Pocas
veces se tiene la oportunidad de leer compendiada la historia
de la Humanidad entera en unas cuantas líneas. Toda sabiduría
humana, sea científica, teológica, o simplemente ideológica,
a la postre no es más que un sustituto hecho a la medida
de la racionalidad de los siglos, sucedáneo animalesco con
el que la necesidad de conocimiento que por naturaleza el
Hombre tiene pretende suplir la carencia de la verdadera
Sabiduría, aquélla en cuyo seno se tejiera la Idea del Hombre
que Dios concibió en carne cuando con su todopoderosa Palabra
le dio la vida. Desde el día después de la Caída hasta la
Primera Hora de este Nuevo Día la historia de la Civilización
humana es un calvario sangriento y estremecedor de Caín
en Caín. Como si se tratara de un caldo de cultivo para
el pensamiento el golpe en el cráneo hizo temblar el edificio
de la inteligencia del Hombre y el fruto de su camino en
las tinieblas se resolvió en más razones para matar a Abel,
otra vez, una vez más. A esta realidad se redujo la Tragedia
del Hombre, a repetir siglo tras siglo y a escala cada vez
mayoz el fratricido que dio el pistoletazo de salida a aquéllos
seis milenios de guera civil mundial que, Hoy, expiran.
Nadie duda de que aun viendo alborear el Fin de la Tragedia
el último tramo del camino lleva en su frente la marca acumulada
de las fuerzas destructoras que hicieron de nuestro mundo
un espectáculo triste y sobrecogedor. El destino sin embargo
está escrito. No desde Ahora sino desde hace mucho. Conociendo
al Autor, San Pablo se permite escribir este capítulo de
esperanza profética y visión de un futuro en que la nación
todavía no destruída y después de ser dispersada y perseguida
regresaría a su origen para ser sujeto de la misma Gracia
que el Dios de Israel esparciera con tanta generosidad sobre
nuestras casas, nosotros, los hijos de aquéllos padres por
el pecado del padre de Israel expulsados de la Presencia
de nuestro Creador y entregados al imperio del Infierno
sin más ayuda para vencer sus designios antihumanos que
las fuerzas naturales alrededor de cuyas columnas maestras
fuera tejida nuestra creación. De nadie es pues la gloria
y a nadie le debemos nuestra victoria, sino a Aquel que
tejiera nuestro Ser en la cuna de su Omnisciencia y antes
de nacer nos viera en la plenitud de nuestra Edad para Alegría
de su Espíritu y Bien de todos los Pueblos de su Reino.
Como quien vive en esa Omnisciencia e hijo de la Sabiduría
habita en su Palacio, deleitándose en la estructura de su
Pensamiento, San Pablo derrama su conocimiento para edificación
de la Esperanza Universal de Salvación que habría de revelarse
al final del camino, al alba del Día por el que la creación
entera, expectante, aguardaba impaciente el nacimiento de
la Descendencia de Cristo. Así pues, entramos en materia.
Pero
digo yo: ¿Han tropezado para que cayesen? No ciertamente.
Pues gracias a su transgresión obtuvieron la salvación los
gentiles para excitarlos a emulación.
Como
hemos dicho, sabemos y nos podemos imaginar la Caída del
padre de los judíos, nuestro Adán, fue el epicentro del
mayor terremoto que Dios en persona viviera desde hacía
edades interminables. La declaración de guerra que una parte
de sus hijos le arrojara a su Espíritu Santo al rostro fue
el detonante explosivo final que le abrió a Dios los ojos
y le puso frente a frente a su verdadero enemigo: La Muerte.
La locura que suponía que una criatura albergase esperanza
de echarle un pulso a su Creador y salir vencedor no admitía
peros ni mases. La Muerte, fuerza increada, sin principio,
como la Vida, la Materia y el propio Dios, era el enemigo
de la Creación en tanto en cuanto su Fundación y Edificación
suponía su destierro de los límites del Infinito y la Eternidad.
La Vida y la Muerte, como dije en la Historia Divina, habían
existido desde la Eternidad como parte internas de la estructura
de la Realidad. El Día que Dios pensó la Inmortalidad la
declaración de guerra de Dios contra la Muerte fue un hecho.
El caso es que Dios estuvo viviendo la Muerte y la Vida
en tanto que procesos mecánicos internos a la propia Fuerza
Increadora en el Origen de los Mundos. Desde su Inteligencia
Creadora lo único que había que hacer era intervenbir en
esos procesos, redirigirlos y proceder a la Inmortalización.
Durante todo el Periodo de Formación de su Inteligencia
Creadora su pensamiento estuvo trabajando sobre esa base
material. Cuando por fin descubrió la llave de la Inmortalidad
creyó El que su victoria sobre la Muerte se había consumado,
y procedió a la creación de vida inmortal. Según fue avanzando
en la materialización de su proyecto Universal los Hechos
conocidos como las Guerras del Imperio del Cielo fueron
destellos de la existencia de un factor desconocido, imprevisible
y que no se sujetaba a su control. Encontró justificación
para los Hechos en la estructura de las circunstancias y
procedió a la Revolución en cuyo seno sería concebida la
Idea del Hombre. Y procedió a su Creación. Creó Dios los
Cielos y la Tierra y todo cuanto existe en nuestro mundo
y llegó al Hombre. La Idea Madre en cuyas entrañas tejiera
nuestro Creador las fibras de nuestro Ser eterno no la conocía
nadie. Era algo que se descubriría a su tiempo. Lo que sí
estaba claro es que Dios quería marcar un Antes y un Después
y estaba dispuesto a ponerle un Fin a la Ciencia del Bien
y del Mal, cuyo fruto era la Guerra. Razón por la cual,
usando el símbolo como objeto de entendimiento universal,
diciendo: "El dia que comieres, morirás", le prohibió
a toda su Casa, del Cielo y de la Tierra, bajo pena de destierro
eterno de su Reino, comer del fruto a sus ojos maldito.
Lo que para Adán significaba la Prohibición estaba claro
para Adán. A saber, que la Civilización, de la que él era
su Cabeza, se extendería en el tiempo y el espacio, llenando
el mundo de la Tierra de un confín al otro, no por la fuerza
y la violencia: sino como fruto de la Paz que procede de
la Sabiduría. La Caída estuvo en hacer que la impaciencia
de Eva arrastrara a Adán a jugar con la Idea d ela conquista
del mundo por la fuerza de la superioridad que le era innata
en cuanto hijo de Dios. Se aceleraría todo el proceso en
el tiempo y la velocidad de la conquista del mundo se doblaría
en esa razón. La trampa era genial. Pero tenía un talón
de aquiles. El homicida no tenía que hacerse pasar por hijo
de Dios, porque lo era, pero sí tenía que manipular la inteligencia
de Eva al declarar bajo falso juramento que le hablaba en
nombre de Dios, padre común de ambos, Adán y Satán. Esta
necesidad implicaba la transgresión del Mandato Divino y,
en consecuencia, conllevaba una declaración de guerra contra
el Espíritu que le dio vida a la Prohibición. La locura
era, por tanto, total. Y en cuanto era total Dios no podía
dejar de sentir la muerte de su hijo menor, Adán, sino como
un terremoto ontológico que había de abrirle los ojos y
ponerle delante el rostro de su Verdadero Enemigo, la Muerte.
Y así fue.
Y si su caída es la riqueza del mundo, y su menoscabo la
riqueza de los gentiles, ¡cuánto más lo será su plenitud!
Sucedió
justamente lo contrario de lo que Dios había planeado. Dios
había dispuesto que a Su regreso su hijo Adán reresaría
a su tierra natal, Sumeria, y elegido como rey por todas
las familias de Mesopotamia, desde esta base madre la Civilización
se extendería pacíficamente hacia todos los puntos cardinales.
Atrapado en el Dilema de la absolución de Adán por ignorancia
de la verdadera razón criminal bajo cuya fuerza cometiera
su pecado o la aplicación del Castigo debido al Crimen,
aceptando la declaración de guerra contra su Creación y
Reino, y ante el descubrimiento que había hecho, Dios actuó
como todos sabemos. La Batalla Final entre Dios y la Muerte,
por fin, tenía lugar. La Eternidad y el Infinito habían
estado esperando esta Batalla desde el mismo día que sin
conocimiento de causa final Dios le declarara la Guerra
a la Muerte. Hombres y e hijos de Dios, todas las criaturas
habían sido atrapadas en la Batalla y, una vez, revelada
la verdadera estructura de la realidad: cada cual debía
decidirse por un bando o el otro. Quien eligiera el Imperio
de la Muerte, es decir, un Universo gobernado por dioses
más allá del Bien y del Mal, inviolablesy inmunes a la Ley,
al Destierro Eterno de la Creación de Dios. Quienes eligieran
el Reino de Dios, es decir, un Universo gobernado por un
Cuerpo Divino desde su Cabeza hasta el miembro más humilde
sujeto a Ley, como se vio en la Cruz, donde el mismísimo
Primogénito de Dios, Cabeza de su Reino, se sujetó a la
Ley vigente según la cual cualquier judío de nacimiento
que rompiera el Contraro de Moisés con los hijos de israel
tebía que ser colgado de la cruz; de quienes eligieran este
Reino, ese Reino. Y si el Símbolo del Principio fue real,
quiso Dios demostrar su Realidad en la Cruz del heredero
de Adán, para que por los Hechos se viera que la Justicia
y la Ley no se basan en el capricho de un Ser omnipotente
y todopoderoso que impone su voluntad en razón de esa misma
fuerza, sino en el Amor por la Vida y la Creación que en
tanto que Ser y Persona le tiene el Creador a su Reino y
Obra. Su Hijo, eligiendo el primero en qué bando quería
situarse, si en el de quienes se decidieron por un universo
de dioses criminales y asesinos que desde la Inviolabilidad
de su Gobierno convertirían la Creación de Dios en un campo
de juego para demonios infernales y malditos ajenos al dolor
y la libertad de las criaturas. Así, pues, eligiendo el
Primero, porque en ese Hijo tiene Dios toda su Vida, el
primogénito de Dios y aunque era, como su Padre, todopoderoso
y omnipotente para con su sola Palabra destruir a quienes
fueron a buscarle, bajó la cabeza y su sujetó a la ley,
demostrando mediante este símbolo, la Cruz, que la Gloria
de Dios Padre tiene en la Ley, Universal y sempiterna, su
origen y su meta. Hecha Su elección, le tocaba al resto
de la Casa de Dios proceder a la propia, y desde ahí, avanzar
hacia el Día en que la Humanidad, por fin liberada de su
ignorancia, podría ejercer ese Poder de Elección, libremente
y sin coacción, decidiendo en libertad cada pueblo y nación
su suerte. Este es el compendio del Pensamiento de Cristo.
Ahora sigamos.
Y a vosotros los gentiles os digo que mientras sea apóstol
de los gentiles haré honor a mi ministerio
La suerte
de Israel se decidió, entonces, en la fragua de unos acontecimientos
respecto a los cuales ningún ser humano estaba al corriente.
Y no estando, y pues que la Guerra entre Dios y la Muerte
no sólo era imparable dada la aversión del propio Dios Padre
a semejante transformación de su reino en un olimpo de dioses
asesinos, cuya gloria pretendía basarse en la filiación
divina, haciendo así de su Padre la fuente de sus crímenes
monstruosos y horrendos... No estando en el conocimiento
de la verdadera estructura interna de los Acontecimientos
por los que la Creación entera estaba pasando, era imposible
que judíos y gentiles no se alzasen contra Cristo y su Casa.
Los unos como los otros, todos eran esclavos de las consecuencia
de una Batalla Final que se había gestado en la eternidad,
antes de que la Increación deviniera en Creación, y alcanzado
el punto cumbre del encuentro, pasaba Primero y sobre todo
por el Hijo de Dios cuya decisión debía realizarse ante
los ojos de todo el Universo: El era el Único que conocía
esa realidad y el Único que podía decidir por sí mismo de
qué lado se ponía, de la Muerte o de la Vida. Por esto su
declaración: Yo soy la Vida, afirmaba su Camino hacia la
resurrección, sobre cuya Victoria la Creación entera, como
David por las calles, bailó desnuda ante su Señor y Creador.
Hijo de Dios, aunque ausente en carne, en espíritu me sumo
a las galaxias de seres que entonaron cantos y desnudos
bailaron alrededor del fuego de la Victoria la gloria de
Aquel que llenando de gloria el Corazón del Padre de las
estrellas del infinito cosmos hizo que de nuestros labios
saliera la Palabra de vida eterna que recorriendo las tierras
llena el mundo entero y grita incansable su mensaje de esperanza:
Jesús es el Rey, Jesús es el Señor, en nadie tienes, Israel,
tu Mesías sino en Aquel que se alzó contra la Muerte y ante
cuyos ojos el terrible Maligno de nuestras pesadillas no
es más que un patán con vocación de loco que se atrevió
a soñar con ponerse a la altura de la planta del pie de
tu Dios. Escucha, Israel, la voz de la misma Sabiduría que
eligió tu carne para proceder a la consumación de la revolución
cósmica cuyo origen se remonta a la Eternidad. Como no fuimos
rechazados eternamente de la Luz de nuestro Creador, tampoco
tú , como ves por los hechos, lo has sido.
por
ver si despierto la emulación de los de mi linaje y salvo
a alguno de ellos.
Pagaste
el precio de un delito dictado por la estructura de una
Batalla ajena a nuestro mundo, entre cuyos límites fuimos
todos atrapados con la esperanza maligna de acabar todos
destruidos, para deshonra de Dios. Tu destino estaba escrito
desde el día que tu padre Adán fue conducido al matadero
por criaturas inmundas, rebeldes sin más causa que su locura,
enemigos de toda verdad, paz y justicia. Todos fuimos actores
secundarios en el Duelo entre el hijo de Eva y el hijo de
la Muerte. La decisión final es sin embargo, tuya.
Porque si su reprobación es reconciliación del mundo, ¿qué
será su reintegración sino una resurrrección de entre los
muertos?
Pues
si hubieran conocido la estructura de los acontecimientos,
lo mismo judíos que gentiles, ¿quién se hubiera atrevido
a ponerle un dedo encima al Unigénito de Dios? Con todo,
aquello no era un juego, y la decisión no sería un Sí por
ahora y un No para luego; de manera que como la sangre es
lo más sagrado para el hombre, por la sangre, lo más sagrado,
el universo entero comprendiera que la decisión Final de
Aquel que para Dios lo es todo, su Primogénito, fue eterna.
Tenía que haber un nuevo Antes y Después, por tanto. De
la muerte de un hombre surgiría la resurrección de todos.
Era nevesario que así fuese; y así se hizo.
Que
si las primicias son santas, también la masa; si la raiz
es santa, también las ramas.
Lo cual
nos plantea, llegado al extremo del camino y delante del
nuevo horizonte, la necesidad de la edificación de una nueva
estructura de fraternidad entre cristianos y judíos. Abandono
de las acusaciones, de los traumas sufridos por unos y otros
y renacimiento de todos en todos a la luz de un nuevo día
que requiere de todos la unidad indivisible e indestructible
de quienes, más allá de la carne y sus orígenes, proceden
a tomar su decisión personal frente a y delante del Dios
de todos. El más fuerte, en este caso, el cristiano, es
quien debe echar abajo el muro de la enemistad histórica
que, en la ignorancia a la que todos, cristianos y judíos,
quedamos sujetos, fuera erigido, y estuvo en la causa del
holocausto que, viviendo al otro lado, sufrieron los padres
de quienes Hoy tienen el poder de elegir libremente entre
la Muerte y la Vida, entre la verdad y la Mentira, entre
el Odio que nace de una memoria herida jamás curada o el
amor de un espíritu renacido a la luz de una Esperanza universal
que se derrama imparable como un sol de justicia por los
cuatro rincones de la Tierra.
Y si algunas de las ramas fueron desgajadas, y tú, siendo
acebuche, fuiste injertado en ella y hecho partícipe de
la raiz, es decir, de la pinguosidad del olivo, no te engrías
contras las ramas.
No caben,
acusaciones por en cuanto todos fuimos pasto de fuerzas
contra cuyo poder ningún hombre pudo actuar con pleno conocimiento
de causa. Lo que se hizo se hizo desde la ignorancia. Unos
y otros, y todos fuimos actores sin estrella en una historia
en la que dioses y demonios se jugaron su existencia. El
dolor de Israel es el dolor del mundo, pero Israel debe
hacer suyo el dolor del mundo. Fue su padre, Adán, quien
arrastró a nuestros padres al infierno. Si el mundo judío
ha vivido un holocausto, nuestros padres han vivido holocausto
por cabeza. El Pasado ha muerto. El Futuro es el que vive.
Jesucristo es el Mesías; Ayer, Hoy y Mañana.
Y si te engríes, ten en cuenta que no sustentas tú a la
raiz.sino la raiz a tí.
De nada
tenemos que jactarnos los unos y los otros. Hasta ahora
hemos sido actores de reparto sin importancia en una Historia
Divina que abarca entre sus brazos a todas las naciones
de la Tierra. No hay en el guión escrito un apartado dedicado
a la supremacía de una nación sobre otra. De Dios es la
Tierra y todo lo que contiene y le ha dado la Corona de
su reino a su Primogénito. La Plenitud de las naciones,
de nuestro mundo como de la Creación entera, vivimos a la
Luz de su Cetro por la eternidad de las eternidades. No
hay más Rey que Aquel que Dios eligió, de la Descendencia
de Adán, judío según la carne, ante cuyo Trono pusieron
todos los hijos de Dios sus coronas. Y si así se hizo en
el Cielo ¡cómo espera nadie que Dios le quite la gloria
a su Unigénito! O ¿acaso Dios quita y pone al estilo del
dios de dioses por el que abogaron los demonios?
Pero
dirás: Las ramas fueron desgajadas para que yo fuera injertado
.
La respuesta
de Dios fue Cristo Jesús. Desde entonces la Iglesia repite
esa respuesta para la salvación de toda vida, en reacción
a la cual cada cual puede actuar según le dicte su libertad.
La Ley o el Terror. La Verdad o la Mentira. La Justicia
o la Corrupción. La Guerra es el fruto del terror, la mentira
y la corrupción. La Paz es el fruto de la Verdad, la Ley
y la Justicia. Todas las naciones hemos sido conducidas
ante este dilema: Sí o No, aceptar a Jesucristo como Único
Rey Universal, sempiterno, o vivir el destierro de los Rebeldes
que prefirieron el terror a la Ley, la mentira a la Verdad,
la corrupción a la Justicia. Lo que cada uno decida, eso
tendrá.
Bien, por su incredulidad fueron desgajadas, y tú por la
fe estás en pie. No te engrías, antes teme.
Es la
decisión final ante la que todas las naciones teníamos que
ser puestas, en la libertad que procede del conocimiento
de todas las cosas, según ya dijera Pablo más atrás hablando
sobre la expectación de la creación entera. La fe de unos
y otros no exonera de la responsabilidad final.
Porque si Dios no perdonó a las ramas naturales, tampoco
a tí te perdonará.
Ni cristiano
ni judío, todo aquel que no doble sus rodillas ante el Rey
que Dios le ha dado a su Reino, sea cristiano o judío, no
entrará en su Mundo. Y todo aquel que la doble ante otro
rey que no sea Jesucristo, en la Tierra como en el Cielo,
se hace objeto de destierro de la Creación de Dios.
Considera, pues, la bondad y la severidad de Dios; la severidad
para con los caídos, para contigo la bondad, si permaneces
en la bondad, que de otro modo también tú serás desgajado.
No hay
salvación para quien doble sus rodillas ante otro Rey que
Aquel que Dios le ha dado a su Reino. Ni la fe ni la esperanza
ni la caridad, nada ni nadie puede abrirle la Puerta del
Reino de Dios a quien no niegue toda corona. Poner a los
pies del Rey que Dios le ha dado a todas las naciones de
su Reino el ser, he aquí la Puerta de la Salvación.
Mas ellos, de no perseverar en su incredulidad, serán injertados,
que poderoso es Dios para injertaros de nuevo.
Y esta
Puerta está abierta a todas las naciones, independientemente
de su credo y religión. Y ninguna fe hay en el Cielo o en
la Tierra que le dé acceso a nación u hombre que no doble
sus rodillas ante el Rey Mesías que Dios le ha dado a su
Creación.
Porque si tú fuiste cortado de un olivo silvestre y contra
naturaleza injertado en un olivo legítimo, ¡cuánto más éstos,
los naturales, podrán ser injertados en el propio olivo!
Y no
hay ninguna otra condición, en el Cielo o en la Tierra,
a la que darle Obediencia sempiterna, pues en esta Obediencia
se resume y compendia el Misterio de la Divinidad entera.
Que, como diría nuestro Pablo, está en Cristo, y este Cristo
es el mismo Jesús, nacido de María, sobre cuya Cabeza Dios
posó la Corona Universal de su Reino. Cualquiera que le
dé su Obediencia a otra corona se rebela contra Dios y su
recompensa es el destierro eterno de la Creación, su suerte
es la de los demonios, sea cristiano o judío.
Porque no quiero, hermanos, que ignoréis este misterio,
para que no presumáis de vosotros mismos: que el endurecimiento
vino a una parte de Israel hasta que entrase la plenitud
de las naciones;
Es lo
dicho. La Necesidad de la Muerte de Cristo impuso unas leyes
estructurales ante cuyo alud desatado ningún hombre o nación
podía hacer absolutamente nada sino asistir impotente al
desarrollo de los acontecimientos que estaban revolucionando
el Edificio entero del Reino de Dios. Romanos y judíos,
hablando de aquéllos días, al elegir entre un olimpo de
dioses a la imagen y semejanza de Satán, y un Reino a la
Imagen y semejanza de Dios, todos estaban abocados a crucificar
al Hijo de Dios en el momento en que su elección fuera la
que fue. A partir de esta Base la revolución universal seguiría
su curso, fijando su horizonte en el Día de la Libertad,
es decir, cuando Dios rompería su Silencio y su Sabiduría
se derramara sobre todas las naciones para llevar a todas
al conocimiento de todas las cosas, sin cuyo conocimiento
no puede darse Elección libre de verdad.
y entonces todo Israel será salvo, según está escrito: "Vendrá
de Sión el libertador para alejar de Jacob las impiedades.
Y ésta será mi alianza con ellos cuando borre sus pecados".
Lo cual,
se entiende, depende exclusivamente de Israel, que, en fraternidad
e igualdad con todas las naciones ya cristianas, debe doblar
sus rodillas ante el Rey que el Dios de Abraham le ha dado
a su Reino. Pablo habla desde la esperanza y en virtud de
su fe repite lo que Dios profetizara desde antes incluso
del Nacimiento de Cristo, a saber, que tendría Misericordia
de los hijos de su siervo Abraham y, como la tuvo de los
hijos de los gentiles, así la tendría de los hijos de aquellos
judíos, autores de la Crucifixión, atrapados en la Tragedia
de la Humanidad.
Por lo que toca al Evangelio, son enemigos a causa de vosotros;
mas según la elección, son amados a causa de los padres,
De donde
se ve que el amor de Dios por los judíos no fue borrado
ni mucho menos, como tampoco dejó Dios de amar a su hijo
Adán por su pecado. Ahora bien, siendo Juez, y siendo su
Ley incorruptible, el dilema del diablo no podía afectarle
y tenía que aplicar la Ley según juicio. Juicio que, insisto,
no podía borrar el amor de Dios por los hijos de su siervo
Abraham, com tampoco lo hizo por el hijo de Adán.
pues los dones y la vocación de Dios son sin arrepentimiento.
Más
claro imposible. Dios no ama en vano. Ni tampoco habla en
vano. Ni habla ni ama en vano. O ¿acaso por las faltas de
los cristianos ha dejado Dios de amar a sus hijos, nosotros,
inocentes de sus crímenes y pecados? ¿Bajo qué presupuestos,
pues, dejaría Dios de amar a los hijos de Israel por el
pecado de sus padres? Y lo mismo, Dios no podía dejar de
aplicarle a los judíos el juicio contra el Crimen cometido
contra los cristianos en razón del amor. Porque si el amor
corrompe la justicia su destino es convertirse en la puerta
del infierno.
Pues así como vosotros algún tiempo fuisteis desobedientes
a Dios, pero ahora habéis alcanzado misericordia por su
desobediencia,
La inmensa
santidad de Dios, Juez y Padre, en consecuencia, la observamos
en la plenitud de su fortaleza tal cual sale victoriosa
del dilema del diablo. Primero hace que el pecado de un
sólo hombre lo pague un mundo entero; y después hace que
por el pecado de un único pueblo el mundo entero sea liberado
del castigo que le fuera impuesto por el pecado de aquel
único hombre, curiosamente padre carnal de este otro pueblo
único. Las deducciones son vitales. Y su conclusión trascendente.
A saber, Dios jamás quiso, al contrario de lo que han pensado,
escriben y confiesan algunos, que la Caída de Adán se escribiese
en los anales de su Creación. Pero una vez escrito el episodio,
primaba lo importante y por esta ley el ser humano, judío
y gentil, pasaban a ser actores secundarios. Por la misma
Ley que fueron condenados todos los padres del mundo, por
esa misma ley fueron condenados los hijos del hombre cuyo
pecado diera lugar a semejanbte situación.
así
también ellos, que ahora se niegan a obedecer para dar lugar
a la misericordia a vosotros concedida, alcanzarán a su
vez misericordia.
De manera
que si Dios reservó su justicia para los hijos de aquéllos
padres, era de justicia que reservara su misericordia, igual
y de la misma sobreabundante naturaleza, para los hijos
del pueblo cuya caida fue determinada por la Caída de su
padre.
Pues Dios nos encerro a todos en la desobediencia para tener
de todos misericordia.
Depende
de Israel su obediencia a la Voluntad del Dios de su padre
Abraham, y obediencia a la Corona del Rey Mesías, en la
justicia que ha consumado el castigo y determina la Libertad
en toda su plenitud, libertad a imagen y semejanza de la
gloria de los hijos de Dios, o sea, todos nosotros.
¡Oh profundidad de la riqueza, de la sabiduría y de la ciencia
de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios e inescrutables
sus caminos! Porque "¿quién conoció el pensamiento
del Señor? ¿O quién fue su consejero? O ¿quién primero le
dio, para tener derecho a retribución?"
...
Llegamos
al término de la Tragedia de la Humanidad. Creados a imagen
y semejanza de Dios, para gozar de la Libertad que procede
del Conocimiento de todas las cosas, todos nuestros delitos
se insertan en el agujero negro de la ignorancia a que fuimos
condenados el día que, sin saber lo que hacía, Adán levantó
entre el Creador y su Criatura el muro de la enemistad que
el Espíritu de Dios le tenía a la Ciencia del Bien y del
Mal. Este fue el Muro que vimos desnudo hasta su Roca de
Fundación en la Encarnación y Resurrección de Jesucristo.
Y aquél otro, el que nos separaba de nuestro Creador, el
Muro que nuestro Creador, haciéndose hombre, echó abajo
con sus manos omnipotentes y todopoderosas. Punto este que
ha levantado entre judíos y cristianos, y entre cristianos
y demás pueblos, un muro de enemistad basado en la ignorancia
de unos y otros sobre la Relación entre Dios y su Hijo.
Relación que, creados nosotros a imagen y semejanza de Dios
a fin de que en nuestra paternidad podamos entender la del
Padre, se resuelve diciendo que a la manera que un padre
planea una obra y le da a su hijo el poder de la ejecución,
de esta misma manera Dios Padre le muestra al Hijo todo
lo que El hace para que haga todo lo que le muestra, siendo
así su Brazo, el Verbo todopoderoso por cuya Palabra Dios
hace todas las cosas.
Porque de El, y por El, y para El son todas las cosas. A
El la gloria por los siglos. Amén.
Amén. |