de un solo ojo. Cuanto hago, cuanto
tengo, lo hago y lo tengo por su gracia y por su misericordia; todo proviene
de su sangre preciosa y de su sudor amargo, y por eso todo hay que hacerlo ‑si
Dios lo quiere‑ en servicio de su gloria, con gozo y con corazón. Que me
denigren esos «suditas» y los asnos papistas como me alaban los cristianos
buenos junto con mi señor Jesucristo; me daré por ricamente recompensado si
hay un cristiano que me reconozca como trabajador fiel. No pido nada de los
asnos papistas; no son dignos de reconocer mi labor, y en el fondo de mi
corazón sufriría si ellos me alabasen. Sus calumnias constituyen mi mayor
galardón y honra. Aunque fuese un doctor, incluso un doctor excelente, estoy
muy seguro de que no me lo reconocerían hasta el día del juicio.
Con todo, me he cuidado muy bien de no alejarme de
la letra, y tanto yo como mis colaboradores nos hemos preocupado de atenernos
al sentido literal de los pasajes y de no proceder con excesiva libertad. Por
ejemplo, cuando Cristo dice (Jn 6): «A éste le ha sellado Dios padre»,
en alemán sería mejor decir «Dios padre le ha designado» o «a éste se refiere
Dios padre». Sin embargo, he preferido atentar contra el alemán antes que
desviarme de la palabra. ¡Ah! El traducir no es un arte por el que cada uno
pueda hacer lo que le venga en gana, como opinan esos santos insensatos;
requiere un corazón recto, piadoso, entregado, prudente, cristiano, sabio,
experimentado, avezado. Por eso, estoy convencido de que no puede traducir con
fidelidad el seudocristiano o el sectario, como ha sucedido con la traducción
de los profetas de Worms: se ha realizado con mucho cuidado y se ha seguido muy
de cerca mi alemán, pero a pesar de la perfección y de la diligencia que se ha
puesto, han intervenido algunos judíos que no se muestran excesivamente
encariñados con Cristo.
Esto sea dicho por lo que se refiere al arte de
traducir y a las lenguas. Pero no me he atenido únicamente a las exigencias del
idioma cuando he traducido el allein (sólo)
en Rom 3 ,
sino que me han forzado a hacerlo el pensamiento y el contexto paulino. Se
ventila en el pasaje el aspecto fundamental de la doctrina cristiana, es decir,
que somos justificados por la fe en Cristo y no por obra alguna de la ley; con
tanta claridad excluye cualquier obra, que llega a decir incluso que ninguna
obra de la ley ‑y en este caso se trata de ley y de la palabra de Dios‑
puede ayudar a la justificación. Aduce como ejemplo a Abrahán: ni la
circuncisión, primera y primordial de todas las leyes y obras ordenadas por
Dios, contribuyó a su justificación; fue justificado prescindiendo de la
circuncisión y de cualquier otra obra, sólo por la fe, como se dice en el
capítulo cuarto: «Si Abrahán fue justificado por las obras, tiene de qué
gloriarse, mas no delante de Dios».
Al excluir con tanta nitidez cualquier categoría de obras, hay que pensar
forzosamente que es sólo la fe la que justifica; y el que quiera referirse con
claridad y a secas a esta exclusión de las obras tendrá que decir que solamente
la fe ‑y no las obras‑ es la que justifica. Es una conclusión
obligada por la realidad misma y por la lingüística.
Pero ‑pueden objetarme‑ esto resulta
escandaloso y la gente puede concluir que no tiene la obligación de obrar bien.
¿Qué decir a esto, amigo mío? ¿No es mucho más escandaloso que el propio san
Pablo no se limite a decir « la fe sola», sino que revuelva todo de forma más
grosera aún, que destape el barril desde el fondo, cuando en el capítulo
primero de Gálatas y en otros pasajes dice: « no es por las obras de la ley»?
Porque la expresión «sola la fe» puede en alguna manera comentarse, pero la de
«sin obras de la ley» resulta tan ruda, escandalosa, vergonzosa, que no es
susceptible de glosa alguna. Con cuánta mayor razón podrá deducir la gente que
no es preciso realizar obras buenas cuando se les predica con palabras tan
secas, tan fuertes, como «ninguna obra, sin obras, no por las obras»; si no es
escandaloso que se predique «sin obras, ninguna obra, no por las obras», ¿por
qué va a serlo que se les predique «solamente la fe»?
Y más irritante aún: san Pablo no rechaza sólo las
obras malas corrientes, sino la misma ley. Habrá quienes por ello se escandalicen,
digan que la ley está condenada y maldita a los ojos de Dios, y que lo único
que hay que hacer es simplemente el mal, como aquellos de los que se habla en
Romanos, cap. 3 («¿por qué no obrar el mal para conseguir el bien?»),
y como han comenzado a hacer algunos espíritus «iluminados» en nuestros días.
¿Este escándalo justificará el negar la palabra de san Pablo y no hablar llana
y libremente de la fe? Amigo mío, ni san Pablo ni nosotros queremos provocar
tal escándalo; que por este motivo ‑y no por otras razones combatimos
con. tanto ardor contra las obras y únicamente por la fe: es necesario que se
escandalice, que se tropiece, que se caiga, para que la gente se dé cuenta y
sepa que no es por sus buenas obras por lo que se justifican, sino sólo por la
muerte y resurrección de Cristo. Si no pueden justificarse por las buenas obras
de la fe, mucho menos lo conseguirán a base de malas obras y sin la ley. El
hecho de que las buenas obras no ayuden, no quiere decir que lo hagan las
malas, lo mismo que de que el sol no contribuya a la visión de los ciegos no se
puede deducir que lo hagan la noche y la oscuridad.
Me maravilla que se pueda llegar a tal cerrazón en
cosas tan evidentes como éstas. Porque, decidme: la muerte y el resucitar de
Cristo ¿es una obra nuestra, realizada por nosotros? Está claro que ni es obra
nuestra ni obra que haya que atribuir a la ley. Ahora bien, sólo la muerte de
Cristo y su resurrección nos liberan de los pecados y nos justifican, como dice
san Pablo (Rom 4): «murió por nuestros pecados y resucitó para nuestra
justificación».
Decidme, además, cuál es la obra por la que aprehendemos la muerte y la
resurrección de Cristo; es imposible que se trate de una obra externa, sino
sólo de la fe interna del corazón. La misma fe sola, y ella sola, sin obra
alguna, es la que aprehende esta muerte y esta resurrección cuando se predican
por el evangelio. ¿Por qué, entonces, se desencadena y brama esta tempestad,
qué es lo que se condena y se quema como hereje, cuando la realidad aparece
tan clara en su fundamento y demuestra que solamente la fe, sin obra alguna, es
la que aprehende la muerte y resurrección de Cristo, y que precisamente esta
muerte y esta resurrección constituyen nuestra vida y nuestra justificación?
¿Por qué no hablar de esta suerte, si aparece tan claro por sí mismo que sólo
la fe nos proporciona, nos aprehende y nos da esta vida y esta justicia? No es
herejía que la fe sola aprehende a Cristo y nos da la vida, pero tiene que ser
tachado de hereje el que lo dice. ¿No son necios, locos e insensatos? Confiesan
que la realidad es justa, pero castigan como injusto el hablar de tales
realidades. Es imposible que las dos cosas sean al mismo tiempo justas e
injustas.
Además, no he sido yo el único ni el primero en
decir que sólo la fe justifica; lo han afirmado antes que yo Ambrosio, Agustín
y otros muchos, y tendrá que afirmarlo también ‑sin que quepa otra
posibilidad‑ quien esté dispuesto a leer y a comprender a san Pablo. Sus
palabras son tan fuertes, que no sufren ninguna, absolutamente ninguna obra. No
es obra alguna, luego tiene que ser sólo la fe. ¡Sería bonito, estupendo, mucho
mejor y más cómodo que la gente aprendiese que puede justificarse por las obras
junto con la fe! Equivaldría a decir que no ha sido sólo la muerte de Cristo la
que nos ha remitido los pecados, sino que a ello han contribuido también y en
cierta medida nuestras obras. Bonita forma de honrar la muerte de Cristo es
ésta de creer que nuestra obra le ayuda, como si pudiésemos hacer lo que él
hace, equiparándonos con su bondad y con su poder. Es el diablo que no ceja de
ultrajar a la sangre de Cristo.
Por tanto,
el fundamento de esta realidad exige que se diga que sólo la fe justifica, y
nuestra lengua alemana convence de que ésta es la única forma de expresarlo. Lo
avala el ejemplo de los santos padres, y la experiencia de los demás urge que
no estemos demasiado pendientes de las obras, no vaya a ser que fallemos en la
fe y perdamos a Cristo. Vale esto principalmente para nuestro tiempo, tan
habituado a las obras, que han de ser arrancadas por la fuerza. Por este
motivo, no sólo es justo sino de la más urgente necesidad, que se afirme con
toda claridad y sin reticencias: sólo la fe sin obras justifica; y estoy
arrepentido de no haber añadido «alguna» y «ninguna», de la siguiente forma:
«Sin obra alguna de la ley», con lo que todo se habría expresado de manera más
completa y redonda. Por eso, en mi nuevo testamento tienen que quedar las
cosas tal como están; no quitaré lo puesto, por más frenéticos y rabiosos que
se pongan los asnos papistas.
Acerca de este asunto baste con lo dicho por ahora; volveré sobre ello
con la gracia de Dios en mi librito Sobre
la justificación.
Vayamos a la segunda cuestión ¿Interceden por
nosotros los santos fallecidos? Responderé brevemente a esta pregunta, porque
tengo la intención de publicar un Sermón
sobre los santos ángeles,
en el que trataré con más detenimiento el tema, si Dios quiere.
En primer
lugar, habéis de saber que en el papado no sólo se enseña que los santos interceden
por nosotros desde el cielo ‑cosa imposible de saber, puesto que la
Escritura nada dice al respecto‑, sino que también se les ha trasformado
en dioses, en calidad de patronos a los que nos tenemos que encomendar. Algunos
de ellos ni existieron jamás en la realidad; a otros se les atribuye un poder y
una virtualidad especiales: a aquél sobre el fuego, a éste sobre el agua, al de
más allá sobre las pestilencias, sobre las fiebres, sobre toda clase de
epidemias, hasta tal punto que el propio Dios se ve forzado a permanecer
ocioso y a dejar que los santos actúen y obren en su lugar.
Los papistas han percibido muy bien esta abominación; no obstante, acallan con
disimulo sus pitos y se acogen al brillo y al ornato de esta intercesión de los
santos. De esto hablaré más tarde. Pero ¿de qué servirá dilatar las cuestiones
y dejar que cundan con tanta inconsciencia tales apariencias deslumbrantes?
En segundo lugar, sabéis muy bien que Dios no ha
dicho ni una palabra en virtud de la cual se ordene la invocación a los
ángeles ni a los santos para obtener su intercesión. Tampoco la Escritura nos
muestra ningún ejemplo a este particular, puesto que si nos encontramos con que
los ángeles han dirigido la palabra a los patriarcas y a los profetas, ninguno
de éstos han recibido jamás orden de invocarlos. El patriarca Jacob no pidió
la intercesión del ángel con el que había contendido, sino sólo su bendición.
En el Apocalipsis hallamos una prueba de lo contrario, cuando el ángel no quiso
ser adorado por Juan.
Se deduce, en conclusión, que el culto de los santos es una pura vanidad humana
y una invención sin apoyo en la palabra de Dios ni en la Escritura.
Puesto que en el culto divino no hay que intentar
hacer nada que no esté mandado por Dios ‑y hacerlo equivaldría a
tentarle‑, no es posible tampoco aconsejar ni sufrir por más tiempo que
se invoque la intercesión de los santos muertos. No hay que enseñar esta forma
de orar; prefiero que se aprenda a condenarla y huirla. Por eso no quiero
aconsejarla ni cargar mi conciencia con entuertos ajenos. A mí, personalmente,
me ha costado muchísimo prescindir de los santos; estaba demasiado hundido.
Pero la luz del evangelio ha irrumpido ahora con tanta claridad, que será
inexcusable quien siga en las tinieblas. Muy bien sabemos todos a lo que nos
debemos atener.
Es intrínsecamente peligroso y escandaloso, además,
un culto como éste, que acostumbra a los demás a desviarse de Cristo con tanta
facilidad y a depositar su confianza en los santos, en vez de ponerla en el
mismo Cristo. Y es que, incluso sin tener esto en cuenta, la naturaleza es
demasiado proclive a huir de Dios y de Cristo y a confiar en los humanos, y,
por otra parte, resulta en extremo difícil habituarse a confiar en Dios y en
Cristo como es debido y como hemos proclamado. No se puede aguantar un
escándalo como éste, que lleva a la gente floja y carnal a una idolatría en
contradicción con el primer mandamiento y con nuestro bautismo. Que se desplace
de los santos hacia Cristo esta confianza y esta espera, y que se haga de
palabra y de obra; que bastante dificultad entraña ya el caer en ello y
comprenderlo rectamente. Sabe muy bien el diablo cómo meterse en casa, para que
encima le andemos pintando en los dinteles.
Por último, tenemos la seguridad de que Dios no se
encoleriza si prescindimos del recurso a la invocación de los santos, puesto
que no lo ha preceptuado en ninguna parte. Se afirma Dios celoso que atribula a
quienes no observan sus mandamientos; ahora bien, en este particular no existe
precepto alguno, luego tampoco tenemos que temer su cólera. En esta actitud
contamos con la seguridad, la contraria es arriesgada y atenta contra la
palabra de Dios. ¿Por qué, entonces, vamos a prescindir de lo seguro para
lanzarnos a esa arriesgada aventura en la que la palabra de Dios no nos
proporciona ninguna ayuda, ningún consuelo, ninguna salvación? Porque está
escrito: «El que a sabiendas ama el peligro, en él perecerá».
Y Dios prescribe: «No tentarás al Señor, tu Dios».
De acuerdo, dirán, pero estás condenando a la
cristiandad entera que siempre, hasta ahora, ha obrado de esa forma. Respuesta:
de sobra sé que los curas y los frailes quieren disimular de esta suerte su
abominación y cargar sobre los hombros de la cristiandad lo que ellos han
abandonado. Por eso, cuando afirmamos que la cristiandad no yerra, nos veremos
forzados a decir que tampoco ellos se equivocan, y que, por tanto, no se les
podrá condenar como mentirosos y equivocados, puesto que la cristiandad así lo
sostiene. En consecuencia, no se podrán condenar las peregrinaciones (aunque
el diablo esté bien patente en ellas) ni las indulgencias (a pesar de ser un
error tan grosero). En una palabra: ahí no se encuentra más que pura santidad.
Por eso hay que decirles en este particular que no se trata aquí de lo que esté
o no esté condenado, porque ya se encargarán de amontonar un cúmulo de cosas
que no vienen al caso para alejarnos de la cuestión que interesa; lo único que
importa ahora es la palabra de Dios; lo que la cristiandad sea o haya hecho es
otra cuestión. En este caso se pregunta lo que es o no es palabra de Dios. No
hace cristiandad lo que no es palabra de Dios.
Leemos que en tiempos del profeta Elías no había
palabra ni culto públicos de Dios en todo el pueblo de Israel, como lo dice el
propio profeta: «Señor, han dado muerte a tus profetas, han derribado tu altar,
estoy totalmente solo».
A propósito de lo cual tanto el rey Acab como los demás habrían dicho: «con tu
forma de hablar, Elías, estás condenando a todo el pueblo de Dios». Pero, sin embargo,
Dios había conservado a siete mil. ¿De qué manera? ¿Es que te crees que Dios no
ha podido salvaguardar a los suyos bajo el papado, pese a que los curas y los
frailes hayan sido puros maestros del demonio en la cristiandad y hayan ido al
infierno? Seguramente muchos niños y jóvenes han muerto en Cristo porque Cristo
ha mantenido con fuerza el bautismo a través del reinado de su anticristo y se
ha predicado desde el púlpito el evangelio, el padrenuestro y el credo, para
conservar así a la cristiandad, sin que haya dicho nada de ella a los doctores
del diablo.
Puede haber sucedido incluso que los cristianos
hayan ejecutado alguna de estas abominaciones papales; no obstante, los asnos
papistas nunca podrán probar que lo hicieron por iniciativa propia y mucho
menos que con tal actuación los cristianos obraron rectamente. Muy bien pueden
los cristianos cometer equivocaciones y pecados colectivos, pero también les ha
enseñado Dios en el padrenuestro a pedir el perdón de esos pecados cometidos
por instigación del anticristo, de forma involuntaria y sin saberlo. Dios, sin
embargo, no ha confiado nada de esto a los curas y frailes. Lo que resulta muy
fácil de mostrar es la existencia universal de críticas y quejas ocultas contra
la forma malhadada de conducir los clérigos a la cristiandad y que los asnos
papistas siempre, hasta nuestros días, se han opuesto por la violencia a esas
críticas. Este murmullo comprueba muy a las claras que los cristianos han
percibido tal abominación y lo bien que han reaccionado frente a ella.
Sí, queridos asnos papistas; venid ahora y afirmad
que es doctrina cristiana todo lo que os habéis inventado, todos vuestros
engaños, todo lo que vosotros, malvados y traidores, habéis impuesto por la
fuerza a la amada cristiandad, todos vuestros asesinatos de tantos cristianos.
Todas las letras y leyes evidencian que jamás. ha sido enseñado nada de esto
por voluntad y a instancias de la cristiandad; ha sido vuestro espíritu santo,
que se ha limitado a la pura imposición por ese «mandamos rigurosamente por
nuestra expresa voluntad».
La cristiandad ha tenido que soportar esa tiranía que le ha robado y, sin
culpa por su parte, le ha cautivado el sacramento. Y encima quieren esos
borricos vendernos la insufrible tiranía de su abominación como si se tratara
de un acto voluntario y un ejemplo de la cristiandad para así lavarse ellos las
manos.
Pero esto comienza a alargarse más de la cuenta.
Baste con lo dicho, por el momento, sobre esta cuestión. En otra circunstancia
volveremos sobre el tema con más detenimiento. Tomad a bien mi largo escrito.
Cristo nuestro señor esté con todos vosotros. Amén.
En el «eremo»,
8 de septiembre 1530.
Vuestro buen amigo, Martín Lutero, al honorable y distinguido N., mi
gracioso señor y amigo.
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