Posiblemente
este sea uno de los capítulos más crípticos
de toda la Carta. Sus declaraciones son de una profundidad
tan intensa y sus conclusiones de una vastedad tan enorme.
Por regla general se tiende a pasarlo por alto. No se procede
a una inmersión y despliegue. Su profundidad y vastedad
son de una riqueza tan brillantes que su resplandor previene
y genera el respeto a semejantes aguas. Los judíos
no han querido jamás posar sus ojos y abrir sus oídos
a este capítulo de la Carta por razones evidentes.
Es su padre original, Adán, quien es declarado culpable
de la situación del mundo durante los últimos
seis milenios. Ellos que se vanaglorían de tener
por padre a Abraham se blindan a sí mismos frente
al hecho de tener por padre original, y padre de ese mismo
Abraham, al hombre cuyo delito arrastró a la Humanidad
al infierno. Su blindaje es un escudo propio de locos. Dicen
que cuando Adán es declarado el Primer Hombre esto
se interpreta diciendo que aquél hombre es el padre
carnal lo mismo del hombre de piel negra que del piel blanca,
lo mismo es padre del hombre de piel roja que del piel amarilla,
y, no faltaba más, del hombre de piel oliva. Sobra
cualquier tipo de discusión con el loco que contra
ciencia, sabiduría y razón alza su guerra
santa particular a favor de semejante declaración
solemne de locura. Es cierto, digámoslo todo, que
dos milenios atrás el conocimiento de la civilización
no había dado el salto revolucionario que nos aleja
de su sistema de visión de la realidad. Juzgar a
aquellas generaciones desde este lado del abismo es un ejercicio
que no nos compete. Sí, en cambio, ver que lo que
ayer era una alternativa cuerda, hoy es discurso de locura.
Cualquiera que mantenga el origen carnal de todas las razas
humanas en los muslos del hombre declarado culpable de la
tragedia de la Humanidad en esta Carta, cualquiera que pretenda
seguir emparentando carnalmente a todos los pueblos en las
carnes de Adán comete un ejercicio de demencia. Desgraciadamente
aún hay entre los judíos quienes siguen manteniendo
semejante visión del Pasado de la Humanidad a fin
de no aceptar las consecuencias de la Biblia.
...Desde
el lado cristiano el dilema que suscita este capítulo
es gordiano. ¿Porque bajo qué contexto puede
ser justificado el juicio de condenación contra una
multitud sin número de inocentes a cargo del delito
cometido por un único hombre? ¿Acaso perdió
Dios el juicio al condenar por la desobediencia de un sólo
individuo a la Humanidad entera? ¿Dónde está
el demente asesino que por la falta de un individuo jura
destruir toda su nación y su mundo? ¿Es de
justicia que por el delito de un individuo, no habiendo
tenido parte su familia en su delito sea declarada culpable
y sentenciada a muerte? Lo que nos parece demencial y propio
de una justicia terrorista e infernal nos es ofrecido en
esta Carta como un manjar divino, tanto más hermoso
cuanto que otorga a quien lo come la vida eterna. Es comprensible,
pues, que el cristianismo haya pasado de largo por este
capítulo. El temor a ahogarse en sus profundidades
y perderse en su vastedad ha sido de siempre más
grande que el deseo de descubrir en la Naturaleza Humana
la Imagen Divina acorde a cuyo Modelo fue su Ser concebido,
tejido y articulado para gloria de su Creador y admiración
de la Creación entera.
Así
pues, como por un hombre entró el pecado en el mundo,
y por el pecado la muerte, y así la muerte pasó
a todos los hombres, por cuanto todos habían pecado.
...Hemos
saltado dentro y nos disponemos a llegar al fondo de la
cuestión. Adán vivió unos 4.000 y pico
años antes de Cristo, en Mesopotamia, según
el cómputo biblico. La Ciencia, sin fe, ha situado
el origen de la Civilización en esa franja de tiempo,
justo en el mismo espacio donde dice la Biblia una vez existió
el Edén. La Ciencia tiene su propio modelo de evolución
histórica y afirma que antes de la Caída los
humanos ya se comían vivos, celebraban festines con
suculentos niños asaditos, empalados a fuego lento,
a la parrilla. La Biblia dice que no, que este tipo de cosas
era imposible. Afirma que este tipo de cosas comenzó
a darse entre los pueblos justo después de la Caída
como consecuencia de la Caída. Y declara que este
tipo de cosas fue costumbre entre los pueblos de la Tierra
por culpa de un hombre en concreto. Antes de este hombre
la Humanidad no conocía la ciencia del bien y del
mal. Es decir, no conocía el concepto de propiedad
privada, capital, guerra, y no estaba sacudida por enfermedades.
Las familias humanas vivían sin trabajar, cultivando
la tierra y alimentándose libremente de la abundancia
de árboles frutales. Todo era de todos y el Templo
tenía por misión distribuir gratuitamente
el fruto de las cosechas acorde a las necesidades de cada
familia. De repente, una buena mañana se levantaron
todos para desear no haberse despertado jamás. ¿Cuál
fue aquel sueño perdido que al despertar se transformó
en una pesadilla? Es importante correr este velo o de otro
modo jamás entraremos en la mente de aquellos hombres.
En otros tiempos este acceso fue imposible y de no estar
viviendo en éstos seguiría permaneciendo vedada
sus visiones a nuestra mirada. Desde nuestra posición
privilegiada y saturados del conocimiento de la ciencia
del bien y del mal nosotros podemos afirmar sin temor a
equivocarnos que el origen de todos los males del mundo
estaba dentro de aquella Caja de Pandora en forma de fruta
colgando de un árbol. Aquél era el Arbol de
la Muerte y su fruto era la Guerra. En consecuencia la visión
de futuro que aquella primera civilización tuvo se
rigió por una ley de vida y sabiduría desde
la que soñó
extender su mundo en las alas del Conocimiento y la Paz.
El Pecado terrible de Adán, su delito, fue acelerar
el proceso y usar la Guerra como medio de Civilización.
Es decir, querer imponer por la fuerza su Mundo a los pueblos
que aún seguían disfrutando del aquel edénico
Neolítico fue el paso, involuntario porque no sabía
lo que hacía, que una vez dado levantó entre
El y su Dios el Muro de la Enemistad. Y muy bien, todo perfecto,
¿pero por qué Dios no se limitó a quitarle
el poder a aquel príncipe de aquella Unión
Mesopotámica y entregarle la dirección del
Proyecto Civilizador de la Humanidad a un conciudadano suyo?
Los judíos no quisieron entrar en este tema jamás
porque para ellos Adán era el único hombre
por aquel entonces. La Arqueología ya ha demostrado
que antes de su nacimiento su tierra estaba habitada por
ciudades estados. De manera que unificando las dos verdades
es donde se halla la perla de la realidad envuelta. Adán,
en efecto, fue hijo de una civilización naciente
con vocación de futuro universal cuyo movimiento
en el espacio se estuvo realizando al ritmo de las alas
de la libertad y la ciencia, los dos brazos de la Sabiduría
que desde el principio guiara la evolución creadora
de la vida en la Tierra desde el barro a la condición
humana. Sin este escenario cualquier intento de comprender
el origen de la tragedia de la Humanidad cae en esa selva
donde el hombre no es más que una bestia comiéndose
a sus propios hijos.
Porque
antes de la Ley había ya pecado en el mundo, pero
el pecado no es imputable si no existe la Ley.
...Aquella
perversión del medio a emplear para seguir adelante
sin Dios el Proyecto de Formación del Género
Humano fue el detonante de la pérdida de un sueño,
el primero y más hermoso que vivó en sus carnes
la Humanidad. El error de Adán se extendió
por todas las ciudades de su mundo. Los Caínes se
multiplicaron en una reacción en cadena que regó
de sangre aquél paraíso creado por la unión
de familias y razas venidas de todos los puntos de Europa,
Asia y Africa. Desconocedores de la ciencia del bien y del
mal, ignorantes sobre la avalancha de pasiones que la fuerza
como medio de expansión lleva consigo, Abel fue el
primero de sus semejantes sobre cuyos cadáveres comenzara
su andadura la lucha por el Dominio de las Cuatro Regiones.
Tal como se dice en esta Carta aquellos hombres no vivían
bajo ninguna Ley. Se unieron espontáneamente, libres
y pacíficamente comenzaron a crear sus ciudades.
El amor a la vida era la ley sagrada inscrita en sus genes,
no escrita en códigos, bajo su estrella sus familias
se fundían en una familia universal más grande
cada día. Todos eran hijos de todos y todos eran
padres de todos. Era su mundo. La tierra explotaba de frutos
y cereales, hortalizas, agua, la primavera regaba sus campos,
el sol maduraba sus frutos y cosechas, el otoño
a disfrutar, el invierno a hacer el amor alrededor del fuego
de la felicidad. No tenían ejércitos ni concebían
el uso de sus instrumentos de trabajo al servicio de la
destrucción. Es así que la Biblia dice que
estaban desnudos. Tanto que le bastaba a Caín una
simple quijada de asno para matar a Abel. Ciertamente y
puesto que Dios no había legislado hechos que no
cabían en la naturaleza humana, no habiendo Ley,
aunque no por no haberla dejase de ser menos delito el fratricidio
cainesco, no existiendo Ley no puede ser llevado ante un
tribunal quien no está sujeto a legislación.
Lo cual quiere decir que la necesidad de la Ley devino inevitable
a fin de que el hombre reconociera la naturaleza de sus
actos y su conciencia albergara en su código interno
el concepto de culpabilidad. Vemos en la respuesta de Caín
a Dios que el fratricida no deja traslucir sentido de culpabilidad
de ninguna clase. Quería el Poder, su hermano se
interponía entre él y su deseo de conquistar
el mundo, y lo eliminó en bien de toda la Humanidad.
Sencillo, simple. Con la misma naturalidad quienes hacía
un día se dedicaban a dejar en las manos de Dios
el ritmo de crecimiento de la Civilización un día
después alzaban sus brazos para reclamar para sí
ese Poder sobre los cadáveres de todos los que se
negaron a secundar sus delirios.
...Un
nuevo nudo sobresale aquí: ¿Cómo pudo
producirse un cambio tan brusco en la personalidad de Caín
de la noche a la mañana?
El Apóstol dice: por un hombre entró el pecado
en el mundo, y por el pecado la muerte. Y
nosotros nos preguntamos: ¿Acaso aquellos hombres
habían conseguido la Inmortalidad? ¿O
será que hablando de la muerte el Apóstol
entiende algo más que un simple dejar de respirar?
Tengamos en cuenta que el primero en escandalizarse y sufrir
el efecto devastador de la Caída no fue Abel, ni
el propio Adán, el primero fue el mismísimo
Dios. Fue Dios quien sintió la Desobediencia de su
hijo pequeño,
nuestro Adán, quien sufrió la lanza entrarle
por el costado y atravesarle el corazón. En suma
es lo que en sus carnes nos recordó su Hijo Mayor,
nuestro Jesús, dejándose clavar la lanza hasta
lo más hondo de su ser. Porque de lo contrario, de
no haber sido así, tendríamos que coincidir
con quienes afirman con los judíos, aunque se dicen
cristianos, que Dios hace lo que quiere y a unos predestina
para la gloria y a otros para el infierno, y bueno, a Adán
lo predestinó para el infierno, y al resto para seguirlo
en su Caída, entre los que eligió para sí
unos cuantos, judíos y cristianos, para la vida eterna.
En definitiva, Dios sería un monstruo, un terrorista
elevado a la categoría máxima, infinita. Si
a los judíos del antiguo orden mundial y a los protestantes
de cuño calvinista semejante Dios es el que es, se
entiende que vivan la locura de su predestinación
como causada por el pecado de un hombre, padre de blancos
y negros, amarillos, rojos y olivas. Hemos llegado al punto
en que no podemos comprender la Biblia sin la ciencia, ni
la Ciencia puede comprender la Historia sin la Biblia.
Pero
la muerte reinó desde Adán hasta Moisés
aún sobre aquellos que no habían pecado, a
semejanza de la transgresión de Adán, que
es el tipo del que había de venir.
...Fue
el de Dios, pues, el pecho buscado por la lanza de la traición.
El Hombre no fue más que la lanza, un instrumento
al servicio de una causa que superaba al propio hombre y
lo esclavizaba a sus intereses antidivinos. Pero más
allá de la clásica Batalla entre el Diablo
y Cristo tenemos que ver la Desobediencia de Adán
como trompeta de declaración de guerra apocalíptica.
Si Adán era la lanza, y el cuerno era Satán,
quien soplaba era la Muerte. En la Tercera Parte de la Historia
Divina os introduje a las Memorias de la Increación.
Resumiendo podemos decir que la Vida y la Muerte son realidades
que existieron en el cuerpo de la Increación sin
causar en su curso ningún desequilibrio antinatural.
Este desequilibrio comenzó cuando Dios provocó
una revolución cósmica que implicaba el destierro
de la Muerte del cuerpo de la Realidad Universal Increada.
Pero Dios no fue consciente de esta implicación durante
todo el Camino de la Increación a la Creación.
Para El el reto estuvo en coger en sus Manos el origen de
la Vida y conducir su evolución desde el barro a
la vida a su imagen y semejanza. La Muerte en cuanto entidad
increada e indestructible por tanto no entró dentro
de su campo de visión sino el Día que cayó
Adán. La muerte de su hijo pequeño
le abrió los ojos al verdadero enemigo de su Creación.
Y era lógico. Para Dios era imposible entender que
una simple criatura de barro, formada con sus propias manos,
que El podía barrer de la escena con un simple soplo,
se atreviera a declararle la guerra. La Creación
implicaba el fin de la Muerte como parte natural del proceso
de la evolución de la vida, parte que le fue natural
a la Muerte desde el Principio sin principio de la Increación.
Y era natural que en cuanto Fuerza Ontológica Increada
buscara, pues que no podía destruir a Dios, obligar
a Dios a integrar en su Idea de la Creación su existencia.
Ciertamente Dios hubiera podido haber bajado la cabeza en
señal
de derrota y reajustado su Idea para integrar la Vida y
la Muerte en el cuerpo de la Creación, actuando El
como un Dios de dioses sin ley que actúa en el mundo
para salvar a quien quiere y abandonar a su suerte al resto.
Pero...
Mas
no es el don como fue la transgresión. Pues si por
la transgresión de uno mueren muchos, cuanto más
la gracia de Dios y el don gratuito conferidos por la gracia
de un solo hombre, Jesucristo, ha abundado en beneficio
de muchos.
...La
Batalla Final había comenzado. Ni Adán ni
Satán. La Guerra era entre el Cielo y el Infierno.
Adán había sido un peón en la guerra
particular de Satán y los suyos, y éstos un
peón en las manos de la Muerte. La Vida puso su Visión
en los ojos de Dios, y también la Muerte puso la
suya, el Infierno. Dios amó el Cielo, la visión
con la que la Vida lo sedujo, y aborreció la Idea
del Futuro con el que la Muerte lo tentara. De ahora en
adelante, una vez que había visto la Muerte en su
verdadera naturaleza ontológica increada, la cuestión
se centraba en la muerte de la Muerte, por emplear una expresión
chocante. De un sitio. Del otro, abrirle los ojos a su Hijo
y a toda su Casa sobre el por qué de su No al Infierno
de la transformación de su Creación en un
Olimpo de dioses sin ley, sujetos exclusivamente a un Dios
de dioses, padre de todos ellos que los rige de acuerdo
a esa paternidad y no en razón de una Justicia superior
a todos los seres. Dicho No Divino sería contemplado
en vivo en las carnes de la Humanidad. Una vez y para siempre.
Jamás volvería a tener lugar otra Batalla
semejante. Así como fue crucificado Cristo una vez
y jamás volverá a serlo.
Y
no fue el don como la transgresión de un solo pecador,
pues el juicio proveniente de uno solo llevó a la
condenación, mas el otro, después de muchas
transgresiones, acabó en la justificación.
...Efectivamente,
si la desobediencia de Adán no hubiese implicado
a la realidad cósmica en su totalidad Dios hubiera
podido traspasar la Corona reservada a él y haber
seguido su Proyecto de Formación del Género
Humano a la imagen y semejanza de los reinos que componían
su Imperio. Implicada esa totalidad, el futuro de la Creación
entera pendiente del hilo de la Respuesta de Dios a la declaración
de guerra contra su Espíritu Santo, sobre cuya Piedra
se basa toda su Mundo, ese acto tan sencillo de quita y
pon rey fue aparcado. Contradiciéndose a sí
mismo delante de toda su creación, sujeta a la ley
de la culpabilidad centrada en el individuo, Dios extendió
la condena contra el pecado de uno a todos sus hijos. Y
pues que el mundo que nacía de su delito sería
el que sobreviviría a la destrucción de su
mundo, toda la Humanidad fue condenada por el pecado de
un hombre, sin pecar a la manera de ese hombre. Pues para
ese hombre sí constaba ley, pero a ningún
otro le dijo Dios: Si comes, morirás. Y sin embargo,
siendo el rey, y por tanto la cabeza del mundo, ¿si
cae la cabeza no cae todo su cuerpo? Es de esta manera que
Adán era el tipo del que había de venir, y
se nos hace ver mediante lo que vemos lo que no vimos.
Pues
como por la transgresión de uno, esto es, por obra
de uno solo reinó la muerte, mucho más los
que reciben la abundancia de la gracia y el don de la justicia
reinarán en la vida por medio de uno solo, Jesucristo.
...Y
aquí llega todo el meollo de la Salvación
Universal de la Humanidad. Sacrificada a la Necesidad, Dios,
en su Justicia Maravillosa, no podía permitir que
satisfecha la Necesidad la Humanidad se quedase sin una
Puertra Abierta hacia su Paraíso, con tanta más
gratuidad el acceso cuanto más duro ha sido su camino.
Dios no podía dejar para el futuro la Necesidad que
tenía toda su casa de ver con sus ojos el por qué
de su No al Infierno. Tampoco. La Creación entera
estaba en juego. Ni podía Dios en su Amor traspuesto
fortalecer en su Corazón la Esperanza Universal de
Salvación a manifestarse al final de los tiempos,
y apuntalada sobre Roca en la Cruz de Cristo. De manera
que si por la Necesidad la Muerte imperó desde Adán
hasta Cristo, su imperio comenzó a perder límites
y fronteras según fueron las naciones viniendo al
Cristianismo. Y aunque el posicionamiento de la Ciencia
implicó un contraataque masivo de la Muerte, cuyo
Infierno hizo del siglo XX su madera, la Esperanza de Salvación
Universal se ha mantenido fuerte y golpea alegre el corazón
de la Creación entera al alba de este Nuevo Milenio
y Era.
Por
consiguiente como por la transgresión de uno solo
llegó la condenación a todos, así también
por la justicia de uno solo llega a todos la justificación
de la vida.
...Y
cómo podía ser de otra forma. Fuimos transformados
en actores inconscientes de una Clase de Historia Universal.
Había de llegar el Día y sonar la Hora de
la Libertad. Ser dueños de nuestro propio destino,
actores conscientes de nuestro propio futuro, libres de
las cadenas de la ignorancia, hijos de Dios a imagen y semejanza
del Hijo Unigénito, conocedores de todas las cosas,
incluída la Ciencia del Bien y del Mal.
Pues
como por la desobediencia de un solo hombre muchos se constituyeron
en pecadores, así tambien por la obediencia de uno
muchos se constituyeron en justos.
...La
gloria es de nuestro Salvador, porque también El
tuvo en sus manos la decisión cósmica que
en su día tuvo su Padre, y, palo de tal astilla,
prefirió la Vida a la Muerte, el Cielo al Infierno,
y desde su Obediencia hizo sonar los clavos con un Sí
a la Vida por todos los rincones de la Creación entera.
Somos hijos de ese Grito de Guerra del Hijo de Dios. Lo
que fue ya no importa, lo que somos es lo que cuenta, y
lo que serán nuestros hijos todo lo que nos interesa.
Se introdujo la Ley para que abundase el pecado; pero donde
abundó el pecado sobreabundó la gracia, para
que, como reinó el pecado por la muerte, así
también reine la gracia por la justicia para la vida
eterna por nuestro Señor Jesucristo.
...Vosotros
mismos podeis ponerle la puntilla a este capítulo
de la Carta. |